Archivo mensual: marzo 2014

La motorizada familia de A

En la casa de A viven él y tres personas más. Algunos pisos abajo, en el garaje, descansan tres autos y una motocicleta.

Ya no es una familia, parece una escudería. El hecho es que esta sobrepoblación de ruedas y tuercas es  causa y efecto de que la vida en la casa  de A gire alrededor de los autos. Es de imaginarse que, cuando se aplicó el pico y placa, una suerte de estado de emergencia cundió en este bien constituido hogar.

El papá de A maneja una cuatro por cuatro, cómoda y pintera. Sin embargo, no pasó  una semana de que la compró y ya estaba buscando otro auto. Y así fue siempre. El prontuario automotriz del papá de A registra desde una  destartalada Toyota Hilux 1978 hasta un Volkswagen Scirocco 2000. Autos que, salvo una Isuzu Rodeo 2002 (la única que compró en un concesionario), pasaron fugazmente por su garaje y por su corazón.

“Con este carrito ya me han de enterrar”, dice el papá de A cada vez que adquiere un auto nuevo.  A esta altura, ni él mismo se cree tal demagógica oferta. Ya dije que buscaba carro nuevo a la semana de haber comprado uno. Esa procura lo llevó a ser usuario consuetudinario de los clasificados de El Comercio, sobre todo del sábado y del domingo. Devoraba la lista de coches a la venta, llamaba a los propietarios (incluso a horas poco decorosas) y trababa largos debates, regateos que, casi siempre, terminaban en nada.

El papá de A descubrió, hace un par de años, los patios de autos virtuales. Para qué. Cual adolescente chateadora, pasaba horas de horas mirando los carros, anotando números de teléfono (“¿Para qué voy a gastar mi celular? Lo llamo mañana del trabajo”, decía) y ampliando las fotos de sus posibles nuevas adquisiciones.

El hermano menor de A es mecánico y ha trabajado siempre en el rubro automotriz. Es él quien asesora a su papá en estos menesteres. Poseedor de auto desde los 18 años, el hermano de A fue la variante chira de aquellos que se compraron otro carro cuando llegó el pico y placa. Él rompió su chanchito y adquirió una moto. Una moto modelo sicario, ruidosa, de dudosa marca, pero moto al fin, que le permite desplazarse libre cuando no puede andar en su vehículo.

Entre padre e hijo traban y destraban la compra de nuevos autos. Sus diálogos, del alba al ocaso, tratan de qué carro es mejor, cuál es el más útil, a quién le pueden sacar mejor precio. Si no hay compra –  venta a la vista, su temática versa sobre aceites, lubricantes, llantas o huecas mecánicas. No ha nacido quién sea capaz de engañarlos con una mala refacción. Ellos son más vivos, pues.

Fácil presa de la Fórmula 1, el rally, el Moto GP pudieron haber sido. Con estoicismo han resistido y, cosa rara, no son aficionados a estos deportes. Menos mal.

En medio de esto, está la mamá de A. Señora bien servida, tiene un auto que utiliza rara vez. Esto, porque prefiere que le vayan a dejar al trabajo, también a retirarla. Si va a un té de viejas, a visitar a alguien, al médico (la mamá de A entró en esa edad en que todo se le consulta al doctor) tiene servicio a la puerta, sea de parte de su esposo o de su hijo. Ella no se hace problema.

Mientras, esta mañana, el papá de A decía por enésima vez “con este carrito ya me han de enterrar”, dando a entender que compró nuevo vehículo, A se dirigía a su estación acostumbrada del metrobus a seguir siendo la oveja negra (y poco motorizada) de esta familia…

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Metallica y la violencia del rock

¿Qué envuelve la energía de esta música? ¿Qué es capaz de provocar? Mucho… Acá, un análisis que evita entrar en el campo de los prejuicios para explicar todo con hechos palpables.

Imposible estar contra los apetitos lícitos de la gente. (Foto El Comercio)

Imposible estar contra los apetitos lícitos de la gente. (Foto El Comercio)

Vamos a empezar con una verdad escrita sobre piedra: todos tenemos el derecho de escuchar la música que queramos, de ir a los conciertos que nos plazca. El debate NO va por ahí. El libre albedrío que no atenta contra la convivencia social es intocable.

Convivencia. La palabra base para sustentar mi análisis es esa. Quiero partir por un hecho que también me resulta innegociable: no debe existir evento masivo o concierto en el mundo que merezca alterar la paz y la integridad física de un ciudadano. Se llame este Metallica o Chicha Fest.

