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Ochoa, nunca más

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Foto: El Universo

Era junio del 2004, en el Gran Hotel Chiclayo, norte del Perú. La selección ecuatoriana de fútbol concentraba para el inicio de la Copa América. El equipo de Hernán Darío Gómez debía enfrentar a Argentina, México y Uruguay. Diríamos que es el ‘grupo de la muerte’ para venderle algún drama y tensión a los hinchas.

Éramos varios periodistas en el lobby del hotel. Yo estaba con Patricio Terán, fotógrafo de gran sensibilidad para los partidos de fútbol y buen compañero. En unas gradas, junto a su camarógrafo, estaba sentado alguien con el micrófono de Ecuavisa. Lo reconocí enseguida, a fuerza de consumir todos los noticieros de TV. Era Carlos Ochoa, el corresponsal de Cuenca. Seguramente, lo enviaron a la Copa América, dada la cercanía geográfica.

No recuerdo haberlo visto muchas más veces en ese torneo. Mucho menos haber cruzado palabra con él. A mis 23 años de entonces, además, me era imposible predecir todo lo que sucedió más de una década después.

Era marzo del 2015. Tomé la mejor decisión de mi vida al ir a La Radio Redonda. Un proyecto de comunicación interesante, llevado adelante con pasión y un apoyo decidido. Desde que estoy al frente del mismo, tres años después, puedo responder que los únicos malos momentos en este trabajo los he vivido gracias a Carlos Ochoa y su función como superintendente de comunicación.

Un par de semanas después de llegar a la radio, vino la primera multa de la Supercom: por no identificar contenidos. Era una situación inapelable, atribuible a cierta desprolijidad interna. Efectivamente, no se había cumplido con aquella formalidad establecida en la Ley Orgánica de Comunicación.

Ese fue solamente el comienzo. “Esteban, llegó esto de la Supercom” era la frase temida con la que me castigaba Verónica, nuestra directora administrativa, ciertos mediodías. “Esto de la Supercom” significaba el comienzo de una etapa de zozobra, pues los pedidos de grabación, aperturas de procesos y demás se volvieron cosa de casi todos los días y un motivo suficiente para crear el desgaste del proyecto en los propietarios.

Poco a poco, todos los procesos empezaron a tener un rasgo en común: eran contra un mismo programa, Hablando Jugadas, de Luis Baldeón. No voy a ser yo el que les describa quién y cómo es Baldeón. Todos lo conocemos, sabemos cuál es su perfil y hay que tomarlo o dejarlo, nada más.

Todo tipo de acusaciones con tinte moralista: “contenido que menoscaba la condición de la mujer”, “contenido inadecuado sobre la infedilidad”, “desconocimiento de la autoridad” (no, no es la Argentina de Videla, es el Ecuador del siglo XXI) y sandeces similares se volvieron una avalancha que a esas alturas tenían una sola explicación: la antipatía personal de Ochoa hacia Baldeón, Dávila y la radio, potenciada por el servilismo de un funcionario como Mauricio Cáceres Oleas, director nacional jurídico de reclamos y denuncias de la Supercom, presto a firmar motivaciones que no contenían mínimas formalidades. Como la vez que permitió un proceso en el cual se describían cosas que, supuestamente, habíamos dicho Xavier Zevallos y yo… ¡en un programa en el que no estuvimos!

Ya es momento de contar, por ejemplo, cuando Ochoa irrumpía en las cabinas de los estadios a preguntar por “los perros de Yunda”. Lo hacía ebrio de poder y, también, de la adulación de uno que otro envidiosillo de ocasión, cuya ominosa cercanía con el hoy caído incluso le valió para sentirse “victorioso” en un proceso donde se sancionó con amonestación escrita a Baldeón por el mero hecho de poner en tela de duda la calidad periodística de sus hijos. Sí, por sandeces como esas se abrían procesos y se sancionaba.

También recordaré hoy –es tiempo de hacerlo- la forma en que Ochoa llamaba a los directivos de la radio desde un número anónimo a buscar imponerse, a amenazar y meter miedo con el enorme poder que ostentaba y que le servía para dar rienda suelta a sus apetitos y complejos.

Los procesos levantados en base a transcripciones enteras de programas de dos horas tuvieron un aliado en el camino. Óscar Armas de la Bastida, un individuo cuyas reales motivaciones algún día habrá que conocer, leal acólito de la Supercom al extremo de presentarse a la Comisión de Fiscalización de la Asamblea a validar el desempeño de un funcionario y una entidad repudiada por la sociedad.

Armas de la Bastida no representaba, de manera alguna, un sentir general. Fue la única persona natural que elevó sus quejas a la Supercom (el resto de procedimientos fueron de oficio). Pero él se creía “la voz de los que no tienen voz”. Sus escritos de petición de grabaciones que me tocaba tramitar son una muestra vergonzosa de ignorancia y perruñería. Amén de su ortografía espantosa, en algunos incluso fundamentaba sus reclamos en su condición de “seguidor de la Revolución Ciudadana”.

En base a argumentos (?) de este tipo trabajaba la Supercom. Jamás le cerraron la puerta.
El colmo de lo surrealista fue aquel proceso en el que Armas tuvo la representación del estudio jurídico de Gutemberg y Alembert Vera. Sí, los mismos abogados de Rafael Correa. Aquí nos defendió Juan Pablo Albán con una solvencia y argumentación de primer nivel. Pero claro, ya estábamos condenados a perder. Ante el tribunal de la inquisición, movido por las antipatías de su jefe, no había salida.

