Banco Pichincha, ¿en confianza?

Esta es una vivencia personal, que no tiene otro fin que el de alertarlos porque, de un rato al otro, su cuenta bancaria puede quedar vaciada y el banco que los acoge como clientes está facultado para tontearlos y tratarlos como idiotas. 

El último 13 de julio, por un imprevisto, me tocó comentar desde estudios el partido Liga de Quito – Emelec. Aquel encuentro que se resolvió con el postrero gol de José Francisco Cevallos, colofón inmerecido para un pésimo rendimiento del cuadro albo, me tuvo ocupado hasta tarde en la noche.

Durante el encuentro, empezó a pasar algo raro en mi teléfono: de un momento a otro se fue la señal. Sin sorprenderme, llamé a mi proveedor celular (Claro) a preguntar si había algún problema en general con el servicio. Me dijeron que no. Luego, en casa, y en vista de que la situación no se arreglaba, volví a llamar al servicio al cliente. Me indicaron que pruebe con mi chip en otro teléfono y seguía sin dar servicio. Hice lo inverso (otro chip en mi teléfono original) y el servicio no tenía problemas.

Ante esta situación, en Claro supieron decirme que “debe ser algún problema del chip” y que vaya a cambiarlo a la mañana siguiente. En efecto, me despreocupé del tema.

El jueves 14, tenía una invitación de Félix Narváez para una entrevista temprano en su noticiero de Distrito FM. Cuando desperté, mi teléfono y mi iPad me alarmaron: no podían conectarse al correo electrónico, que insistentemente pedía la contraseña, la introducía y daba error. Evidentemente, me hackearon.

En un inicio, pensé que alguien quería hackear mis redes sociales. Sin embargo, mi Twitter y mi Facebook funcionaban normalmente. Tras la entrevista, y luego de haber cambiado las contraseñas de todo lo que tenía a mano, fui a desayunar al McDonalds de la avenida Patria. Acá se intensificó la pesadilla.

Cuando quise pagar el pedido, lo hice con mi tarjeta de débito del Banco Pichincha. Tras tres rebotes en el datafast, no fue posible. Pagué en efectivo y, mientras el desayuno de huevos, hotcakes y patacones me sentaba mal, elucubraba mil teorías sobre lo que pasaba.

En el cajero automático de Nexo que hay a dos cuadras del McDonalds, en la avenida Seis de Diciembre, quedó ratificado que la tarjeta no servía y alguien había cambiado la contraseña. Como me urgía llegar a la radio para el programa de las 10:00, volé para allá. Todavía seguía sin servicio de teléfono, tampoco tenía datos, así que era imposible contactarse con el banco.

Ya en la radio, pude entrar a la aplicación móvil del Banco Pichincha. Ahí quedó todo claro: alguien había clonado mi chip de teléfono, mediante el chip pudo conseguir toda mi información, entrar al correo electrónico y procedió a vaciar la cuenta del banco con las contraseñas y demás habilitantes que le enviaron allá.La transferencia del dinero la hicieron a una cuenta del Banco de Guayaquil, de un tipo que en mi vida había conocido. Recién en ese momento pude llamar al banco y ponerlo al corriente de lo que sucedía. Anulé tarjetas y todo acceso posible. Era tarde, pero no quedaba otra opción.

Luego del programa, volé para Claro. Ahí supieron indicarme que “alguien” había utilizado una estación de autoservicio para sacar un chip correspondiente a mi número. Concretamente, lo hicieron en un centro comercial de Guayaquil. Evidentemente, ese momento no detectaron ninguna anormalidad, ni se cercioraron nunca si tal movimiento lo hacía el titular del servicio. Inocencia absoluta de ellos.

No sin mostrarles lo más profundo de mi molestia, me fui de Claro para ir al Banco Pichincha del CCI. Detallé la historia y, averiguando detalles de la transferencia del dinero de mi cuenta, encontraron que el justificativo de la transacción que habían utilizado los hackers era “pago de pensión alimenticia” (como sabrán, no tengo ni pienso tener hijos). A todo esto, vale aclarar que jamás hago transferencias electrónicas, no uso el servicio de banca telefónica, no tengo tarjeta E-Key, ni nada parecido. Me limitaba a usar mi cuenta para recibir depósitos, retirar dinero en cajero automático o ventanilla. Nada más.

Radiqué el reclamo, me atendieron con preocupación y pusieron como fecha límite para resolver el reclamo “máximo hasta el 5 de agosto”. Pedí mi nueva tarjeta de débito, la que me concedieron sin problemas. Casualmente, por esos días, el Banco me había ofrecido un préstamo sin garante, el que también me lo entregaron ese mismo día. Tras eso, fui a denunciar el hecho en la Fiscalía, donde puse una denuncia por “apropiación ilícita por medios electrónicos”, lo que corresponde en este caso.

