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Pensar, actividad riesgosa

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¿Desde cuándo opinar se volvió tan complicado y peligroso en Ecuador?

La entrevista a Ramiro Aguilar que publicó Plan V es una suerte de re edición de ‘Ecuador: señas particulares”, el emblemático ensaño de Jorge Enrique Adoum, donde se intenta retratar qué nos caracteriza como ecuatorianos. Aparte de entretenida, la nota al exasambleísta resulta esclarecedora. Habla de muchas cosas que la mayoría de políticos omiten, sencillamente porque decirlas implica perder votos.

Se puede no estar de acuerdo con Aguilar en ciertos puntos que toca. Incluso, se puede discutir la estridencia intencional de sus formas. Sin embargo, el aluvión de descalificaciones que sufrió es suficiente argumento como para detenerme a pensar en cómo llegamos a una situación absolutamente oscurantista, donde el país se divide entre “malos” y “buenos”, medición realizada obviamente al calor de las emociones y los apetitos de cada quien que la haga.

Uno de los cambios principales que sufrió este país en la última década fue la entronización de la intolerancia como forma de debate. Y el gran responsable de esta plaga es, no cabe duda, el poder. Sábado a sábado, cadena a cadena, el combate no fue de ideas. Que el ciudadano más visible del país, el mandatario elegido por la mayoría, utilice de forma crónica el insulto para derribar a quien ose pensar distinto a él se volvió algo aceptable y aceptado, tolerable y hasta digno de imitar. Incluso inconscientemente.

La irrupción del correismo coincidió con la explosión de las redes sociales. Las ‘reses’, para ser más exacto. Uno de los efectos colaterales de publicar algo en redes es su amplificación.  Cualquier frase irrelevante, algún dicho al aire, puede llegar a ser importante (“viral”, dirían) dependiendo quién lo dice, en qué momento lo dice y hacia quién  va dirigido.

En pleno auge de esta nueva forma de comunicar, la descalificación y el pobre sentido del debate empezaron a tener una suerte de caja amplificadora. Alentados, como queda explicado, por el ‘primer ciudadano del país’, todo el mundo se creyó validado para imponerse sobre el otro a las malas, clavando el puñal en medio de la mesa. Pasa en política y en fútbol, dos de los temas más tratados –y maltratados-  en las ‘reses’. Pasa también con asuntos domésticos. Las prescindibles desventuras matrimoniales de un par de ignotos, registradas en un video, terminaron siendo tema de ‘interés nacional’, a juzgar por su ubicación en el ‘rating’ de Twitter.

Sirva este preámbulo y esta búsqueda de raíces para llegar al momento actual y entender qué pasó con Aguilar. Twitter (no sé si el país como tal) está dividido entre oficialistas y opositores. El un bando tratará de utilizar cualquier argumento a su favor para validar sus posiciones. Así sean noticias falsas, ‘memes’, videos y audios montados, insultos. No importa. Todo llegó a valer con tal de aparecer como superiores, ungidos y mejores opciones. Cada grupo se cree elegido, obre touna suerte de tribu de Israel, pero tercermundista. Y esto cuenta, pues se cree que esa es la forma de conquistar a quienes aún están indecisos.

En ese tren, nadie mide reputaciones ni integridades personales. Aparte de Aguilar, basta citar el ejemplo de Andrés Carrión, periodista respetable y con trayectoria si los hay. Carrión cometió el ‘error’ de no entrevistar a Jorge Glas como un grupo quería que lo entreviste. Simplemente, no les gustaron las preguntas, el tono, o lo que sea. Bastó eso para que Carrión sea acusado de “poco ético”, “corrupto”, “inmoral”. ¿Qué base tenían estos argumentos? Ninguna. Bastó que el periodista no sea concesivo con una figura cuestionable, pero que resulta grata a un sector. Eso ‘justificó’ que el capital profesional de Carrión sea puesto en duda de la forma más cobarde y artera. Y lo peor de todo es que buena parte de este ataque fue enfatizado por ¿periodistas? sirvientes de los medios estatales, exegetas y RRPP del oficialismo que, ante la posibilidad de perder el camello no han dudado en sacrificar mucho de su vergüenza. 

Pasó lo mismo con Aguilar. Para otro sector de las ‘reses’, el político cayó en el ‘error’ de no augurar una victoria de Guillermo Lasso. Y no solo eso: tampoco apoyó a este candidato. Fue  suficiente. Su elección individual, a la que tiene el mismo derecho que todos, fue irrespetada. Y, otra vez, la honra en juego. El excandidato vicepresidencial fue acusado (al estilo Twitter, sin base) de estar vinculado a las truculencias de Odebrecht, de haber recibido plata del gobierno y demás golpes bajos, atribuibles a la desmedida pasión de las masas deseosas de miel para sus oídos.

Me veo en la triste obligación de creer que al ecuatoriano no le gusta el hecho real. Prefiere la mentira, la ficción que lo haga feliz. En ese trayecto, todo aquel que no comulgue con su muy particular realidad personal pasa a ser indigno de derechos, portador de las inequidades y pecados más graves. ¿Qué autoridad tiene la gente de jugar con la integridad de Carrión? ¿Se justifica el acoso y el cargamontón contra Aguilar porque tiene algunas tesis discutibles?

Noto exagerada desesperación por buscar que lo que queremos en nuestro fuero íntimo, se haga realidad, aún a costa de pasar por encima de otros. Solamente así se justifica el clima actual, donde el pensamiento independiente es mal visto. Hay un afán infundado y soez de influir en el otro, de hacerle ver con nuestros ojos lo que creemos que es ‘real’. Ese afán colonizador del espíritu ajeno me parece invasivo. Y es peor cuando esa colonización no se consuma. El otro pasa a ser, simplemente, un ignorante, un ‘borrego’ o un ‘pelucón’, ‘enemigo de la patria’.

Esta vorágine nos ha arrastrado a todos, de una u otra forma. Pasamos, sin escalas, de un debate tibio y excesivamente acartonado (el que había hace 10 años) a una suerte de UFC donde nada está prohibido, incluyendo amenazas y agresiones. Un clima acentuado por ese cáncer de la moral personal llamado anonimato. A veces, me planteo si vale la pena o no el intento de aportar en medio de la locura actual.

 

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Operación Argo a la Ecuatoriana (II)

La segunda y final parte de esta aventura de viaje que empezó acá. ¿Cómo terminó esta odisea intercontinental? La historia de mi ‘extracción” de Irán.