Armas, contagiado por el poder de su ¿patrocinador? también se daba el lujo de llamar a amenazar con entablar procesos cada vez que su susceptibilidad era ofendida. La segunda vez que llamó al teléfono personal de nuestra directora administrativa, obtuvo de mi parte una respuesta que seguramente desmotivó su alevosía y atrevimiento.

Además, establecía contacto con intenciones, digamos, insinuantemente extorsivas, lanzadas al aire como aquel que no quiere la cosa. Acá también, tras la negativa firme no volvió por otra.

Luego, supe que andaba de entidad en entidad (universidades, empresas) ofreciendo sus servicios de monitoreo, asegurando que en los programas de Baldeón se ofendía a sus potenciales clientes y él sabía cómo realizar los reclamos. Nadie le hizo caso.

Como el poder no es eterno, sobre todo aquel fundado en la inmoralidad, la venganza y la ignorancia, la estrella de Ochoa se fue eclipsando hasta hoy, 7 de marzo, terminar destituido de su cargo. No puedo ocultar mi placer. Ante el escaparate de la historia, la Supercom tendrá una ubicación similar a la del SIC, algo digno de olvidar y nunca repetir. A Ochoa, hoy, solamente le queda el olvido como mejor alternativa. Que se beneficie de la amnesia crónica que vive el ecuatoriano.

Todo lo que sembró lo ha cosechado  en forma de desprecio y vergüenza. Vergüenza que también nos toca como sociedad por haber tenido representantes en organismos de control con tan poca calidad profesional, personal e intelectual. Me hubiera gustado verlo en la cárcel, pero habría sido demasiado perfecto. De repente, si seguía siendo el corresponsal de Ecuavisa al que mandaban por tierra desde Cuenca a Chiclayo no estaría pasando por este trance de desprecio generalizado.

Que sea el final de la subjetividad a la hora de aplicar las leyes, de la moralidad impuesta desde el estado. Que podamos vivir la comunicación como un oficio hecho por humanos, sujetos a errores y virtudes. Que estas condiciones sean juzgadas, castigadas y premiadas por los receptores, no por el poder. Que nadie nos diga qué ver, qué oír o qué leer. Que seamos libres.

Que Ochoa no vuelva nunca más. Que a aquellos que fingían estar en su contra, pero que en el fondo solamente envidiaban su poder, no tengan ganas de repetir en otras circunstancias y con otras personas los horrores que ya, parece, son cosa del pasado.

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Pensar, actividad riesgosa

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¿Desde cuándo opinar se volvió tan complicado y peligroso en Ecuador?

La entrevista a Ramiro Aguilar que publicó Plan V es una suerte de re edición de ‘Ecuador: señas particulares”, el emblemático ensaño de Jorge Enrique Adoum, donde se intenta retratar qué nos caracteriza como ecuatorianos. Aparte de entretenida, la nota al exasambleísta resulta esclarecedora. Habla de muchas cosas que la mayoría de políticos omiten, sencillamente porque decirlas implica perder votos.

Se puede no estar de acuerdo con Aguilar en ciertos puntos que toca. Incluso, se puede discutir la estridencia intencional de sus formas. Sin embargo, el aluvión de descalificaciones que sufrió es suficiente argumento como para detenerme a pensar en cómo llegamos a una situación absolutamente oscurantista, donde el país se divide entre “malos” y “buenos”, medición realizada obviamente al calor de las emociones y los apetitos de cada quien que la haga.

Uno de los cambios principales que sufrió este país en la última década fue la entronización de la intolerancia como forma de debate. Y el gran responsable de esta plaga es, no cabe duda, el poder. Sábado a sábado, cadena a cadena, el combate no fue de ideas. Que el ciudadano más visible del país, el mandatario elegido por la mayoría, utilice de forma crónica el insulto para derribar a quien ose pensar distinto a él se volvió algo aceptable y aceptado, tolerable y hasta digno de imitar. Incluso inconscientemente.

La irrupción del correismo coincidió con la explosión de las redes sociales. Las ‘reses’, para ser más exacto. Uno de los efectos colaterales de publicar algo en redes es su amplificación.  Cualquier frase irrelevante, algún dicho al aire, puede llegar a ser importante (“viral”, dirían) dependiendo quién lo dice, en qué momento lo dice y hacia quién  va dirigido.

En pleno auge de esta nueva forma de comunicar, la descalificación y el pobre sentido del debate empezaron a tener una suerte de caja amplificadora. Alentados, como queda explicado, por el ‘primer ciudadano del país’, todo el mundo se creyó validado para imponerse sobre el otro a las malas, clavando el puñal en medio de la mesa. Pasa en política y en fútbol, dos de los temas más tratados –y maltratados-  en las ‘reses’. Pasa también con asuntos domésticos. Las prescindibles desventuras matrimoniales de un par de ignotos, registradas en un video, terminaron siendo tema de ‘interés nacional’, a juzgar por su ubicación en el ‘rating’ de Twitter.

Sirva este preámbulo y esta búsqueda de raíces para llegar al momento actual y entender qué pasó con Aguilar. Twitter (no sé si el país como tal) está dividido entre oficialistas y opositores. El un bando tratará de utilizar cualquier argumento a su favor para validar sus posiciones. Así sean noticias falsas, ‘memes’, videos y audios montados, insultos. No importa. Todo llegó a valer con tal de aparecer como superiores, ungidos y mejores opciones. Cada grupo se cree elegido, obre touna suerte de tribu de Israel, pero tercermundista. Y esto cuenta, pues se cree que esa es la forma de conquistar a quienes aún están indecisos.

