Archivo mensual: marzo 2017

Pensar, actividad riesgosa

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¿Desde cuándo opinar se volvió tan complicado y peligroso en Ecuador?

La entrevista a Ramiro Aguilar que publicó Plan V es una suerte de re edición de ‘Ecuador: señas particulares”, el emblemático ensaño de Jorge Enrique Adoum, donde se intenta retratar qué nos caracteriza como ecuatorianos. Aparte de entretenida, la nota al exasambleísta resulta esclarecedora. Habla de muchas cosas que la mayoría de políticos omiten, sencillamente porque decirlas implica perder votos.

Se puede no estar de acuerdo con Aguilar en ciertos puntos que toca. Incluso, se puede discutir la estridencia intencional de sus formas. Sin embargo, el aluvión de descalificaciones que sufrió es suficiente argumento como para detenerme a pensar en cómo llegamos a una situación absolutamente oscurantista, donde el país se divide entre “malos” y “buenos”, medición realizada obviamente al calor de las emociones y los apetitos de cada quien que la haga.

Uno de los cambios principales que sufrió este país en la última década fue la entronización de la intolerancia como forma de debate. Y el gran responsable de esta plaga es, no cabe duda, el poder. Sábado a sábado, cadena a cadena, el combate no fue de ideas. Que el ciudadano más visible del país, el mandatario elegido por la mayoría, utilice de forma crónica el insulto para derribar a quien ose pensar distinto a él se volvió algo aceptable y aceptado, tolerable y hasta digno de imitar. Incluso inconscientemente.

La irrupción del correismo coincidió con la explosión de las redes sociales. Las ‘reses’, para ser más exacto. Uno de los efectos colaterales de publicar algo en redes es su amplificación.  Cualquier frase irrelevante, algún dicho al aire, puede llegar a ser importante (“viral”, dirían) dependiendo quién lo dice, en qué momento lo dice y hacia quién  va dirigido.

En pleno auge de esta nueva forma de comunicar, la descalificación y el pobre sentido del debate empezaron a tener una suerte de caja amplificadora. Alentados, como queda explicado, por el ‘primer ciudadano del país’, todo el mundo se creyó validado para imponerse sobre el otro a las malas, clavando el puñal en medio de la mesa. Pasa en política y en fútbol, dos de los temas más tratados –y maltratados-  en las ‘reses’. Pasa también con asuntos domésticos. Las prescindibles desventuras matrimoniales de un par de ignotos, registradas en un video, terminaron siendo tema de ‘interés nacional’, a juzgar por su ubicación en el ‘rating’ de Twitter.

Sirva este preámbulo y esta búsqueda de raíces para llegar al momento actual y entender qué pasó con Aguilar. Twitter (no sé si el país como tal) está dividido entre oficialistas y opositores. El un bando tratará de utilizar cualquier argumento a su favor para validar sus posiciones. Así sean noticias falsas, ‘memes’, videos y audios montados, insultos. No importa. Todo llegó a valer con tal de aparecer como superiores, ungidos y mejores opciones. Cada grupo se cree elegido, obre touna suerte de tribu de Israel, pero tercermundista. Y esto cuenta, pues se cree que esa es la forma de conquistar a quienes aún están indecisos.

En ese tren, nadie mide reputaciones ni integridades personales. Aparte de Aguilar, basta citar el ejemplo de Andrés Carrión, periodista respetable y con trayectoria si los hay. Carrión cometió el ‘error’ de no entrevistar a Jorge Glas como un grupo quería que lo entreviste. Simplemente, no les gustaron las preguntas, el tono, o lo que sea. Bastó eso para que Carrión sea acusado de “poco ético”, “corrupto”, “inmoral”. ¿Qué base tenían estos argumentos? Ninguna. Bastó que el periodista no sea concesivo con una figura cuestionable, pero que resulta grata a un sector. Eso ‘justificó’ que el capital profesional de Carrión sea puesto en duda de la forma más cobarde y artera. Y lo peor de todo es que buena parte de este ataque fue enfatizado por ¿periodistas? sirvientes de los medios estatales, exegetas y RRPP del oficialismo que, ante la posibilidad de perder el camello no han dudado en sacrificar mucho de su vergüenza. 

Pasó lo mismo con Aguilar. Para otro sector de las ‘reses’, el político cayó en el ‘error’ de no augurar una victoria de Guillermo Lasso. Y no solo eso: tampoco apoyó a este candidato. Fue  suficiente. Su elección individual, a la que tiene el mismo derecho que todos, fue irrespetada. Y, otra vez, la honra en juego. El excandidato vicepresidencial fue acusado (al estilo Twitter, sin base) de estar vinculado a las truculencias de Odebrecht, de haber recibido plata del gobierno y demás golpes bajos, atribuibles a la desmedida pasión de las masas deseosas de miel para sus oídos.

Me veo en la triste obligación de creer que al ecuatoriano no le gusta el hecho real. Prefiere la mentira, la ficción que lo haga feliz. En ese trayecto, todo aquel que no comulgue con su muy particular realidad personal pasa a ser indigno de derechos, portador de las inequidades y pecados más graves. ¿Qué autoridad tiene la gente de jugar con la integridad de Carrión? ¿Se justifica el acoso y el cargamontón contra Aguilar porque tiene algunas tesis discutibles?

Noto exagerada desesperación por buscar que lo que queremos en nuestro fuero íntimo, se haga realidad, aún a costa de pasar por encima de otros. Solamente así se justifica el clima actual, donde el pensamiento independiente es mal visto. Hay un afán infundado y soez de influir en el otro, de hacerle ver con nuestros ojos lo que creemos que es ‘real’. Ese afán colonizador del espíritu ajeno me parece invasivo. Y es peor cuando esa colonización no se consuma. El otro pasa a ser, simplemente, un ignorante, un ‘borrego’ o un ‘pelucón’, ‘enemigo de la patria’.

Esta vorágine nos ha arrastrado a todos, de una u otra forma. Pasamos, sin escalas, de un debate tibio y excesivamente acartonado (el que había hace 10 años) a una suerte de UFC donde nada está prohibido, incluyendo amenazas y agresiones. Un clima acentuado por ese cáncer de la moral personal llamado anonimato. A veces, me planteo si vale la pena o no el intento de aportar en medio de la locura actual.