Días después,  los problemas seguían presentes. Cuando fui a retirar la tarjeta de débito y la quería usar, el cajero me daba un mensaje de error. Lo mismo pasaba cuando intentaba pagar con ella. Tras tontear por un buen tiempo, en el servicio al cliente del Banco Pichincha del CCI atinaron a decirme que “como estaba en proceso de investigación por fraude, mi cuenta se hallaba impedida de hacer retiros”.

Acepté esto de mala gana, pero no tenía otra opción. Hasta tanto, tomé precauciones. En la radio, pedí que me paguen el sueldo en cheque. Quedé con la cuenta congelada.

Cuando llegó el 5 de agosto, fecha límite para resolver el reclamo, llamé a servicio al cliente. Un aturdido empleado del call center atinó solamente a decirme que “el requerimiento todavía estaba en proceso de investigación”. En resumidas cuentas, no cumplieron con el plazo que ellos mismos se impusieron.

Tras joder con dos o tres tuits y visitar nuevamente el servicio al cliente de la sucursal del banco en el  CCI, recién este miércoles 10 de agosto recibí la llamada del call center indicándome que “el requerimiento había sido resuelto” y que me acercara “donde mi asesor de negocios” para conocer la respuesta que, por una cuestión de “sigilo bancario” no me podían dar por teléfono. A todo esto, mi “asesor de negocios” se encuentra ubicado en… ¡la sucursal Panasur, en Guajaló! Es decir, donde abrí mi cuenta por primera vez, cuando entré a trabajar en El Comercio, hace 15 años ya.

Con mi paciencia al filo, le dije al empleado que de ninguna manera iba a mandarme el viaje al otro polo de la ciudad y que haga el favor de radicar la respuesta donde hice mi reclamo (Banco Pichincha del CCI). Cuál habrá sido el tono imperativo que utilicé, el hecho es que el funcionario aceptó hacerlo. 

Al mediodía, fui al banco a pedir la respuesta. La empleada, una niña asustadiza y de un tono de voz casi inaudible, me indicó lo que ya sabía: que la respuesta solamente me la pueden dar en la sucursal Panasur. Le insistí que en la llamada que recibí temprano advertí que no iba a aceptar tal cosa y que había cuadrado para que la respuesta la pasaran allá, al CCI, por mail, fax, telégrafo o como quieran. Pero allá.

Esta señorita habló por teléfono, tecleaba en la computadora. Todo sin respuesta.Dando por perdido el tema, me fui del banco. Claro, haciendo severas admoniciones sobre cuál sería mi actitud con la institución. Mi tolerancia había hallado un tope.

Cinco minutos después, mientras estaba almorzando en el patio de comidas del mismo CCI, recibo la llamada de la señorita del banco que me atendió. Me decía que, efectivamente, la respuesta ya estaba ahí y que vaya a revisarla. Sucedió, pues, lo predecible. En medio de una parrafada donde la entidad financiera ratifica su “compromiso con sus clientes”, la “confianza de 100 y más años”, los “altos estándares de calidad” y demás verba edulcorada, ratifican que “lamentan” lo sucedido, pero que ellos no se pueden hacer cargo de lo que “presumen” es un fraude.

Claro, como su generosidad no conoce límites, se ofrecen a “colaborar con todas las investigaciones” que emprenda ante las autoridades. Es decir, ellos creen que tratan con idiotas que no conocemos nuestros derechos y lo que tenemos que hacer ante una situación como la que pasé. Si ellos no me decían, no denunciaba. Unos genios.

Mientras, mi cuenta sigue bloqueada. Y me piden que vaya a Guajaló a desbloquearla. No lo voy a hacer, porque la falta de respeto del Banco Pichincha ya raya con lo alucinante.

Como se darán cuenta, no cito la cantidad. Es irrelevante. Lo que me preocupa es que bien pudieron ser los ahorros de toda mi vida, que igual se los llevaban en las narices del banco, los depositaban en una tercera cuenta que tiene nombre y apellido, y ellos no hacían otra cosa que “lamentarlo” y aconsejarme que vaya ante las autoridades.

A estas alturas, lo único que me interesa es dejar clara la situación, denunciar ante la Superintendencia de Bancos y romper toda relación con el Banco del Pichincha por la sencilla razón de que no me ofrece confianza ni seguridad. Me roban la plata en su cara, gracias a la debilidad de sus sistemas, pero no hacen nada. Tengo el derecho también de advertir a quien yo crea conveniente que es una entidad con nulo sentido del compromiso y servicio a sus clientes, a quienes tontea con respuestas estúpidas.

Una parte de mi dinero todavía está ahí y me lo pueden robar de la misma forma en que lo harían si caminara por La Marín a las 23:00. Por lo pronto, mi mamá, quien sí tenía en el Pichincha los ahorros de más de 30 años de trabajo, tras ver mi caso ya los sacó y ubicó en otra institución bancaria.

