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Las piedras no sangran

¿Qué ha pasado con el caso de fraude bancario que sufrí y denuncié? Versiones, respuestas y dudas.

Claro me convocó para una reunión el jueves 18 de agosto. En su matriz de la avenida Amazonas y El Inca, me esperaban el gerente de “Customer Care y Omnicanalidad” (!) y alguien de su departamento legal. Entiendo que ellos despachan de Guayaquil y estaban acá en Quito por algún otro asunto, pero aprovecharon para escuchar mi versión, absolver mis dudas y explicar, desde su punto de vista, lo sucedido con mi caso de fraude bancario.
En medio del inevitable clima de cordialidad, lo hablado entre Claro y yo llegó a un punto que todavía reclamo y del que quedaron en darme una respuesta puntual: ¿por qué habiendo llamado DOS VECES al servicio al cliente, durante la noche del fraude, NUNCA supieron indicarme que alguien había sacado un chip, en una central de autoatención en un centro comercial de GUAYAQUIL, ciudad donde no vivo? Este es un detalle clave que habla cómo la operadora celular omitió un punto tan importante y que habría destrabado el fraude sufrido.

Como notarán, el círculo no se termina de cerrar por el lado de Claro. Paciencia.

Sorpresa

Del Banco del Pichincha ya supe todo lo que tenía que saber. Después de la reunión del pasado 15 de agosto, quedaron en darme una respuesta formal, con detalles del movimiento del fraude. Diligentemente, me enviaron la misma a una agencia cercana a mi casa. La fui a retirar hoy, 23 de agosto y mi sorpresa es mayúscula por encontrar algunos detalles llamativos, para darles algún nombre.

En primer lugar, el Banco se refiere a la “transacción considerada fraudulenta”. Luego, hacen un histórico de mis transacciones con tarjeta de débito y, pasan, a lo más importante: “de acuerdo a la información registrada en nuestra Banca Electrónica, se puede evidenciar que la IP de la transacción no reconocida por usted, se encuentra en la ciudad de Guayaquil”. Y citan el número IP desde donde se cometió el fraude.

Es decir, el Banco del Pichincha reconoce que dentro de mi historial de transferencias hay una que se realiza en una ciudad donde yo no vivo, en la que no estuve a la hora de ser realizada, da con su dirección de origen. Sin embargo, para ellos eso no prueba que su sistema de seguridad haya sufrido una vulneración. Aún más, luego ratifican que “la transacción se realizó en horario nocturno, presumiblemente con el objeto de minimizar el efecto de alerta…”.

Luego, su conclusión es que “se puede identificar que las transacciones se pudieron realizar debido a que alguien conocía información confidencial como la clave de la tarjeta Xperta, el número de cédula, el usuario de correo electrónico y la contraseña del correo electrónico…” STOP. ¿El número de cédula es “confidencial”, a la altura de la clave del teclado? ¿No está acaso disponible en el padrón electoral y otras bases de acceso público? ¿Nuestra dirección de correo también es algo que solo nosotros sabemos y que debemos guardar celosamente? Caray, esta no me la sabía.

Luego, en el histórico de las transacciones, aparece que todas las notificaciones que llegaron la noche del fraude al correo  y permitieron vulnerar la seguridad del banco fueron direccionadas a eavila@elcomercio.com. Pues bien, ese dejó de ser mi email en marzo del año pasado, cuando terminé de laborar en esa entrañable empresa. Actualicé mis datos a tiempo y eliminé esa cuenta. ¿Por qué vuelve a aparecer?

Al final, me hicieron firmar la recepción de esta carta. Firmé, pero la gerente de negocios de la agencia me pidió que “lo haga como en la cédula”. Ese momento, décimas de segundo acaso, me nació el deseo de explotar de ira. Era demasiado. Al Banco del Pichincha se le meten por las tranqueras de su seguridad, se le llevan mi plata, reconocen que alguien se la llevó, identifican cómo y quién se la llevó, no hace nada, pero ¡me pide que “firme como en la cédula” cuando retiro un documento! Finalmente, me contuve.

A estas alturas de la situación, tengo una postura clara que comunicar: desaconsejo totalmente cualquier relación con el Banco del Pichincha que implique el uso de transacciones por internet y que vincule a su teléfono celular. Evidentemente, el Banco no posee capacidad para responder, más allá de reconocer como y quién se les llevó la plata.

