Archivo mensual: septiembre 2014

La maldición iraní

Una visa a EE.UU genera una situación trágica y cómica.

Una visa a EE.UU genera una situación trágica y cómica.

Haber llegado, inocentemente, a uno de los miembros del Eje del Mal, le provocó a B. un embrollo del que no sabe como salir. Aquí su historia.

B. tuvo vacaciones en Disney desde los 6 años. Era frecuente visitante, junto a sus padres, de Miami y zonas aledañas. Se le hizo una costumbre ir a Estados Unidos, pero jamás se preocupó de detalles porque, como niña que era, de los trámites se encargaban sus padres. O algún asistente o secretario que pagaban ellos. Da igual.

Hizo el último año de secundario en una escuela pública de las afueras de Houston. No tiene un buen recuerdo de esa época. Pasó muy triste, pues ese pasaje coincidió con la enfermedad letal que terminó arrancándole la vida a su abuela más cercana. En fin, había que cumplir con el ritual de estudiar un año de intercambio, con el fin de masticar algo mejor el inglés.

Pasó un tiempo de distanciamiento con los Estados Unidos, hasta que se vinculó laboralmente. B. siempre trabajó en el ámbito de las petroleras y mineras, empresas poderosas e influyentes si las hay. Tenía 24 años, había encallado en el intento de estudiar Ciencias Internacionales cuando, por intermedio de las amistades de su padre, entró a una petrolera cuya sola mención en el Ecuador hoy trae mucha polémica.

Como esa petrolera tiene su sede en California, debía viajar allá con cierta periodicidad. Tramitó una vez la visa a EE. UU. y se la dieron sin dudar. Todavía tenía 3 años de entrada permitida, cuando salió de esa empresa y entró a trabajar a una minera, donde no tuvo necesidad de viajar al norte del hemisferio.

B. se graduó y volvió al campo del petróleo. Esta vez, lo hizo en una empresa china de amplios, amplios, amplios intereses en toda Sudamérica. El último año de su visa se le consumió en viajes casi mensuales a la oficina de esa empresa, que queda en Nueva York.

En mayo, estaba regresando de esa ciudad cuando se dio cuenta que a su visa le faltaban 6 meses para caducar. En un mes, debía estar de vuelta para el matrimonio de una amiga. “Voy a renovarla la próxima semana”, dijo. Y se despreocupó.

Pero antes pasó algo llamativo. Dentro de su área laboral, B. se encarga de la región sudamericana. Una amiga suya, a quien voy a  llamar C. está al frente de la región Oriente medio, una zona tan sensible e importante dentro de las empresas del rubro.

En diciembre pasado, C. debía ir a Tehrán, la capital de Irán, para una visita de rutina. El problema es que estaba ya con 7 meses de embarazo y le era imposible hacer un viaje tan largo y difícil sin poner en riesgo su salud. ¿Y ahora?

Como B. le debía un favor, C. no dudó en cobrárselo. “Flaca, please, reemplázame, hazme la taba, no puedo dejar de ir”. Así la convenció a B. de tomar su lugar en Irán.

“Total, voy a conocer un sitio nuevo”, se dio ánimos y aceptó hacer de suplente. Tras 24 horas en avión y escalas varias desde Lima hasta Tehrán, B. llegó y se puso a trabajar. El viaje fue una aventura expuesta en varias sobremesas con anécdotas graciosas, como la de los pantalones apretados que se los tuvo que cambiar por otros algo más discretos en media jornada de trabajo.

Hace dos semanas, B. se acercó al consulado de EE. UU. en su ciudad natal. Hizo el trámite (que, de hecho, allá es menos riguroso que acá) y con los papeles en regla se acercó a la ventanilla, donde una gringa entrada en años hacía las preguntas de rigor. Todo parecía tan sencillo, hasta que la funcionaria hizo una revisión mucho más larga de la esperada de su pasaporte. Se demoró y siguió tecleando, mientras la situación ya era algo extraña para B.

Todo se vino a confirmar cuando la gringa le dijo secamente: “lo sentimos, pero no le podemos conceder la visa”. Listo, que pase la siguiente.

La sorpresa no se le borra hasta ahora. Viajó no menos de 20 veces en su vida a EE. UU., vivió allá un año como estudiante, trabajó para una de las trasnacionales más grandes de ese país, tiene recursos, empleo estable y demás credenciales económicas. ¡Pero es una extraña que no tiene derecho a poner un pie ahí!

¿Cómo averiguar qué pasó? Una fuente extraoficial del consulado, a la que llegó mediante un personaje influyente de su empresa, confirmó la sospecha de que a la funcionaria le asustó el viaje a Irán y eso bastó para cortar el trámite. Pero, ojo, todo eso es extraoficial. Oficialmente, a nadie se le explica por qué no le dan una visa.

B. no sabe qué hacer. Está tan molesta que no piensa volver a pedir el visado, mientras su empresa le dice que ellos nada pueden hacer porque el trámite es personal y que vaya viendo cómo arregla ese tema. Mientras, en el matrimonio de su amiga la pasaron muy bien y ella se conformó con ver todo por fotografías. Ah. C. dio a luz un niño gordo y rubio.