En ese tren, nadie mide reputaciones ni integridades personales. Aparte de Aguilar, basta citar el ejemplo de Andrés Carrión, periodista respetable y con trayectoria si los hay. Carrión cometió el ‘error’ de no entrevistar a Jorge Glas como un grupo quería que lo entreviste. Simplemente, no les gustaron las preguntas, el tono, o lo que sea. Bastó eso para que Carrión sea acusado de “poco ético”, “corrupto”, “inmoral”. ¿Qué base tenían estos argumentos? Ninguna. Bastó que el periodista no sea concesivo con una figura cuestionable, pero que resulta grata a un sector. Eso ‘justificó’ que el capital profesional de Carrión sea puesto en duda de la forma más cobarde y artera. Y lo peor de todo es que buena parte de este ataque fue enfatizado por ¿periodistas? sirvientes de los medios estatales, exegetas y RRPP del oficialismo que, ante la posibilidad de perder el camello no han dudado en sacrificar mucho de su vergüenza. 

Pasó lo mismo con Aguilar. Para otro sector de las ‘reses’, el político cayó en el ‘error’ de no augurar una victoria de Guillermo Lasso. Y no solo eso: tampoco apoyó a este candidato. Fue  suficiente. Su elección individual, a la que tiene el mismo derecho que todos, fue irrespetada. Y, otra vez, la honra en juego. El excandidato vicepresidencial fue acusado (al estilo Twitter, sin base) de estar vinculado a las truculencias de Odebrecht, de haber recibido plata del gobierno y demás golpes bajos, atribuibles a la desmedida pasión de las masas deseosas de miel para sus oídos.

Me veo en la triste obligación de creer que al ecuatoriano no le gusta el hecho real. Prefiere la mentira, la ficción que lo haga feliz. En ese trayecto, todo aquel que no comulgue con su muy particular realidad personal pasa a ser indigno de derechos, portador de las inequidades y pecados más graves. ¿Qué autoridad tiene la gente de jugar con la integridad de Carrión? ¿Se justifica el acoso y el cargamontón contra Aguilar porque tiene algunas tesis discutibles?

Noto exagerada desesperación por buscar que lo que queremos en nuestro fuero íntimo, se haga realidad, aún a costa de pasar por encima de otros. Solamente así se justifica el clima actual, donde el pensamiento independiente es mal visto. Hay un afán infundado y soez de influir en el otro, de hacerle ver con nuestros ojos lo que creemos que es ‘real’. Ese afán colonizador del espíritu ajeno me parece invasivo. Y es peor cuando esa colonización no se consuma. El otro pasa a ser, simplemente, un ignorante, un ‘borrego’ o un ‘pelucón’, ‘enemigo de la patria’.

Esta vorágine nos ha arrastrado a todos, de una u otra forma. Pasamos, sin escalas, de un debate tibio y excesivamente acartonado (el que había hace 10 años) a una suerte de UFC donde nada está prohibido, incluyendo amenazas y agresiones. Un clima acentuado por ese cáncer de la moral personal llamado anonimato. A veces, me planteo si vale la pena o no el intento de aportar en medio de la locura actual.

 

¿Quo Vadis, Liga?

La caída de LDU Quito es elocuente. Mientras se viva en la irrealidad y una burbuja rodee, las responsabilidades estarán ahí, en el aire, buscando alguien que las asuma. Un análisis.

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Impensable, pero real. En la cancha, Liga deambula. (foto Juan F. Laso)

Liga Deportiva Universitaria de Quito termina el año peleando el ingreso a Copa Libertadores. Esto, en buena parte, se debe a que el nivel general de la competencia profesional en el Ecuador se ha venido abajo en forma alarmante. Un equipo de similar nivel al que actualmente alinea Álex Aguinaga, hace 10 años, habría estado irremediablemente destinado a descender. Pero digamos que la falta de nivel no es un problema exclusivo de la U. Es, en general, un padecimiento del fútbol ecuatoriano.

De todas formas, Liga ha hecho todo lo posible para colaborar con su condición actual. ¿Cuándo empezó este calvario? En los meses finales del 2015, con la ida de Luis Zubeldía. No es el hecho concreto que el DT haya dejado el club, sino la forma en la que lo hizo. ¿Correspondía que lo mantengan en el cargo, pese que en las narices de todos se comprometió con Santos Laguna? La dirigencia consideró que no había problema.

Y el hecho gravitante no es que Zubeldía se haya quedado, perdiendo infantil y torpemente la posibilidad de ser campeón 2015. Lo peor es que bajo su dirección se empezó a contratar. Ahí fue que llegaron a Liga jugadores como Julio Ayoví, Alejandro Villalva, Édison Vega. En definitiva, valores de mediana calidad.

Cuando se fue Zubeldía (quien vivió sus últimos días en Liga con la cabeza en Torreón), llegó Claudio Borghi. La decisión de contar con este técnico era, en teoría, la correcta. Un profesional con nombre, trayectoria, responsable en buena parte de la gran época que vive la Selección de Chile. Nada podía salir mal, pero…

Borghi nunca se sintió bien en Ecuador. Sus declaraciones, el tono de las mismas, dejaban en evidencia que no estaba en su lugar. Las razones personales que haya tenido para sentirse así son eso, personales. Pero terminaron invadiendo su trabajo hasta producir un descalabro absoluto, expresado en esa derrota 0-5 con Barcelona.