Por otra parte, he decidido radicar mi reclamo ante la Superintendencia de Bancos por esta situación. Más allá de sus relaciones públicas y su amabilidad, el Banco demostró en la cancha su indolencia. Al final, las piedras no sangran.

Finalmente, noto que los casos como el mío empiezan a proliferar. Este blog se convirtió en una suerte de comisaría, donde las denuncias han proliferado. He leído algunas en Twitter. No me queda recomendarles otra cosa que se cuiden.

Banco Pichincha, ¿en confianza?

Esta es una vivencia personal, que no tiene otro fin que el de alertarlos porque, de un rato al otro, su cuenta bancaria puede quedar vaciada y el banco que los acoge como clientes está facultado para tontearlos y tratarlos como idiotas. 

El último 13 de julio, por un imprevisto, me tocó comentar desde estudios el partido Liga de Quito – Emelec. Aquel encuentro que se resolvió con el postrero gol de José Francisco Cevallos, colofón inmerecido para un pésimo rendimiento del cuadro albo, me tuvo ocupado hasta tarde en la noche.

Durante el encuentro, empezó a pasar algo raro en mi teléfono: de un momento a otro se fue la señal. Sin sorprenderme, llamé a mi proveedor celular (Claro) a preguntar si había algún problema en general con el servicio. Me dijeron que no. Luego, en casa, y en vista de que la situación no se arreglaba, volví a llamar al servicio al cliente. Me indicaron que pruebe con mi chip en otro teléfono y seguía sin dar servicio. Hice lo inverso (otro chip en mi teléfono original) y el servicio no tenía problemas.

Ante esta situación, en Claro supieron decirme que “debe ser algún problema del chip” y que vaya a cambiarlo a la mañana siguiente. En efecto, me despreocupé del tema.

El jueves 14, tenía una invitación de Félix Narváez para una entrevista temprano en su noticiero de Distrito FM. Cuando desperté, mi teléfono y mi iPad me alarmaron: no podían conectarse al correo electrónico, que insistentemente pedía la contraseña, la introducía y daba error. Evidentemente, me hackearon.

En un inicio, pensé que alguien quería hackear mis redes sociales. Sin embargo, mi Twitter y mi Facebook funcionaban normalmente. Tras la entrevista, y luego de haber cambiado las contraseñas de todo lo que tenía a mano, fui a desayunar al McDonalds de la avenida Patria. Acá se intensificó la pesadilla.

Cuando quise pagar el pedido, lo hice con mi tarjeta de débito del Banco Pichincha. Tras tres rebotes en el datafast, no fue posible. Pagué en efectivo y, mientras el desayuno de huevos, hotcakes y patacones me sentaba mal, elucubraba mil teorías sobre lo que pasaba.

En el cajero automático de Nexo que hay a dos cuadras del McDonalds, en la avenida Seis de Diciembre, quedó ratificado que la tarjeta no servía y alguien había cambiado la contraseña. Como me urgía llegar a la radio para el programa de las 10:00, volé para allá. Todavía seguía sin servicio de teléfono, tampoco tenía datos, así que era imposible contactarse con el banco.

Ya en la radio, pude entrar a la aplicación móvil del Banco Pichincha. Ahí quedó todo claro: alguien había clonado mi chip de teléfono, mediante el chip pudo conseguir toda mi información, entrar al correo electrónico y procedió a vaciar la cuenta del banco con las contraseñas y demás habilitantes que le enviaron allá.La transferencia del dinero la hicieron a una cuenta del Banco de Guayaquil, de un tipo que en mi vida había conocido. Recién en ese momento pude llamar al banco y ponerlo al corriente de lo que sucedía. Anulé tarjetas y todo acceso posible. Era tarde, pero no quedaba otra opción.

Luego del programa, volé para Claro. Ahí supieron indicarme que “alguien” había utilizado una estación de autoservicio para sacar un chip correspondiente a mi número. Concretamente, lo hicieron en un centro comercial de Guayaquil. Evidentemente, ese momento no detectaron ninguna anormalidad, ni se cercioraron nunca si tal movimiento lo hacía el titular del servicio. Inocencia absoluta de ellos.