Son las 20:00 del 25 de diciembre del 2016. Es domingo, un día laboral normal en los países musulmanes. Estoy en el interior del avión de Air France que acaba de aterrizar en el aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. El jefe de cabina (toda la tripulación es masculina) acaba de avisar que, de acuerdo a las leyes del país, las mujeres deben cubrirse la cabeza con un velo. La ceremonia comienza lentamente, no sorprende a nadie. Parece que todos los ocupantes de la nave abarrotada son locales y saben las normas.

La ruta que acabo de hacer (París – Teherán) fue la misma que recorrió el Ayatolah Khomeini en 1979, cuando triunfó la Revolución Islámica. Lo hizo también en Air France, pero él llegó al otro aeropuerto, al de Meharabad. En la figura de la máxima autoridad religiosa, el pueblo persa encontró una válvula de escape al exceso tiránico del Sha, el gobernante que murió en el intento de convertir a Irán en un puntal de occidente dentro la zona más conflictiva del mundo. Desde su exilio parisino, el Ayatolah regresó y lideró un proceso que lleva ya 38 años y sigue tan férreo como al inicio, sorteando una guerra, el incesante enfrentamiento con Estados Unidos y alguna que otra escaramuza interna.

En todo eso pienso mientras bajo del avión y un bus nos lleva desde la plataforma de aterrizaje hasta el interior del área de arribo. Acá no hay Navidad, ni nada que lo recuerde. La mayoría de gente corre directo a las ventanillas de migración. Otros, muy pocos, van a una oficina donde se expiden los visados. Les recogen los documentos, se sientan y esperan. No noto que nadie pase problemas, en el peor de los casos les mandan a comprar un seguro que cuesta USD 14 en una oficina ahí cerca. Todos parecen ser bienvenidos.Yo no.

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Pancarta en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Pero mi caso es único. Como ya conté en la primera entrega, viajé a Irán sin tener visa y con el primer pasaje (Teherán – Bakú – Estambul) que encontré para salir lo más pronto posible de ahí (seis horas después, a las 02:00 del lunes, en un vuelo de Azerbaijan Airlines). Me tocaba esperar que nadie se ponga quisquilloso con mi situación.

Apenas llego, un atisbo de esperanza: hay una ventanilla que dice ‘PASSENGERS IN TRANSIT’ donde hay una fila y dos funcionarios atendiendo. “Bien”, pensé, “les muestro mi nuevo pasaje, explico mi situación y me mandan a esperar a una sala de embarque decente”. Donde estábamos, si bien era iluminado y limpio, había un ambiente a sala de espera de un hospital. Aparte, era el sitio donde derivaban todos los vuelos que iban llegando y había algo de tumulto.

Todos recibían su pase a bordo y, efectivamente, iban al segundo piso, donde estaban las salas de embarque. Yo no. Cuando me tocó, el funcionario muy amable me explicó que ahí solamente estaban entregando pases a bordo de ciertos vuelos y que del mío (de AzAl) no había noticias. Que todavía era temprano (21:00) y que espere.

Esperar. Eso tocó. Ver pasar gente, familias, mujeres con fular, tipos que pedían su visa y se la daban, dar una y mil veces la vuelta en esa sala de espera tipo hospitalaria. Recorrer todo lo que estaba a mi alcance. Los límites eran las bien iluminadas y modernas áreas de migración, donde los afortunados podían hacer su ingreso a Teherán. A lo lejos, se veía el parqueadero. Ese era todo mi panorama.

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Mujeres con burka en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

¿Qué más pude ver hacia adentro? Un baño, el área de vacunas y sanidad, una zona privada donde en sofás muy cómodos descansaban los funcionarios, un rincón de oración… y nada más. Ese era el Irán que estaba a mi alcance. No la torre Azadi, el monte Alborz, el Grand Bazaar, Qom, Persépolis o el palacio del Niavarán.

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Rincón para orar en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Me senté a escribir los apuntes que ahora sustentan esta serie (?) y a esperar. Sin embargo, algo me inquietaba y era que a la mentada ventanilla de tránsito no iba nadie a atender. Entonces, a todo aquel que tenía alguna traza de autoridad (uniforme, básicamente) me acercaba a exponerle mi caso. En un inglés torpe nos entendíamos y la respuesta era la misma: “seat and wait, please”.

El wi-fi gratuito duraba unos pocos megas (me parece que 50) y verifiqué que Twitter y Facebook están bloqueados, pero Instagram y Whatsapp no. El aburrimiento y la incertidumbre son un cóctel explosivo. Entre la sala de tránsito y el área de embarque hay una escalera eléctrica. Me animo y subo, ya no tenía nada que perder. A la vista, queda un área muy normal, típica de cualquier aeropuerto del mundo, pero para llegar a ella, al final de la escalera, hay un guardia. Le explico mi caso y la respuesta es la misma: “seat and wait, please”, con el agravante que me manda “downstairs”.

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El baño

Son las 23:00 y compruebo que ya no soy el único en esta suerte de limbo persa. Una pareja de viejitos que también iban a Estambul, una familia rusa vestida como si vinieran de la playa y un griego rasta y atiborrado de tatuajes estamos en las mismas. Me divierte la escena de dos chinos que pelean en voz alta, entiendo yo, porque no les dieron la visa a la llegada y tienen que esperar en la sala tipo hospitalar para embarcarse en otro vuelo. Me entran las ganas de pedir la visa en la ventanilla, total tengo todos los documentos y hasta el seguro. Mejor no, mucho riesgo.

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El límite: después de ese guardia está el área normal de espera en el aeropuerto Imam Khomeini.

Sin ninguna pantalla de información y con la ventanilla de tránsito desierta, aparece un tipo de uniforme que se dirige a todos los que ahí trabajan con cierta imponencia. Creo que es el ‘jefe’. Eran las 23:00. Viene y, uno por uno, nos pregunta sobre nuestra situación. A todos pregunta y repregunta, menos a mí. Le explico, me mira y me devuelve mis documentos. Eso quiere decir que, o todo está en orden, o que la situación es muy complicada. A esas alturas, es lógico sentir que la noica te come.

Eran ya las 12:30. Supuestamente, mi vuelo de AzAl ya estará en pizarra y recibiendo a sus pasajeros. Pero no hay a quién preguntar. De pronto, veo que los rusos, el griego y los chinos suben las escaleras por las que antes me mandaron de vuelta. Hago exactamente lo mismo. “Suerte o muerte”, me digo para darme confianza.

Otra vez, uno por uno, empezamos a explicar nuestros casos al mismo tipo imponente que hora y media antes nos atendió abajo. Los rusos pasan sin mayor problema a la sala de embarque (luego, me dí cuenta que estaban en mi mismo vuelo), el griego tiene líos porque su equipaje no asoma, pero a la final pasa sin problemas. Los viejitos de Estambul no subieron.

