Archivo mensual: diciembre 2018

Enfermo, pero nunca tanto

Salvo una hepatitis A que agarré por comer acarajé en un carnaval de Río de Janeiro, doce años atrás, nunca he tenido problemas de salud graves. De hecho, ni siquiera me dan esas gripes tan comunes que agarran a medio mundo por temporada. Según el último chequeo general que me hice, tengo la presión arterial “de un adolescente” -enfermera dixit- y marcadores de colesterol, triglicéridos y glucosa que son inversamente proporcionales a mis 100yalgomás kilos.

Desde hace un par de semanas, se me volvió insoportable un dolor asfixiante en la garganta, una laceración interna que no se ve pero se siente. Qué tan incómodo habrá sido este dolor, que tuve que ir al médico. Gratuita y gentilmente me atendió Fernando Serrano, gran otorinolaringólogo y gran anfitrión.

Él fue letal: “Esteban, usted tiene una tremenda infección alérgica”, me dijo después de meterme por la garganta una cámara tan delgada como un hilo. Ahí, en la pantalla de una TV de 12 pulgadas, veía mi muy maltratado interior. Por las dudas, y ante ciertos dolores musculares y articulares, debí hacerme una prueba de H1N1.

Me asusté, no niego. Tan asustado habré estado, que el propio Fernando me llevó casi del brazo a hacerme la prueba inmediatamente. Salí de la clínica, a la espera de la llamada que confirme el padecimiento concreto. Planteadas estaban dos opciones: si era la infección alérgica, tenía ya una tanda de remedios encabezada por los tristemente célebres antibióticos; si era H1N1, las medidas eran otras mucho más duras.

Me quedé a medio camino entre la clínica, mi casa y el trabajo. En una mesa de El Jardín esperaba la llamada de Fernando. Fueron los 60 minutos más largos de mi vida reciente. Al final, el diagnóstico de la prueba fue negativo. Pasaba lo menos malo.

Receta en mano, busqué la farmacia para que me la surtan. Pedí la mayor cantidad de genéricos. Salió un cuentón, que bien habría podido gastarlo en algo más provechoso, digamos una buena cena para dos, bien regada.

Ya en casa, tras ingerir el primer cóctel, debuté con los antibióticos. En mi vida apenas había tomado analgésicos. Ahora, tras cumplir 24 horas de la dosis, reconozco mi debilidad. Estas tabletas son tan fuertes que, incluso, debo otro medicamento antes para “blindar” el estómago.

Hoy, y por los próximos quince días, me siento incómodo, alicaído, sin ganas, sin hambre. Los que me conocen saben que si yo no tengo hambre, algo muy raro pasa. Tan cansado estoy que ni ganas de dormir tengo. Son los efectos secundarios, está claro.

Expongo esta historia personal tan poco interesante porque me ha aleccionado. Mi dolencia es mínima al lado de otras. Por ejemplo, mientras esperaba el resultado de la prueba de la H1N1, me ponía a pensar lo corrosivo que debe ser estar pendiente de los resultados de un examen de VIH o de cáncer. Y se me hacía pequeño el corazón.

También pensé en lo duro que sería para alguien sin seguro privado, incluso sin el IESS, sin posibilidades para pagar una receta que luego puede ser reembolsada. O lo que tendrán que pasar aquellos que no tienen un amigo médico generoso como el mío, capaz de atenderlos oportuna y gratuitamente, sin esperar por meses un turno para, recién ahí, saber qué mismo tienen.

Finalmente, en medio del sopor de los antibióticos, me vienen a la mente aquellas personas que deben pasar por las quimios. Que lo “menos” importante que pierden es su estética (cabello, uñas), pero que terminan mermadas por un agotamiento físico y mental lindante con la tortura.

Me calcé los zapatos de todos los que pasan por esas situaciones. Y mi mejor homenaje es este texto, para acompañarlos y pedir que los tengamos presentes. No olvidemos que nada hace sufrir más que una enfermedad y su posible consecuencia. Cuídense, cuidémonos, cuidemos.

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