No sin mostrarles lo más profundo de mi molestia, me fui de Claro para ir al Banco Pichincha del CCI. Detallé la historia y, averiguando detalles de la transferencia del dinero de mi cuenta, encontraron que el justificativo de la transacción que habían utilizado los hackers era “pago de pensión alimenticia” (como sabrán, no tengo ni pienso tener hijos). A todo esto, vale aclarar que jamás hago transferencias electrónicas, no uso el servicio de banca telefónica, no tengo tarjeta E-Key, ni nada parecido. Me limitaba a usar mi cuenta para recibir depósitos, retirar dinero en cajero automático o ventanilla. Nada más.

Radiqué el reclamo, me atendieron con preocupación y pusieron como fecha límite para resolver el reclamo “máximo hasta el 5 de agosto”. Pedí mi nueva tarjeta de débito, la que me concedieron sin problemas. Casualmente, por esos días, el Banco me había ofrecido un préstamo sin garante, el que también me lo entregaron ese mismo día. Tras eso, fui a denunciar el hecho en la Fiscalía, donde puse una denuncia por “apropiación ilícita por medios electrónicos”, lo que corresponde en este caso.

Días después,  los problemas seguían presentes. Cuando fui a retirar la tarjeta de débito y la quería usar, el cajero me daba un mensaje de error. Lo mismo pasaba cuando intentaba pagar con ella. Tras tontear por un buen tiempo, en el servicio al cliente del Banco Pichincha del CCI atinaron a decirme que “como estaba en proceso de investigación por fraude, mi cuenta se hallaba impedida de hacer retiros”.

Acepté esto de mala gana, pero no tenía otra opción. Hasta tanto, tomé precauciones. En la radio, pedí que me paguen el sueldo en cheque. Quedé con la cuenta congelada.

Cuando llegó el 5 de agosto, fecha límite para resolver el reclamo, llamé a servicio al cliente. Un aturdido empleado del call center atinó solamente a decirme que “el requerimiento todavía estaba en proceso de investigación”. En resumidas cuentas, no cumplieron con el plazo que ellos mismos se impusieron.

Tras joder con dos o tres tuits y visitar nuevamente el servicio al cliente de la sucursal del banco en el  CCI, recién este miércoles 10 de agosto recibí la llamada del call center indicándome que “el requerimiento había sido resuelto” y que me acercara “donde mi asesor de negocios” para conocer la respuesta que, por una cuestión de “sigilo bancario” no me podían dar por teléfono. A todo esto, mi “asesor de negocios” se encuentra ubicado en… ¡la sucursal Panasur, en Guajaló! Es decir, donde abrí mi cuenta por primera vez, cuando entré a trabajar en El Comercio, hace 15 años ya.

Con mi paciencia al filo, le dije al empleado que de ninguna manera iba a mandarme el viaje al otro polo de la ciudad y que haga el favor de radicar la respuesta donde hice mi reclamo (Banco Pichincha del CCI). Cuál habrá sido el tono imperativo que utilicé, el hecho es que el funcionario aceptó hacerlo. 

Al mediodía, fui al banco a pedir la respuesta. La empleada, una niña asustadiza y de un tono de voz casi inaudible, me indicó lo que ya sabía: que la respuesta solamente me la pueden dar en la sucursal Panasur. Le insistí que en la llamada que recibí temprano advertí que no iba a aceptar tal cosa y que había cuadrado para que la respuesta la pasaran allá, al CCI, por mail, fax, telégrafo o como quieran. Pero allá.

Esta señorita habló por teléfono, tecleaba en la computadora. Todo sin respuesta.Dando por perdido el tema, me fui del banco. Claro, haciendo severas admoniciones sobre cuál sería mi actitud con la institución. Mi tolerancia había hallado un tope.

Cinco minutos después, mientras estaba almorzando en el patio de comidas del mismo CCI, recibo la llamada de la señorita del banco que me atendió. Me decía que, efectivamente, la respuesta ya estaba ahí y que vaya a revisarla. Sucedió, pues, lo predecible. En medio de una parrafada donde la entidad financiera ratifica su “compromiso con sus clientes”, la “confianza de 100 y más años”, los “altos estándares de calidad” y demás verba edulcorada, ratifican que “lamentan” lo sucedido, pero que ellos no se pueden hacer cargo de lo que “presumen” es un fraude.