A Borghi no se le puede imputar la salida de Jonathan Alvez. Un jugador que, a criterio del cabeza del grupo y de la dirigencia no contribuye al clima interno no debe estar.¿Acaso no se acuerdan a Norberto Araujo mandándolo públicamente al frente, dudando de su falta de compromiso?  El problema no es que Alvez se haya ido, el problema es que nadie (ni Borghi, ni la dirigencia) hizo el esfuerzo por reemplazarlo correctamente, más allá del arribo de Carlos Tenorio, resabio de una época esplendorosa, pero superada en la realidad por el tiempo, cuyo paso parece ser desconocido por aquellos que creen que, por ejemplo, el inefable Claudio Bieler debe volver. En lugar de un delantero vino Exequiel Benavídes, inclasificable volante central, uno más del surtido de mediocres que este año se puso la camiseta alba.

La pretemporada transcurrió en medio de la novela de Brahian Alemán. El equipo trabajaba en Pomasqui, pero la única noticia que generaba Liga era lo que decía o dejaba de decir Esteban Paz sobre la contratación de este jugador uruguayo, cuyos antecedentes no podían ponerse en duda. Un día venía, otro día no. Un día ya estaba listo, el otro se regresaba. A tal punto llegó esta locura, que un domingo cualquiera, en una mesa muy rústica y casi que al apuro fue presentado Edson Puch, jugador internacional por su país, nombre interesante por donde quiera que se lo mire. Pero no, no había que pararle bola, porque la gente quería saber si Alemán venía o no, duda que solamente se solventó cuando saltó a la cancha, en la presentación del equipo frente a América de Cali, al grito de “como solo Liga lo sabe hacer”. 

Dos errores no hacen un acierto. Esta teoría se consumó cuanto, ante la evidencia de la incapacidad ofensiva, llegó Daniel Angulo… ¡imposibilitado reglamentariamente de jugar la Copa Libertadores! En el “grupo de la muerte” (?), Liga acabó siendo superada por clubes notoriamente mejor integrados como Gremio, San Lorenzo y Toluca.

Borghi no llegó al final de la fase de grupos de la Copa y lo reemplazó Álvaro Gutiérrez. Un técnico cuyo triste final delata todo lo que significa su paso por el fútbol ecuatoriano. Soportó que periodistas que creen representar “el sentir” del hincha de Liga le vayan a pedir la renuncia y, harto de todo y de que su equipo no iba ni para atrás ni para adelante, terminó despachándose aquella poco feliz frase de que “si querés espectáculo, andá al circo”, una verdadera declaración de principios: hay que ganar, si es posible por las buenas, pero hay que ganar. Así son las cosas en el fútbol ecuatoriano, incluso en entidades como Liga que busca diferenciarse (con poco éxito, últimamente) del resto.

Lo de Álex Aguinaga no sirvió para cambiar el rumbo. Al contrario, expuso elocuentemente un hecho que se vino como una avalancha: el equipo siempre estuvo mal armado. Alemán terminó siendo un suplente más, los refuerzos de medio año (Ávila, Guerrero, Anangonó, Narváez, Arias) demostraron por qué, en unos casos, fueron exiliados de equipos de medio pelo de México. Felizmente, la salida de Alexander Domínguez fue cubierta con relativa eficacia por Daniel Viteri. En este rubro, pudo ser peor. Aguinaga, por su condición de técnico ecuatoriano, terminó siendo un chivo expiatorio, el responsable de todo lo malo. Se equivocó, pero mucho menos de lo que se cree. ¿Él armó el equipo? Al contrario, lo sufrió. Remítanse al caso de Alemán para ratificar esta teoría.

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Álex Aguinaga, un chivo expiatorio. (Foto El Comercio)

Lo señalado en párrafos anteriores, como en todos los equipos, pasó a instancias de la dirigencia. Los errores en el armaje y conformación del equipo son directamente imputables a ellos. Pero en Liga pasa un fenómeno que se repite a menor escala en otros equipos del país: los dirigentes son intocables ante la crítica. Y hay medios y periodistas que saben esto y trazan una línea no escrita: no se puede mostrar las equivocaciones (cada vez más frecuentes, por cierto) de quienes conducen el fútbol de Liga. Eso significa perder prebendas importantes, como las primicias, las entrevistas telefónicas y su buena voluntad. Así se ha ido construyendo una burbuja casi impenetrable.

De esa forma, para la gente el pésimo año de Liga no ha tenido explicación. Con un sector de la prensa dedicado a distraer el papel de la dirigencia en esta situación, parece que una intervención maléfica del destino o la casualidad ensañada han provocado la desgracia actual. Vale la pena reparar en la divulgación que tuvo aquella mención por parte de Rodrigo Paz sobre el apoyo que Barcelona y Emelec reciben del estado, como que si Liga no cobrara -como todos los equipos del país- derechos de televisión de los canales incautados que ese mismo estado maneja. La mención del tema SRI tampoco fue gratis. La justa inquietud sobre los procedimientos y cobros del ente fiscal llega, casualmente, cuando el año empieza a estar perdido.

¿Qué viene hoy? Mientras no se reconozcan públicamente errores, mientras se siga señalando como “enemigos” a quienes dudan de la infalibilidad dirigencial, abriendo el círculo solamente a medios y periodistas obsecuentes e incapaces para cuestionar y no haya una autocrítica abierta, nada pasará. Seguirán siendo “el estado” o “los impuestos” los culpables de que Barcelona y Emelec armen equipos notoriamente superiores al resto.

