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Comida callejera en Tokio

El japonés es, lejos, el asiático más distinguido. No es de andar desaliñado, ni siquiera de hablar en tono de voz alto. Ríe discretamente, casi pidiendo permiso. Actúa con escrúpulos casi infantiles.

Como vive en medio del orden, cuando come afuera prefiere los restaurantes con perfil distinguido (Tokio es la ciudad con más restaurantes con estrella Michelin en el mundo), las cafeterías con charme europeo, la comida bonitamente empacada de los depachika (supermercados) o, en el peor de los casos, el ambiente estéril de los fast food.

Por eso, la gran capital del Japón no es una ciudad de comida callejera. Al contrario de Kuala Lumpur, Shanghai, Hong Kong o Seúl, en Tokio no hay vías enteras llenas de tenderetes, kioskos, parrillas portátiles.

Sin embargo, el fin de año marca una excepción. En masa, los tokiotas se lanzan a los templos para pedir prosperidad, salud y trabajo para los 365 (o 366) días venideros. Luego de hacer sus rituales de desvinculación del año que terminó, se dirige a la salida de los templos en Akasaka, Shinjuku y demás barrios. Ahí se instalan toldos donde la comida se prepara al instante y se consume de la forma menos ceremoniosa posible.

Hay de todo, desde choclos hasta pulpos. Dulce y salado, cerveza y sake. Pero mejor que hablen las tomas.

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Camarones, pescado, pulpo. Todo a la parrilla.

 

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Estos eran unos pescados muy pequeños, del tamaño de una tilapia, que se asaban con fuego al centro.

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Atún, pollo, carne de res, cerdo y demás a la brasa.

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El sake, servido caliente. Aguardiente perfecto para acompañar la comida.

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El tradicional yakisoba, el fideo salteado a la plancha con pollo y verduras.

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Chuletas apanadas.

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Una suerte de crepe con huevo, queso, fideos. No muy entendible, la verdad.

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Bolitas fritas rellenas de pulpo.

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Más yakisoba

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Pollo y carne a la parrilla.

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Atún al grill, en el mercado de Tsukiji. 500 yenes (USD 4).

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Pinchos listos para ir al fuego.

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Algo occidental: crepes de dulce.

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Chocobanana, a 400 yenes cada una.

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Frutas congeladas.

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El obento en el tren: pollo y salmón asado, sushi, té. Lo compré en Mitsukoshi.

 

 

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#YoPorquePuedo Tour: Una cena con carne de serpiente en Shanghai

Si no es aquí donde voy a probar cosas inusuales, fuera de programa, ¿dónde más lo haré? Pues sacrifiqué mis temores -y algo de plata también, todo hay que decirlo- para vivir una experiencia gastronómica diferente.

Efectivamente, en Asia se come cosas inusuales. Pero no es que en cada esquina te ofrezcan un pincho de alacranes o filete de medusa. De ninguna manera. Las preparaciones que para los occidentales  pueden ser tabú se encuentran en lugares y circunstancias específicas.

Así, empecemos por uno de los platos que más chocantes pueden resultar para nuestra mentalidad: el perro. La carne de este animal doméstico es de consumo usual, sobre todo, en Vietnam, China y Corea durante el verano.

En invierno no la encuentras, a diferencia de la carne de serpiente. El ofidio es uno de los platos preferidos para enfrentar el frío.

Estoy en el Bund de Shanghai, es domingo a la noche y hace hambre. Me da ganas de algo tradicional. Un patito a la laca puede ser. Hay restaurantes abiertos, pero no ofrecen lo que quiero.

Hasta que, tras un cuarto de hora de andar, encuentro lo que busco: un sitio tradicional, nada turístico, pero bien decorado y fino, donde mi presencia desconcierta. Aparte de un tipo europeo que habla con quien aparente ser el dueño del si tio, el único occidental es su servidor y amigo.

El sitio está lleno, pero eso no suele ser problema en China. Apenas entras, los camareros te  ubican en la primera silla que esté desocupada, así  la mesa esté ocupada por una familia que festeja el cumpleaños de la abuela. Si ellos no se hacen problema, yo tampoco.

Me toca sentarme junto a una pareja que ni me regresa a ver. En eso llega la carta. Oh sorpresa, me hallo con esto:

¡Serpiente!

¡Serpiente!

Serpiente en muchas variantes. En salsa, frita, a la brasa. Claro, no era barato, los precios de esta sección de la carta eran el 50% más caros que el resto.

Me enfrento a la disyuntiva: o pido algo más convencional o me expongo a la aventura. La respuesta fue: chulla vida, a probar algo que, probablemente, no comeré nunca más.

Me inclino por “Fried sliced snake whit sliced bamboo shoot, lotus root, water chestnut and celery”, es decir: serpiente en rodajas con brote de bambú, raíz de loto, castañas de agua y apio (mismo que pedí que omitan). Arroz aparte, naturalmente. ¿Comida asiática sin arroz? Nunca.

Ansioso, apenas puedo beber el té que te pasan apenas te sientas. Caray, me arrepiento, no me vaya a caer mal y me arruina los días que queda… ¿Qué sabor tendrá?….En fin, no se demoran y llega el pedido:

Primera impresión: el plato no resultó tan grande como pensaba. Mientras, me da la noica y creo que el mesero y la pareja que está en la mesa se burlan de mí. ¡Qué me importa! Los palillos empiezan a trabajar y, tras el primer pedazo de carne, la primera sensación: la carne es grasosa.

El banquete

El banquete

¿El sabor? Fuerte, pero no desagradable. Es distinto, no sabe ni a res, ni a pollo, ni a pescado. Puede decirse que se parece una carne apanada algo dura y gruesa, muy sazonada. Tiene una estructura dura, casi como de embutido tipo salami y no se deshace, hay que masticar para obtener el jugo de la carne.

Los brotes de bambú y loto son una buena mezcla, que suaviza la intensidad del plato. Unos sorbos de té y, listo, la experiencia acabó.

Llega el momento de pagar. El chistesito salió por 450 renminbi, unos USD 73. Como experiencia, valió la pena. Tener algo que contar y recordar es invaluable.

De todas maneras, no recomiendo este plato a los espíritus débiles o impresionables.

¡Manos a la obra!

¡Manos a la obra!