Ochoa, nunca más

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Foto: El Universo

Era junio del 2004, en el Gran Hotel Chiclayo, norte del Perú. La selección ecuatoriana de fútbol concentraba para el inicio de la Copa América. El equipo de Hernán Darío Gómez debía enfrentar a Argentina, México y Uruguay. Diríamos que es el ‘grupo de la muerte’ para venderle algún drama y tensión a los hinchas.

Éramos varios periodistas en el lobby del hotel. Yo estaba con Patricio Terán, fotógrafo de gran sensibilidad para los partidos de fútbol y buen compañero. En unas gradas, junto a su camarógrafo, estaba sentado alguien con el micrófono de Ecuavisa. Lo reconocí enseguida, a fuerza de consumir todos los noticieros de TV. Era Carlos Ochoa, el corresponsal de Cuenca. Seguramente, lo enviaron a la Copa América, dada la cercanía geográfica.

No recuerdo haberlo visto muchas más veces en ese torneo. Mucho menos haber cruzado palabra con él. A mis 23 años de entonces, además, me era imposible predecir todo lo que sucedió más de una década después.

Era marzo del 2015. Tomé la mejor decisión de mi vida al ir a La Radio Redonda. Un proyecto de comunicación interesante, llevado adelante con pasión y un apoyo decidido. Desde que estoy al frente del mismo, tres años después, puedo responder que los únicos malos momentos en este trabajo los he vivido gracias a Carlos Ochoa y su función como superintendente de comunicación.

Un par de semanas después de llegar a la radio, vino la primera multa de la Supercom: por no identificar contenidos. Era una situación inapelable, atribuible a cierta desprolijidad interna. Efectivamente, no se había cumplido con aquella formalidad establecida en la Ley Orgánica de Comunicación.

Ese fue solamente el comienzo. “Esteban, llegó esto de la Supercom” era la frase temida con la que me castigaba Verónica, nuestra directora administrativa, ciertos mediodías. “Esto de la Supercom” significaba el comienzo de una etapa de zozobra, pues los pedidos de grabación, aperturas de procesos y demás se volvieron cosa de casi todos los días y un motivo suficiente para crear el desgaste del proyecto en los propietarios.

Poco a poco, todos los procesos empezaron a tener un rasgo en común: eran contra un mismo programa, Hablando Jugadas, de Luis Baldeón. No voy a ser yo el que les describa quién y cómo es Baldeón. Todos lo conocemos, sabemos cuál es su perfil y hay que tomarlo o dejarlo, nada más.

Todo tipo de acusaciones con tinte moralista: “contenido que menoscaba la condición de la mujer”, “contenido inadecuado sobre la infedilidad”, “desconocimiento de la autoridad” (no, no es la Argentina de Videla, es el Ecuador del siglo XXI) y sandeces similares se volvieron una avalancha que a esas alturas tenían una sola explicación: la antipatía personal de Ochoa hacia Baldeón, Dávila y la radio, potenciada por el servilismo de un funcionario como Mauricio Cáceres Oleas, director nacional jurídico de reclamos y denuncias de la Supercom, presto a firmar motivaciones que no contenían mínimas formalidades. Como la vez que permitió un proceso en el cual se describían cosas que, supuestamente, habíamos dicho Xavier Zevallos y yo… ¡en un programa en el que no estuvimos!

Ya es momento de contar, por ejemplo, cuando Ochoa irrumpía en las cabinas de los estadios a preguntar por “los perros de Yunda”. Lo hacía ebrio de poder y, también, de la adulación de uno que otro envidiosillo de ocasión, cuya ominosa cercanía con el hoy caído incluso le valió para sentirse “victorioso” en un proceso donde se sancionó con amonestación escrita a Baldeón por el mero hecho de poner en tela de duda la calidad periodística de sus hijos. Sí, por sandeces como esas se abrían procesos y se sancionaba.

También recordaré hoy –es tiempo de hacerlo- la forma en que Ochoa llamaba a los directivos de la radio desde un número anónimo a buscar imponerse, a amenazar y meter miedo con el enorme poder que ostentaba y que le servía para dar rienda suelta a sus apetitos y complejos.