PD: No he hecho mención al tema de la cabina. De repente lo esperaban, pero creo que cada cual es libre de abrir las puertas de su casa a quien desee. Tampoco puedo dejar de pensar que la mala fe con la que Liga obró fue elocuente. Por mi parte, creo que el trabajo periodístico -felizmente- no cuenta con un solo equipo. Esto, al contrario de lo que muchos de mis colegas aún siguen creyendo.

La torre de vigilancia de Quinteros

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Gustavo Quinteros juzga al Ecuador desde el alto de su supuesta superioridad moral. 

Gustavo Quinteros ha edificado, en medio de la gente, una suerte de torre de vigilancia. Desde ahí, él observa y escucha todo. Desde esa posición de superioridad, no duda en ejercer la descalificación como arma de defensa.

Según su ilustrado criterio, muy pocos saben de fútbol. Claro, él se ha encargado de ponerlos en una fila aparte. De repente, ellos forman parte del selecto grupo de periodistas con los que se reúne para intercambiar noticias, opiniones. Ese es su problema. Cada cual es abiertamente libre de rodearse de quién quiera. Se eligen los amigos, los panas; la familia nomás viene impuesta.

El resto, aquellos que no concuerdan con su paladar, son “idiotas”, “corruptos”. El maniqueísmo quinterista se aplica a rajatabla. Honestamente, me tiene sin cuidado que el DT de la Selección tenga ánimo y tiempo para este tipo de labores segregacionistas y para la descalificación fácil. Lo que me parece digno de resaltar es su incoherencia.

En la entrevista que publica El Universo, Quinteros dice que quienes se preguntan porque Ecuador no repite el nivel alcanzado al inicio de la eliminatoria al Mundial son “ignorantes, no saben nada de fútbol”, además de “idiotas”. Tampoco hace caso a nadie “porque hay poca gente que entiende y hay muchos detractores de su propio país”.

Este Quinteros que dice que “no hace caso a nadie” es el mismo que se extiende para explicar por qué un jugador está o no en la Selección. Es decir, tan poco caso hace, que se ve obligado a dar cuentas de sus convocatorias, cuando los técnicos de las Selecciones a lo que menos deben prestarse es a ese juego. Ellos se expresan mediante sus decisiones y nombramientos. El resto, que digan lo que sea.

Otro error de Quinteros, el más grave,  es meter al “país” en su discurso. Hay quienes, investidos en una buena fe y templanza que conmueven, creen que él se refiere exclusivamente al fútbol. No es así. La referencia al “país” no es tan inocente, es producto de su estado de superioridad moral. Yo quiero entenderlo y debe ser difícil para un personaje como Quinteros, acaso junto a Rafael Dudamel el DT de menor currículum dentro de las selecciones de Sudamérica, no sentirse portador de la Bandera Nacional, vocero de la ecuatorianidad, si a su lado tiene una corte de corifeos que festejan todas sus salidas de tono y que le justifican cuando entra en este pernicioso juego de las descalificaciones.

El “país”, ventajosamente, no es lo que cree representar Quinteros. La Selección Ecuatoriana de Fútbol es un equipo deportivo, representante de una actividad con cierta relevancia en el medio. Pero nada más.  El “país” es algo rotundamente más importante. Son los valores, el trabajo, la honestidad, el pluralismo, el respeto ajeno de todos quienes vivimos en este rincón del mundo, más allá de la insignificancia sobredimensionada del fútbol. Que no quiera Quinteros atarantar y vender la imagen de que quienes atacan a la Selección atacan al país. Eso es, aparte de enfermo, propio de espíritus minúsculos y dictatoriales, necesitados de impunidad para sus funciones públicas.

Y todo nace de la crítica por confiar en Jefferson Montero y en el desempeño del equipo ante Brasil, en el arranque de la Copa América Centenario. El DT de la Selección dice algo cierto: “Ecuador no está obligado a ganarle a Brasil”. Pero así como no existe esa obligación histórica y estadística, tampoco existe la obligación de hacer pasar por buena presentación un encuentro donde la Tri difícilmente pudo llegar al arco rival, fue superada en posesión de balón y no contó con armas reales de triunfo. Vender otra realidad es, además de ciego, dudar de la inteligencia y del buen juicio ajenos.

Quinteros ha hecho una tarea aceptable en la Selección. Los resultados le dan un aval. Pero no crea que esto lo vuelve indemne a la crítica. Que no se afiance en sus errores, expresados en declaraciones poco felices como ésta. Que no llegue al punto de creer que todo se le está permitido solamente porque cuenta con una corte de felipillos dispuestos a vender a su madre a cambio de una entrevista, una palmadita en la espalda o una respuesta en el Whatsapp. Poniéndose en este plan, hace todo lo posible para dificultar su éxito. Conviene, pues, que se baje de esa torre de vigilancia desde la cual juzga a todo aquel que no le gusta o no dice lo que él quisiera escuchar.

 

 

 

El día después de Chiriboga

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Con más errores que aciertos, Chiriboga se fue de la FEF. ¿Qué viene (o qué debe venir) ahora? Foto: El Comercio.

Luis Chiriboga ya no está en la Federación Ecuatoriana de Fútbol. Desde el viernes, su nombre dejó de inspirar el temor de otrora. Salvo uno que otro periodista nostálgico de las buenas épocas,  de las  invitaciones a Tottori y Bad Kissingen, los chupes después de los congresos de la Conmebol y las entradas para aquellos que no se podían acreditar a los mundiales, el país asume con plena conciencia que este directivo dejó el cargo que ostentó como un papado desde 1998.

