Archivo mensual: febrero 2015

Para decir adiós…

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Esta fue la primera nota que escribí en Últimas Noticias. Fue en julio del 2002. Cuando llegué allá, nunca pensé en quedarme 13 años más.

13 años. Se dice fácil, pero no se viven igual. Ahora que dejo El Comercio, tras haber pasado toda esa etapa que empieza con los sueños postadolescentes y termina con la crudeza del panorama vital ya planteado casi por el resto de tu existir, me doy cuenta de una sola cosa.

Fui feliz.

Feliz. En todo ámbito. No digo, de modo alguno, que El Comercio haya sido una suerte de aldea de los Teletubbies donde todos somos feliz hasta el almíbar. No. Es una empresa grande, con mucho en juego, con todo lo bueno y malo que ello entraña.

Y lo bueno siempre fue más. Todos los problemas, inconvenientes, desacuerdos  no son nada junto al aprendizaje, los momentos de alegría  por aquellos triunfos y la dicha de haber conocido personas que han sumado en mi vida. Algunas de las cuales me definieron. Sin exagerar.

No quiero nombrar a nadie. Tampoco quiero recordar nada en concreto porque, pese al esfuerzo que hago, no soy de piedra y la nostalgia me termina embargando hasta provocarme un derrumbe interno. El mismo derrumbe que he sentido en estos días de despedida, donde el afecto y respeto espontáneo de la gente (de varios que no esperaba, incluso) se ha hecho presente de una forma que me deja titubeante. Como casi nunca.

Tengo el orgullo de ser de los  últimos que entramos a esta profesión casi como aquellos muchachos que eran confiados por sus padres al mecánico, radiotécnico o carpintero del barrio para que aprenda un oficio. Llegué en circunstancias parecidas y, ahora que recuerdo, nunca tuve una meta. Me dejé llevar y no me arrepiento.

Y los designios de Dios y el destino son tan perfectos que me pusieron en el lugar para cumplir mis sueños. Sueños que se voliveron palpables gracias a mi trabajo y a una empresa cuyos valores terminé intentando adaptar en mi vida. No me ha ido mal.

Por último, creo que algo de autoridad tengo para hacer una recomendación a quienes quieren ingresar a este oficio. Replieguen aquel deseo tan humano de fama, reconocimiento y notoriedad. Déjenlo atrás del deseo de aprender, de la curiosidad, de la humildad para reconocerse ignorantes. Diez segundos en televisión nunca valdrán más que años y años de ejercer la palabra escrita, expresión de toda la mecánica del pensamiento.

Los grandes periodistas no se hicieron en medio de los reflectores, los ternos finos. Lo hicieron recurriendo a los libros, al deseo de saber y el respeto enorme que te infunde una página en blanco y un jefe exigente y sabio.

Adiós a El Comercio, Últimas Noticias. Thanks for the memories. Gracias a todo y a todos.

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Telón lento para Franklin Salas

¿Qué puede aportar Salitas a Deportivo Quito? ¿Qué puede estar detrás de su contratación, más allá de lo futbolístico? Un intento de análisis de una situación que puede tener connotaciones tristes.

Salas, el día de su presentación en Deportivo Quito. (Foto de El Comercio)

Salas, el día de su presentación en Deportivo Quito. (Foto de El Comercio)

¿Qué puesto le dará la historia del fútbol nacional a Franklin Salas? No jugó en la élite internacional, jamás fue el timón o el guía de un equipo épico (en la  Liga 2008-2009 era apenas un suplente de lujo) y su nombre no está en los puestos privilegiados de las estadísticas.

Su lugar es otro. Salas fue el último futbolista cuya sola presencia convocaba y levantaba a las tribunas. Con una jugada era capaz de saldar el precio de la entrada y las ovaciones que recibía no eran exclusivas de los hinchas de Liga. Salas fue un ídolo, acaso el último del fútbol ecuatoriano. Y eso que, profesional y deportivamente, vinieron jugadores superiores.

Si queremos entrar en el terreno de las comparaciones, Salitas fue al fútbol ecuatoriano lo que Óscar Bonavena al box argentino: un elemento popular, sin vitrinas colmadas de trofeos –Ringo nunca fue campeón mundial- y cuyas tribulaciones fuera del campo deportivo eran un espejo donde se podía reflejar el hombre común, el que como ellos viene de abajo y busca todos los días ser alguien mejor.

Puedo concluir, en este rubro, que Salas estará en un escalón similar al de Polo Carrera o Jorge Bolaños, con la diferencia de que ellos fueron claves y decisivos para ganar títulos. Sin embargo, el carisma del aún activo volante ofensivo supera al de los nombrados.

Carisma. Ese es el punto. Si algo mantiene en el campo de juego a Salas es eso. Despojémonos de la magnética figura del jugador y analicemos con frialdad su carrera posterior a la Copa Sudamericana del 2009. En el 2010, con el regreso de Edgardo Bauza a Liga y la salida de su padrino Jorge Fosatti, el Mago entró en una debacle de la que jamás pudo levantar.

