Archivo mensual: enero 2017

Operación Argo a la Ecuatoriana (II)

La segunda y final parte de esta aventura de viaje que empezó acá. ¿Cómo terminó esta odisea intercontinental? La historia de mi ‘extracción” de Irán.

Son las 20:00 del 25 de diciembre del 2016. Es domingo, un día laboral normal en los países musulmanes. Estoy en el interior del avión de Air France que acaba de aterrizar en el aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. El jefe de cabina (toda la tripulación es masculina) acaba de avisar que, de acuerdo a las leyes del país, las mujeres deben cubrirse la cabeza con un velo. La ceremonia comienza lentamente, no sorprende a nadie. Parece que todos los ocupantes de la nave abarrotada son locales y saben las normas.

La ruta que acabo de hacer (París – Teherán) fue la misma que recorrió el Ayatolah Khomeini en 1979, cuando triunfó la Revolución Islámica. Lo hizo también en Air France, pero él llegó al otro aeropuerto, al de Meharabad. En la figura de la máxima autoridad religiosa, el pueblo persa encontró una válvula de escape al exceso tiránico del Sha, el gobernante que murió en el intento de convertir a Irán en un puntal de occidente dentro la zona más conflictiva del mundo. Desde su exilio parisino, el Ayatolah regresó y lideró un proceso que lleva ya 38 años y sigue tan férreo como al inicio, sorteando una guerra, el incesante enfrentamiento con Estados Unidos y alguna que otra escaramuza interna.

En todo eso pienso mientras bajo del avión y un bus nos lleva desde la plataforma de aterrizaje hasta el interior del área de arribo. Acá no hay Navidad, ni nada que lo recuerde. La mayoría de gente corre directo a las ventanillas de migración. Otros, muy pocos, van a una oficina donde se expiden los visados. Les recogen los documentos, se sientan y esperan. No noto que nadie pase problemas, en el peor de los casos les mandan a comprar un seguro que cuesta USD 14 en una oficina ahí cerca. Todos parecen ser bienvenidos.Yo no.

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Pancarta en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Pero mi caso es único. Como ya conté en la primera entrega, viajé a Irán sin tener visa y con el primer pasaje (Teherán – Bakú – Estambul) que encontré para salir lo más pronto posible de ahí (seis horas después, a las 02:00 del lunes, en un vuelo de Azerbaijan Airlines). Me tocaba esperar que nadie se ponga quisquilloso con mi situación.

Apenas llego, un atisbo de esperanza: hay una ventanilla que dice ‘PASSENGERS IN TRANSIT’ donde hay una fila y dos funcionarios atendiendo. “Bien”, pensé, “les muestro mi nuevo pasaje, explico mi situación y me mandan a esperar a una sala de embarque decente”. Donde estábamos, si bien era iluminado y limpio, había un ambiente a sala de espera de un hospital. Aparte, era el sitio donde derivaban todos los vuelos que iban llegando y había algo de tumulto.

Todos recibían su pase a bordo y, efectivamente, iban al segundo piso, donde estaban las salas de embarque. Yo no. Cuando me tocó, el funcionario muy amable me explicó que ahí solamente estaban entregando pases a bordo de ciertos vuelos y que del mío (de AzAl) no había noticias. Que todavía era temprano (21:00) y que espere.

Esperar. Eso tocó. Ver pasar gente, familias, mujeres con fular, tipos que pedían su visa y se la daban, dar una y mil veces la vuelta en esa sala de espera tipo hospitalaria. Recorrer todo lo que estaba a mi alcance. Los límites eran las bien iluminadas y modernas áreas de migración, donde los afortunados podían hacer su ingreso a Teherán. A lo lejos, se veía el parqueadero. Ese era todo mi panorama.

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Mujeres con burka en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

¿Qué más pude ver hacia adentro? Un baño, el área de vacunas y sanidad, una zona privada donde en sofás muy cómodos descansaban los funcionarios, un rincón de oración… y nada más. Ese era el Irán que estaba a mi alcance. No la torre Azadi, el monte Alborz, el Grand Bazaar, Qom, Persépolis o el palacio del Niavarán.

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Rincón para orar en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Me senté a escribir los apuntes que ahora sustentan esta serie (?) y a esperar. Sin embargo, algo me inquietaba y era que a la mentada ventanilla de tránsito no iba nadie a atender. Entonces, a todo aquel que tenía alguna traza de autoridad (uniforme, básicamente) me acercaba a exponerle mi caso. En un inglés torpe nos entendíamos y la respuesta era la misma: “seat and wait, please”.