Llega mi turno y explico nuevamente la situación. Una vez que acabo, el ‘jefe’ habla por radio y comparece otro uniformado con un empleado de Air France. Conversan entre ellos y obviamente no les entiendo, pero noto cierto aire de recriminación al tipo de la aerolínea. Ahora que lo pienso bien, creo que cometí un error: nunca avisé a Air France que iba a hacer escala en Teherán para ir a otro lado. De repente, todo habría sido más fácil si les hubiera indicado tal cosa en Nueva York, donde tomé el primer vuelo. En fin… mis sentidas disculpas a la gran empresa francesa si por mi culpa tuvieron alguna incomodidad.

La pregunta esperanzadora del ‘jefe’  fue “do you have more luggage?”. Ese momento confirmé mi acierto de no facturar la única maleta que llevaba. Seguro que habría generado más problemas, pues la única forma de recogerla habría sido pasando migración. Ante mi respuesta negativa, el tipo de Air France se fue junto al ‘jefe’.

Todo esto pasó en 45 minutos. El guardia que permitía el paso, un chico joven y a quien en sus ojos pude notar cierta vergüenza por lo que sucedía, me ofreció un helado y agua. En un ambiente tan recio y hasta marcial, su gesto me sorprendió gratamente y traté de expresarle aquel sentimiento con el rechazo más amable posible, dándole a entender que lo único que quería !era salir lo más pronto de ahí!

Vuelve el ‘jefe’, esta vez con una empleada de AzAl. Le indico el pasaje a Estambul y mi pasaporte. Se va con ellos y regresa en pocos minutos, para preguntarme si tengo visa para entrar a Azerbaijan. Le hago caer en cuenta que solamente estaré un par de horas de tránsito en Bakú, para tomar mi vuelo final a Estambul, y que no hace falta. Se va otra vez.

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¡Al fin!

Veinte minutos después… ¡Por fin! La tipa llega con mis pases a bordo y mi pasaporte. Me explica que tuvo que llevárselo para registrar mi tránsito en migración (no veo ningún sello), pero que ya podía pasar a la sala de embarque. Se enciende una luz, pero todavía me preocupa que faltaban cerca de 10 minutos para despegar. Me responde que el vuelo se retrasará 45 minutos más y que no habrá problemas.

La puerta de salida del limbo está llena de retratos del Ayatolah Khomeini y de su sucesor, el Ayatolah Jamenei. Letreros en persa, enmarcados en ramos de tulipanes, la flor que representa el martirio de los soldados en la guerra con Iraq, se miran a cada paso. La revisión de seguridad es rápida, una fila para hombres y otra para mujeres.

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La última frontera: el acceso a las puertas de embarque.

Al final, el final de este túnel. Hay tiempo para un pequeño paseo por el corredor de embarque. Una tienda de duty free sin el lujo de otros aeropuertos, un stand de venta de caviar a precios razonables. Lástima que no haya dónde cambiar dólares a rials y que tampoco acepten tarjeta de crédito.

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El duty free del aeropuerto de Teherán

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Caviar iraní

Nuevamente el bus para llegar a la puerta del avión. Llueve y hace frío en la pista de despegue. Son las 2:30 de la mañana. Tal como pasó en Argo, solo cuando el avión de AzAl tomó vuelo rumbo a Bakú sentí alivio. Hice mi propia ‘extracción’, corriendo una aventura de esas que hay que vivirlas alguna vez en la vida. Al mismo tiempo, me preguntaba qué tanto tendrá que esconder un país que recela de permitir el ingreso de un periodista deportivo. Adiós Irán, difícilmente nos volvemos a ver.

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La puerta de embarque.

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Última foto antes de entrar al avión para dejar Irán.

DISCLAIMER: Está claro que las fotos y los videos no son los mejores. Todo esto, en gran parte, se debe a la discreción con la que hay que manejarse en Irán, misma que se multiplica cuando uno está en instalaciones sensibles, como son los aeropuertos. Sepan disculpar cualquier imperfección.

Operación Argo a la ecuatoriana (I)

Los deseos inocentes de conocer un país fascinante acabaron en un escape, la versión tercermundista y algo exagerada de esta película. Haberlo vivido fue una experiencia fascinante y la quiero compartir. Acá, la primera parte.

Escribo esto mientras estoy en la sala de tránsito del aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. Siento una suerte de placer morboso mientras lo hago. Nadie puede entenderme, pese a que vigilan de reojo la pantalla. Si alguno de los empleados de la terminal que están cerca (no sé si son policías o militares) sabe español, estaría en problemas. Ante el beneficio de la barrera del idioma, sigo y sigo escribiendo. Concentrado en no perder un detalle. Esta es de esas aventuras que se tienen una vez en la vida.

Todo comenzó en el mes de septiembre, cuando tracé mi mapa de vacaciones de fin de año. Teherán, la capital persa, apareció en el itinerario como la primera parada. Luego vendrían Estambul y El Cairo. Lo primero cuando se planea un viaje es la documentación. Sin tener claro eso, es imposible hacer algo más como la compra de pasajes, hospedaje y demás accesorios. Las primeras informaciones que recabé en internet eran claras: es posible conseguir el visado a la llegada, en el aeropuerto Imam Khomeini. Basta presentar algunos documentos básicos, como el seguro de viaje.

Sin embargo, otras informaciones indicaban que, pese a que era factible conseguir la visa en arribo, la misma estaba a antojo y voluntad del funcionario que la tramita. Si algo no le gusta, te mandan de vuelta sin asco. Por eso, se aconseja sacar la misma en el consulado iraní más cercano.

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Primer mail de la embajada. Ojo a la fecha.

Prevenido, acudí a la representación de Irán en Quito. La embajada, cuyas cómodas instalaciones se encuentran en la calle José Qeri, cerca de la UDLA, tiene un personal presto y amable. Envié un primer correo donde preguntaba detalles iniciales. Efectivamente, debía sacar la visa acá para evitar problemas a la llegada. Gentilmente, me extendieron un formulario, donde se pregunta más o menos lo mismo que en otras solicitudes de visado.

Me tomé mi tiempo y el 24 de octubre indiqué que iba a ir a la embajada a dejar la solicitud formal y los requisitos solicitados, luego de haber pagado los USD 30 en una cuenta del Banecuador, entidad que solamente tiene dos sucursales en Quito. Dejé mis papeles a la espera del trámite.

