Archivo mensual: enero 2016

Tokio: la vida corre de estación en estación

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Señalética digital, estación Shibuya (Tokio)

Tokio se mueve sobre rieles. En una ciudad donde los taxis cobran pequeñas fortunas y los autobuses son infrecuentes, no queda otra alternativa que el tren normal y su variante subterránea para desplazarse.

Es posible llegar a todo punto de la capital japonesa gracias a su sistema ferroviario. Como ahí las calles no tienen nombres, la cercanía de determinada estación de tren o metro resulta vital para ubicarse, encontrarse y hallar orientación.
Hay estaciones de tren/metro gigantescas, como las de Shibuya, Shinjuku o Ikebukuro que son verdaderas ciudades subterráneas, en cuyos pasadizos se puede pasar un día entero sin terminar de ver todo lo que hay. Restaurantes, comercios, supermercados, enlaces a grandes tiendas, escaleras eléctricas, en fin, se multiplican.
El transporte por esta vía no es sencillo de comprender a la distancia. Pero, con algo de mundo a cuestas y si ya estás ahí, no vas a tener problemas. Para empezar, el metro de Tokio lo operan dos compañías: Tokio Metro, que tiene a su cargo 9 líneas, y Toei con 4. Es el mismo sistema subterráneo, pero operado por empresas distintas. Si no te quieres hacer lío, están a la venta tarjetas diarias de 1000 yenes (USD 8) que te permiten usar ilimitadamente los servicios de ambas compañías. Es lo más recomendable.
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Boleto válido por un día de viajes ilimitados en Tokio Metro y Toei Metro, cuesta USD 8.50.

Hoy, que tenemos Google Maps, que nos dice cómo llegar de un punto a otro a pie, carro, bus, tren, metro y demás, es papaya ubicarse y saber qué dirección tomar. Sin embargo, si no cuentas con esta facilidad vas a tener que utilizar la señalización propia del metro para desplazarte. Si prestas atención, sabes códigos mínimos como aquel que dice que cada estación se identifica por el nombre de su línea y un número (por ejemplo, la estación de metro Ginza será en la línea Hibiya la H-9, la que viene después en esta misma línea, la estación Tsukiji, será la H-10 y así…) pues no te harás problema.
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Entrada estación Ikebukuro, de la línea Maronouchi. Esta estación también sirve a las líneas Yurakucho y Fukutoshin.

Aparte, hay empleados muy serviciales que, ante cualquier muestra de desconcierto que vean, sabrán acudir con un sosiego y un mapa.  El sistema empieza a correr desde muy temprano (tipo 05:00) y el último metro sale, por lo general, antes de las 00:30.
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Símbolo a la entrada de una estación de metro (Tsukiji, me parece) en Tokio.

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A la espera del metro, en la estación Shibuya. Nótese las barreras y las puertas, para evitar cualquier accidente.

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Interior del metro.

El tren es algo parecido. La principal línea urbana en Tokio es la línea Yamanote, que hace un recorrido circular. Todos los puntos importantes y turísticos de esta ciudad (salvo el barrio de Roppongi) se encuentran servidos por una estación de esta línea, acaso la más recurrida. La opera JR (Japan Railways), la empresa más importante del rubro.
Es que, tal como pasa con el metro, hay varias empresas en la operación de diferentes líneas. Todas privadas, que generalmente acuden al servicio de los amplios, amplísimos suburbios de la ciudad más grande del mundo. En cuanto a mi experiencia, en esta ocasión me tocó usar la línea Ikebukuro de la empresa Seibu.
Toda estación tiene un andén diferente para cada empresa, así como también diferentes torniquetes y controles de acceso. Debes tener sentido de orientación bien afilado, prestar atención a las señales porque puedes darte con la mala noticia de que en lugar de tomar un tren que debía parar en la estación que necesitabas, agarraste un expreso que no para hasta el final, a cientos de kilómetros de donde estabas.
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Señalética de las líneas de JR. En rojo, la estación donde te encuentras. El número que acompaña cada estación es el precio en Yenes que te cuesta llegar hasta allá.

El precio, tanto del metro como del tren, depende de la distancia que recorras, a menos que compres una tarjeta que te sirva para viajes ilimitados por uno, dos, tres días, que no están disponibles en todas las líneas (sí para las más importantes).
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Interior ala norte de la estación Tokio. Es una de las pocas edificaciones antiguas de la ciudad.