El wi-fi gratuito duraba unos pocos megas (me parece que 50) y verifiqué que Twitter y Facebook están bloqueados, pero Instagram y Whatsapp no. El aburrimiento y la incertidumbre son un cóctel explosivo. Entre la sala de tránsito y el área de embarque hay una escalera eléctrica. Me animo y subo, ya no tenía nada que perder. A la vista, queda un área muy normal, típica de cualquier aeropuerto del mundo, pero para llegar a ella, al final de la escalera, hay un guardia. Le explico mi caso y la respuesta es la misma: “seat and wait, please”, con el agravante que me manda “downstairs”.

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El baño

Son las 23:00 y compruebo que ya no soy el único en esta suerte de limbo persa. Una pareja de viejitos que también iban a Estambul, una familia rusa vestida como si vinieran de la playa y un griego rasta y atiborrado de tatuajes estamos en las mismas. Me divierte la escena de dos chinos que pelean en voz alta, entiendo yo, porque no les dieron la visa a la llegada y tienen que esperar en la sala tipo hospitalar para embarcarse en otro vuelo. Me entran las ganas de pedir la visa en la ventanilla, total tengo todos los documentos y hasta el seguro. Mejor no, mucho riesgo.

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El límite: después de ese guardia está el área normal de espera en el aeropuerto Imam Khomeini.

Sin ninguna pantalla de información y con la ventanilla de tránsito desierta, aparece un tipo de uniforme que se dirige a todos los que ahí trabajan con cierta imponencia. Creo que es el ‘jefe’. Eran las 23:00. Viene y, uno por uno, nos pregunta sobre nuestra situación. A todos pregunta y repregunta, menos a mí. Le explico, me mira y me devuelve mis documentos. Eso quiere decir que, o todo está en orden, o que la situación es muy complicada. A esas alturas, es lógico sentir que la noica te come.

Eran ya las 12:30. Supuestamente, mi vuelo de AzAl ya estará en pizarra y recibiendo a sus pasajeros. Pero no hay a quién preguntar. De pronto, veo que los rusos, el griego y los chinos suben las escaleras por las que antes me mandaron de vuelta. Hago exactamente lo mismo. “Suerte o muerte”, me digo para darme confianza.

Otra vez, uno por uno, empezamos a explicar nuestros casos al mismo tipo imponente que hora y media antes nos atendió abajo. Los rusos pasan sin mayor problema a la sala de embarque (luego, me dí cuenta que estaban en mi mismo vuelo), el griego tiene líos porque su equipaje no asoma, pero a la final pasa sin problemas. Los viejitos de Estambul no subieron.

Llega mi turno y explico nuevamente la situación. Una vez que acabo, el ‘jefe’ habla por radio y comparece otro uniformado con un empleado de Air France. Conversan entre ellos y obviamente no les entiendo, pero noto cierto aire de recriminación al tipo de la aerolínea. Ahora que lo pienso bien, creo que cometí un error: nunca avisé a Air France que iba a hacer escala en Teherán para ir a otro lado. De repente, todo habría sido más fácil si les hubiera indicado tal cosa en Nueva York, donde tomé el primer vuelo. En fin… mis sentidas disculpas a la gran empresa francesa si por mi culpa tuvieron alguna incomodidad.

La pregunta esperanzadora del ‘jefe’  fue “do you have more luggage?”. Ese momento confirmé mi acierto de no facturar la única maleta que llevaba. Seguro que habría generado más problemas, pues la única forma de recogerla habría sido pasando migración. Ante mi respuesta negativa, el tipo de Air France se fue junto al ‘jefe’.

Todo esto pasó en 45 minutos. El guardia que permitía el paso, un chico joven y a quien en sus ojos pude notar cierta vergüenza por lo que sucedía, me ofreció un helado y agua. En un ambiente tan recio y hasta marcial, su gesto me sorprendió gratamente y traté de expresarle aquel sentimiento con el rechazo más amable posible, dándole a entender que lo único que quería !era salir lo más pronto de ahí!

Vuelve el ‘jefe’, esta vez con una empleada de AzAl. Le indico el pasaje a Estambul y mi pasaporte. Se va con ellos y regresa en pocos minutos, para preguntarme si tengo visa para entrar a Azerbaijan. Le hago caer en cuenta que solamente estaré un par de horas de tránsito en Bakú, para tomar mi vuelo final a Estambul, y que no hace falta. Se va otra vez.

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¡Al fin!