En el intercambio de correos, una empleada de la embajada me advierte que el Ministerio de Relaciones Exteriores debe emitir, desde Teherán, un código de autorización para dar luz verde a la visa y que eso demora un par de semanas. Como tenía el tiempo a favor, no me hice lío y le indiqué que sigamos con el procedimiento sin problemas.

El 11 de noviembre llega la primera sorpresa: desde el consulado me indican que debo llenar otro formulario que es exclusivo para periodistas, ya que en la solicitud había puesto que esa era mi ocupación. Tras indicarles que mi viaje era turístico y que no pensaba quedarme más de 4 días en Teherán, me dicen que eso no importa. O hago el nuevo formulario, o se detiene el trámite.

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“debido a su profesión…”

Y el nuevo formulario, la verdad, ya era algo intimidante. Preguntas sobre la línea del medio en el que trabajo, pedidos de explicación sobre trabajos anteriores realizados acerca de Irán, en fin. No tenía problema e incluso envié un certificado de mi trabajo, donde estaba desautorizado a trabajar en su representación mientras dure mi estancia en Irán. Con todo nuevamente enviado, otra vez a esperar. Siempre estimando lo que en la misma embajada me dijeron: el trámite dura dos semanas.

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Algunas de las preguntas de la nueva solicitud para periodistas. 

Dos semanas después, no había noticias. Me volví a comunicar por correo el 28 de noviembre y me indicaron que “por el cambio de embajador” algunos trámites se habían postergado y que en “una o dos semanas más” me darían los resultados. Perfecto, a seguir esperando. De todas maneras, mi viaje ya estaba fijado para el 23 de diciembre.

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Cuando parecía que había alguna esperanza…

Dos semanas después, insistí otra vez por correo. Esta vez no me respondieron. No me quedó otra que llamar por teléfono a averiguar qué pasaba (no olvidar que durante todo ese tiempo mi pasaporte lo tenían ellos) y pedir explicaciones sobre el asunto. La misma empleada con la que tuve contacto siempre me deslizó, por primera vez, que el gran inconveniente fue haber puesto en la solicitud de visado que soy periodista.

En la misma semana del viaje, pedí encarecidamente ser recibido por el cónsul para explicarle mi situación. Sin tanta dificultad, se me concedió la cita. El 19 diciembre fui a la embajada y, tras una espera de hora y media, pude hablar con el funcionario. La charla fue complicada y alucinante. Por un momento, se me hacía estar en alguno de esos encuentros bilaterales: sentados en un sofá amplio, las banderas de Irán y Ecuador en los flancos, él adelante de la de su país y yo de la del mío. Un intérprete español – farsí ayudaba a comprendernos.

El cónsul, hombre joven, con una sombra de barba y vestido a la usanza burocrática iraní (terno y camisa sin corbata), pedía disculpas por la demora en el trámite y ahora aumentaba una nueva excusa para el mismo: “el cambio del sistema electrónico para el registro de los visados”. Sin embargo, dejó deslizar que mi situación se había “complicado” por haber consignado en la solicitud que soy periodista.

¿Qué hacer? El cónsul se ofreció a apersonarse del caso y ver qué se podía hacer. Me ofrecía respuesta en dos días. Aún lo sigo esperando. La otra opción era ir a Teherán, pedir la visa a la llegada, algo que me desaconsejaron en la embajada, en vista que iban a detectar que había un trámite en curso y que, pese a que el visado no me lo habían negado, tampoco estaba concedido. Aquello, habría significado mi deportación. Me devolvieron, finalmente y tras dos meses, mi pasaporte. Me quedó la sensación de haber fracasado cordialmente.

Intenté cambiar mi pasaje de ida y ya no ir a Teherán. Imposible. El cambio costaba más del doble del precio original del boleto. Averiguando, era posible hacer tránsito hasta por 12 horas en el aeropuerto Iman Khomeini, sin necesidad de visado. Les expliqué esta opción en la embajada y declararon no saber de la misma (?).  Incluso, hay chance de sacar un permiso de tránsito de hasta 2 días (revisen el link de arriba). A esas alturas, ya no estaba interesado en pasar ni un minuto más que el necesario en Irán. El hueveo al que me sometió el consulado me tenía molesto.

Mi llegada a Teherán estaba planificada para las 20:00 del 25 de diciembre. Conseguí un boleto desde esa ciudad hasta Estambul, con escala en Bakú,  para las 02:30 del 26. Esa era la mejor opción para salir de aquel país que tan poco amigable se mostraba conmigo.

Tras viajar desde Nueva York hasta Teherán, con una escala en París y la Nochebuena a bordo de un 787 de AirFrance, arribé a la hora planificada al aeropuerto Imam Khomeini. La aventura recién comenzaba… Y eso vendrá en la parte II.

 

¿Quo Vadis, Liga?

La caída de LDU Quito es elocuente. Mientras se viva en la irrealidad y una burbuja rodee, las responsabilidades estarán ahí, en el aire, buscando alguien que las asuma. Un análisis.

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Impensable, pero real. En la cancha, Liga deambula. (foto Juan F. Laso)

Liga Deportiva Universitaria de Quito termina el año peleando el ingreso a Copa Libertadores. Esto, en buena parte, se debe a que el nivel general de la competencia profesional en el Ecuador se ha venido abajo en forma alarmante. Un equipo de similar nivel al que actualmente alinea Álex Aguinaga, hace 10 años, habría estado irremediablemente destinado a descender. Pero digamos que la falta de nivel no es un problema exclusivo de la U. Es, en general, un padecimiento del fútbol ecuatoriano.

De todas formas, Liga ha hecho todo lo posible para colaborar con su condición actual. ¿Cuándo empezó este calvario? En los meses finales del 2015, con la ida de Luis Zubeldía. No es el hecho concreto que el DT haya dejado el club, sino la forma en la que lo hizo. ¿Correspondía que lo mantengan en el cargo, pese que en las narices de todos se comprometió con Santos Laguna? La dirigencia consideró que no había problema.

Y el hecho gravitante no es que Zubeldía se haya quedado, perdiendo infantil y torpemente la posibilidad de ser campeón 2015. Lo peor es que bajo su dirección se empezó a contratar. Ahí fue que llegaron a Liga jugadores como Julio Ayoví, Alejandro Villalva, Édison Vega. En definitiva, valores de mediana calidad.

Cuando se fue Zubeldía (quien vivió sus últimos días en Liga con la cabeza en Torreón), llegó Claudio Borghi. La decisión de contar con este técnico era, en teoría, la correcta. Un profesional con nombre, trayectoria, responsable en buena parte de la gran época que vive la Selección de Chile. Nada podía salir mal, pero…

Borghi nunca se sintió bien en Ecuador. Sus declaraciones, el tono de las mismas, dejaban en evidencia que no estaba en su lugar. Las razones personales que haya tenido para sentirse así son eso, personales. Pero terminaron invadiendo su trabajo hasta producir un descalabro absoluto, expresado en esa derrota 0-5 con Barcelona.