¿Qué viene ahora? La sucesión de Carlos Villacís parece una opción descartada. Incluso hasta reglamentariamente. Y eso que este dirigente sumó simpatías durante los 3 meses que estuvo al frente. “Ahora hay diálogo”, me dijo Jaime Estrada cuando lo entrevisté el viernes pasado. Horas antes, Rodrigo Paz tuvo la misma opinión.

Villacís es el chiriboguismo sin Chiriboga. Responde a la misma línea paternalista y prebendista, pero alejado de la prepotencia, la soberbia y la arrogancia de su excompañero de fórmula. A Villacís habrá que abonarle su impecable manejo dentro de la Federación. Funcionarios de inferior rango han caído en las investigaciones recientes realizadas por la Fiscalía, mientras a él todo le resbaló cual teflón. Hay una explicación sencilla para esto: Villacís era hombre de fortuna y empresa cuando llegó a la FEF, no necesitó -como otros- de ese cargo para su despegue social y económico.

Sin embargo, en términos objetivos, Villacís no representa a nadie. Su club (Calvi) supervive en el amateur fútbol de ascenso. Su perfil, más allá del correcto manejo reciente, no se compadece con lo que el fútbol ecuatoriano necesita hoy en su timón: alguien que, al menos, figurativamente tenga relación con las fuerzas dominantes, con los clubes que hacen el fondo y la forma del fútbol ecuatoriano.

Detrás de Villacís está el resto del comité ejecutivo, a quienes habrá que pasarles factura por su pasmada actitud frente a la situación de Chiriboga. Y también están Álex de la Torre y Guillermo Saltos Guale, directivos de una línea que el medio local debe saltar. ¿Es concebible que quien torpedeó a la Liga Profesional de todas las formas posibles siga en la Federación? ¿Acaso la línea de sus intervenciones en la Comisión Disciplinaria es la que requiere el fútbol ecuatoriano para salir del estado de postración vigente? Y de Saltos Guale, ni hablar. Sin embargo, ellos cuentan a favor con la crónica amnesia en la que vive nuestra sociedad. No sería raro verlos aún encaramados.

En conclusión, todo lo que ha sucedido demanda un cambio rotundo, incluso estético. En ese tren, por ejemplo, yo relanzaría la imagen corporativa de la FEF. Hay un pasado reciente que se debe superar con vergüenza, asumiendo públicamente los errores del pasado. El fútbol ecuatoriano, de hoy en adelante, no debe ser el escenario para la sospecha y la codicia. Su misión es la de convertirse en  factor de desarrollo del deporte más popular del país.

Pero más allá de la imagen están las cuestiones realmente importantes. Sin entrar a dar nombres, la FEF exige una transformación rotunda. Hay cambios que en los grandes “debates” no entran, pero que son ineludibles. Por ejemplo, la incorrecta estructura de los torneos nacionales.

Nunca más puede jugarse con Serie A y Serie B. El llamar correctamente a estos torneos Primera Categoría y Segunda Categoría va más allá de una variación nominal. Es dejar de considerar “Primera Categoría” a un torneo tan malo y sin emociones como es la actual Serie B. Lo que hoy se considera “Segunda Categoría” (una competencia presa de las más grandes irregularidades, informalidades y escándalos) debe pasar a llamarse y, sobre todo, tratarse como una Tercera Categoría, con un formato diametralmente opuesto al de hoy.

Las asociaciones provinciales ya cumplieron con su vida útil. Funcionaron en el último tiempo, salvo excepciones, como un comité electoral. La gravitación histórica de AFNA, ASOGUAYAS es ineludible, pero otras fueron creadas simplemente para sustentar el chiriboguismo, darle fuerza y arraigo a cambio de dádivas. Una nueva Federación debe replantear a las asociaciones como una suerte de oficina de representación local, con funciones relativas y capaces de sobrevivir gracias a su gestión. Su derecho a voz y voto debe ser vetado para siempre, mucho menos darles dinero de los derechos de TV. El fútbol lo hacen los clubes, ese es el principio motor.

La Liga profesional ha caminado poco en los últimos meses. Lamentablemente, se convirtió en una escenografía donde solamente se disputa cuánta plata más se va a recibir por derechos de TV. ¿No han notado que nadie debate cómo darle más interés a los predecibles y aburridos torneos actuales? Hay empresas en el mundo que se dedican a eso, por ejemplo la chilena Matchvision .Los clubes tienen un apetito voraz de dinero y se han centrado solamente en esperar que gracias a la Liga Profesional les paguen más por la emisión de sus partidos por TV. ¿Alguien ha puesto en discusión si este es el mejor sistema de campeonato, el más atractivo para la gente y los clientes publicitarios? Nadie.

Una vez desembarazados de la organización de las competencias locales, en la FEF deberían plantearse la obligación de darle un andamiaje definitivo a la Selección. Hay que crear un organigrama, presidido por un Director General de Selecciones y un Gerente. En los combinados nacionales se debe obviar la tendencia implantada por el Ingeniero de nombrar DT de acuerdo al calor de los resultados y al “clamor popular”. 