Y, lo más importante, es divulgar este hecho para que los ayude a decidir y cuestionar a su banco sobre la seguridad y el celo con el que cuidan su dinero. Ante un hecho como el que pasé, nadie puede quedarse contento con una respuesta tan torpe y tan simplona como la que recibí, que esperó casi un mes, mientras yo tenía mi vida financiera inhabilitada y con una desconfianza que no debería sentir.

PD: Ya mismo me toca pagar Diners. Esperen sentados, que si no me rehabilitan mi cuenta no voy a darles un real partido por la mitad.

PD 2: A Claro también lo tengo en la mira. ¿Cómo puede ser posible que entreguen chips tan alegremente sin ratificar identidad? 

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La torre de vigilancia de Quinteros

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Gustavo Quinteros juzga al Ecuador desde el alto de su supuesta superioridad moral. 

Gustavo Quinteros ha edificado, en medio de la gente, una suerte de torre de vigilancia. Desde ahí, él observa y escucha todo. Desde esa posición de superioridad, no duda en ejercer la descalificación como arma de defensa.

Según su ilustrado criterio, muy pocos saben de fútbol. Claro, él se ha encargado de ponerlos en una fila aparte. De repente, ellos forman parte del selecto grupo de periodistas con los que se reúne para intercambiar noticias, opiniones. Ese es su problema. Cada cual es abiertamente libre de rodearse de quién quiera. Se eligen los amigos, los panas; la familia nomás viene impuesta.

El resto, aquellos que no concuerdan con su paladar, son “idiotas”, “corruptos”. El maniqueísmo quinterista se aplica a rajatabla. Honestamente, me tiene sin cuidado que el DT de la Selección tenga ánimo y tiempo para este tipo de labores segregacionistas y para la descalificación fácil. Lo que me parece digno de resaltar es su incoherencia.

En la entrevista que publica El Universo, Quinteros dice que quienes se preguntan porque Ecuador no repite el nivel alcanzado al inicio de la eliminatoria al Mundial son “ignorantes, no saben nada de fútbol”, además de “idiotas”. Tampoco hace caso a nadie “porque hay poca gente que entiende y hay muchos detractores de su propio país”.

Este Quinteros que dice que “no hace caso a nadie” es el mismo que se extiende para explicar por qué un jugador está o no en la Selección. Es decir, tan poco caso hace, que se ve obligado a dar cuentas de sus convocatorias, cuando los técnicos de las Selecciones a lo que menos deben prestarse es a ese juego. Ellos se expresan mediante sus decisiones y nombramientos. El resto, que digan lo que sea.

Otro error de Quinteros, el más grave,  es meter al “país” en su discurso. Hay quienes, investidos en una buena fe y templanza que conmueven, creen que él se refiere exclusivamente al fútbol. No es así. La referencia al “país” no es tan inocente, es producto de su estado de superioridad moral. Yo quiero entenderlo y debe ser difícil para un personaje como Quinteros, acaso junto a Rafael Dudamel el DT de menor currículum dentro de las selecciones de Sudamérica, no sentirse portador de la Bandera Nacional, vocero de la ecuatorianidad, si a su lado tiene una corte de corifeos que festejan todas sus salidas de tono y que le justifican cuando entra en este pernicioso juego de las descalificaciones.

El “país”, ventajosamente, no es lo que cree representar Quinteros. La Selección Ecuatoriana de Fútbol es un equipo deportivo, representante de una actividad con cierta relevancia en el medio. Pero nada más.  El “país” es algo rotundamente más importante. Son los valores, el trabajo, la honestidad, el pluralismo, el respeto ajeno de todos quienes vivimos en este rincón del mundo, más allá de la insignificancia sobredimensionada del fútbol. Que no quiera Quinteros atarantar y vender la imagen de que quienes atacan a la Selección atacan al país. Eso es, aparte de enfermo, propio de espíritus minúsculos y dictatoriales, necesitados de impunidad para sus funciones públicas.

Y todo nace de la crítica por confiar en Jefferson Montero y en el desempeño del equipo ante Brasil, en el arranque de la Copa América Centenario. El DT de la Selección dice algo cierto: “Ecuador no está obligado a ganarle a Brasil”. Pero así como no existe esa obligación histórica y estadística, tampoco existe la obligación de hacer pasar por buena presentación un encuentro donde la Tri difícilmente pudo llegar al arco rival, fue superada en posesión de balón y no contó con armas reales de triunfo. Vender otra realidad es, además de ciego, dudar de la inteligencia y del buen juicio ajenos.

Quinteros ha hecho una tarea aceptable en la Selección. Los resultados le dan un aval. Pero no crea que esto lo vuelve indemne a la crítica. Que no se afiance en sus errores, expresados en declaraciones poco felices como ésta. Que no llegue al punto de creer que todo se le está permitido solamente porque cuenta con una corte de felipillos dispuestos a vender a su madre a cambio de una entrevista, una palmadita en la espalda o una respuesta en el Whatsapp. Poniéndose en este plan, hace todo lo posible para dificultar su éxito. Conviene, pues, que se baje de esa torre de vigilancia desde la cual juzga a todo aquel que no le gusta o no dice lo que él quisiera escuchar.