A Borghi no se le puede imputar la salida de Jonathan Alvez. Un jugador que, a criterio del cabeza del grupo y de la dirigencia no contribuye al clima interno no debe estar.¿Acaso no se acuerdan a Norberto Araujo mandándolo públicamente al frente, dudando de su falta de compromiso?  El problema no es que Alvez se haya ido, el problema es que nadie (ni Borghi, ni la dirigencia) hizo el esfuerzo por reemplazarlo correctamente, más allá del arribo de Carlos Tenorio, resabio de una época esplendorosa, pero superada en la realidad por el tiempo, cuyo paso parece ser desconocido por aquellos que creen que, por ejemplo, el inefable Claudio Bieler debe volver. En lugar de un delantero vino Exequiel Benavídes, inclasificable volante central, uno más del surtido de mediocres que este año se puso la camiseta alba.

La pretemporada transcurrió en medio de la novela de Brahian Alemán. El equipo trabajaba en Pomasqui, pero la única noticia que generaba Liga era lo que decía o dejaba de decir Esteban Paz sobre la contratación de este jugador uruguayo, cuyos antecedentes no podían ponerse en duda. Un día venía, otro día no. Un día ya estaba listo, el otro se regresaba. A tal punto llegó esta locura, que un domingo cualquiera, en una mesa muy rústica y casi que al apuro fue presentado Edson Puch, jugador internacional por su país, nombre interesante por donde quiera que se lo mire. Pero no, no había que pararle bola, porque la gente quería saber si Alemán venía o no, duda que solamente se solventó cuando saltó a la cancha, en la presentación del equipo frente a América de Cali, al grito de “como solo Liga lo sabe hacer”. 

Dos errores no hacen un acierto. Esta teoría se consumó cuanto, ante la evidencia de la incapacidad ofensiva, llegó Daniel Angulo… ¡imposibilitado reglamentariamente de jugar la Copa Libertadores! En el “grupo de la muerte” (?), Liga acabó siendo superada por clubes notoriamente mejor integrados como Gremio, San Lorenzo y Toluca.

Borghi no llegó al final de la fase de grupos de la Copa y lo reemplazó Álvaro Gutiérrez. Un técnico cuyo triste final delata todo lo que significa su paso por el fútbol ecuatoriano. Soportó que periodistas que creen representar “el sentir” del hincha de Liga le vayan a pedir la renuncia y, harto de todo y de que su equipo no iba ni para atrás ni para adelante, terminó despachándose aquella poco feliz frase de que “si querés espectáculo, andá al circo”, una verdadera declaración de principios: hay que ganar, si es posible por las buenas, pero hay que ganar. Así son las cosas en el fútbol ecuatoriano, incluso en entidades como Liga que busca diferenciarse (con poco éxito, últimamente) del resto.

Lo de Álex Aguinaga no sirvió para cambiar el rumbo. Al contrario, expuso elocuentemente un hecho que se vino como una avalancha: el equipo siempre estuvo mal armado. Alemán terminó siendo un suplente más, los refuerzos de medio año (Ávila, Guerrero, Anangonó, Narváez, Arias) demostraron por qué, en unos casos, fueron exiliados de equipos de medio pelo de México. Felizmente, la salida de Alexander Domínguez fue cubierta con relativa eficacia por Daniel Viteri. En este rubro, pudo ser peor. Aguinaga, por su condición de técnico ecuatoriano, terminó siendo un chivo expiatorio, el responsable de todo lo malo. Se equivocó, pero mucho menos de lo que se cree. ¿Él armó el equipo? Al contrario, lo sufrió. Remítanse al caso de Alemán para ratificar esta teoría.

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Álex Aguinaga, un chivo expiatorio. (Foto El Comercio)

Lo señalado en párrafos anteriores, como en todos los equipos, pasó a instancias de la dirigencia. Los errores en el armaje y conformación del equipo son directamente imputables a ellos. Pero en Liga pasa un fenómeno que se repite a menor escala en otros equipos del país: los dirigentes son intocables ante la crítica. Y hay medios y periodistas que saben esto y trazan una línea no escrita: no se puede mostrar las equivocaciones (cada vez más frecuentes, por cierto) de quienes conducen el fútbol de Liga. Eso significa perder prebendas importantes, como las primicias, las entrevistas telefónicas y su buena voluntad. Así se ha ido construyendo una burbuja casi impenetrable.

De esa forma, para la gente el pésimo año de Liga no ha tenido explicación. Con un sector de la prensa dedicado a distraer el papel de la dirigencia en esta situación, parece que una intervención maléfica del destino o la casualidad ensañada han provocado la desgracia actual. Vale la pena reparar en la divulgación que tuvo aquella mención por parte de Rodrigo Paz sobre el apoyo que Barcelona y Emelec reciben del estado, como que si Liga no cobrara -como todos los equipos del país- derechos de televisión de los canales incautados que ese mismo estado maneja. La mención del tema SRI tampoco fue gratis. La justa inquietud sobre los procedimientos y cobros del ente fiscal llega, casualmente, cuando el año empieza a estar perdido.

¿Qué viene hoy? Mientras no se reconozcan públicamente errores, mientras se siga señalando como “enemigos” a quienes dudan de la infalibilidad dirigencial, abriendo el círculo solamente a medios y periodistas obsecuentes e incapaces para cuestionar y no haya una autocrítica abierta, nada pasará. Seguirán siendo “el estado” o “los impuestos” los culpables de que Barcelona y Emelec armen equipos notoriamente superiores al resto.

PD: No he hecho mención al tema de la cabina. De repente lo esperaban, pero creo que cada cual es libre de abrir las puertas de su casa a quien desee. Tampoco puedo dejar de pensar que la mala fe con la que Liga obró fue elocuente. Por mi parte, creo que el trabajo periodístico -felizmente- no cuenta con un solo equipo. Esto, al contrario de lo que muchos de mis colegas aún siguen creyendo.

Las piedras no sangran

¿Qué ha pasado con el caso de fraude bancario que sufrí y denuncié? Versiones, respuestas y dudas.