Hay máquinas con pantallas táctiles que indican las estaciones, eliges la que necesitas y depositas el dinero. A la salida, debes validar el boleto, lo depositas y se te abre el torniquete. El viaje entre la estación Ikebukuro y la estación Ekoda de la línea Ikebukuro Seibu costaba 180 yenes, USD 1,50. Era un trayecto que pasaba por dos paradas, cosa de 10 minutos de trayecto.
Sin excepción, los trenes son impecables, limpísimos. Una norma de la etiqueta japonesa considera de mala educación hablar por teléfono dentro de los vagones y, si quieres un silencio sepulcral, hay vagones dedicados a ello. La gente prefiere leer o concentrarse en sus teléfonos o tablets durante el viaje. Claro, otro “entretenimiento” es dormir. Nadie come, nadie bebe.
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Interior del tren de la línea Seibu Ikebukuro, a una hora impublicable (pasada la medianoche).

Va a sorprenderte, si lo llegas a ver, el trato que existe entre los empleados de las empresas ferroviarias. Existen auténticas jerarquías y no era inusual ver a los miembros más jóvenes cuadrarse frente a los más antiguos cual soldados. Todos, claro, uniformados de manera impecable.
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Fachada de la estación Tokio. De adentro salen los trenes bala a los puntos más alejados del país.

Y el Shinkansen, el tren bala de larga distancia, debe ser un espectáculo. No lo ocupé, pero si utilicé uno de mediana distancia, de la línea Keisei, entre el aeropuerto de Narita y la estación Nippori, y viceversa. Fueron 60 kilómetros en 35 minutos.
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Tren rápido Nippori – aeropuerto de Narita.

Los precios del trago en Tokio

Tokio, no cabe duda, trae a la cabeza la idea de una ciudad ultracara. De hecho, esto no es un mero prejuicio. Es una realidad, pero que depende del rubro. Ya he analizado el tema en una ocasión pasada, podría hacerlo en una próxima con más detalles.

Sin embargo, hay cosas que resultan muchísimo más baratas que en el Ecuador. El licor es una de ellas. Para que tengan una referencia, acompaño unas fotos que se explican solas. Fueron tomadas en distintos locales de la cadena de tiendas Don Quijote, donde venden desde aguja e hilo hasta juguetes sexuales. No es broma.

El cambio vigente en la época que estuve era de 120 yenes por 1 USD. No voy a poner el precio en Quito de las mercancías citadas, para evitarme el fastidio de leer sus comentarios del tipo “uuuuuy, mi casera de Santa Clara me da a la mitad”. Bien por ustedes si es así, pero honestamente no me importa.

Que hablen las imágenes.

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Chivas 12 años, a USD 23,58

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Moet Chandon (era australiano, no lo había visto nunca) a USD 33.16

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Dom Perignon Brut, dependiendo la caja cuesta USD 132,50 o USD 140,83.

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Johnnie negro (700, no de litro) a USD 16,62.

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Cognac Hennessy (en Asia lo toman mucho, es el principal mercado de exportación de la marca) a USD 23,16.

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Jack Daniels, a USD  13,08

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Johnnie rojo a USD 10.73 y Chivas 12 años a USD 16,31.

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Johnnie azul, a USD 107.

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El ya citado Johnnie negro, el Double Black (USD 22,58) y el Gold (USD 36,33).

 

 

Comida callejera en Tokio

El japonés es, lejos, el asiático más distinguido. No es de andar desaliñado, ni siquiera de hablar en tono de voz alto. Ríe discretamente, casi pidiendo permiso. Actúa con escrúpulos casi infantiles.

Como vive en medio del orden, cuando come afuera prefiere los restaurantes con perfil distinguido (Tokio es la ciudad con más restaurantes con estrella Michelin en el mundo), las cafeterías con charme europeo, la comida bonitamente empacada de los depachika (supermercados) o, en el peor de los casos, el ambiente estéril de los fast food.

Por eso, la gran capital del Japón no es una ciudad de comida callejera. Al contrario de Kuala Lumpur, Shanghai, Hong Kong o Seúl, en Tokio no hay vías enteras llenas de tenderetes, kioskos, parrillas portátiles.

Sin embargo, el fin de año marca una excepción. En masa, los tokiotas se lanzan a los templos para pedir prosperidad, salud y trabajo para los 365 (o 366) días venideros. Luego de hacer sus rituales de desvinculación del año que terminó, se dirige a la salida de los templos en Akasaka, Shinjuku y demás barrios. Ahí se instalan toldos donde la comida se prepara al instante y se consume de la forma menos ceremoniosa posible.

Hay de todo, desde choclos hasta pulpos. Dulce y salado, cerveza y sake. Pero mejor que hablen las tomas.

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Camarones, pescado, pulpo. Todo a la parrilla.

 

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Estos eran unos pescados muy pequeños, del tamaño de una tilapia, que se asaban con fuego al centro.

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Atún, pollo, carne de res, cerdo y demás a la brasa.

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El sake, servido caliente. Aguardiente perfecto para acompañar la comida.

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El tradicional yakisoba, el fideo salteado a la plancha con pollo y verduras.

