Archivo de la categoría: Generales

Enfermo, pero nunca tanto

Salvo una hepatitis A que agarré por comer acarajé en un carnaval de Río de Janeiro, doce años atrás, nunca he tenido problemas de salud graves. De hecho, ni siquiera me dan esas gripes tan comunes que agarran a medio mundo por temporada. Según el último chequeo general que me hice, tengo la presión arterial “de un adolescente” -enfermera dixit- y marcadores de colesterol, triglicéridos y glucosa que son inversamente proporcionales a mis 100yalgomás kilos.

Desde hace un par de semanas, se me volvió insoportable un dolor asfixiante en la garganta, una laceración interna que no se ve pero se siente. Qué tan incómodo habrá sido este dolor, que tuve que ir al médico. Gratuita y gentilmente me atendió Fernando Serrano, gran otorinolaringólogo y gran anfitrión.

Él fue letal: “Esteban, usted tiene una tremenda infección alérgica”, me dijo después de meterme por la garganta una cámara tan delgada como un hilo. Ahí, en la pantalla de una TV de 12 pulgadas, veía mi muy maltratado interior. Por las dudas, y ante ciertos dolores musculares y articulares, debí hacerme una prueba de H1N1.

Me asusté, no niego. Tan asustado habré estado, que el propio Fernando me llevó casi del brazo a hacerme la prueba inmediatamente. Salí de la clínica, a la espera de la llamada que confirme el padecimiento concreto. Planteadas estaban dos opciones: si era la infección alérgica, tenía ya una tanda de remedios encabezada por los tristemente célebres antibióticos; si era H1N1, las medidas eran otras mucho más duras.

Me quedé a medio camino entre la clínica, mi casa y el trabajo. En una mesa de El Jardín esperaba la llamada de Fernando. Fueron los 60 minutos más largos de mi vida reciente. Al final, el diagnóstico de la prueba fue negativo. Pasaba lo menos malo.

Receta en mano, busqué la farmacia para que me la surtan. Pedí la mayor cantidad de genéricos. Salió un cuentón, que bien habría podido gastarlo en algo más provechoso, digamos una buena cena para dos, bien regada.

Ya en casa, tras ingerir el primer cóctel, debuté con los antibióticos. En mi vida apenas había tomado analgésicos. Ahora, tras cumplir 24 horas de la dosis, reconozco mi debilidad. Estas tabletas son tan fuertes que, incluso, debo otro medicamento antes para “blindar” el estómago.

Hoy, y por los próximos quince días, me siento incómodo, alicaído, sin ganas, sin hambre. Los que me conocen saben que si yo no tengo hambre, algo muy raro pasa. Tan cansado estoy que ni ganas de dormir tengo. Son los efectos secundarios, está claro.

Expongo esta historia personal tan poco interesante porque me ha aleccionado. Mi dolencia es mínima al lado de otras. Por ejemplo, mientras esperaba el resultado de la prueba de la H1N1, me ponía a pensar lo corrosivo que debe ser estar pendiente de los resultados de un examen de VIH o de cáncer. Y se me hacía pequeño el corazón.

También pensé en lo duro que sería para alguien sin seguro privado, incluso sin el IESS, sin posibilidades para pagar una receta que luego puede ser reembolsada. O lo que tendrán que pasar aquellos que no tienen un amigo médico generoso como el mío, capaz de atenderlos oportuna y gratuitamente, sin esperar por meses un turno para, recién ahí, saber qué mismo tienen.

Finalmente, en medio del sopor de los antibióticos, me vienen a la mente aquellas personas que deben pasar por las quimios. Que lo “menos” importante que pierden es su estética (cabello, uñas), pero que terminan mermadas por un agotamiento físico y mental lindante con la tortura.

Me calcé los zapatos de todos los que pasan por esas situaciones. Y mi mejor homenaje es este texto, para acompañarlos y pedir que los tengamos presentes. No olvidemos que nada hace sufrir más que una enfermedad y su posible consecuencia. Cuídense, cuidémonos, cuidemos.