Claro me convocó para una reunión el jueves 18 de agosto. En su matriz de la avenida Amazonas y El Inca, me esperaban el gerente de “Customer Care y Omnicanalidad” (!) y alguien de su departamento legal. Entiendo que ellos despachan de Guayaquil y estaban acá en Quito por algún otro asunto, pero aprovecharon para escuchar mi versión, absolver mis dudas y explicar, desde su punto de vista, lo sucedido con mi caso de fraude bancario.
En medio del inevitable clima de cordialidad, lo hablado entre Claro y yo llegó a un punto que todavía reclamo y del que quedaron en darme una respuesta puntual: ¿por qué habiendo llamado DOS VECES al servicio al cliente, durante la noche del fraude, NUNCA supieron indicarme que alguien había sacado un chip, en una central de autoatención en un centro comercial de GUAYAQUIL, ciudad donde no vivo? Este es un detalle clave que habla cómo la operadora celular omitió un punto tan importante y que habría destrabado el fraude sufrido.

Como notarán, el círculo no se termina de cerrar por el lado de Claro. Paciencia.

Sorpresa

Del Banco del Pichincha ya supe todo lo que tenía que saber. Después de la reunión del pasado 15 de agosto, quedaron en darme una respuesta formal, con detalles del movimiento del fraude. Diligentemente, me enviaron la misma a una agencia cercana a mi casa. La fui a retirar hoy, 23 de agosto y mi sorpresa es mayúscula por encontrar algunos detalles llamativos, para darles algún nombre.

En primer lugar, el Banco se refiere a la “transacción considerada fraudulenta”. Luego, hacen un histórico de mis transacciones con tarjeta de débito y, pasan, a lo más importante: “de acuerdo a la información registrada en nuestra Banca Electrónica, se puede evidenciar que la IP de la transacción no reconocida por usted, se encuentra en la ciudad de Guayaquil”. Y citan el número IP desde donde se cometió el fraude.

Es decir, el Banco del Pichincha reconoce que dentro de mi historial de transferencias hay una que se realiza en una ciudad donde yo no vivo, en la que no estuve a la hora de ser realizada, da con su dirección de origen. Sin embargo, para ellos eso no prueba que su sistema de seguridad haya sufrido una vulneración. Aún más, luego ratifican que “la transacción se realizó en horario nocturno, presumiblemente con el objeto de minimizar el efecto de alerta…”.

Luego, su conclusión es que “se puede identificar que las transacciones se pudieron realizar debido a que alguien conocía información confidencial como la clave de la tarjeta Xperta, el número de cédula, el usuario de correo electrónico y la contraseña del correo electrónico…” STOP. ¿El número de cédula es “confidencial”, a la altura de la clave del teclado? ¿No está acaso disponible en el padrón electoral y otras bases de acceso público? ¿Nuestra dirección de correo también es algo que solo nosotros sabemos y que debemos guardar celosamente? Caray, esta no me la sabía.

Luego, en el histórico de las transacciones, aparece que todas las notificaciones que llegaron la noche del fraude al correo  y permitieron vulnerar la seguridad del banco fueron direccionadas a eavila@elcomercio.com. Pues bien, ese dejó de ser mi email en marzo del año pasado, cuando terminé de laborar en esa entrañable empresa. Actualicé mis datos a tiempo y eliminé esa cuenta. ¿Por qué vuelve a aparecer?

Al final, me hicieron firmar la recepción de esta carta. Firmé, pero la gerente de negocios de la agencia me pidió que “lo haga como en la cédula”. Ese momento, décimas de segundo acaso, me nació el deseo de explotar de ira. Era demasiado. Al Banco del Pichincha se le meten por las tranqueras de su seguridad, se le llevan mi plata, reconocen que alguien se la llevó, identifican cómo y quién se la llevó, no hace nada, pero ¡me pide que “firme como en la cédula” cuando retiro un documento! Finalmente, me contuve.

A estas alturas de la situación, tengo una postura clara que comunicar: desaconsejo totalmente cualquier relación con el Banco del Pichincha que implique el uso de transacciones por internet y que vincule a su teléfono celular. Evidentemente, el Banco no posee capacidad para responder, más allá de reconocer como y quién se les llevó la plata.

Por otra parte, he decidido radicar mi reclamo ante la Superintendencia de Bancos por esta situación. Más allá de sus relaciones públicas y su amabilidad, el Banco demostró en la cancha su indolencia. Al final, las piedras no sangran.

Finalmente, noto que los casos como el mío empiezan a proliferar. Este blog se convirtió en una suerte de comisaría, donde las denuncias han proliferado. He leído algunas en Twitter. No me queda recomendarles otra cosa que se cuiden.

Caído en la grieta

Banco Pichincha ofreció respuestas y autocrítica ante el fraude sucedido. Las evidencias muestran que Claro carga con la responsabilidad de lo sucedido.

El jueves 11 de los corrientes, recibí una llamada de mi asesor de negocios del Banco Pichincha. Me invitaba a sostener una reunión, con la finalidad de tratar el caso de fraude que documenté en este blog y que el público creyó conveniente divulgar, al punto que “Banco Pichincha” fue tendencia nacional en Twitter durante el jueves y el viernes.

En este punto, pretendo aclarar que jamás mi intención fue convertir esto en una “campaña” o “influenciar” en la gente. Me movía (y me mueve) el afán de divulgar un caso que, aún hoy, sigo considerando inverosímil y que por desgracia me tocó vivir.

La gente del banco pretendía que nos reunamos el mismo jueves. Con el feriado ad portas, preferí dejarlo todo para este lunes. A las 12:30, me esperaban en la matriz, en la Amazonas y Pereira.

Fui recibido, puntualmente, por gerentes de las áreas de Servicio al Cliente, Riesgos y Relaciones Públicas. Tras explicar mi caso, el gerente de Riesgos entró a darme detalles del proceso que siguió mi caso dentro del sistema del banco, quedando clara una cosa que omití insistir en la entrada anterior de este blog: la grieta del sistema de seguridad, en la que terminó cayendo mi cuenta bancaria, fue propiciada por la negligencia de Claro, al permitir que un tercero extraiga un chip con todos mis datos, sin mayores verificaciones ni seguridades.

Me ratificaron que están tomando las medidas precisas junto a las operadoras de telefonía celular para evitar que este tipo de delito, del que existen pocos antecedentes, según sus estadísticas. Sin embargo, dejaron claro que los cuidados en este punto de seguridad es responsabilidad de Claro, CNT y Movistar.

La explicación del banco me pareció diáfana y completa. Hicieron autocrítica sobre un punto inaceptable: el mal servicio que recibí de inicio a fin en este caso. Empezando por el plazo incumplido para resolver el caso, la falta de transparencia e información clara a la hora de bloquear mi cuenta (de hecho, estuvo bloqueada hasta la mañana y después de casi un mes pude volverla a operar) y terminando con la inaceptable respuesta que recibí, en la cual el banco decía que “presumía” fraude, pero que lo único que podía hacer era “denunciar a las autoridades”.