Claro, como su generosidad no conoce límites, se ofrecen a “colaborar con todas las investigaciones” que emprenda ante las autoridades. Es decir, ellos creen que tratan con idiotas que no conocemos nuestros derechos y lo que tenemos que hacer ante una situación como la que pasé. Si ellos no me decían, no denunciaba. Unos genios.

Mientras, mi cuenta sigue bloqueada. Y me piden que vaya a Guajaló a desbloquearla. No lo voy a hacer, porque la falta de respeto del Banco Pichincha ya raya con lo alucinante.

Como se darán cuenta, no cito la cantidad. Es irrelevante. Lo que me preocupa es que bien pudieron ser los ahorros de toda mi vida, que igual se los llevaban en las narices del banco, los depositaban en una tercera cuenta que tiene nombre y apellido, y ellos no hacían otra cosa que “lamentarlo” y aconsejarme que vaya ante las autoridades.

A estas alturas, lo único que me interesa es dejar clara la situación, denunciar ante la Superintendencia de Bancos y romper toda relación con el Banco del Pichincha por la sencilla razón de que no me ofrece confianza ni seguridad. Me roban la plata en su cara, gracias a la debilidad de sus sistemas, pero no hacen nada. Tengo el derecho también de advertir a quien yo crea conveniente que es una entidad con nulo sentido del compromiso y servicio a sus clientes, a quienes tontea con respuestas estúpidas.

Una parte de mi dinero todavía está ahí y me lo pueden robar de la misma forma en que lo harían si caminara por La Marín a las 23:00. Por lo pronto, mi mamá, quien sí tenía en el Pichincha los ahorros de más de 30 años de trabajo, tras ver mi caso ya los sacó y ubicó en otra institución bancaria.

Y, lo más importante, es divulgar este hecho para que los ayude a decidir y cuestionar a su banco sobre la seguridad y el celo con el que cuidan su dinero. Ante un hecho como el que pasé, nadie puede quedarse contento con una respuesta tan torpe y tan simplona como la que recibí, que esperó casi un mes, mientras yo tenía mi vida financiera inhabilitada y con una desconfianza que no debería sentir.

PD: Ya mismo me toca pagar Diners. Esperen sentados, que si no me rehabilitan mi cuenta no voy a darles un real partido por la mitad.

PD 2: A Claro también lo tengo en la mira. ¿Cómo puede ser posible que entreguen chips tan alegremente sin ratificar identidad? 

Teherán, mi casa

“Oh enemigo, si tu estás hecho de piedra
yo estoy hecho de acero”.
Parte de la letra del Himno Nacional de Irán

Hace rato tenía ganas de escribir este post. Solamente traslado la experiencia de B, a quien la vida llevó hasta Teherán, la capital de Irán. Aquí, su voz.

B. en la Torre Azadi, el Panecillo (?) de Teherán.

B. en la Torre Azadi, el Panecillo (?) de Teherán.

“Estudié en Estados Unidos, hice un año  de intercambio en el colegio cuando tenía 17 años. Desde ahí aprendí a estar lejos de casa. La ausencia nunca me afectó después, cuando por mi trabajo tuve que vivir  dos o tres semanas de cada mes en Nueva York o Houston.

Esa es una cosa que, digamos, está dentro de las posibilidades de mi medio laboral. Pero lo que nunca pensé fue estar en Irán. No se diga pasar allá hasta un mes completo. Yo era niña y, de repente, en los noticieros internacionales, alguna vez oía la mención a ese país. Luego, los colegas comentaban alguna experiencia al paso en ese país, que es algo recurrente para nuestro mercado. 

Todo empezó cuando, por hacer un favor, reemplacé a una compañera que tenía que trabajar en la seccional en Teherán. Creí que era cosa de una vez, dos semanas y listo. Luego, una serie de acontecimientos me fueron dejando casi sin otra opción que trabajar ahí.

Hay cosas que son ciertas, otras que no. Es un país muy endógeno, donde los turistas no llegan en bandadas, ni hay casi infraestructura para este fin. La primera vez que fui, me quedé en un hotel cuatro estrellas que, para estándares occidentales, no sería ni de dos. El concepto de mobiliario de lujo data de finales de los 70. Todo es muy old fashion.

