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Operación Argo a la ecuatoriana (I)

Los deseos inocentes de conocer un país fascinante acabaron en un escape, la versión tercermundista y algo exagerada de esta película. Haberlo vivido fue una experiencia fascinante y la quiero compartir. Acá, la primera parte.

Escribo esto mientras estoy en la sala de tránsito del aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. Siento una suerte de placer morboso mientras lo hago. Nadie puede entenderme, pese a que vigilan de reojo la pantalla. Si alguno de los empleados de la terminal que están cerca (no sé si son policías o militares) sabe español, estaría en problemas. Ante el beneficio de la barrera del idioma, sigo y sigo escribiendo. Concentrado en no perder un detalle. Esta es de esas aventuras que se tienen una vez en la vida.

Todo comenzó en el mes de septiembre, cuando tracé mi mapa de vacaciones de fin de año. Teherán, la capital persa, apareció en el itinerario como la primera parada. Luego vendrían Estambul y El Cairo. Lo primero cuando se planea un viaje es la documentación. Sin tener claro eso, es imposible hacer algo más como la compra de pasajes, hospedaje y demás accesorios. Las primeras informaciones que recabé en internet eran claras: es posible conseguir el visado a la llegada, en el aeropuerto Imam Khomeini. Basta presentar algunos documentos básicos, como el seguro de viaje.

Sin embargo, otras informaciones indicaban que, pese a que era factible conseguir la visa en arribo, la misma estaba a antojo y voluntad del funcionario que la tramita. Si algo no le gusta, te mandan de vuelta sin asco. Por eso, se aconseja sacar la misma en el consulado iraní más cercano.

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Primer mail de la embajada. Ojo a la fecha.

Prevenido, acudí a la representación de Irán en Quito. La embajada, cuyas cómodas instalaciones se encuentran en la calle José Qeri, cerca de la UDLA, tiene un personal presto y amable. Envié un primer correo donde preguntaba detalles iniciales. Efectivamente, debía sacar la visa acá para evitar problemas a la llegada. Gentilmente, me extendieron un formulario, donde se pregunta más o menos lo mismo que en otras solicitudes de visado.

Me tomé mi tiempo y el 24 de octubre indiqué que iba a ir a la embajada a dejar la solicitud formal y los requisitos solicitados, luego de haber pagado los USD 30 en una cuenta del Banecuador, entidad que solamente tiene dos sucursales en Quito. Dejé mis papeles a la espera del trámite.

En el intercambio de correos, una empleada de la embajada me advierte que el Ministerio de Relaciones Exteriores debe emitir, desde Teherán, un código de autorización para dar luz verde a la visa y que eso demora un par de semanas. Como tenía el tiempo a favor, no me hice lío y le indiqué que sigamos con el procedimiento sin problemas.

El 11 de noviembre llega la primera sorpresa: desde el consulado me indican que debo llenar otro formulario que es exclusivo para periodistas, ya que en la solicitud había puesto que esa era mi ocupación. Tras indicarles que mi viaje era turístico y que no pensaba quedarme más de 4 días en Teherán, me dicen que eso no importa. O hago el nuevo formulario, o se detiene el trámite.

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“debido a su profesión…”

Y el nuevo formulario, la verdad, ya era algo intimidante. Preguntas sobre la línea del medio en el que trabajo, pedidos de explicación sobre trabajos anteriores realizados acerca de Irán, en fin. No tenía problema e incluso envié un certificado de mi trabajo, donde estaba desautorizado a trabajar en su representación mientras dure mi estancia en Irán. Con todo nuevamente enviado, otra vez a esperar. Siempre estimando lo que en la misma embajada me dijeron: el trámite dura dos semanas.

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Algunas de las preguntas de la nueva solicitud para periodistas. 

Dos semanas después, no había noticias. Me volví a comunicar por correo el 28 de noviembre y me indicaron que “por el cambio de embajador” algunos trámites se habían postergado y que en “una o dos semanas más” me darían los resultados. Perfecto, a seguir esperando. De todas maneras, mi viaje ya estaba fijado para el 23 de diciembre.

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Cuando parecía que había alguna esperanza…

Dos semanas después, insistí otra vez por correo. Esta vez no me respondieron. No me quedó otra que llamar por teléfono a averiguar qué pasaba (no olvidar que durante todo ese tiempo mi pasaporte lo tenían ellos) y pedir explicaciones sobre el asunto. La misma empleada con la que tuve contacto siempre me deslizó, por primera vez, que el gran inconveniente fue haber puesto en la solicitud de visado que soy periodista.

En la misma semana del viaje, pedí encarecidamente ser recibido por el cónsul para explicarle mi situación. Sin tanta dificultad, se me concedió la cita. El 19 diciembre fui a la embajada y, tras una espera de hora y media, pude hablar con el funcionario. La charla fue complicada y alucinante. Por un momento, se me hacía estar en alguno de esos encuentros bilaterales: sentados en un sofá amplio, las banderas de Irán y Ecuador en los flancos, él adelante de la de su país y yo de la del mío. Un intérprete español – farsí ayudaba a comprendernos.

El cónsul, hombre joven, con una sombra de barba y vestido a la usanza burocrática iraní (terno y camisa sin corbata), pedía disculpas por la demora en el trámite y ahora aumentaba una nueva excusa para el mismo: “el cambio del sistema electrónico para el registro de los visados”. Sin embargo, dejó deslizar que mi situación se había “complicado” por haber consignado en la solicitud que soy periodista.

¿Qué hacer? El cónsul se ofreció a apersonarse del caso y ver qué se podía hacer. Me ofrecía respuesta en dos días. Aún lo sigo esperando. La otra opción era ir a Teherán, pedir la visa a la llegada, algo que me desaconsejaron en la embajada, en vista que iban a detectar que había un trámite en curso y que, pese a que el visado no me lo habían negado, tampoco estaba concedido. Aquello, habría significado mi deportación. Me devolvieron, finalmente y tras dos meses, mi pasaporte. Me quedó la sensación de haber fracasado cordialmente.

Intenté cambiar mi pasaje de ida y ya no ir a Teherán. Imposible. El cambio costaba más del doble del precio original del boleto. Averiguando, era posible hacer tránsito hasta por 12 horas en el aeropuerto Iman Khomeini, sin necesidad de visado. Les expliqué esta opción en la embajada y declararon no saber de la misma (?).  Incluso, hay chance de sacar un permiso de tránsito de hasta 2 días (revisen el link de arriba). A esas alturas, ya no estaba interesado en pasar ni un minuto más que el necesario en Irán. El hueveo al que me sometió el consulado me tenía molesto.

Mi llegada a Teherán estaba planificada para las 20:00 del 25 de diciembre. Conseguí un boleto desde esa ciudad hasta Estambul, con escala en Bakú,  para las 02:30 del 26. Esa era la mejor opción para salir de aquel país que tan poco amigable se mostraba conmigo.

Tras viajar desde Nueva York hasta Teherán, con una escala en París y la Nochebuena a bordo de un 787 de AirFrance, arribé a la hora planificada al aeropuerto Imam Khomeini. La aventura recién comenzaba… Y eso vendrá en la parte II.

 

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