El reporte de José Serrano, ministro del interior, es claro: hechos alrededor del concierto Metallica dejaron un total de 44 detenidos. No voy a entrar en el debate de que “44 no son nada al lado de los 40 mil que fueron”. Obvio pues.

Estos 44 detenidos por la acción policial se encontraban subvirtiendo el orden, afectando a quienes, por desgracia, viven en la zona o a peatones. ¿Merece alguien el castigo de que “en nombre del rock” le rompan los vidrios de su casa?

Hay que estar claros en una cosa: los conciertos de rock son escenario ideal para la violencia porque el mensaje y el medio que utilizan es violento.

¿Acaso son apacibles las vibraciones de la guitarra, el volumen, la intensidad del ritmo, las letras? No lo son, expresan intensidad y energía poderosa, contagiante a la cual nadie puede reprimirse porque estimula.

Acá viene la bifurcación. Hay quienes se estimulan dentro del disfrute responsable y hasta sano. Contra ellos no tengo nada. Pertenecen a esa mayoría que gozó dentro del parque Bicentenario. Provecho.

Pero también hay quienes han utilizado el rock como un pretexto para expresar notorias taras como el odio a la autoridad, el desprecio por la ley y la propiedad privada. Es una pena que el mensaje natural y genéticamente violento de este género musical sirva de excusa para los desmanes.

Y acá viene otro punto. “Ay, Esteban, eres un prejuicioso” me han dicho. Una cosa son los prejuicios, otra las tendencias. No es de hoy que el rock ha engendrado violencia. ¿Acaso no recuerdan lo que pasó en septiembre del 2004, con Cradle of Filth? Si su memoria no lo tiene presente, acá se los recuerdo.

Destrozos en la plaza de toros, allá 2004

Destrozos en la plaza de toros, allá 2004

Y eso por no citar a Factory, un evento doloroso y triste, pero que tuvo como origen la mala interpretación del mensaje y la intensidad del género.

¿Se rompieron vidrios en las casas de La Vicentina durante el concierto de  Juan Gabriel? ¿En los conciertos de la Casa de la Música se prende, de manera torpe e insensata, bengalas? No. Esto pasa casi exclusiva y generalmente en el rock, donde malos seguidores interpretan el espíritu de rebeldía de la manera más torpe.

Trasladémonos a otro escenario: los conciertos de chicha tienen un elevado consumo alcohólico porque el mensaje (depresión, tristeza) de esta clase de música es asumido de mala manera por sus seguidores. La consecuencia está a la vista.

Son estos seguidores del rock los que asumen con gusto el papel de “víctimas”, “excluidos”, “rechazados por el sistema”. Si conviertes a los conciertos en caldo de cultivo para la violencia, no te quejes si tienes atrás a la Policía reprimiendo. Si hay una generalización, habrá que plantearse por qué se llegó hasta allá.

Esto tampoco se trata de apresar a todo aquel que use pelo largo o chompa de cuero negro. Torpeza total, esto no es cuestión de gustos o de estéticas, sino de respeto a la sociedad y a sus reglas.

¿Por dónde se arregla esto? Conozco a varios exponentes de la comunidad rockera, he trabajado con ellos y tengo la mejor impresión por su capacidad para generar ideas y estoy seguro que una identificación y expectoración de estos elementos, que tan mal hacen quedar al gremio, será un paso adelante para salvarse de esta tendencia que los identifica plenamente con la agresividad.

Mi reflexión puede ser complementada con este post de Diego Arcos, el cual adscribo plenamente.

Toda la verdad sobre el Quito – Barcelona de 1989

La historia del fútbol ecuatoriano está narrada por mitos, mentiras, verdades a  medias que son acomodadas de acuerdo al interés, la simpatía o antipatía de quien cuenta. El caso del partido Quito – Barcelona de 1989 es el ejemplo más claro de esto. Aquí, intentaré explicar en la forma más diáfana posible lo que sucedió en realidad.

Freddy Barreto al piso. Luis Ordóñez pelea por la pelota. A lo lejos, Janio Pinto (Archivo El Comercio).

Freddy Barreto al piso. Luis Ordóñez pelea por la pelota. A lo lejos, Janio Pinto (Archivo El Comercio).

Entre el 10 y el 27 de diciembre de 1989, el fútbol ecuatoriano vivió una de las etapas más tensas de su historia. La definición del título de ese año, complicada por varias aristas reglamentarias, creó un caso digno de ser entendido de la mejor forma. Más allá de los apetitos, las simpatías y antipatías, el desenlace de ese partido Deportivo Quito – Barcelona debe ser entendido dentro de un contexto histórico y reglamentario.