 

 

 

El día después de Chiriboga

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Con más errores que aciertos, Chiriboga se fue de la FEF. ¿Qué viene (o qué debe venir) ahora? Foto: El Comercio.

Luis Chiriboga ya no está en la Federación Ecuatoriana de Fútbol. Desde el viernes, su nombre dejó de inspirar el temor de otrora. Salvo uno que otro periodista nostálgico de las buenas épocas,  de las  invitaciones a Tottori y Bad Kissingen, los chupes después de los congresos de la Conmebol y las entradas para aquellos que no se podían acreditar a los mundiales, el país asume con plena conciencia que este directivo dejó el cargo que ostentó como un papado desde 1998.

¿Qué viene ahora? La sucesión de Carlos Villacís parece una opción descartada. Incluso hasta reglamentariamente. Y eso que este dirigente sumó simpatías durante los 3 meses que estuvo al frente. “Ahora hay diálogo”, me dijo Jaime Estrada cuando lo entrevisté el viernes pasado. Horas antes, Rodrigo Paz tuvo la misma opinión.

Villacís es el chiriboguismo sin Chiriboga. Responde a la misma línea paternalista y prebendista, pero alejado de la prepotencia, la soberbia y la arrogancia de su excompañero de fórmula. A Villacís habrá que abonarle su impecable manejo dentro de la Federación. Funcionarios de inferior rango han caído en las investigaciones recientes realizadas por la Fiscalía, mientras a él todo le resbaló cual teflón. Hay una explicación sencilla para esto: Villacís era hombre de fortuna y empresa cuando llegó a la FEF, no necesitó -como otros- de ese cargo para su despegue social y económico.

Sin embargo, en términos objetivos, Villacís no representa a nadie. Su club (Calvi) supervive en el amateur fútbol de ascenso. Su perfil, más allá del correcto manejo reciente, no se compadece con lo que el fútbol ecuatoriano necesita hoy en su timón: alguien que, al menos, figurativamente tenga relación con las fuerzas dominantes, con los clubes que hacen el fondo y la forma del fútbol ecuatoriano.

Detrás de Villacís está el resto del comité ejecutivo, a quienes habrá que pasarles factura por su pasmada actitud frente a la situación de Chiriboga. Y también están Álex de la Torre y Guillermo Saltos Guale, directivos de una línea que el medio local debe saltar. ¿Es concebible que quien torpedeó a la Liga Profesional de todas las formas posibles siga en la Federación? ¿Acaso la línea de sus intervenciones en la Comisión Disciplinaria es la que requiere el fútbol ecuatoriano para salir del estado de postración vigente? Y de Saltos Guale, ni hablar. Sin embargo, ellos cuentan a favor con la crónica amnesia en la que vive nuestra sociedad. No sería raro verlos aún encaramados.

En conclusión, todo lo que ha sucedido demanda un cambio rotundo, incluso estético. En ese tren, por ejemplo, yo relanzaría la imagen corporativa de la FEF. Hay un pasado reciente que se debe superar con vergüenza, asumiendo públicamente los errores del pasado. El fútbol ecuatoriano, de hoy en adelante, no debe ser el escenario para la sospecha y la codicia. Su misión es la de convertirse en  factor de desarrollo del deporte más popular del país.

Pero más allá de la imagen están las cuestiones realmente importantes. Sin entrar a dar nombres, la FEF exige una transformación rotunda. Hay cambios que en los grandes “debates” no entran, pero que son ineludibles. Por ejemplo, la incorrecta estructura de los torneos nacionales.

Nunca más puede jugarse con Serie A y Serie B. El llamar correctamente a estos torneos Primera Categoría y Segunda Categoría va más allá de una variación nominal. Es dejar de considerar “Primera Categoría” a un torneo tan malo y sin emociones como es la actual Serie B. Lo que hoy se considera “Segunda Categoría” (una competencia presa de las más grandes irregularidades, informalidades y escándalos) debe pasar a llamarse y, sobre todo, tratarse como una Tercera Categoría, con un formato diametralmente opuesto al de hoy.

Las asociaciones provinciales ya cumplieron con su vida útil. Funcionaron en el último tiempo, salvo excepciones, como un comité electoral. La gravitación histórica de AFNA, ASOGUAYAS es ineludible, pero otras fueron creadas simplemente para sustentar el chiriboguismo, darle fuerza y arraigo a cambio de dádivas. Una nueva Federación debe replantear a las asociaciones como una suerte de oficina de representación local, con funciones relativas y capaces de sobrevivir gracias a su gestión. Su derecho a voz y voto debe ser vetado para siempre, mucho menos darles dinero de los derechos de TV. El fútbol lo hacen los clubes, ese es el principio motor.