En fin, esta es solamente una rala y muy superficial visión de cambios urgentes que se deben operar, más allá de quién sea el reemplazo de Chiriboga. Debe quedar claro que legislar como se ha legislado hasta ahora, buscando el resquicio legal, la alcahuetería, el perromuerto, no representará una variante mayor, sea en la FEF o en la Liga Profesional. Son necesarias otras prácticas, a la espera de dar el salto cuántico que la actividad futbolística pide a gritos.

Un espacio final para la prensa. Que lo sucedido haya dejado una lección: esas amistades peligrosas, el maridaje con un directivo y una organización no terminan bien nunca. Chiriboga y la prensa llegaron a ser un matrimonio tan íntimo que cabían juntos en una cama monoplaza. Que luego, al calor de los desacuerdos económicos y de negocios,algunos se hayan vuelto “críticos”, es otra cosa. El periodismo deportivo quedó muy mal parado ante la sociedad en esta etapa, gracias a las cuñas de publicidad, las invitaciones y los viajes que un gran sector recibió, a cambio de su complicidad en casos aberrantes como el de Vinicio Luna. A hacer contrición del papel funesto jugado en esta época y no repetir nunca más esta insana cercanía.

¿Qué es “ganar a lo Barcelona”?

Barcelona

Walkir Silva y el gol de la clasificación a semifinales (1987)

La seguridad es tan corrosiva como lo son las dudas
Milan Kundera

Yo lo vi.  24 de mayo de 1987. No era feriado, porque cayó domingo. El Día de la Patria fue escenario perfecto para una definición de Copa Libertadores, de ese torneo bravo y épico que era antes del 2000, donde para imponerse había que ganar sin dejar dudas y jugar dentro y fuera de la cancha. No era la Copa soft y edulcorada de hoy, la de Fox.

En aquella jornada, Barcelona comparecía a la cancha del Modelo. Necesitaba ganarle a Olimpia de Asunción para ser primero del grupo y solamente así clasificar a las semifinales. Ganar o ganar. Si empataban, la clasificación era para los franjeados, equipo copero y tradicional como muy pocos en el continente.

Toma y dame, ida y vuelta, agonía, desesperación y nervios. Todo estaba 2-2 hasta el minuto 76, cuando un centro de Galo Vásquez encontró la cabeza del uruguayo Walkir Silva. Gol. Era el 3-2, así se alzaba la puerta de la clasificación dentro de los seis mejores equipos del continente.

Eso era “ganar a lo Barcelona”. Ni más, ni menos. Hubo muchas antes, también muchas después. Imposible olvidar, por ejemplo, los triunfos sobre Colo Colo y Sao Paulo (1992), aquella clasificación por encima de Universitario de Perú (1993), la semifinal de la Copa con Cerro (1998). Antes, el título de 1997.

¿Qué entiendo yo por “ganar a lo Barcelona”? Ser más fuerte que los fuertes, ser roca si el rival es acero. Esto, de ninguna manera es lo que sucede hoy: sufrir como madres para sacarles un golcito de diferencia a escuálidos contendientes.

La figura retórica, con el paso del tiempo, se prostituyó. La realidad dicta que Barcelona, desde 1998, ha sido un equipo más del montón. Tantas veces campeón como lo fueron Olmedo o Deportivo Cuenca. Como ya no juega contra los grandes del continente, sino a duras penas le pone la cara a equipos del medio que lo han superado en importancia competitiva, ¿cómo apelar a aquello de “ganar a lo Barcelona”?

Planteadas así las cosas, tan crudamente, para la prensa simplista no hay otra salida que endilgarle caracteres gloriosos y míticos a cualquier victoria sufrida y difícil de local, sobre rivales de dudosos antecedentes históricos. Pasó este domingo último con Fuerza Amarilla, como tantas veces en los últimos 18 años.

¿Qué tienen que ver el gol laboriosamente conseguido por Ismael Blanco el domingo con el de Walkir Silva? ¿En qué se parecen Fuerza Amarilla y Olimpia? ¿Cuál es la equivalencia histórica entre la cuarta fecha de la competencia local y la clasificación a la semifinal de la Copa Libertadores de América?

Las preguntas anteriores parecen obvias, pero hay que plantearlas. Sus respectivas respuestas explican la devaluación del término “ganar a lo Barcelona”. Una frase golpeadora, tenaz, que tiene impacto en la gente. Como ya no hay triunfos importantes, que cuentan para la historia real del club, hay que usarla a destajo, apenas haya oportunidad. Así, se volvió un lugar común, tedioso como todos sus similares.

La gente, feliz, traga este aceite hirviendo. Se crea en la cabeza el imaginario de que Jerónimo Costa es Éver Hugo Almeida, Federico Alonso se bate como Rogelio Delgado y Lauro Cazal comparte con Evaristo Isasi algo más que la nacionalidad. Y así, por efecto de la goebbeliana política de repetir 100 veces una mentira para hacerla verdad, el triunfo sobre Fuerza Amarilla pasa a ser una especie de conquista de las Termópilas, cuando en la realidad no es sino una de tantas victorias de trámite, acaso digna de reparos porque fue conseguida de forma sufrida y lamentable sobre un rival que se quedó con un elemento menos desde el minuto 33 y que estuvo en ventaja hasta el minuto 80, gracias al único tiro al arco que logró empalmar.

Planteadas así las evidencias, solamente queda reflexionar sobre el por qué cierta prensa recurre a engañar a la gente con conceptos tan impropiamente aplicados como el citado. Vivimos una época donde el afán de cuestionar ha quedado relegado por la voluntad de quedar bien con Dios y el diablo. Hay que sonar bien con todo lo que se le dice a la hinchada del equipo ganador, porque eso asegura audiencia. Una mencioncita acaramelada en Twitter al club de moda, al dirigente encumbrado, nunca estará mal. ¿Para qué meterse en honduras y dudar, si elogiar a mansalva es más fácil?