Quienes creen que es un país de fanáticos religiosos, con militares de fusil al hombro en las calles, se equivocan. Irán es, básicamente, tierra de gente amable, sonriente y cálida. No he sentido nunca una sensación de seguridad tan grande como en las calles de Teherán, donde respiras smog como en pocas partes del mundo, pero pierdes todo sentido de riesgo. Hasta sientes que te miran  menos, no se diga que alguien pueda acosarte o asaltarte.

El bazar de Teherán

El bazar de Teherán

Cuando el avión va a aterrizar en Imán Komeini (1), te  anuncian que “por regulaciones de la República Islámica de Irán, todas la mujeres deben cubrirse la cabeza”. Eso es lo único que te piden, no es verdad que haya que quitarse el maquillaje. Precisamente, la primera vez que fui me olvidé de hacerlo y nadie me lo observó.

Cubrirse la cabeza. Semanas antes de irme por primera vez, ensayé horas de horas cómo ponerme el velo. Encontré una forma que sea cómoda y correcta. No hay que dejar ni cabello ni orejas afuera. Si usas la tela apropiada, no te resultará molesto ni sofocante, ni siquiera en verano cuando hace más 30 grados de calor seco.

El velo se llama jehab. Hay mujeres, las más religiosas, que lo usan de cuerpo entero. He visto chicas de no más de 25 años vestidas así. No se diga señoras mayores, las mismas que se horrorizan cuando ven jehab de colores vivos o que no están bien puestos.

Zenda tiene unos 28 años, usa el jehab casi transparente, que deja afuera su cabello tinturado de rubio tenue y unas orejas siempre adornadas con aros grandes. Ella es secretaria en la oficina a la que reporto y es feliz de mostrar su desparpajo de esa manera. Me dice que jamás ha tenido problemas.

Yo, las primeras veces, usaba jehab negro. Luego, me animé a llevar una manta de bayeta con diseños cusqueños, de colores. Quería probar, fue una travesura. Y no me salió mal. Las chicas me paraban en la calle a mirarlo, me preguntaban dónde lo había comprado.

Bueno, he pasado también mis roches (2). El segundo día, notaba ciertas miradas inquietas, no solamente en la oficina, sino también en la calle. Luego de volver del almuerzo, el jefe de la oficina, un iraní que vivió mucho tiempo en los Estados Unidos, me habló frontalmente: mi pantalón jean era demasiado apretado para lo que usualmente se ve, además que el taco de mis botas era muy fino. No me expulsó de la oficina, solamente me dijo eso. Y me bastó. Enseguida, pedí un taxi y fui de vuelta al hotel a ponerme algo más holgado y unas ballerinas. Debo reconocer que el jean, en realidad, si estaba apretado, incluso para estándares occidentales 🙂

Teheran es contaminada y de aire denso, tiene un tráfico  insoportable. Es cierto, pero a su favor diré que tiene unos parques y unos jardines enormes y limpísimos, además de viaductos y autopistas propias de un país petrolero. Además, el metro es útil y sencillo.

La gente, sobre todo en verano, hace mucha vida social en los parques. Los picnics no son solamente los fines de semana (que allá son viernes y sábado) sino entre semana, en las noches.

Y son picnics sin alcohol. No hay venta (oficial) de bebidas y lo que puedes conseguir es por el mercado negro. Ahí, una botella de Johnny Rojo te cuesta no menos de 50 dólares, mucho para un iraní de clase media. Hay chela, sin alcohol (¡puaj!) Estrella de Galicia.

La guerra con Irak parece que fue ayer y terminó hace 20 años. Está muy presente en todo lado. Las calles tienen nombres de los mártires, los muros con alegorías de las batallas están en todos lados. Me sorprendió no ver tantas mezquitas o templos como esperaba.

He logrado asegurarme de que el país está cada vez más abierto. Me cuentan que hay cosas hoy que antes habrían sido imposibles. Tener una antena satelital en tu casa habría sido imposible sin un castigo hasta hace 10 años. Hoy no es que estén permitidas, pero las autoridades se pasan por alto. No siento represión, no la he podido notar. Soy sincera.