La Liga profesional ha caminado poco en los últimos meses. Lamentablemente, se convirtió en una escenografía donde solamente se disputa cuánta plata más se va a recibir por derechos de TV. ¿No han notado que nadie debate cómo darle más interés a los predecibles y aburridos torneos actuales? Hay empresas en el mundo que se dedican a eso, por ejemplo la chilena Matchvision .Los clubes tienen un apetito voraz de dinero y se han centrado solamente en esperar que gracias a la Liga Profesional les paguen más por la emisión de sus partidos por TV. ¿Alguien ha puesto en discusión si este es el mejor sistema de campeonato, el más atractivo para la gente y los clientes publicitarios? Nadie.

Una vez desembarazados de la organización de las competencias locales, en la FEF deberían plantearse la obligación de darle un andamiaje definitivo a la Selección. Hay que crear un organigrama, presidido por un Director General de Selecciones y un Gerente. En los combinados nacionales se debe obviar la tendencia implantada por el Ingeniero de nombrar DT de acuerdo al calor de los resultados y al “clamor popular”. 

En fin, esta es solamente una rala y muy superficial visión de cambios urgentes que se deben operar, más allá de quién sea el reemplazo de Chiriboga. Debe quedar claro que legislar como se ha legislado hasta ahora, buscando el resquicio legal, la alcahuetería, el perromuerto, no representará una variante mayor, sea en la FEF o en la Liga Profesional. Son necesarias otras prácticas, a la espera de dar el salto cuántico que la actividad futbolística pide a gritos.

Un espacio final para la prensa. Que lo sucedido haya dejado una lección: esas amistades peligrosas, el maridaje con un directivo y una organización no terminan bien nunca. Chiriboga y la prensa llegaron a ser un matrimonio tan íntimo que cabían juntos en una cama monoplaza. Que luego, al calor de los desacuerdos económicos y de negocios,algunos se hayan vuelto “críticos”, es otra cosa. El periodismo deportivo quedó muy mal parado ante la sociedad en esta etapa, gracias a las cuñas de publicidad, las invitaciones y los viajes que un gran sector recibió, a cambio de su complicidad en casos aberrantes como el de Vinicio Luna. A hacer contrición del papel funesto jugado en esta época y no repetir nunca más esta insana cercanía.

¿Qué es “ganar a lo Barcelona”?

Barcelona

Walkir Silva y el gol de la clasificación a semifinales (1987)

La seguridad es tan corrosiva como lo son las dudas
Milan Kundera

Yo lo vi.  24 de mayo de 1987. No era feriado, porque cayó domingo. El Día de la Patria fue escenario perfecto para una definición de Copa Libertadores, de ese torneo bravo y épico que era antes del 2000, donde para imponerse había que ganar sin dejar dudas y jugar dentro y fuera de la cancha. No era la Copa soft y edulcorada de hoy, la de Fox.

En aquella jornada, Barcelona comparecía a la cancha del Modelo. Necesitaba ganarle a Olimpia de Asunción para ser primero del grupo y solamente así clasificar a las semifinales. Ganar o ganar. Si empataban, la clasificación era para los franjeados, equipo copero y tradicional como muy pocos en el continente.

Toma y dame, ida y vuelta, agonía, desesperación y nervios. Todo estaba 2-2 hasta el minuto 76, cuando un centro de Galo Vásquez encontró la cabeza del uruguayo Walkir Silva. Gol. Era el 3-2, así se alzaba la puerta de la clasificación dentro de los seis mejores equipos del continente.

Eso era “ganar a lo Barcelona”. Ni más, ni menos. Hubo muchas antes, también muchas después. Imposible olvidar, por ejemplo, los triunfos sobre Colo Colo y Sao Paulo (1992), aquella clasificación por encima de Universitario de Perú (1993), la semifinal de la Copa con Cerro (1998). Antes, el título de 1997.

¿Qué entiendo yo por “ganar a lo Barcelona”? Ser más fuerte que los fuertes, ser roca si el rival es acero. Esto, de ninguna manera es lo que sucede hoy: sufrir como madres para sacarles un golcito de diferencia a escuálidos contendientes.

La figura retórica, con el paso del tiempo, se prostituyó. La realidad dicta que Barcelona, desde 1998, ha sido un equipo más del montón. Tantas veces campeón como lo fueron Olmedo o Deportivo Cuenca. Como ya no juega contra los grandes del continente, sino a duras penas le pone la cara a equipos del medio que lo han superado en importancia competitiva, ¿cómo apelar a aquello de “ganar a lo Barcelona”?

Planteadas así las cosas, tan crudamente, para la prensa simplista no hay otra salida que endilgarle caracteres gloriosos y míticos a cualquier victoria sufrida y difícil de local, sobre rivales de dudosos antecedentes históricos. Pasó este domingo último con Fuerza Amarilla, como tantas veces en los últimos 18 años.

¿Qué tienen que ver el gol laboriosamente conseguido por Ismael Blanco el domingo con el de Walkir Silva? ¿En qué se parecen Fuerza Amarilla y Olimpia? ¿Cuál es la equivalencia histórica entre la cuarta fecha de la competencia local y la clasificación a la semifinal de la Copa Libertadores de América?