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Chuletas apanadas.

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Una suerte de crepe con huevo, queso, fideos. No muy entendible, la verdad.

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Bolitas fritas rellenas de pulpo.

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Más yakisoba

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Pollo y carne a la parrilla.

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Atún al grill, en el mercado de Tsukiji. 500 yenes (USD 4).

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Pinchos listos para ir al fuego.

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Algo occidental: crepes de dulce.

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Chocobanana, a 400 yenes cada una.

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Frutas congeladas.

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El obento en el tren: pollo y salmón asado, sushi, té. Lo compré en Mitsukoshi.

 

 

Año Nuevo en el Palacio Imperial de Tokio

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Es el 2 de enero y las puertas del Palacios Imperial de Tokio, la residencia de la casa real del Japón, se abren libremente para los ciudadanos. Este es uno de los dos días del año en que la sede de la Casa Imperial recibe a sus súbditos. El otro, es el 23 de diciembre, día del cumpleaños del Emperador Akihito.

El objetivo de estas recepciones masivas es saludar al Emperador, su esposa y el resto de la familia real. En Japón, la casa gobernante no tiene una específica responsabilidad gubernamental, sino más bien un carácter simbólico. La influencia espiritual y anímica de la realeza en la sociedad nipona es notoria. La tradición dice que el Emperador es, ni más ni menos, descendiente directo del Sol. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, estaba prohibido para sus súbditos siquiera mirarlo.
Salgo de la estación del metro Otemashi y, la verdad, no hay visos de multitud. Conforme me acerco a la explanada que antecede la entrada principal al Palacio, una verdadera marea de cabezas, abrigos se agolpa con orden para conseguir su lugar. Orden, esa es la palabra clave, como iré explicando.
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Cuando entro a la explanada, un hombre mayor nos regala a todos banderas  de Japón hechas con papel de seda. Todos vamos con nuestra bandera rumbo a una fila que se bifurca. Por un lado, van quienes no tienen equipaje o maletas por revisar en el scanner de Rayos X. Por el otro, ese es mi caso, quienes apenas necesitamos de un breve y respetuoso cateo.
Avanzo. Hace frío y el suelo es de gravilla, por la que transito junto a una multitud silenciosa y sonriente. Poco a poco, la Policía nos hace formar unos bloques gigantescos, separados por cintas. No me gustan los agrupamientos de gente, incluso estos donde nadie falta el respeto, nadie toca al prójimo y ni siquiera hay bulla. Pero siento que la ocasión vale la pena.
A lo lejos, los grupos que fueron llegando temprano van entrando a Palacio por una puerta imponente, franqueada para este día de fiesta. La espera de media hora se terminan y nos hacen pasar a todos. Veo pocos occidentales como yo.
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Los jardines del Palacio no me sorprenden, pese a los puentes , los estanques y el verdor que pelea contra la sequedad invernal. Todo es tan grande, tanto que no hay espacio para los detalles mínimos. A lo lejos, las edificaciones en forma de pagoda guardan la austeridad y los mil años de costumbres de la realeza.
Al final, tras 20 minutos de paseo, llegamos a un patio gigante frente al balcón protegido por vidrio (seguramente blindado) desde el cual el Emperador dará su saludo. Hay niños, pero los adultos y ancianos son la mayoría. Una pareja de ellos, aburridos por la espera, me interroga y conversamos. No tienen idea de dónde queda Ecuador, la referencia más cercana por la que puedo identificarme es Macchu Picchu.
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Nadie se mueve. Todos ocupan su espacio y la posibilidad de desorden y desbordes es imposible. El que a la llegada logró ubicarse bien para ver el discurso, en buena hora. Quien no pudo, pues espera. Algunos lo hacen en cuclillas.
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Hay anuncios por megáfono que no entiendo. Poco después, el Emperador, su esposa y sus hijos aparecen en el balcón y saludan con una venia. Se viene el espectáculo maravilloso de miles de banderas flameando y los gritos de aclamación. El éxtasis es contagiante y solamente se termina cuando Akihito pronuncia con monárquica pausa y sobriedad su saludo. Un par de reverencias más y la familia real se esconde tras la cortina. El saludo, el acto en sí, ha terminado.
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Luego, tienes la posibilidad de pasear por los jardines adyacentes, hasta encontrar una puerta de salida. Volverá a entrar otro grupo a saludar y, así, hasta que empiece a caer la tarde. Todo en medio de la prolijidad y la civilidad que, parece, es innata en los japoneses. Esta vez, hicieron fila y esperaron solamente para saludar a su soberano. Y, seguro, volverán el año próximo.
Les debo un video, algo tembloroso, que hice en el discurso del Emperador. CNT no permite subir hace dos horas un video de 30 segundos…