Veinte minutos después… ¡Por fin! La tipa llega con mis pases a bordo y mi pasaporte. Me explica que tuvo que llevárselo para registrar mi tránsito en migración (no veo ningún sello), pero que ya podía pasar a la sala de embarque. Se enciende una luz, pero todavía me preocupa que faltaban cerca de 10 minutos para despegar. Me responde que el vuelo se retrasará 45 minutos más y que no habrá problemas.

La puerta de salida del limbo está llena de retratos del Ayatolah Khomeini y de su sucesor, el Ayatolah Jamenei. Letreros en persa, enmarcados en ramos de tulipanes, la flor que representa el martirio de los soldados en la guerra con Iraq, se miran a cada paso. La revisión de seguridad es rápida, una fila para hombres y otra para mujeres.

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La última frontera: el acceso a las puertas de embarque.

Al final, el final de este túnel. Hay tiempo para un pequeño paseo por el corredor de embarque. Una tienda de duty free sin el lujo de otros aeropuertos, un stand de venta de caviar a precios razonables. Lástima que no haya dónde cambiar dólares a rials y que tampoco acepten tarjeta de crédito.

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El duty free del aeropuerto de Teherán

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Caviar iraní

Nuevamente el bus para llegar a la puerta del avión. Llueve y hace frío en la pista de despegue. Son las 2:30 de la mañana. Tal como pasó en Argo, solo cuando el avión de AzAl tomó vuelo rumbo a Bakú sentí alivio. Hice mi propia ‘extracción’, corriendo una aventura de esas que hay que vivirlas alguna vez en la vida. Al mismo tiempo, me preguntaba qué tanto tendrá que esconder un país que recela de permitir el ingreso de un periodista deportivo. Adiós Irán, difícilmente nos volvemos a ver.

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La puerta de embarque.

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Última foto antes de entrar al avión para dejar Irán.

DISCLAIMER: Está claro que las fotos y los videos no son los mejores. Todo esto, en gran parte, se debe a la discreción con la que hay que manejarse en Irán, misma que se multiplica cuando uno está en instalaciones sensibles, como son los aeropuertos. Sepan disculpar cualquier imperfección.

Operación Argo a la ecuatoriana (I)

Los deseos inocentes de conocer un país fascinante acabaron en un escape, la versión tercermundista y algo exagerada de esta película. Haberlo vivido fue una experiencia fascinante y la quiero compartir. Acá, la primera parte.

Escribo esto mientras estoy en la sala de tránsito del aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. Siento una suerte de placer morboso mientras lo hago. Nadie puede entenderme, pese a que vigilan de reojo la pantalla. Si alguno de los empleados de la terminal que están cerca (no sé si son policías o militares) sabe español, estaría en problemas. Ante el beneficio de la barrera del idioma, sigo y sigo escribiendo. Concentrado en no perder un detalle. Esta es de esas aventuras que se tienen una vez en la vida.

Todo comenzó en el mes de septiembre, cuando tracé mi mapa de vacaciones de fin de año. Teherán, la capital persa, apareció en el itinerario como la primera parada. Luego vendrían Estambul y El Cairo. Lo primero cuando se planea un viaje es la documentación. Sin tener claro eso, es imposible hacer algo más como la compra de pasajes, hospedaje y demás accesorios. Las primeras informaciones que recabé en internet eran claras: es posible conseguir el visado a la llegada, en el aeropuerto Imam Khomeini. Basta presentar algunos documentos básicos, como el seguro de viaje.

Sin embargo, otras informaciones indicaban que, pese a que era factible conseguir la visa en arribo, la misma estaba a antojo y voluntad del funcionario que la tramita. Si algo no le gusta, te mandan de vuelta sin asco. Por eso, se aconseja sacar la misma en el consulado iraní más cercano.

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Primer mail de la embajada. Ojo a la fecha.

Prevenido, acudí a la representación de Irán en Quito. La embajada, cuyas cómodas instalaciones se encuentran en la calle José Qeri, cerca de la UDLA, tiene un personal presto y amable. Envié un primer correo donde preguntaba detalles iniciales. Efectivamente, debía sacar la visa acá para evitar problemas a la llegada. Gentilmente, me extendieron un formulario, donde se pregunta más o menos lo mismo que en otras solicitudes de visado.

Me tomé mi tiempo y el 24 de octubre indiqué que iba a ir a la embajada a dejar la solicitud formal y los requisitos solicitados, luego de haber pagado los USD 30 en una cuenta del Banecuador, entidad que solamente tiene dos sucursales en Quito. Dejé mis papeles a la espera del trámite.

En el intercambio de correos, una empleada de la embajada me advierte que el Ministerio de Relaciones Exteriores debe emitir, desde Teherán, un código de autorización para dar luz verde a la visa y que eso demora un par de semanas. Como tenía el tiempo a favor, no me hice lío y le indiqué que sigamos con el procedimiento sin problemas.

