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Operación Argo a la Ecuatoriana (II)

La segunda y final parte de esta aventura de viaje que empezó acá. ¿Cómo terminó esta odisea intercontinental? La historia de mi ‘extracción” de Irán.

Son las 20:00 del 25 de diciembre del 2016. Es domingo, un día laboral normal en los países musulmanes. Estoy en el interior del avión de Air France que acaba de aterrizar en el aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. El jefe de cabina (toda la tripulación es masculina) acaba de avisar que, de acuerdo a las leyes del país, las mujeres deben cubrirse la cabeza con un velo. La ceremonia comienza lentamente, no sorprende a nadie. Parece que todos los ocupantes de la nave abarrotada son locales y saben las normas.

La ruta que acabo de hacer (París – Teherán) fue la misma que recorrió el Ayatolah Khomeini en 1979, cuando triunfó la Revolución Islámica. Lo hizo también en Air France, pero él llegó al otro aeropuerto, al de Meharabad. En la figura de la máxima autoridad religiosa, el pueblo persa encontró una válvula de escape al exceso tiránico del Sha, el gobernante que murió en el intento de convertir a Irán en un puntal de occidente dentro la zona más conflictiva del mundo. Desde su exilio parisino, el Ayatolah regresó y lideró un proceso que lleva ya 38 años y sigue tan férreo como al inicio, sorteando una guerra, el incesante enfrentamiento con Estados Unidos y alguna que otra escaramuza interna.

En todo eso pienso mientras bajo del avión y un bus nos lleva desde la plataforma de aterrizaje hasta el interior del área de arribo. Acá no hay Navidad, ni nada que lo recuerde. La mayoría de gente corre directo a las ventanillas de migración. Otros, muy pocos, van a una oficina donde se expiden los visados. Les recogen los documentos, se sientan y esperan. No noto que nadie pase problemas, en el peor de los casos les mandan a comprar un seguro que cuesta USD 14 en una oficina ahí cerca. Todos parecen ser bienvenidos.Yo no.

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Pancarta en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Pero mi caso es único. Como ya conté en la primera entrega, viajé a Irán sin tener visa y con el primer pasaje (Teherán – Bakú – Estambul) que encontré para salir lo más pronto posible de ahí (seis horas después, a las 02:00 del lunes, en un vuelo de Azerbaijan Airlines). Me tocaba esperar que nadie se ponga quisquilloso con mi situación.

Apenas llego, un atisbo de esperanza: hay una ventanilla que dice ‘PASSENGERS IN TRANSIT’ donde hay una fila y dos funcionarios atendiendo. “Bien”, pensé, “les muestro mi nuevo pasaje, explico mi situación y me mandan a esperar a una sala de embarque decente”. Donde estábamos, si bien era iluminado y limpio, había un ambiente a sala de espera de un hospital. Aparte, era el sitio donde derivaban todos los vuelos que iban llegando y había algo de tumulto.

Todos recibían su pase a bordo y, efectivamente, iban al segundo piso, donde estaban las salas de embarque. Yo no. Cuando me tocó, el funcionario muy amable me explicó que ahí solamente estaban entregando pases a bordo de ciertos vuelos y que del mío (de AzAl) no había noticias. Que todavía era temprano (21:00) y que espere.

Esperar. Eso tocó. Ver pasar gente, familias, mujeres con fular, tipos que pedían su visa y se la daban, dar una y mil veces la vuelta en esa sala de espera tipo hospitalaria. Recorrer todo lo que estaba a mi alcance. Los límites eran las bien iluminadas y modernas áreas de migración, donde los afortunados podían hacer su ingreso a Teherán. A lo lejos, se veía el parqueadero. Ese era todo mi panorama.

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Mujeres con burka en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

¿Qué más pude ver hacia adentro? Un baño, el área de vacunas y sanidad, una zona privada donde en sofás muy cómodos descansaban los funcionarios, un rincón de oración… y nada más. Ese era el Irán que estaba a mi alcance. No la torre Azadi, el monte Alborz, el Grand Bazaar, Qom, Persépolis o el palacio del Niavarán.