El banco, aparte de las disculpas presentadas, tiene previstos revisar estos procesos. Bien harían, en vista de que gran parte de la odisea que he vivido este mes es culpa de la incapacidad de sus funcionarios para explicar, afrontar y resolver la situación.

Hubo el ofrecimiento se seguir el caso, incluso durante la reunión fueron llegando datos del mismo, que omitiré por seguridad. El interés puesto en mi caso, el clima de confianza (en medio del cual la buena educación del gerente de Servicio el Cliente apenas disimulaba el impacto que produjo mi publicación del miércoles), me dejaron conformes. Mi decisión sobre qué hacer en cuanto a mi relación con el banco ya la tengo tomada. 

¿Y ahora?

Una vez que de parte del banco existe al menos interés en el caso, queda en evidencia que Claro permitió el fraude, con sus nulos procedimientos de seguridad y omisiones graves. Vale recordarles lo que sucedió: la noche del 13 de julio, la señal de mi teléfono desapareció. Inmediatamente, llamé a Claro para averiguar qué pasaba. Tras probar que el problema no era del equipo, sino del chip, en Servicio al Cliente me indicaron que esperara al día siguiente para “cambiar de chip, pues seguramente se dañó”.

El caso es que, mientras me daban esta respuesta, en un centro comercial de Guayaquil alguien utilizó una central de autoatención de Claro para sacar un chip a mi nombre. La existencia de este nuevo chip, inhabilitó el que yo tenía en mi teléfono. Y con el nuevo chip, a los delincuentes les fue sencillo bajarse toda mi información, con la que cometieron el fraude.

De esto, Claro se dio cuenta recién al día siguiente y solamente cuando fui a reclamarles a su local del Quicentro Norte. Dejé sentado lo sucedido y, recién el mismo jueves 11 de agosto, se comunicaron conmigo, a la espera de una reunión. Nunca más volvieron a llamarme.

La responsabilidad de Claro queda expuesta. Solamente espero que respondan a lo siguiente:

¿Qué tan bajos son sus niveles de seguridad para que entreguen chips a otra persona que no sea el usuario del servicio?

¿Por qué cuando el mismo día 13 de julio llamé a servicio al cliente no supieron indicarme la existencia del nuevo chip? Este solo ejercicio de confirmación habría impedido lo que sucedió después. Sin embargo, lo omitieron. ¿Por qué?

Dicho esto, no queda más que insistir en que se cuiden. Alguien, a esta hora, puede estar sacando un chip teléfonico y acceder a su información. Mientras, Claro no tendrá la bondad de llamar a confirmar esta transacción. La misma grieta en que caí, sigue abierta para cualquier otra persona.

Banco Pichincha, ¿en confianza?

Esta es una vivencia personal, que no tiene otro fin que el de alertarlos porque, de un rato al otro, su cuenta bancaria puede quedar vaciada y el banco que los acoge como clientes está facultado para tontearlos y tratarlos como idiotas. 

El último 13 de julio, por un imprevisto, me tocó comentar desde estudios el partido Liga de Quito – Emelec. Aquel encuentro que se resolvió con el postrero gol de José Francisco Cevallos, colofón inmerecido para un pésimo rendimiento del cuadro albo, me tuvo ocupado hasta tarde en la noche.

Durante el encuentro, empezó a pasar algo raro en mi teléfono: de un momento a otro se fue la señal. Sin sorprenderme, llamé a mi proveedor celular (Claro) a preguntar si había algún problema en general con el servicio. Me dijeron que no. Luego, en casa, y en vista de que la situación no se arreglaba, volví a llamar al servicio al cliente. Me indicaron que pruebe con mi chip en otro teléfono y seguía sin dar servicio. Hice lo inverso (otro chip en mi teléfono original) y el servicio no tenía problemas.

Ante esta situación, en Claro supieron decirme que “debe ser algún problema del chip” y que vaya a cambiarlo a la mañana siguiente. En efecto, me despreocupé del tema.

El jueves 14, tenía una invitación de Félix Narváez para una entrevista temprano en su noticiero de Distrito FM. Cuando desperté, mi teléfono y mi iPad me alarmaron: no podían conectarse al correo electrónico, que insistentemente pedía la contraseña, la introducía y daba error. Evidentemente, me hackearon.

En un inicio, pensé que alguien quería hackear mis redes sociales. Sin embargo, mi Twitter y mi Facebook funcionaban normalmente. Tras la entrevista, y luego de haber cambiado las contraseñas de todo lo que tenía a mano, fui a desayunar al McDonalds de la avenida Patria. Acá se intensificó la pesadilla.

Cuando quise pagar el pedido, lo hice con mi tarjeta de débito del Banco Pichincha. Tras tres rebotes en el datafast, no fue posible. Pagué en efectivo y, mientras el desayuno de huevos, hotcakes y patacones me sentaba mal, elucubraba mil teorías sobre lo que pasaba.

En el cajero automático de Nexo que hay a dos cuadras del McDonalds, en la avenida Seis de Diciembre, quedó ratificado que la tarjeta no servía y alguien había cambiado la contraseña. Como me urgía llegar a la radio para el programa de las 10:00, volé para allá. Todavía seguía sin servicio de teléfono, tampoco tenía datos, así que era imposible contactarse con el banco.

Ya en la radio, pude entrar a la aplicación móvil del Banco Pichincha. Ahí quedó todo claro: alguien había clonado mi chip de teléfono, mediante el chip pudo conseguir toda mi información, entrar al correo electrónico y procedió a vaciar la cuenta del banco con las contraseñas y demás habilitantes que le enviaron allá.La transferencia del dinero la hicieron a una cuenta del Banco de Guayaquil, de un tipo que en mi vida había conocido. Recién en ese momento pude llamar al banco y ponerlo al corriente de lo que sucedía. Anulé tarjetas y todo acceso posible. Era tarde, pero no quedaba otra opción.

Luego del programa, volé para Claro. Ahí supieron indicarme que “alguien” había utilizado una estación de autoservicio para sacar un chip correspondiente a mi número. Concretamente, lo hicieron en un centro comercial de Guayaquil. Evidentemente, ese momento no detectaron ninguna anormalidad, ni se cercioraron nunca si tal movimiento lo hacía el titular del servicio. Inocencia absoluta de ellos.