Las preguntas anteriores parecen obvias, pero hay que plantearlas. Sus respectivas respuestas explican la devaluación del término “ganar a lo Barcelona”. Una frase golpeadora, tenaz, que tiene impacto en la gente. Como ya no hay triunfos importantes, que cuentan para la historia real del club, hay que usarla a destajo, apenas haya oportunidad. Así, se volvió un lugar común, tedioso como todos sus similares.

La gente, feliz, traga este aceite hirviendo. Se crea en la cabeza el imaginario de que Jerónimo Costa es Éver Hugo Almeida, Federico Alonso se bate como Rogelio Delgado y Lauro Cazal comparte con Evaristo Isasi algo más que la nacionalidad. Y así, por efecto de la goebbeliana política de repetir 100 veces una mentira para hacerla verdad, el triunfo sobre Fuerza Amarilla pasa a ser una especie de conquista de las Termópilas, cuando en la realidad no es sino una de tantas victorias de trámite, acaso digna de reparos porque fue conseguida de forma sufrida y lamentable sobre un rival que se quedó con un elemento menos desde el minuto 33 y que estuvo en ventaja hasta el minuto 80, gracias al único tiro al arco que logró empalmar.

Planteadas así las evidencias, solamente queda reflexionar sobre el por qué cierta prensa recurre a engañar a la gente con conceptos tan impropiamente aplicados como el citado. Vivimos una época donde el afán de cuestionar ha quedado relegado por la voluntad de quedar bien con Dios y el diablo. Hay que sonar bien con todo lo que se le dice a la hinchada del equipo ganador, porque eso asegura audiencia. Una mencioncita acaramelada en Twitter al club de moda, al dirigente encumbrado, nunca estará mal. ¿Para qué meterse en honduras y dudar, si elogiar a mansalva es más fácil?

De todas formas, siempre habrá un espacio para decir algo más que lo obvio.

Si quieren ver qué era “ganar a lo Barcelona”, les dejo este video. Cortesía de Diego Arcos.

 

El ocaso de la TV en el fútbol nacional

El proyecto de agrupar los derechos de televisión del Campeonato Nacional bajo el manto de la Federación Ecuatoriana de Fútbol fue el flagship de la administración Chiriboga. El dirigente, hoy caído en desgracia, cumplía bajo este emprendimiento dos de sus máximas aspiraciones: capturar poder y hacer negocios.

Capturar poder. La FEF pasó a manejar uno de los principales rubros de ingreso de los clubes. Para lograr este fin, Chiriboga se valió de sus escuderos más osados,  aquellos soldados dispuestos a ofrendar su vida en la lucha: los clubes chicos y las asociaciones. Ellos fueron, finalmente, los responsables de conducir al fútbol ecuatoriano a uno de sus momentos más críticos.

Hacer negocios. Si antes la FEF apenas negociaba sus propios derechos de TV (los de la Selección en eliminatorias), ahora pasaba a ser reina y señora frente a los canales de televisión. Y ahí apareció el actor principal de los últimos años, no solamente en el fútbol, sino en todos los escenarios de la vida de los ecuatorianos: el estado.

La FEF y quienes actualmente conducen el estado ecuatoriano tienen mucho en común, sobre todo están unidos por esa ansiedad de captarlo todo, de ser imprescindibles. Cara a cara, se sentaron en el 2013 y le pusieron precio al fútbol: USD 16.6 millones por año, hasta el 2017, con 5% de aumento anual en el contrato.

Era, en apariencia, el negocio redondo. La FEF operaba como la caja chica del fútbol, repartía el dinero a los clubes y así los convertía en sus dependientes directos. Mientras, el estado encontraba el escenario más propicio y popular para repartir cheques y proclamar las bondades de un régimen que, por entonces, vivía la era de las vacas gordas.

Todo estaba consumado. Incluso, los críticos se fueron apagando en medio de su resignación. Pero algo que empezó con más ambiciones que realidades (¿hizo la FEF algún estudio que justificara la cantidad cobrada por derechos?) no iba a encontrar fácilmente buen viento y buena mar.

Sin entrar en detalles que tienen que ver con la producción, la línea periodística y similares, el sistema empezó a mostrar sus hilachas muy pronto. El anuncio original de que “nunca más se iban a jugar partidos a la misma hora” nos encuentra hoy con cada vez más encuentros en simultáneo. La culpable es la necesidad de repartir partidos a la mayor cantidad de canales posibles.

 

Prácticamente, casi como si hubiera sido un objetivo inicial, se ha ido forzando a que el aficionado migre a los sistemas de TV paga. ¿Quiere ver todo el fútbol? No, por señal abierta va a ser imposible. Transmitimos cómo y cuándo queremos. Pague ya y tenga toda fecha en su pantalla. Este es, pues, el objetivo final.