De todas formas, siempre habrá un espacio para decir algo más que lo obvio.

Si quieren ver qué era “ganar a lo Barcelona”, les dejo este video. Cortesía de Diego Arcos.

 

El ocaso de la TV en el fútbol nacional

El proyecto de agrupar los derechos de televisión del Campeonato Nacional bajo el manto de la Federación Ecuatoriana de Fútbol fue el flagship de la administración Chiriboga. El dirigente, hoy caído en desgracia, cumplía bajo este emprendimiento dos de sus máximas aspiraciones: capturar poder y hacer negocios.

Capturar poder. La FEF pasó a manejar uno de los principales rubros de ingreso de los clubes. Para lograr este fin, Chiriboga se valió de sus escuderos más osados,  aquellos soldados dispuestos a ofrendar su vida en la lucha: los clubes chicos y las asociaciones. Ellos fueron, finalmente, los responsables de conducir al fútbol ecuatoriano a uno de sus momentos más críticos.

Hacer negocios. Si antes la FEF apenas negociaba sus propios derechos de TV (los de la Selección en eliminatorias), ahora pasaba a ser reina y señora frente a los canales de televisión. Y ahí apareció el actor principal de los últimos años, no solamente en el fútbol, sino en todos los escenarios de la vida de los ecuatorianos: el estado.

La FEF y quienes actualmente conducen el estado ecuatoriano tienen mucho en común, sobre todo están unidos por esa ansiedad de captarlo todo, de ser imprescindibles. Cara a cara, se sentaron en el 2013 y le pusieron precio al fútbol: USD 16.6 millones por año, hasta el 2017, con 5% de aumento anual en el contrato.

Era, en apariencia, el negocio redondo. La FEF operaba como la caja chica del fútbol, repartía el dinero a los clubes y así los convertía en sus dependientes directos. Mientras, el estado encontraba el escenario más propicio y popular para repartir cheques y proclamar las bondades de un régimen que, por entonces, vivía la era de las vacas gordas.

Todo estaba consumado. Incluso, los críticos se fueron apagando en medio de su resignación. Pero algo que empezó con más ambiciones que realidades (¿hizo la FEF algún estudio que justificara la cantidad cobrada por derechos?) no iba a encontrar fácilmente buen viento y buena mar.

Sin entrar en detalles que tienen que ver con la producción, la línea periodística y similares, el sistema empezó a mostrar sus hilachas muy pronto. El anuncio original de que “nunca más se iban a jugar partidos a la misma hora” nos encuentra hoy con cada vez más encuentros en simultáneo. La culpable es la necesidad de repartir partidos a la mayor cantidad de canales posibles.

 

Prácticamente, casi como si hubiera sido un objetivo inicial, se ha ido forzando a que el aficionado migre a los sistemas de TV paga. ¿Quiere ver todo el fútbol? No, por señal abierta va a ser imposible. Transmitimos cómo y cuándo queremos. Pague ya y tenga toda fecha en su pantalla. Este es, pues, el objetivo final.

Es que, poco a poco, los actores del negocio se fueron dando cuenta que las cantidades que paga la TV por los derechos del fútbol ecuatoriano son sostenibles solamente si se paga por el producto fútbol. En señal abierta, salvo para el adoctrinamiento gubernamental, no hay espacio para mayor cosa.

A finales del año pasado, en plena viudez de Luis Chiriboga, Álex de la Torre reconoció esto frente a los dirigentes del Tungurahua, los grandes aliados de esta etapa, quienes propusieron al grito de la “revolución de los chicos” un sistema que los terminó ahorcando. Sin pay per view, no hay futuro.

Hoy, aunque el estado conserva su intención atrapalotodo, ya no tiene tanta plata. Hemos llegado a un momento complicado: la deuda de la FEF con los clubes, por concepto de derechos de TV, llega a USD 6 millones. Parte de esta tajada se debe también a las asociaciones provinciales. Habrá que preguntar qué califica como receptores de estos recursos a  asociaciones como Morona o Santa Elena.

La FEF no puede dar esta plata porque el estado no le paga. Todos sabemos que con petróleo de USD 17 el barril no hay forma de sostener esta clase de lujos. El panorama es muy complicado, pues cada vez hay mayor impaciencia en quienes son los receptores finales de esta plata. Mientras, en lo más alto del poder no hay forma de responder.

La única forma de salvar esto es con la intervención de la TV privada. Pensar que uno de los efectos colaterales buscados por la FEF a la hora de confiscar la transmisión televisiva fue sacar del negocio a Teleamazonas, uno de los canales cuya inversión podría rescatar hoy un sistema que va rumbo a la deriva.

¿Qué irá a pasar? A un año de la llegada de la Liga Profesional, cuya oferta modernizadora no se halla muy clara, no queda otra que evitar el colapso de un modelo nacido en medio de auspicios tan infelices como la angurria, la competencia desleal y la improvisación.

El estado, enhorabuena, se batirá en retirada y ojalá no vuelva a ser actor de esta clase de transacciones. Convertirse en el productor de eventos deportivos por TV no es una de sus funciones. Queda abierto para algo que no será mucho mejor: el imperio de la TV pagada, que dejará a la gran mayoría sin uno de sus espectáculos preferidos: el fútbol.