El 11 de noviembre llega la primera sorpresa: desde el consulado me indican que debo llenar otro formulario que es exclusivo para periodistas, ya que en la solicitud había puesto que esa era mi ocupación. Tras indicarles que mi viaje era turístico y que no pensaba quedarme más de 4 días en Teherán, me dicen que eso no importa. O hago el nuevo formulario, o se detiene el trámite.

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“debido a su profesión…”

Y el nuevo formulario, la verdad, ya era algo intimidante. Preguntas sobre la línea del medio en el que trabajo, pedidos de explicación sobre trabajos anteriores realizados acerca de Irán, en fin. No tenía problema e incluso envié un certificado de mi trabajo, donde estaba desautorizado a trabajar en su representación mientras dure mi estancia en Irán. Con todo nuevamente enviado, otra vez a esperar. Siempre estimando lo que en la misma embajada me dijeron: el trámite dura dos semanas.

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Algunas de las preguntas de la nueva solicitud para periodistas. 

Dos semanas después, no había noticias. Me volví a comunicar por correo el 28 de noviembre y me indicaron que “por el cambio de embajador” algunos trámites se habían postergado y que en “una o dos semanas más” me darían los resultados. Perfecto, a seguir esperando. De todas maneras, mi viaje ya estaba fijado para el 23 de diciembre.

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Cuando parecía que había alguna esperanza…

Dos semanas después, insistí otra vez por correo. Esta vez no me respondieron. No me quedó otra que llamar por teléfono a averiguar qué pasaba (no olvidar que durante todo ese tiempo mi pasaporte lo tenían ellos) y pedir explicaciones sobre el asunto. La misma empleada con la que tuve contacto siempre me deslizó, por primera vez, que el gran inconveniente fue haber puesto en la solicitud de visado que soy periodista.

En la misma semana del viaje, pedí encarecidamente ser recibido por el cónsul para explicarle mi situación. Sin tanta dificultad, se me concedió la cita. El 19 diciembre fui a la embajada y, tras una espera de hora y media, pude hablar con el funcionario. La charla fue complicada y alucinante. Por un momento, se me hacía estar en alguno de esos encuentros bilaterales: sentados en un sofá amplio, las banderas de Irán y Ecuador en los flancos, él adelante de la de su país y yo de la del mío. Un intérprete español – farsí ayudaba a comprendernos.

El cónsul, hombre joven, con una sombra de barba y vestido a la usanza burocrática iraní (terno y camisa sin corbata), pedía disculpas por la demora en el trámite y ahora aumentaba una nueva excusa para el mismo: “el cambio del sistema electrónico para el registro de los visados”. Sin embargo, dejó deslizar que mi situación se había “complicado” por haber consignado en la solicitud que soy periodista.

¿Qué hacer? El cónsul se ofreció a apersonarse del caso y ver qué se podía hacer. Me ofrecía respuesta en dos días. Aún lo sigo esperando. La otra opción era ir a Teherán, pedir la visa a la llegada, algo que me desaconsejaron en la embajada, en vista que iban a detectar que había un trámite en curso y que, pese a que el visado no me lo habían negado, tampoco estaba concedido. Aquello, habría significado mi deportación. Me devolvieron, finalmente y tras dos meses, mi pasaporte. Me quedó la sensación de haber fracasado cordialmente.

Intenté cambiar mi pasaje de ida y ya no ir a Teherán. Imposible. El cambio costaba más del doble del precio original del boleto. Averiguando, era posible hacer tránsito hasta por 12 horas en el aeropuerto Iman Khomeini, sin necesidad de visado. Les expliqué esta opción en la embajada y declararon no saber de la misma (?).  Incluso, hay chance de sacar un permiso de tránsito de hasta 2 días (revisen el link de arriba). A esas alturas, ya no estaba interesado en pasar ni un minuto más que el necesario en Irán. El hueveo al que me sometió el consulado me tenía molesto.

Mi llegada a Teherán estaba planificada para las 20:00 del 25 de diciembre. Conseguí un boleto desde esa ciudad hasta Estambul, con escala en Bakú,  para las 02:30 del 26. Esa era la mejor opción para salir de aquel país que tan poco amigable se mostraba conmigo.

Tras viajar desde Nueva York hasta Teherán, con una escala en París y la Nochebuena a bordo de un 787 de AirFrance, arribé a la hora planificada al aeropuerto Imam Khomeini. La aventura recién comenzaba… Y eso vendrá en la parte II.