Su paso a Imbabura (2011) fue el inicio de un tobogán que, como intentaré explicar luego, aún no termina. Jugó en Argentina, en un equipo del interior (Godoy Cruz), lejos de River, la institución que en su mejor momento lo quiso y a la que no llegó por aquel lastre que le impidió posicionarse en un nivel superior: las lesiones.

En Liga de Loja su expresión futbolística apareció restablecida, pero una cosa es tener 25 años y otra 32. Y si hay una carga de problemas físicos, ni se diga. Hago memoria, voy a archivos y llego a la penosa conclusión que Salitas es el futbolista más lesionado de la historia. Y esta ‘condecoración’ no es menor.

Dos años en Olmedo, uno en la Serie A y otro en la B, definieron que Salas está cerca del retiro. De remate, hace un año, el Mago sufrió una lesión que lo tuvo  media temporada afuera.

Pero, seguramente, este detalle está fuera del alcance de quienes arrancaron una campaña mediática desproporcionada, a fines del año pasado, con el fin de ubicar a Franklin Salas en Deportivo Quito. Tampoco seguramente saben que no pasó de ser suplente en Olmedo, de uno de los dos equipos que descendió en la temporada pasada.

¿Cuál era la intención de propagandearlo mañana, tarde y noche? A la luz pública, el interés de ciertos ¿periodistas? partidarios y operadores de prensa se circunscribía a molestar a Liga de Quito. Un capítulo más de la desestructurada y ya hartante necesidad que quienes están cerca del Quito tienen de rivalizar con Liga. Salas pasó a ser una suerte de trofeo de guerra. 10 años después de su cénit, pero trofeo de guerra al fin.

El tiro les salió por la culata. En Liga, cundió la indiferencia ese viernes que Salas se puso la azulgrana. La primera batalla estaba perdida. Y por goleada.

¿Qué hacer, entonces, con Salas? Promocionarlo como la “gran” contratación, la que hará diferencia, la que llenará estadios y ganará partidos. No queda otra, por más que las evidencias deportivas sean adversas.

El tema me empezó a preocupar el viernes, luego de ver el dramático esfuerzo de Salas por ser el que fue, pero sin tener los recursos de su buena era. Su sudor, la entrega y la voluntad se van de bruces frente a la realidad. Esa realidad cruda que, por ejemplo, pintaron Luis Zubeldía y Esteban Paz a inicios de año: Salitas ya no está ni para entrenar.

Tras la derrota frente al Cuenca, no faltaron hinchas y ¿periodistas? de Deportivo Quito preguntando “¿Por qué no juega Salas?”. Cuando ellos lo que deberían preguntarse es por qué Salas sigue jugando.

En el mismo equipo que dejó ir por la puerta de atrás a Christian Lara y Walter Calderón, pese a sus valientes esfuerzos para evitar el merecido descenso del año pasado, detecto que las esperanzas en hacer “una gran campaña, pelear el campeonato o la clasificación a la Copa” dependen de lo que pueda hacer un futbolista que está más cerca del adiós que de la práctica activa. Dramático.

Quienes revolotean por Carcelén quieren ocultar un detalle innegable: Salas fue un crack. Ya no lo es. Pero esto no es lo peor. Conociendo los alcances y modus operandi de ciertos personajes, considero muy seriamente la opción de que estén utilizando al futbolista para tapar a la afición hechos más graves.

El Quito es una institución colapsada e inviable. Ha hecho, como dije, méritos para descender y también para desaparecer del mapa. Sus graves problemas internos solamente pueden pasar por alto en un país donde el ente que regula el fútbol considera que barrer la basura bajo la alfombra es “defender” la actividad.

Si alguien llevó a Salas al Quito, convencido de que podría hacer la diferencia futbolista es un ignorante absoluto de la actividad, pero también un mentiroso o un perverso. Cargarle de responsabilidades a alguien que tiene el 25% de su capacidad física y deportiva entra en cualquiera de esas categorías.

Dentro de todo este circo, no falta una luz. Tabaré Silva, el DT del Quito, no tiene dudas en reconocer que Salas no está para ser titular (lo dijo el viernes). El tema está en que no lo entienden. Y el paso de la temporada, contrario a lo que puede pasar con un futbolista con menos años o menos lastimado por las lesiones, confinará cada vez más al Chicharra a la banca.

No hay salida. Salas no volverá a ser el del 2010. Ni se diga el del 2004. Por eso, si el Quito confirma su candidatura al descenso y termina yéndose a la Serie B, no será difícil que los mismos genios que lo pintan como la ‘salvación’ lo señalen como el responsable de un hecho que se generó mucho antes de que Salas llegue al Quito.

Este no es el final que su carrera merece. Habría preferido verlo en Liga, jugando los 5 minutos finales de un partido ante River o Mushuc Runa, saliendo aplaudido. Salas no merece cargar con un muerto cuyos signos vitales se irán extinguiendo a lo largo del año.