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Rincón para orar en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Me senté a escribir los apuntes que ahora sustentan esta serie (?) y a esperar. Sin embargo, algo me inquietaba y era que a la mentada ventanilla de tránsito no iba nadie a atender. Entonces, a todo aquel que tenía alguna traza de autoridad (uniforme, básicamente) me acercaba a exponerle mi caso. En un inglés torpe nos entendíamos y la respuesta era la misma: “seat and wait, please”.

El wi-fi gratuito duraba unos pocos megas (me parece que 50) y verifiqué que Twitter y Facebook están bloqueados, pero Instagram y Whatsapp no. El aburrimiento y la incertidumbre son un cóctel explosivo. Entre la sala de tránsito y el área de embarque hay una escalera eléctrica. Me animo y subo, ya no tenía nada que perder. A la vista, queda un área muy normal, típica de cualquier aeropuerto del mundo, pero para llegar a ella, al final de la escalera, hay un guardia. Le explico mi caso y la respuesta es la misma: “seat and wait, please”, con el agravante que me manda “downstairs”.

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El baño

Son las 23:00 y compruebo que ya no soy el único en esta suerte de limbo persa. Una pareja de viejitos que también iban a Estambul, una familia rusa vestida como si vinieran de la playa y un griego rasta y atiborrado de tatuajes estamos en las mismas. Me divierte la escena de dos chinos que pelean en voz alta, entiendo yo, porque no les dieron la visa a la llegada y tienen que esperar en la sala tipo hospitalar para embarcarse en otro vuelo. Me entran las ganas de pedir la visa en la ventanilla, total tengo todos los documentos y hasta el seguro. Mejor no, mucho riesgo.

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El límite: después de ese guardia está el área normal de espera en el aeropuerto Imam Khomeini.

Sin ninguna pantalla de información y con la ventanilla de tránsito desierta, aparece un tipo de uniforme que se dirige a todos los que ahí trabajan con cierta imponencia. Creo que es el ‘jefe’. Eran las 23:00. Viene y, uno por uno, nos pregunta sobre nuestra situación. A todos pregunta y repregunta, menos a mí. Le explico, me mira y me devuelve mis documentos. Eso quiere decir que, o todo está en orden, o que la situación es muy complicada. A esas alturas, es lógico sentir que la noica te come.

Eran ya las 12:30. Supuestamente, mi vuelo de AzAl ya estará en pizarra y recibiendo a sus pasajeros. Pero no hay a quién preguntar. De pronto, veo que los rusos, el griego y los chinos suben las escaleras por las que antes me mandaron de vuelta. Hago exactamente lo mismo. “Suerte o muerte”, me digo para darme confianza.

Otra vez, uno por uno, empezamos a explicar nuestros casos al mismo tipo imponente que hora y media antes nos atendió abajo. Los rusos pasan sin mayor problema a la sala de embarque (luego, me dí cuenta que estaban en mi mismo vuelo), el griego tiene líos porque su equipaje no asoma, pero a la final pasa sin problemas. Los viejitos de Estambul no subieron.

Llega mi turno y explico nuevamente la situación. Una vez que acabo, el ‘jefe’ habla por radio y comparece otro uniformado con un empleado de Air France. Conversan entre ellos y obviamente no les entiendo, pero noto cierto aire de recriminación al tipo de la aerolínea. Ahora que lo pienso bien, creo que cometí un error: nunca avisé a Air France que iba a hacer escala en Teherán para ir a otro lado. De repente, todo habría sido más fácil si les hubiera indicado tal cosa en Nueva York, donde tomé el primer vuelo. En fin… mis sentidas disculpas a la gran empresa francesa si por mi culpa tuvieron alguna incomodidad.

