Archivo mensual: febrero 2016

¿Qué es “ganar a lo Barcelona”?

Barcelona

Walkir Silva y el gol de la clasificación a semifinales (1987)

La seguridad es tan corrosiva como lo son las dudas
Milan Kundera

Yo lo vi.  24 de mayo de 1987. No era feriado, porque cayó domingo. El Día de la Patria fue escenario perfecto para una definición de Copa Libertadores, de ese torneo bravo y épico que era antes del 2000, donde para imponerse había que ganar sin dejar dudas y jugar dentro y fuera de la cancha. No era la Copa soft y edulcorada de hoy, la de Fox.

En aquella jornada, Barcelona comparecía a la cancha del Modelo. Necesitaba ganarle a Olimpia de Asunción para ser primero del grupo y solamente así clasificar a las semifinales. Ganar o ganar. Si empataban, la clasificación era para los franjeados, equipo copero y tradicional como muy pocos en el continente.

Toma y dame, ida y vuelta, agonía, desesperación y nervios. Todo estaba 2-2 hasta el minuto 76, cuando un centro de Galo Vásquez encontró la cabeza del uruguayo Walkir Silva. Gol. Era el 3-2, así se alzaba la puerta de la clasificación dentro de los seis mejores equipos del continente.

Eso era “ganar a lo Barcelona”. Ni más, ni menos. Hubo muchas antes, también muchas después. Imposible olvidar, por ejemplo, los triunfos sobre Colo Colo y Sao Paulo (1992), aquella clasificación por encima de Universitario de Perú (1993), la semifinal de la Copa con Cerro (1998). Antes, el título de 1997.

¿Qué entiendo yo por “ganar a lo Barcelona”? Ser más fuerte que los fuertes, ser roca si el rival es acero. Esto, de ninguna manera es lo que sucede hoy: sufrir como madres para sacarles un golcito de diferencia a escuálidos contendientes.

La figura retórica, con el paso del tiempo, se prostituyó. La realidad dicta que Barcelona, desde 1998, ha sido un equipo más del montón. Tantas veces campeón como lo fueron Olmedo o Deportivo Cuenca. Como ya no juega contra los grandes del continente, sino a duras penas le pone la cara a equipos del medio que lo han superado en importancia competitiva, ¿cómo apelar a aquello de “ganar a lo Barcelona”?

Planteadas así las cosas, tan crudamente, para la prensa simplista no hay otra salida que endilgarle caracteres gloriosos y míticos a cualquier victoria sufrida y difícil de local, sobre rivales de dudosos antecedentes históricos. Pasó este domingo último con Fuerza Amarilla, como tantas veces en los últimos 18 años.

¿Qué tienen que ver el gol laboriosamente conseguido por Ismael Blanco el domingo con el de Walkir Silva? ¿En qué se parecen Fuerza Amarilla y Olimpia? ¿Cuál es la equivalencia histórica entre la cuarta fecha de la competencia local y la clasificación a la semifinal de la Copa Libertadores de América?

Las preguntas anteriores parecen obvias, pero hay que plantearlas. Sus respectivas respuestas explican la devaluación del término “ganar a lo Barcelona”. Una frase golpeadora, tenaz, que tiene impacto en la gente. Como ya no hay triunfos importantes, que cuentan para la historia real del club, hay que usarla a destajo, apenas haya oportunidad. Así, se volvió un lugar común, tedioso como todos sus similares.

La gente, feliz, traga este aceite hirviendo. Se crea en la cabeza el imaginario de que Jerónimo Costa es Éver Hugo Almeida, Federico Alonso se bate como Rogelio Delgado y Lauro Cazal comparte con Evaristo Isasi algo más que la nacionalidad. Y así, por efecto de la goebbeliana política de repetir 100 veces una mentira para hacerla verdad, el triunfo sobre Fuerza Amarilla pasa a ser una especie de conquista de las Termópilas, cuando en la realidad no es sino una de tantas victorias de trámite, acaso digna de reparos porque fue conseguida de forma sufrida y lamentable sobre un rival que se quedó con un elemento menos desde el minuto 33 y que estuvo en ventaja hasta el minuto 80, gracias al único tiro al arco que logró empalmar.

Planteadas así las evidencias, solamente queda reflexionar sobre el por qué cierta prensa recurre a engañar a la gente con conceptos tan impropiamente aplicados como el citado. Vivimos una época donde el afán de cuestionar ha quedado relegado por la voluntad de quedar bien con Dios y el diablo. Hay que sonar bien con todo lo que se le dice a la hinchada del equipo ganador, porque eso asegura audiencia. Una mencioncita acaramelada en Twitter al club de moda, al dirigente encumbrado, nunca estará mal. ¿Para qué meterse en honduras y dudar, si elogiar a mansalva es más fácil?

De todas formas, siempre habrá un espacio para decir algo más que lo obvio.

Si quieren ver qué era “ganar a lo Barcelona”, les dejo este video. Cortesía de Diego Arcos.