Anuncios

Año Nuevo en el Palacio Imperial de Tokio

IMG_20160102_110032.jpg

Es el 2 de enero y las puertas del Palacios Imperial de Tokio, la residencia de la casa real del Japón, se abren libremente para los ciudadanos. Este es uno de los dos días del año en que la sede de la Casa Imperial recibe a sus súbditos. El otro, es el 23 de diciembre, día del cumpleaños del Emperador Akihito.

El objetivo de estas recepciones masivas es saludar al Emperador, su esposa y el resto de la familia real. En Japón, la casa gobernante no tiene una específica responsabilidad gubernamental, sino más bien un carácter simbólico. La influencia espiritual y anímica de la realeza en la sociedad nipona es notoria. La tradición dice que el Emperador es, ni más ni menos, descendiente directo del Sol. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, estaba prohibido para sus súbditos siquiera mirarlo.
Salgo de la estación del metro Otemashi y, la verdad, no hay visos de multitud. Conforme me acerco a la explanada que antecede la entrada principal al Palacio, una verdadera marea de cabezas, abrigos se agolpa con orden para conseguir su lugar. Orden, esa es la palabra clave, como iré explicando.
IMG_20160102_095231.jpg
Cuando entro a la explanada, un hombre mayor nos regala a todos banderas  de Japón hechas con papel de seda. Todos vamos con nuestra bandera rumbo a una fila que se bifurca. Por un lado, van quienes no tienen equipaje o maletas por revisar en el scanner de Rayos X. Por el otro, ese es mi caso, quienes apenas necesitamos de un breve y respetuoso cateo.
Avanzo. Hace frío y el suelo es de gravilla, por la que transito junto a una multitud silenciosa y sonriente. Poco a poco, la Policía nos hace formar unos bloques gigantescos, separados por cintas. No me gustan los agrupamientos de gente, incluso estos donde nadie falta el respeto, nadie toca al prójimo y ni siquiera hay bulla. Pero siento que la ocasión vale la pena.
A lo lejos, los grupos que fueron llegando temprano van entrando a Palacio por una puerta imponente, franqueada para este día de fiesta. La espera de media hora se terminan y nos hacen pasar a todos. Veo pocos occidentales como yo.
IMG_20160102_100149.jpg
Los jardines del Palacio no me sorprenden, pese a los puentes , los estanques y el verdor que pelea contra la sequedad invernal. Todo es tan grande, tanto que no hay espacio para los detalles mínimos. A lo lejos, las edificaciones en forma de pagoda guardan la austeridad y los mil años de costumbres de la realeza.
Al final, tras 20 minutos de paseo, llegamos a un patio gigante frente al balcón protegido por vidrio (seguramente blindado) desde el cual el Emperador dará su saludo. Hay niños, pero los adultos y ancianos son la mayoría. Una pareja de ellos, aburridos por la espera, me interroga y conversamos. No tienen idea de dónde queda Ecuador, la referencia más cercana por la que puedo identificarme es Macchu Picchu.
IMG_20160102_102819.jpg
Nadie se mueve. Todos ocupan su espacio y la posibilidad de desorden y desbordes es imposible. El que a la llegada logró ubicarse bien para ver el discurso, en buena hora. Quien no pudo, pues espera. Algunos lo hacen en cuclillas.
IMG_20160102_103716.jpg
Hay anuncios por megáfono que no entiendo. Poco después, el Emperador, su esposa y sus hijos aparecen en el balcón y saludan con una venia. Se viene el espectáculo maravilloso de miles de banderas flameando y los gritos de aclamación. El éxtasis es contagiante y solamente se termina cuando Akihito pronuncia con monárquica pausa y sobriedad su saludo. Un par de reverencias más y la familia real se esconde tras la cortina. El saludo, el acto en sí, ha terminado.
IMG_20160102_110337.jpg
Luego, tienes la posibilidad de pasear por los jardines adyacentes, hasta encontrar una puerta de salida. Volverá a entrar otro grupo a saludar y, así, hasta que empiece a caer la tarde. Todo en medio de la prolijidad y la civilidad que, parece, es innata en los japoneses. Esta vez, hicieron fila y esperaron solamente para saludar a su soberano. Y, seguro, volverán el año próximo.
Les debo un video, algo tembloroso, que hice en el discurso del Emperador. CNT no permite subir hace dos horas un video de 30 segundos…
Imagen

Los espero desde el viernes…

20130612-232757.jpg