La pregunta esperanzadora del ‘jefe’  fue “do you have more luggage?”. Ese momento confirmé mi acierto de no facturar la única maleta que llevaba. Seguro que habría generado más problemas, pues la única forma de recogerla habría sido pasando migración. Ante mi respuesta negativa, el tipo de Air France se fue junto al ‘jefe’.

Todo esto pasó en 45 minutos. El guardia que permitía el paso, un chico joven y a quien en sus ojos pude notar cierta vergüenza por lo que sucedía, me ofreció un helado y agua. En un ambiente tan recio y hasta marcial, su gesto me sorprendió gratamente y traté de expresarle aquel sentimiento con el rechazo más amable posible, dándole a entender que lo único que quería !era salir lo más pronto de ahí!

Vuelve el ‘jefe’, esta vez con una empleada de AzAl. Le indico el pasaje a Estambul y mi pasaporte. Se va con ellos y regresa en pocos minutos, para preguntarme si tengo visa para entrar a Azerbaijan. Le hago caer en cuenta que solamente estaré un par de horas de tránsito en Bakú, para tomar mi vuelo final a Estambul, y que no hace falta. Se va otra vez.

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¡Al fin!

Veinte minutos después… ¡Por fin! La tipa llega con mis pases a bordo y mi pasaporte. Me explica que tuvo que llevárselo para registrar mi tránsito en migración (no veo ningún sello), pero que ya podía pasar a la sala de embarque. Se enciende una luz, pero todavía me preocupa que faltaban cerca de 10 minutos para despegar. Me responde que el vuelo se retrasará 45 minutos más y que no habrá problemas.

La puerta de salida del limbo está llena de retratos del Ayatolah Khomeini y de su sucesor, el Ayatolah Jamenei. Letreros en persa, enmarcados en ramos de tulipanes, la flor que representa el martirio de los soldados en la guerra con Iraq, se miran a cada paso. La revisión de seguridad es rápida, una fila para hombres y otra para mujeres.

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La última frontera: el acceso a las puertas de embarque.

Al final, el final de este túnel. Hay tiempo para un pequeño paseo por el corredor de embarque. Una tienda de duty free sin el lujo de otros aeropuertos, un stand de venta de caviar a precios razonables. Lástima que no haya dónde cambiar dólares a rials y que tampoco acepten tarjeta de crédito.

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El duty free del aeropuerto de Teherán

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Caviar iraní

Nuevamente el bus para llegar a la puerta del avión. Llueve y hace frío en la pista de despegue. Son las 2:30 de la mañana. Tal como pasó en Argo, solo cuando el avión de AzAl tomó vuelo rumbo a Bakú sentí alivio. Hice mi propia ‘extracción’, corriendo una aventura de esas que hay que vivirlas alguna vez en la vida. Al mismo tiempo, me preguntaba qué tanto tendrá que esconder un país que recela de permitir el ingreso de un periodista deportivo. Adiós Irán, difícilmente nos volvemos a ver.

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La puerta de embarque.

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Última foto antes de entrar al avión para dejar Irán.

DISCLAIMER: Está claro que las fotos y los videos no son los mejores. Todo esto, en gran parte, se debe a la discreción con la que hay que manejarse en Irán, misma que se multiplica cuando uno está en instalaciones sensibles, como son los aeropuertos. Sepan disculpar cualquier imperfección.

Año Nuevo en el Palacio Imperial de Tokio

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Es el 2 de enero y las puertas del Palacios Imperial de Tokio, la residencia de la casa real del Japón, se abren libremente para los ciudadanos. Este es uno de los dos días del año en que la sede de la Casa Imperial recibe a sus súbditos. El otro, es el 23 de diciembre, día del cumpleaños del Emperador Akihito.