 

El ocaso de la TV en el fútbol nacional

El proyecto de agrupar los derechos de televisión del Campeonato Nacional bajo el manto de la Federación Ecuatoriana de Fútbol fue el flagship de la administración Chiriboga. El dirigente, hoy caído en desgracia, cumplía bajo este emprendimiento dos de sus máximas aspiraciones: capturar poder y hacer negocios.

Capturar poder. La FEF pasó a manejar uno de los principales rubros de ingreso de los clubes. Para lograr este fin, Chiriboga se valió de sus escuderos más osados,  aquellos soldados dispuestos a ofrendar su vida en la lucha: los clubes chicos y las asociaciones. Ellos fueron, finalmente, los responsables de conducir al fútbol ecuatoriano a uno de sus momentos más críticos.

Hacer negocios. Si antes la FEF apenas negociaba sus propios derechos de TV (los de la Selección en eliminatorias), ahora pasaba a ser reina y señora frente a los canales de televisión. Y ahí apareció el actor principal de los últimos años, no solamente en el fútbol, sino en todos los escenarios de la vida de los ecuatorianos: el estado.

La FEF y quienes actualmente conducen el estado ecuatoriano tienen mucho en común, sobre todo están unidos por esa ansiedad de captarlo todo, de ser imprescindibles. Cara a cara, se sentaron en el 2013 y le pusieron precio al fútbol: USD 16.6 millones por año, hasta el 2017, con 5% de aumento anual en el contrato.

Era, en apariencia, el negocio redondo. La FEF operaba como la caja chica del fútbol, repartía el dinero a los clubes y así los convertía en sus dependientes directos. Mientras, el estado encontraba el escenario más propicio y popular para repartir cheques y proclamar las bondades de un régimen que, por entonces, vivía la era de las vacas gordas.

Todo estaba consumado. Incluso, los críticos se fueron apagando en medio de su resignación. Pero algo que empezó con más ambiciones que realidades (¿hizo la FEF algún estudio que justificara la cantidad cobrada por derechos?) no iba a encontrar fácilmente buen viento y buena mar.

Sin entrar en detalles que tienen que ver con la producción, la línea periodística y similares, el sistema empezó a mostrar sus hilachas muy pronto. El anuncio original de que “nunca más se iban a jugar partidos a la misma hora” nos encuentra hoy con cada vez más encuentros en simultáneo. La culpable es la necesidad de repartir partidos a la mayor cantidad de canales posibles.

 

Prácticamente, casi como si hubiera sido un objetivo inicial, se ha ido forzando a que el aficionado migre a los sistemas de TV paga. ¿Quiere ver todo el fútbol? No, por señal abierta va a ser imposible. Transmitimos cómo y cuándo queremos. Pague ya y tenga toda fecha en su pantalla. Este es, pues, el objetivo final.

Es que, poco a poco, los actores del negocio se fueron dando cuenta que las cantidades que paga la TV por los derechos del fútbol ecuatoriano son sostenibles solamente si se paga por el producto fútbol. En señal abierta, salvo para el adoctrinamiento gubernamental, no hay espacio para mayor cosa.

A finales del año pasado, en plena viudez de Luis Chiriboga, Álex de la Torre reconoció esto frente a los dirigentes del Tungurahua, los grandes aliados de esta etapa, quienes propusieron al grito de la “revolución de los chicos” un sistema que los terminó ahorcando. Sin pay per view, no hay futuro.

Hoy, aunque el estado conserva su intención atrapalotodo, ya no tiene tanta plata. Hemos llegado a un momento complicado: la deuda de la FEF con los clubes, por concepto de derechos de TV, llega a USD 6 millones. Parte de esta tajada se debe también a las asociaciones provinciales. Habrá que preguntar qué califica como receptores de estos recursos a  asociaciones como Morona o Santa Elena.

La FEF no puede dar esta plata porque el estado no le paga. Todos sabemos que con petróleo de USD 17 el barril no hay forma de sostener esta clase de lujos. El panorama es muy complicado, pues cada vez hay mayor impaciencia en quienes son los receptores finales de esta plata. Mientras, en lo más alto del poder no hay forma de responder.

La única forma de salvar esto es con la intervención de la TV privada. Pensar que uno de los efectos colaterales buscados por la FEF a la hora de confiscar la transmisión televisiva fue sacar del negocio a Teleamazonas, uno de los canales cuya inversión podría rescatar hoy un sistema que va rumbo a la deriva.

¿Qué irá a pasar? A un año de la llegada de la Liga Profesional, cuya oferta modernizadora no se halla muy clara, no queda otra que evitar el colapso de un modelo nacido en medio de auspicios tan infelices como la angurria, la competencia desleal y la improvisación.

El estado, enhorabuena, se batirá en retirada y ojalá no vuelva a ser actor de esta clase de transacciones. Convertirse en el productor de eventos deportivos por TV no es una de sus funciones. Queda abierto para algo que no será mucho mejor: el imperio de la TV pagada, que dejará a la gran mayoría sin uno de sus espectáculos preferidos: el fútbol.