Los procesos levantados en base a transcripciones enteras de programas de dos horas tuvieron un aliado en el camino. Óscar Armas de la Bastida, un individuo cuyas reales motivaciones algún día habrá que conocer, leal acólito de la Supercom al extremo de presentarse a la Comisión de Fiscalización de la Asamblea a validar el desempeño de un funcionario y una entidad repudiada por la sociedad.

Armas de la Bastida no representaba, de manera alguna, un sentir general. Fue la única persona natural que elevó sus quejas a la Supercom (el resto de procedimientos fueron de oficio). Pero él se creía “la voz de los que no tienen voz”. Sus escritos de petición de grabaciones que me tocaba tramitar son una muestra vergonzosa de ignorancia y perruñería. Amén de su ortografía espantosa, en algunos incluso fundamentaba sus reclamos en su condición de “seguidor de la Revolución Ciudadana”.

En base a argumentos (?) de este tipo trabajaba la Supercom. Jamás le cerraron la puerta.
El colmo de lo surrealista fue aquel proceso en el que Armas tuvo la representación del estudio jurídico de Gutemberg y Alembert Vera. Sí, los mismos abogados de Rafael Correa. Aquí nos defendió Juan Pablo Albán con una solvencia y argumentación de primer nivel. Pero claro, ya estábamos condenados a perder. Ante el tribunal de la inquisición, movido por las antipatías de su jefe, no había salida.

Armas, contagiado por el poder de su ¿patrocinador? también se daba el lujo de llamar a amenazar con entablar procesos cada vez que su susceptibilidad era ofendida. La segunda vez que llamó al teléfono personal de nuestra directora administrativa, obtuvo de mi parte una respuesta que seguramente desmotivó su alevosía y atrevimiento.

Además, establecía contacto con intenciones, digamos, insinuantemente extorsivas, lanzadas al aire como aquel que no quiere la cosa. Acá también, tras la negativa firme no volvió por otra.

Luego, supe que andaba de entidad en entidad (universidades, empresas) ofreciendo sus servicios de monitoreo, asegurando que en los programas de Baldeón se ofendía a sus potenciales clientes y él sabía cómo realizar los reclamos. Nadie le hizo caso.

Como el poder no es eterno, sobre todo aquel fundado en la inmoralidad, la venganza y la ignorancia, la estrella de Ochoa se fue eclipsando hasta hoy, 7 de marzo, terminar destituido de su cargo. No puedo ocultar mi placer. Ante el escaparate de la historia, la Supercom tendrá una ubicación similar a la del SIC, algo digno de olvidar y nunca repetir. A Ochoa, hoy, solamente le queda el olvido como mejor alternativa. Que se beneficie de la amnesia crónica que vive el ecuatoriano.

Todo lo que sembró lo ha cosechado  en forma de desprecio y vergüenza. Vergüenza que también nos toca como sociedad por haber tenido representantes en organismos de control con tan poca calidad profesional, personal e intelectual. Me hubiera gustado verlo en la cárcel, pero habría sido demasiado perfecto. De repente, si seguía siendo el corresponsal de Ecuavisa al que mandaban por tierra desde Cuenca a Chiclayo no estaría pasando por este trance de desprecio generalizado.

Que sea el final de la subjetividad a la hora de aplicar las leyes, de la moralidad impuesta desde el estado. Que podamos vivir la comunicación como un oficio hecho por humanos, sujetos a errores y virtudes. Que estas condiciones sean juzgadas, castigadas y premiadas por los receptores, no por el poder. Que nadie nos diga qué ver, qué oír o qué leer. Que seamos libres.

Que Ochoa no vuelva nunca más. Que a aquellos que fingían estar en su contra, pero que en el fondo solamente envidiaban su poder, no tengan ganas de repetir en otras circunstancias y con otras personas los horrores que ya, parece, son cosa del pasado.

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Una respuesta a “Ochoa, nunca más

  1. Muy bueno, gracias por compartirlo

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