La motorizada familia de A

En la casa de A viven él y tres personas más. Algunos pisos abajo, en el garaje, descansan tres autos y una motocicleta.

Ya no es una familia, parece una escudería. El hecho es que esta sobrepoblación de ruedas y tuercas es  causa y efecto de que la vida en la casa  de A gire alrededor de los autos. Es de imaginarse que, cuando se aplicó el pico y placa, una suerte de estado de emergencia cundió en este bien constituido hogar.

El papá de A maneja una cuatro por cuatro, cómoda y pintera. Sin embargo, no pasó  una semana de que la compró y ya estaba buscando otro auto. Y así fue siempre. El prontuario automotriz del papá de A registra desde una  destartalada Toyota Hilux 1978 hasta un Volkswagen Scirocco 2000. Autos que, salvo una Isuzu Rodeo 2002 (la única que compró en un concesionario), pasaron fugazmente por su garaje y por su corazón.

“Con este carrito ya me han de enterrar”, dice el papá de A cada vez que adquiere un auto nuevo.  A esta altura, ni él mismo se cree tal demagógica oferta. Ya dije que buscaba carro nuevo a la semana de haber comprado uno. Esa procura lo llevó a ser usuario consuetudinario de los clasificados de El Comercio, sobre todo del sábado y del domingo. Devoraba la lista de coches a la venta, llamaba a los propietarios (incluso a horas poco decorosas) y trababa largos debates, regateos que, casi siempre, terminaban en nada.

El papá de A descubrió, hace un par de años, los patios de autos virtuales. Para qué. Cual adolescente chateadora, pasaba horas de horas mirando los carros, anotando números de teléfono (“¿Para qué voy a gastar mi celular? Lo llamo mañana del trabajo”, decía) y ampliando las fotos de sus posibles nuevas adquisiciones.

El hermano menor de A es mecánico y ha trabajado siempre en el rubro automotriz. Es él quien asesora a su papá en estos menesteres. Poseedor de auto desde los 18 años, el hermano de A fue la variante chira de aquellos que se compraron otro carro cuando llegó el pico y placa. Él rompió su chanchito y adquirió una moto. Una moto modelo sicario, ruidosa, de dudosa marca, pero moto al fin, que le permite desplazarse libre cuando no puede andar en su vehículo.

Entre padre e hijo traban y destraban la compra de nuevos autos. Sus diálogos, del alba al ocaso, tratan de qué carro es mejor, cuál es el más útil, a quién le pueden sacar mejor precio. Si no hay compra –  venta a la vista, su temática versa sobre aceites, lubricantes, llantas o huecas mecánicas. No ha nacido quién sea capaz de engañarlos con una mala refacción. Ellos son más vivos, pues.

Fácil presa de la Fórmula 1, el rally, el Moto GP pudieron haber sido. Con estoicismo han resistido y, cosa rara, no son aficionados a estos deportes. Menos mal.

En medio de esto, está la mamá de A. Señora bien servida, tiene un auto que utiliza rara vez. Esto, porque prefiere que le vayan a dejar al trabajo, también a retirarla. Si va a un té de viejas, a visitar a alguien, al médico (la mamá de A entró en esa edad en que todo se le consulta al doctor) tiene servicio a la puerta, sea de parte de su esposo o de su hijo. Ella no se hace problema.

Mientras, esta mañana, el papá de A decía por enésima vez “con este carrito ya me han de enterrar”, dando a entender que compró nuevo vehículo, A se dirigía a su estación acostumbrada del metrobus a seguir siendo la oveja negra (y poco motorizada) de esta familia…

Anuncios

Una respuesta a “La motorizada familia de A

  1. Me identifico tanto con “A”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s