Todo en domingo…

Así estaba la tabla para esa fecha final. (Números de Aurelio Dávila)

Así estaba la tabla para esa fecha final. (Números de Aurelio Dávila)

La última fecha de la liguilla 1989 había empezado el sábado 9 de diciembre, en el estadio Bellavista. Macará y Filanbanco empataron 1-1. Era un encuentro sin relevancia, pues ambos equipos no tenían opción para llegar a la Copa Libertadores y el título.

El plato fuerte estaba en el Atahualpa y el Modelo. A las 12:00, con riguroso horario unificado, empezaban los partidos Quito – Barcelona y Emelec – El Nacional.

Las posibilidades eran claras. El empate le bastaba a Barcelona para ser campeón. Si el Quito quería llevarse su tercera corona, debía ganar y esperar que Emelec pierda o empate. Para los eléctricos, la opción era ganar y esperar un triunfo del Quito para jugar una serie extra con los chullas para definir al campeón.

Acá viene nuestro  el PRIMER MITO que vamos a desvirtuar:

“Ay, es que el Quito le ganaba a Barcelona y era campeón, ay”

FALSO: el reglamento de aquella época disponía que, de haber igualdad en puntos entre dos equipos, no se tomaba en cuenta el gol diferencia y se jugaba una serie final de dos partidos. En caso de igualdad en esa serie, se jugaba un tercer encuentro, en cancha neutral. Como se iba desenvolviendo la fecha (ya lo veremos), la única opción para el Quito era jugar la final con Emelec. De ninguna manera el Quito  iba a ser campeón esa tarde.

La fecha  unificada planteaba dos realidades: mientras el partido en el Atahualpa era candente y tensionante, en el Modelo las cosas eran sencillas para Emelec, que enfrentaba a un equipo sin opciones de título y que dependía de resultados inusuales para clasificar a la Copa.

Por eso, para Emelec no fue difícil ganarle a El Nacional desde el comienzo hasta el fin del partido. Y ojo que el equipo criollo, con Carlos Sevilla, había hecho un campañón.

Pero mientras Emelec se desenvolvía casi sin apuros, el clima en el Atahualpa se enrarecía con el paso de los segundos. El Quito, que capeaba con éxito la era post Aguinaga, tenía en Carlos Alberto Mendoza y Óscar Marcelo Gutiérrez a sus puntales.

El gol de Carlos Alberto Mendoza, en el arco norte del Atahualpa. Lo lamenta Jimmy Izquierdo (Foto Archivo El Comercio)

El gol de Carlos Alberto Mendoza, en el arco norte del Atahualpa. Lo lamenta Jimmy Izquierdo (Foto Archivo El Comercio)

Pero, por su lado, Barcelona contrarrestaba con una defensa memorable: Claudio Alcívar, Jimmy Montanero, Tulio Quinteros y Jimmy Izquierdo. En el arco, Carlos Morales. Infranqueables.

Mientras Emelec sellaba el 4-2 sobre El Nacional, el Quito encontró en la inspiración de Carlos Alberto Mendoza y a los 75’, con un remate de fuera del área, batió a Carlos Luis Morales. Fue el momento cumbre  de un partido irregular desde el comienzo.

La terna que presidió Alfredo Rodas y completaron Luis Naranjo y Milton Villavicencio pasó por momentos tormentosos. A los 15’, lo agredieron a Villavicencio. El hecho fue un hincha que entró a la cancha por uno de los túneles. A los 20’, Alfredo Encalada, capitán del Quito,  fue merecidamente expulsado por agredir a Jimmy Jiménez.

Pero lo grave vendría al minuto 83’. La hinchada de Deportivo Quito, intentando festejar lo que ellos creían era “el título” o “la clasificación” a la Copa, buscó invadir por primera vez la cancha. Rodas debió parar el partido y, con el campo de juego apenas despejado, reinició las acciones. No por mucho tiempo, porque a los 85’ se vino la invasión total, que imposibilitó seguir el partido.

Y justo ese momento llegó, en el arco sur del Atahualpa, una acción de gol donde Manuel Uquillas metió la pelota dentro del arco de Carlos Enríquez. La verdad es que Rodas no sancionó el gol, por cuanto no había autorizado reanudar el cotejo.

Acá viene el SEGUNDO MITO que vamos a desvirtuar:

“Ay, el año anterior, en la final con el Quito, habían invadido los hinchas de Emelec, pero igual no pasó nada y no repitieron el partido, ay”

FALSO: es cierto que en la final de 1988, entre Quito y Emelec, se registró la invasión de hinchas azules a la cancha del Atahualpa, pero la diferencia es que el árbitro Medardo Martínez en coordinación con la Policía logró despejar el campo de juego, situación que no se pudo hacer en 1989.