El objetivo de estas recepciones masivas es saludar al Emperador, su esposa y el resto de la familia real. En Japón, la casa gobernante no tiene una específica responsabilidad gubernamental, sino más bien un carácter simbólico. La influencia espiritual y anímica de la realeza en la sociedad nipona es notoria. La tradición dice que el Emperador es, ni más ni menos, descendiente directo del Sol. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, estaba prohibido para sus súbditos siquiera mirarlo.
Salgo de la estación del metro Otemashi y, la verdad, no hay visos de multitud. Conforme me acerco a la explanada que antecede la entrada principal al Palacio, una verdadera marea de cabezas, abrigos se agolpa con orden para conseguir su lugar. Orden, esa es la palabra clave, como iré explicando.
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Cuando entro a la explanada, un hombre mayor nos regala a todos banderas  de Japón hechas con papel de seda. Todos vamos con nuestra bandera rumbo a una fila que se bifurca. Por un lado, van quienes no tienen equipaje o maletas por revisar en el scanner de Rayos X. Por el otro, ese es mi caso, quienes apenas necesitamos de un breve y respetuoso cateo.
Avanzo. Hace frío y el suelo es de gravilla, por la que transito junto a una multitud silenciosa y sonriente. Poco a poco, la Policía nos hace formar unos bloques gigantescos, separados por cintas. No me gustan los agrupamientos de gente, incluso estos donde nadie falta el respeto, nadie toca al prójimo y ni siquiera hay bulla. Pero siento que la ocasión vale la pena.
A lo lejos, los grupos que fueron llegando temprano van entrando a Palacio por una puerta imponente, franqueada para este día de fiesta. La espera de media hora se terminan y nos hacen pasar a todos. Veo pocos occidentales como yo.
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Los jardines del Palacio no me sorprenden, pese a los puentes , los estanques y el verdor que pelea contra la sequedad invernal. Todo es tan grande, tanto que no hay espacio para los detalles mínimos. A lo lejos, las edificaciones en forma de pagoda guardan la austeridad y los mil años de costumbres de la realeza.
Al final, tras 20 minutos de paseo, llegamos a un patio gigante frente al balcón protegido por vidrio (seguramente blindado) desde el cual el Emperador dará su saludo. Hay niños, pero los adultos y ancianos son la mayoría. Una pareja de ellos, aburridos por la espera, me interroga y conversamos. No tienen idea de dónde queda Ecuador, la referencia más cercana por la que puedo identificarme es Macchu Picchu.
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Nadie se mueve. Todos ocupan su espacio y la posibilidad de desorden y desbordes es imposible. El que a la llegada logró ubicarse bien para ver el discurso, en buena hora. Quien no pudo, pues espera. Algunos lo hacen en cuclillas.
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Hay anuncios por megáfono que no entiendo. Poco después, el Emperador, su esposa y sus hijos aparecen en el balcón y saludan con una venia. Se viene el espectáculo maravilloso de miles de banderas flameando y los gritos de aclamación. El éxtasis es contagiante y solamente se termina cuando Akihito pronuncia con monárquica pausa y sobriedad su saludo. Un par de reverencias más y la familia real se esconde tras la cortina. El saludo, el acto en sí, ha terminado.
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Luego, tienes la posibilidad de pasear por los jardines adyacentes, hasta encontrar una puerta de salida. Volverá a entrar otro grupo a saludar y, así, hasta que empiece a caer la tarde. Todo en medio de la prolijidad y la civilidad que, parece, es innata en los japoneses. Esta vez, hicieron fila y esperaron solamente para saludar a su soberano. Y, seguro, volverán el año próximo.
Les debo un video, algo tembloroso, que hice en el discurso del Emperador. CNT no permite subir hace dos horas un video de 30 segundos…

Ahora sí, las crónicas de viaje

En medio del trayecto, caí en cuenta de que iba a ser imposible y cicatero narrar día a día las experiencias vividas. Por eso, tomé la decisión de resaltar hechos importantes y detallarlos.

Ahora que volví, comienzo con el primer tema. Solamente espero su atención, comentarios, críticas y demás. Sean bienvenidos.