No sin mostrarles lo más profundo de mi molestia, me fui de Claro para ir al Banco Pichincha del CCI. Detallé la historia y, averiguando detalles de la transferencia del dinero de mi cuenta, encontraron que el justificativo de la transacción que habían utilizado los hackers era “pago de pensión alimenticia” (como sabrán, no tengo ni pienso tener hijos). A todo esto, vale aclarar que jamás hago transferencias electrónicas, no uso el servicio de banca telefónica, no tengo tarjeta E-Key, ni nada parecido. Me limitaba a usar mi cuenta para recibir depósitos, retirar dinero en cajero automático o ventanilla. Nada más.

Radiqué el reclamo, me atendieron con preocupación y pusieron como fecha límite para resolver el reclamo “máximo hasta el 5 de agosto”. Pedí mi nueva tarjeta de débito, la que me concedieron sin problemas. Casualmente, por esos días, el Banco me había ofrecido un préstamo sin garante, el que también me lo entregaron ese mismo día. Tras eso, fui a denunciar el hecho en la Fiscalía, donde puse una denuncia por “apropiación ilícita por medios electrónicos”, lo que corresponde en este caso.

Días después,  los problemas seguían presentes. Cuando fui a retirar la tarjeta de débito y la quería usar, el cajero me daba un mensaje de error. Lo mismo pasaba cuando intentaba pagar con ella. Tras tontear por un buen tiempo, en el servicio al cliente del Banco Pichincha del CCI atinaron a decirme que “como estaba en proceso de investigación por fraude, mi cuenta se hallaba impedida de hacer retiros”.

Acepté esto de mala gana, pero no tenía otra opción. Hasta tanto, tomé precauciones. En la radio, pedí que me paguen el sueldo en cheque. Quedé con la cuenta congelada.

Cuando llegó el 5 de agosto, fecha límite para resolver el reclamo, llamé a servicio al cliente. Un aturdido empleado del call center atinó solamente a decirme que “el requerimiento todavía estaba en proceso de investigación”. En resumidas cuentas, no cumplieron con el plazo que ellos mismos se impusieron.

Tras joder con dos o tres tuits y visitar nuevamente el servicio al cliente de la sucursal del banco en el  CCI, recién este miércoles 10 de agosto recibí la llamada del call center indicándome que “el requerimiento había sido resuelto” y que me acercara “donde mi asesor de negocios” para conocer la respuesta que, por una cuestión de “sigilo bancario” no me podían dar por teléfono. A todo esto, mi “asesor de negocios” se encuentra ubicado en… ¡la sucursal Panasur, en Guajaló! Es decir, donde abrí mi cuenta por primera vez, cuando entré a trabajar en El Comercio, hace 15 años ya.

Con mi paciencia al filo, le dije al empleado que de ninguna manera iba a mandarme el viaje al otro polo de la ciudad y que haga el favor de radicar la respuesta donde hice mi reclamo (Banco Pichincha del CCI). Cuál habrá sido el tono imperativo que utilicé, el hecho es que el funcionario aceptó hacerlo. 

Al mediodía, fui al banco a pedir la respuesta. La empleada, una niña asustadiza y de un tono de voz casi inaudible, me indicó lo que ya sabía: que la respuesta solamente me la pueden dar en la sucursal Panasur. Le insistí que en la llamada que recibí temprano advertí que no iba a aceptar tal cosa y que había cuadrado para que la respuesta la pasaran allá, al CCI, por mail, fax, telégrafo o como quieran. Pero allá.

Esta señorita habló por teléfono, tecleaba en la computadora. Todo sin respuesta.Dando por perdido el tema, me fui del banco. Claro, haciendo severas admoniciones sobre cuál sería mi actitud con la institución. Mi tolerancia había hallado un tope.

Cinco minutos después, mientras estaba almorzando en el patio de comidas del mismo CCI, recibo la llamada de la señorita del banco que me atendió. Me decía que, efectivamente, la respuesta ya estaba ahí y que vaya a revisarla. Sucedió, pues, lo predecible. En medio de una parrafada donde la entidad financiera ratifica su “compromiso con sus clientes”, la “confianza de 100 y más años”, los “altos estándares de calidad” y demás verba edulcorada, ratifican que “lamentan” lo sucedido, pero que ellos no se pueden hacer cargo de lo que “presumen” es un fraude.

Claro, como su generosidad no conoce límites, se ofrecen a “colaborar con todas las investigaciones” que emprenda ante las autoridades. Es decir, ellos creen que tratan con idiotas que no conocemos nuestros derechos y lo que tenemos que hacer ante una situación como la que pasé. Si ellos no me decían, no denunciaba. Unos genios.

Mientras, mi cuenta sigue bloqueada. Y me piden que vaya a Guajaló a desbloquearla. No lo voy a hacer, porque la falta de respeto del Banco Pichincha ya raya con lo alucinante.

Como se darán cuenta, no cito la cantidad. Es irrelevante. Lo que me preocupa es que bien pudieron ser los ahorros de toda mi vida, que igual se los llevaban en las narices del banco, los depositaban en una tercera cuenta que tiene nombre y apellido, y ellos no hacían otra cosa que “lamentarlo” y aconsejarme que vaya ante las autoridades.

A estas alturas, lo único que me interesa es dejar clara la situación, denunciar ante la Superintendencia de Bancos y romper toda relación con el Banco del Pichincha por la sencilla razón de que no me ofrece confianza ni seguridad. Me roban la plata en su cara, gracias a la debilidad de sus sistemas, pero no hacen nada. Tengo el derecho también de advertir a quien yo crea conveniente que es una entidad con nulo sentido del compromiso y servicio a sus clientes, a quienes tontea con respuestas estúpidas.

Una parte de mi dinero todavía está ahí y me lo pueden robar de la misma forma en que lo harían si caminara por La Marín a las 23:00. Por lo pronto, mi mamá, quien sí tenía en el Pichincha los ahorros de más de 30 años de trabajo, tras ver mi caso ya los sacó y ubicó en otra institución bancaria.

Y, lo más importante, es divulgar este hecho para que los ayude a decidir y cuestionar a su banco sobre la seguridad y el celo con el que cuidan su dinero. Ante un hecho como el que pasé, nadie puede quedarse contento con una respuesta tan torpe y tan simplona como la que recibí, que esperó casi un mes, mientras yo tenía mi vida financiera inhabilitada y con una desconfianza que no debería sentir.

PD: Ya mismo me toca pagar Diners. Esperen sentados, que si no me rehabilitan mi cuenta no voy a darles un real partido por la mitad.

PD 2: A Claro también lo tengo en la mira. ¿Cómo puede ser posible que entreguen chips tan alegremente sin ratificar identidad?