Es que, poco a poco, los actores del negocio se fueron dando cuenta que las cantidades que paga la TV por los derechos del fútbol ecuatoriano son sostenibles solamente si se paga por el producto fútbol. En señal abierta, salvo para el adoctrinamiento gubernamental, no hay espacio para mayor cosa.

A finales del año pasado, en plena viudez de Luis Chiriboga, Álex de la Torre reconoció esto frente a los dirigentes del Tungurahua, los grandes aliados de esta etapa, quienes propusieron al grito de la “revolución de los chicos” un sistema que los terminó ahorcando. Sin pay per view, no hay futuro.

Hoy, aunque el estado conserva su intención atrapalotodo, ya no tiene tanta plata. Hemos llegado a un momento complicado: la deuda de la FEF con los clubes, por concepto de derechos de TV, llega a USD 6 millones. Parte de esta tajada se debe también a las asociaciones provinciales. Habrá que preguntar qué califica como receptores de estos recursos a  asociaciones como Morona o Santa Elena.

La FEF no puede dar esta plata porque el estado no le paga. Todos sabemos que con petróleo de USD 17 el barril no hay forma de sostener esta clase de lujos. El panorama es muy complicado, pues cada vez hay mayor impaciencia en quienes son los receptores finales de esta plata. Mientras, en lo más alto del poder no hay forma de responder.

La única forma de salvar esto es con la intervención de la TV privada. Pensar que uno de los efectos colaterales buscados por la FEF a la hora de confiscar la transmisión televisiva fue sacar del negocio a Teleamazonas, uno de los canales cuya inversión podría rescatar hoy un sistema que va rumbo a la deriva.

¿Qué irá a pasar? A un año de la llegada de la Liga Profesional, cuya oferta modernizadora no se halla muy clara, no queda otra que evitar el colapso de un modelo nacido en medio de auspicios tan infelices como la angurria, la competencia desleal y la improvisación.

El estado, enhorabuena, se batirá en retirada y ojalá no vuelva a ser actor de esta clase de transacciones. Convertirse en el productor de eventos deportivos por TV no es una de sus funciones. Queda abierto para algo que no será mucho mejor: el imperio de la TV pagada, que dejará a la gran mayoría sin uno de sus espectáculos preferidos: el fútbol.

Tokio: la vida corre de estación en estación

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Señalética digital, estación Shibuya (Tokio)

Tokio se mueve sobre rieles. En una ciudad donde los taxis cobran pequeñas fortunas y los autobuses son infrecuentes, no queda otra alternativa que el tren normal y su variante subterránea para desplazarse.

Es posible llegar a todo punto de la capital japonesa gracias a su sistema ferroviario. Como ahí las calles no tienen nombres, la cercanía de determinada estación de tren o metro resulta vital para ubicarse, encontrarse y hallar orientación.
Hay estaciones de tren/metro gigantescas, como las de Shibuya, Shinjuku o Ikebukuro que son verdaderas ciudades subterráneas, en cuyos pasadizos se puede pasar un día entero sin terminar de ver todo lo que hay. Restaurantes, comercios, supermercados, enlaces a grandes tiendas, escaleras eléctricas, en fin, se multiplican.
El transporte por esta vía no es sencillo de comprender a la distancia. Pero, con algo de mundo a cuestas y si ya estás ahí, no vas a tener problemas. Para empezar, el metro de Tokio lo operan dos compañías: Tokio Metro, que tiene a su cargo 9 líneas, y Toei con 4. Es el mismo sistema subterráneo, pero operado por empresas distintas. Si no te quieres hacer lío, están a la venta tarjetas diarias de 1000 yenes (USD 8) que te permiten usar ilimitadamente los servicios de ambas compañías. Es lo más recomendable.
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Boleto válido por un día de viajes ilimitados en Tokio Metro y Toei Metro, cuesta USD 8.50.

Hoy, que tenemos Google Maps, que nos dice cómo llegar de un punto a otro a pie, carro, bus, tren, metro y demás, es papaya ubicarse y saber qué dirección tomar. Sin embargo, si no cuentas con esta facilidad vas a tener que utilizar la señalización propia del metro para desplazarte. Si prestas atención, sabes códigos mínimos como aquel que dice que cada estación se identifica por el nombre de su línea y un número (por ejemplo, la estación de metro Ginza será en la línea Hibiya la H-9, la que viene después en esta misma línea, la estación Tsukiji, será la H-10 y así…) pues no te harás problema.
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Entrada estación Ikebukuro, de la línea Maronouchi. Esta estación también sirve a las líneas Yurakucho y Fukutoshin.

Aparte, hay empleados muy serviciales que, ante cualquier muestra de desconcierto que vean, sabrán acudir con un sosiego y un mapa.  El sistema empieza a correr desde muy temprano (tipo 05:00) y el último metro sale, por lo general, antes de las 00:30.
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Símbolo a la entrada de una estación de metro (Tsukiji, me parece) en Tokio.