Rodas consignó todo en el informe, el  mismo que fue evaluado el martes 12 de diciembre en la Federación. La Comisión de Disciplina conformada por  Patricio Torres (Universidad Católica), Alex de la Torre (Técnico Universitario) y Marco Arteaga (Filanbanco) sanciona (2 votos a favor y 1 voto en contra) de acuerdo al informe arbitral y decide que deben jugarse los 7 minutos que faltaban  para que concluya el partido. Mantiene la expulsión de Alfredo Encalada y sanciones económicas a dirigentes de AFNA (Jacinto Enríquez) y del Deportivo Quito (Ramiro Espinoza).

Este fallo original  no fue aceptado por Barcelona, que se consideró perjudicado. Y su respuesta fue a derecho, acogiéndose al artículo 60 del reglamento del Campeonato Nacional, que decía: “Si un partido fuere suspendido definitivamente por un árbitro, en razón de la intervención de los espectadores o porque éstos agredan al árbitro, los jueces de línea o los jugadores del equipo rival, el local será sancionado con la perdida de los puntos, que irán en beneficio de su contendor con un marcador de 2 goles si la diferencia fuere menor el momento de la suspensión, en el caso de que se probare su culpabilidad, a juicio de la Comisión Disciplinaria”.

Pero el Quito también estaba socorrido por las normas. Ellos se acogían al artículo 117 de ese mismo reglamento, a todas luces contradictorio al anterior: “Si el árbitro suspendiere el partido definitiva-mente o indefinidamente por falta de garantías reglamentarias y existiera imposibilidad de reanudarlo en el mismo campo de juego, comunicará el particular, hasta dentro de 24 horas al Comité Ejecutivo, el que señalará el lugar, día y hora de reanudación del partido y notificará su resolución a los clubes contrincantes. Si la suspensión fuere originada por los incidentes, el Comité Ejecutivo en ningún caso dispondrá la reanudación del partido en el mismo escenario donde se suspendió”.

¿Qué hacer? No había otra salida que buscar una opción lo  más salomónica posible y eso ya estaba en manos del Comité Ejecutivo de la FEF, presidido por Carlos Coello. El titular del  organismo no estaba en el país cuando estalló el circo, pero regresó. ¿Qué otra cosa querían? ¿Que se quede afuera hasta que todo pase? Él tenía la obligación de apersonarse de algo tan delicado y así lo hizo.

Este comité ejecutivo, integrado por el propio Coello, Augusto Miranda (Pichincha), Carlos Espinoza (Guayas), Carlos Bergman (El Oro) y Luis Garzón (Esmeraldas), en la reunión del 21 de diciembre, decide por 3 votos a 2, que el partido debe volverse a jugar íntegramente el día 27 de diciembre, sin público.

Así fue que se jugó, esta vez con terna argentina  presidida por Ricardo Calabria. El encuentro acabó 0-0 y así Barcelona fue campeón nacional, por delante de Emelec.

Y acá viene el TERCER MITO que vamos a desvirtuar:

“Ay, hacen repetir el partido desde cero, pero si validaron la expulsión de Encalada, ay”

Deportivo Quito JAMÁS APELÓ la expulsión de Encalada. Se les pasó por alto, y se entiende que así haya sido. La sanción impuesta por la comisión de disciplina es al margen de lo resuelto por el comité ejecutivo.

Terminó el partido. El 0-0 le daba el título a Barcelona. (Foto: Archivo El Comercio)

Terminó el partido. El 0-0 le daba el título a Barcelona. (Foto: Archivo El Comercio)

¿Fue la salida más legal?
Imposible determinar. Ambos ponentes tenían la razón, asistidos por el reglamento. Sin embargo, en los hechos reales se puede encontrar la respuesta. Fue claro y notorio (y así lo consignó el informe de Rodas) que la invasión la propiciaron los hinchas de Deportivo Quito. ¿Cabía favorecerlos al solamente hacerles jugar los minutos que faltaban?

¿Fue la salida más justa?
Imposible determinar, también. Barcelona fue perjudicado. Se expusieron a jugar un partido completo por una irregularidad que ellos no propiciaron. Aparte, pese a que el partido se repitió sin público, la taquilla (estadio lleno) del partido del 10 de diciembre nunca se devolvió y Deportivo Quito la embolsó y se benefició de ella. Barcelona, por una cuestión contractual, debió jugar sin sus extranjeros. Deportivamente, llegó a ese partido en desventaja.