La Gahst e Ershad, la policía revolucionaria que vigila la moral, no reacciona automáticamente ante cualquier cosa medio rara. Me dicen que antes si lo hacía. Ahora, básicamente intervienen en temas ya muy heavy. Yo los he visto en las calles, pero nunca interviniendo.

Un callejón del centro de Teherán.

Un callejón del centro de Teherán.

Hay hombres muy guapos, con una caída de ojos muy sexys y una expresión facial muy propia. Todos tratan de usar barba, porque es un símbolo de sabiduría y nobleza en la cultura persa. A la mayoría les queda muuuuuy bien. Con todos los que he tenido trato han sido correctos, hasta tímidos. La vestimenta es muy austera: camisa blanca de manga larga, a lo mucho fuera del pantalón, terno de un solo color (negro o gris, en el 90% de los casos) y nadie usa corbata. Esas son “vulgaridades occidentales”.

¿Cosas curiosas? Las peluquerías femeninas están muy ocultas, tras cortinas o vidrios polarizados. Es para que los hombres no puedan ver hacia adentro. El cabello, me he dado cuenta, es un elemento muy seductor para los persas. Los taxistas deben ser los más honestos del mundo, no te ven la cara así seas extranjera. Hay problemas si quieres entrar a blogs, redes sociales, pues internet está bloqueado. No tengo ese problema, pues en la oficina hay un VPN ;). Juro no haber visto farmacias. Una tarde, incluso me dediqué exclusivamente a buscar una. Y no hay. Yo pregunto en la ofi y me dicen que claro que tienen. Ojalá no la necesite.

Si eres expatriado y ganas en dólares vives bien. El Rial se devalúa casi a diario y hay tipo de cambio oficial y en mercado negro. Todo es baratísimo. Yo con USD 200 al mes tengo listo el gasto en transporte, comida y un par de golosinas. Eso sí, el sistema monetario es un tanto complicado y no he podido aprender todavía. ¿Solución? Pago todo con el billete más alto (100 mil riales) y listo. No puedo computar todavía lo de “tomanes”, “dinares” y demás. (3). No hay tarjetas de crédito, lo que significa un alivio. Mis gastos mensuales, en este rubro, han descendido un 80 %

La religión no llega a niveles expresivos. A la hora de las oraciones, nadie para el trabajo al sonido del llamado del rezo. He visto, claro, gente en actitud recogida, pero no extremos. “Eso hacen los árabes nada más”, fue la explicación que me dio Zenda.

El plato de uvas Shiraz cuesta 20 mil riales, casi 50 centavos USD.

El plato de uvas Shiraz cuesta 20 mil riales, casi 50 centavos USD.

Llevo casi un año pasando, al menos, dos semanas al mes en Teherán y estoy satisfecha. La he pasado bien. Pero no porque he farreado, sino porque he sentido verdadera hospitalidad. Se me han abierto puertas de muchas casas que han compartido conmigo la cena. Es un pueblo amable y civilizado. Nada que ver con lo que afuera se piensa”.

(1) Imán Khomeini, uno de los dos aeropuertos de Teherán. El otro es el de Meharabad.

(2) Roche.En jerga peruana, verguenza.

(3)  Unidades monetarias de Irán. El Dinar equivale a 10 riales. 1000 Tomanes, 10 mil riales. Un lio.

La maldición iraní

Una visa a EE.UU genera una situación trágica y cómica.

Una visa a EE.UU genera una situación trágica y cómica.

Haber llegado, inocentemente, a uno de los miembros del Eje del Mal, le provocó a B. un embrollo del que no sabe como salir. Aquí su historia.

B. tuvo vacaciones en Disney desde los 6 años. Era frecuente visitante, junto a sus padres, de Miami y zonas aledañas. Se le hizo una costumbre ir a Estados Unidos, pero jamás se preocupó de detalles porque, como niña que era, de los trámites se encargaban sus padres. O algún asistente o secretario que pagaban ellos. Da igual.

Hizo el último año de secundario en una escuela pública de las afueras de Houston. No tiene un buen recuerdo de esa época. Pasó muy triste, pues ese pasaje coincidió con la enfermedad letal que terminó arrancándole la vida a su abuela más cercana. En fin, había que cumplir con el ritual de estudiar un año de intercambio, con el fin de masticar algo mejor el inglés.