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A la espera del metro, en la estación Shibuya. Nótese las barreras y las puertas, para evitar cualquier accidente.

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Interior del metro.

El tren es algo parecido. La principal línea urbana en Tokio es la línea Yamanote, que hace un recorrido circular. Todos los puntos importantes y turísticos de esta ciudad (salvo el barrio de Roppongi) se encuentran servidos por una estación de esta línea, acaso la más recurrida. La opera JR (Japan Railways), la empresa más importante del rubro.
Es que, tal como pasa con el metro, hay varias empresas en la operación de diferentes líneas. Todas privadas, que generalmente acuden al servicio de los amplios, amplísimos suburbios de la ciudad más grande del mundo. En cuanto a mi experiencia, en esta ocasión me tocó usar la línea Ikebukuro de la empresa Seibu.
Toda estación tiene un andén diferente para cada empresa, así como también diferentes torniquetes y controles de acceso. Debes tener sentido de orientación bien afilado, prestar atención a las señales porque puedes darte con la mala noticia de que en lugar de tomar un tren que debía parar en la estación que necesitabas, agarraste un expreso que no para hasta el final, a cientos de kilómetros de donde estabas.
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Señalética de las líneas de JR. En rojo, la estación donde te encuentras. El número que acompaña cada estación es el precio en Yenes que te cuesta llegar hasta allá.

El precio, tanto del metro como del tren, depende de la distancia que recorras, a menos que compres una tarjeta que te sirva para viajes ilimitados por uno, dos, tres días, que no están disponibles en todas las líneas (sí para las más importantes).
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Interior ala norte de la estación Tokio. Es una de las pocas edificaciones antiguas de la ciudad.

Hay máquinas con pantallas táctiles que indican las estaciones, eliges la que necesitas y depositas el dinero. A la salida, debes validar el boleto, lo depositas y se te abre el torniquete. El viaje entre la estación Ikebukuro y la estación Ekoda de la línea Ikebukuro Seibu costaba 180 yenes, USD 1,50. Era un trayecto que pasaba por dos paradas, cosa de 10 minutos de trayecto.
Sin excepción, los trenes son impecables, limpísimos. Una norma de la etiqueta japonesa considera de mala educación hablar por teléfono dentro de los vagones y, si quieres un silencio sepulcral, hay vagones dedicados a ello. La gente prefiere leer o concentrarse en sus teléfonos o tablets durante el viaje. Claro, otro “entretenimiento” es dormir. Nadie come, nadie bebe.
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Interior del tren de la línea Seibu Ikebukuro, a una hora impublicable (pasada la medianoche).

Va a sorprenderte, si lo llegas a ver, el trato que existe entre los empleados de las empresas ferroviarias. Existen auténticas jerarquías y no era inusual ver a los miembros más jóvenes cuadrarse frente a los más antiguos cual soldados. Todos, claro, uniformados de manera impecable.
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Fachada de la estación Tokio. De adentro salen los trenes bala a los puntos más alejados del país.

Y el Shinkansen, el tren bala de larga distancia, debe ser un espectáculo. No lo ocupé, pero si utilicé uno de mediana distancia, de la línea Keisei, entre el aeropuerto de Narita y la estación Nippori, y viceversa. Fueron 60 kilómetros en 35 minutos.
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Tren rápido Nippori – aeropuerto de Narita.

Los precios del trago en Tokio

Tokio, no cabe duda, trae a la cabeza la idea de una ciudad ultracara. De hecho, esto no es un mero prejuicio. Es una realidad, pero que depende del rubro. Ya he analizado el tema en una ocasión pasada, podría hacerlo en una próxima con más detalles.

Sin embargo, hay cosas que resultan muchísimo más baratas que en el Ecuador. El licor es una de ellas. Para que tengan una referencia, acompaño unas fotos que se explican solas. Fueron tomadas en distintos locales de la cadena de tiendas Don Quijote, donde venden desde aguja e hilo hasta juguetes sexuales. No es broma.

El cambio vigente en la época que estuve era de 120 yenes por 1 USD. No voy a poner el precio en Quito de las mercancías citadas, para evitarme el fastidio de leer sus comentarios del tipo “uuuuuy, mi casera de Santa Clara me da a la mitad”. Bien por ustedes si es así, pero honestamente no me importa.

Que hablen las imágenes.

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Chivas 12 años, a USD 23,58

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Moet Chandon (era australiano, no lo había visto nunca) a USD 33.16

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Dom Perignon Brut, dependiendo la caja cuesta USD 132,50 o USD 140,83.

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Johnnie negro (700, no de litro) a USD 16,62.

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Cognac Hennessy (en Asia lo toman mucho, es el principal mercado de exportación de la marca) a USD 23,16.

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Jack Daniels, a USD  13,08

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Johnnie rojo a USD 10.73 y Chivas 12 años a USD 16,31.

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Johnnie azul, a USD 107.

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El ya citado Johnnie negro, el Double Black (USD 22,58) y el Gold (USD 36,33).