¿Qué nos dejó este hecho?
Fue  beneficioso para todo el fútbol ecuatoriano. Desde esa fecha, hasta el presente, los reglamentos prohíben que los partidos se repitan. Y así ha dicho la historia, nunca más se sucedieron hechos vergonzosos como este.

CONCLUSIÓN

Este fallo no perjudicó concretamente a nadie. La insuficiencia de las leyes obligó a una decisión colegiada, donde se buscó complacer a las partes. Sin embargo, sentó jurisprudencia y ha colaborado positivamente en el crecimiento de nuestro fútbol profesional.

La Patria no es la camiseta

Juan León Mera, escribiendo un nuevo slogan o hashtag para Marathon Sports.

Juan León Mera, escribiendo un nuevo slogan o hashtag para Marathon Sports.

Juan León Mera, aparte de componer la letra del Himno Nacional en 1865, es también el padre de ensayos como “¿Por qué soy cristiano?” o “Los últimos momentos de Bolívar”. También creó novelas como “Cumandá” (obra cumbre de la literatura nacional) y “Mazorra”.

Estas y otras son, sin duda, la producción de un literato superlativo, que aparte era un pensador político de alto nivel. “Cumandá”, de ninguna manera, es la consecuencia del trabajo de un redactor publicitario.

El tiempo  quiso que este ambateño ilustre, con el paso de los siglos, se vuelva el redactor publicitario de Marathon Sports. Así de cruel fue el final de su obra.

#Masqueelsolcontemplamoslucir fue el desafortunado HT que Marathon Sports utilizó para promocionar la camiseta de la Selección. Impecable desde el punto de vista publicitario, esa frase del Coro del Himno Nacional la tienen en la punta de la lengua todos los ecuatorianos. Pero, ¿qué tan ético y legal es usar un Símbolo Patrio en una promoción comercial?

Partamos del hecho de que Marathon tiene el lícito afán de vender un montón de camisetas. Bravo por eso. ¿A quién le puede ofender que una empresa ecuatoriana, destacada y transnacional como pocas, tenga éxito comercial? 

Sin entrar en el debate de qué tan representados nos sentimos por nuestros Símbolos Patrios y reconociendo que el Himno Nacional es una obra que no tiene cobertura de Derechos de Autor, existen normas contenidas en el Manual de Ceremonial y Protocolo del Estado que restringen la utilización de los Símbolos Patrios a los ámbitos oficiales.

¿Qué tan oficial, pública es la intención de Marathon de posicionar a sus camisetas? Ninguna. Cruda y duramente, la empresa hace uso incorrecto de una enseña de nuestra nacionalidad. 

Pero esta fue solamente la punta del iceberg. La presentación de la camiseta, en la Casa de la Selección, resultó una sucesión de hechos desafortunados desde el comienzo. ¿Qué tienen que hacer los integrantes de la Escuela Superior Militar embanderando con gala digna de mejor ocasión un acto comercial y privado? ¿Acaso no se dieron cuenta que, tras su ingreso con el lábaro patrio, lo primero que hicieron en la transmisión televisiva fue decir, palabras más, palabras menos: “Entra la Bandera del Ecuador , con el auspicio de Claro”?

La Bandera Nacional cobija a Claro, el Himno Nacional a Marathon. ¿El escudo? No fue tomado en cuenta, felizmente. Se lo habrían peleado entre Cervecería Nacional, Coca Cola y el Banco de Guayaquil, con leve desventaja para el Banco, tanto que el Ingeniero Chiriboga se olvidó de nombrarlo en el ofrecimiento del acto.

El acto se cerró con una frase paradigmática, que explica todo lo que sucedió: “Civismo y deporte se dan la mano”. Tal vez, lo mismo dijo Hitler cuando presentó las Olimpiadas de Berlín 1936 o Videla en la inauguración de Argentina 1978.

Pero todo esto tiene un fin y un comienzo. La prensa deportiva ecuatoriana ha cometido un error capital: crear un maridaje espúreo entre Patria y Selección. Es decir, se ha creado una corriente donde si se opina que Ecuador puede perder en el campo deportivo, te conviertes en un enemigo del país, casi como si hubieras vendido secretos militares al Perú en 1995. Si la Selección te resulta indiferente, es como si hubieras escupido  en la tumba de los Héroes del 2 de agosto.

¡Stop, por favor! La Selección no es, ni más ni menos, que el representante de la Federación Ecuatoriana de Fútbol. A asumirla como tal. La  patria es mucho más que once jugadores en la cancha. La Bandera, mucho más que  una camiseta cuyo diseño puede gustar o no y cuya obligación no es cobijar simbólicamente a nadie.