Pasó un tiempo de distanciamiento con los Estados Unidos, hasta que se vinculó laboralmente. B. siempre trabajó en el ámbito de las petroleras y mineras, empresas poderosas e influyentes si las hay. Tenía 24 años, había encallado en el intento de estudiar Ciencias Internacionales cuando, por intermedio de las amistades de su padre, entró a una petrolera cuya sola mención en el Ecuador hoy trae mucha polémica.

Como esa petrolera tiene su sede en California, debía viajar allá con cierta periodicidad. Tramitó una vez la visa a EE. UU. y se la dieron sin dudar. Todavía tenía 3 años de entrada permitida, cuando salió de esa empresa y entró a trabajar a una minera, donde no tuvo necesidad de viajar al norte del hemisferio.

B. se graduó y volvió al campo del petróleo. Esta vez, lo hizo en una empresa china de amplios, amplios, amplios intereses en toda Sudamérica. El último año de su visa se le consumió en viajes casi mensuales a la oficina de esa empresa, que queda en Nueva York.

En mayo, estaba regresando de esa ciudad cuando se dio cuenta que a su visa le faltaban 6 meses para caducar. En un mes, debía estar de vuelta para el matrimonio de una amiga. “Voy a renovarla la próxima semana”, dijo. Y se despreocupó.

Pero antes pasó algo llamativo. Dentro de su área laboral, B. se encarga de la región sudamericana. Una amiga suya, a quien voy a  llamar C. está al frente de la región Oriente medio, una zona tan sensible e importante dentro de las empresas del rubro.

En diciembre pasado, C. debía ir a Tehrán, la capital de Irán, para una visita de rutina. El problema es que estaba ya con 7 meses de embarazo y le era imposible hacer un viaje tan largo y difícil sin poner en riesgo su salud. ¿Y ahora?

Como B. le debía un favor, C. no dudó en cobrárselo. “Flaca, please, reemplázame, hazme la taba, no puedo dejar de ir”. Así la convenció a B. de tomar su lugar en Irán.

“Total, voy a conocer un sitio nuevo”, se dio ánimos y aceptó hacer de suplente. Tras 24 horas en avión y escalas varias desde Lima hasta Tehrán, B. llegó y se puso a trabajar. El viaje fue una aventura expuesta en varias sobremesas con anécdotas graciosas, como la de los pantalones apretados que se los tuvo que cambiar por otros algo más discretos en media jornada de trabajo.

Hace dos semanas, B. se acercó al consulado de EE. UU. en su ciudad natal. Hizo el trámite (que, de hecho, allá es menos riguroso que acá) y con los papeles en regla se acercó a la ventanilla, donde una gringa entrada en años hacía las preguntas de rigor. Todo parecía tan sencillo, hasta que la funcionaria hizo una revisión mucho más larga de la esperada de su pasaporte. Se demoró y siguió tecleando, mientras la situación ya era algo extraña para B.

Todo se vino a confirmar cuando la gringa le dijo secamente: “lo sentimos, pero no le podemos conceder la visa”. Listo, que pase la siguiente.

La sorpresa no se le borra hasta ahora. Viajó no menos de 20 veces en su vida a EE. UU., vivió allá un año como estudiante, trabajó para una de las trasnacionales más grandes de ese país, tiene recursos, empleo estable y demás credenciales económicas. ¡Pero es una extraña que no tiene derecho a poner un pie ahí!

¿Cómo averiguar qué pasó? Una fuente extraoficial del consulado, a la que llegó mediante un personaje influyente de su empresa, confirmó la sospecha de que a la funcionaria le asustó el viaje a Irán y eso bastó para cortar el trámite. Pero, ojo, todo eso es extraoficial. Oficialmente, a nadie se le explica por qué no le dan una visa.

B. no sabe qué hacer. Está tan molesta que no piensa volver a pedir el visado, mientras su empresa le dice que ellos nada pueden hacer porque el trámite es personal y que vaya viendo cómo arregla ese tema. Mientras, en el matrimonio de su amiga la pasaron muy bien y ella se conformó con ver todo por fotografías. Ah. C. dio a luz un niño gordo y rubio.