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Operación Argo a la Ecuatoriana (II)

La segunda y final parte de esta aventura de viaje que empezó acá. ¿Cómo terminó esta odisea intercontinental? La historia de mi ‘extracción” de Irán.

Son las 20:00 del 25 de diciembre del 2016. Es domingo, un día laboral normal en los países musulmanes. Estoy en el interior del avión de Air France que acaba de aterrizar en el aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. El jefe de cabina (toda la tripulación es masculina) acaba de avisar que, de acuerdo a las leyes del país, las mujeres deben cubrirse la cabeza con un velo. La ceremonia comienza lentamente, no sorprende a nadie. Parece que todos los ocupantes de la nave abarrotada son locales y saben las normas.

La ruta que acabo de hacer (París – Teherán) fue la misma que recorrió el Ayatolah Khomeini en 1979, cuando triunfó la Revolución Islámica. Lo hizo también en Air France, pero él llegó al otro aeropuerto, al de Meharabad. En la figura de la máxima autoridad religiosa, el pueblo persa encontró una válvula de escape al exceso tiránico del Sha, el gobernante que murió en el intento de convertir a Irán en un puntal de occidente dentro la zona más conflictiva del mundo. Desde su exilio parisino, el Ayatolah regresó y lideró un proceso que lleva ya 38 años y sigue tan férreo como al inicio, sorteando una guerra, el incesante enfrentamiento con Estados Unidos y alguna que otra escaramuza interna.

En todo eso pienso mientras bajo del avión y un bus nos lleva desde la plataforma de aterrizaje hasta el interior del área de arribo. Acá no hay Navidad, ni nada que lo recuerde. La mayoría de gente corre directo a las ventanillas de migración. Otros, muy pocos, van a una oficina donde se expiden los visados. Les recogen los documentos, se sientan y esperan. No noto que nadie pase problemas, en el peor de los casos les mandan a comprar un seguro que cuesta USD 14 en una oficina ahí cerca. Todos parecen ser bienvenidos.Yo no.

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Pancarta en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Pero mi caso es único. Como ya conté en la primera entrega, viajé a Irán sin tener visa y con el primer pasaje (Teherán – Bakú – Estambul) que encontré para salir lo más pronto posible de ahí (seis horas después, a las 02:00 del lunes, en un vuelo de Azerbaijan Airlines). Me tocaba esperar que nadie se ponga quisquilloso con mi situación.

Apenas llego, un atisbo de esperanza: hay una ventanilla que dice ‘PASSENGERS IN TRANSIT’ donde hay una fila y dos funcionarios atendiendo. “Bien”, pensé, “les muestro mi nuevo pasaje, explico mi situación y me mandan a esperar a una sala de embarque decente”. Donde estábamos, si bien era iluminado y limpio, había un ambiente a sala de espera de un hospital. Aparte, era el sitio donde derivaban todos los vuelos que iban llegando y había algo de tumulto.

Todos recibían su pase a bordo y, efectivamente, iban al segundo piso, donde estaban las salas de embarque. Yo no. Cuando me tocó, el funcionario muy amable me explicó que ahí solamente estaban entregando pases a bordo de ciertos vuelos y que del mío (de AzAl) no había noticias. Que todavía era temprano (21:00) y que espere.

Esperar. Eso tocó. Ver pasar gente, familias, mujeres con fular, tipos que pedían su visa y se la daban, dar una y mil veces la vuelta en esa sala de espera tipo hospitalaria. Recorrer todo lo que estaba a mi alcance. Los límites eran las bien iluminadas y modernas áreas de migración, donde los afortunados podían hacer su ingreso a Teherán. A lo lejos, se veía el parqueadero. Ese era todo mi panorama.

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Mujeres con burka en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

¿Qué más pude ver hacia adentro? Un baño, el área de vacunas y sanidad, una zona privada donde en sofás muy cómodos descansaban los funcionarios, un rincón de oración… y nada más. Ese era el Irán que estaba a mi alcance. No la torre Azadi, el monte Alborz, el Grand Bazaar, Qom, Persépolis o el palacio del Niavarán.

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Rincón para orar en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Me senté a escribir los apuntes que ahora sustentan esta serie (?) y a esperar. Sin embargo, algo me inquietaba y era que a la mentada ventanilla de tránsito no iba nadie a atender. Entonces, a todo aquel que tenía alguna traza de autoridad (uniforme, básicamente) me acercaba a exponerle mi caso. En un inglés torpe nos entendíamos y la respuesta era la misma: “seat and wait, please”.

El wi-fi gratuito duraba unos pocos megas (me parece que 50) y verifiqué que Twitter y Facebook están bloqueados, pero Instagram y Whatsapp no. El aburrimiento y la incertidumbre son un cóctel explosivo. Entre la sala de tránsito y el área de embarque hay una escalera eléctrica. Me animo y subo, ya no tenía nada que perder. A la vista, queda un área muy normal, típica de cualquier aeropuerto del mundo, pero para llegar a ella, al final de la escalera, hay un guardia. Le explico mi caso y la respuesta es la misma: “seat and wait, please”, con el agravante que me manda “downstairs”.

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El baño

Son las 23:00 y compruebo que ya no soy el único en esta suerte de limbo persa. Una pareja de viejitos que también iban a Estambul, una familia rusa vestida como si vinieran de la playa y un griego rasta y atiborrado de tatuajes estamos en las mismas. Me divierte la escena de dos chinos que pelean en voz alta, entiendo yo, porque no les dieron la visa a la llegada y tienen que esperar en la sala tipo hospitalar para embarcarse en otro vuelo. Me entran las ganas de pedir la visa en la ventanilla, total tengo todos los documentos y hasta el seguro. Mejor no, mucho riesgo.

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El límite: después de ese guardia está el área normal de espera en el aeropuerto Imam Khomeini.

Sin ninguna pantalla de información y con la ventanilla de tránsito desierta, aparece un tipo de uniforme que se dirige a todos los que ahí trabajan con cierta imponencia. Creo que es el ‘jefe’. Eran las 23:00. Viene y, uno por uno, nos pregunta sobre nuestra situación. A todos pregunta y repregunta, menos a mí. Le explico, me mira y me devuelve mis documentos. Eso quiere decir que, o todo está en orden, o que la situación es muy complicada. A esas alturas, es lógico sentir que la noica te come.

Eran ya las 12:30. Supuestamente, mi vuelo de AzAl ya estará en pizarra y recibiendo a sus pasajeros. Pero no hay a quién preguntar. De pronto, veo que los rusos, el griego y los chinos suben las escaleras por las que antes me mandaron de vuelta. Hago exactamente lo mismo. “Suerte o muerte”, me digo para darme confianza.

Otra vez, uno por uno, empezamos a explicar nuestros casos al mismo tipo imponente que hora y media antes nos atendió abajo. Los rusos pasan sin mayor problema a la sala de embarque (luego, me dí cuenta que estaban en mi mismo vuelo), el griego tiene líos porque su equipaje no asoma, pero a la final pasa sin problemas. Los viejitos de Estambul no subieron.

Llega mi turno y explico nuevamente la situación. Una vez que acabo, el ‘jefe’ habla por radio y comparece otro uniformado con un empleado de Air France. Conversan entre ellos y obviamente no les entiendo, pero noto cierto aire de recriminación al tipo de la aerolínea. Ahora que lo pienso bien, creo que cometí un error: nunca avisé a Air France que iba a hacer escala en Teherán para ir a otro lado. De repente, todo habría sido más fácil si les hubiera indicado tal cosa en Nueva York, donde tomé el primer vuelo. En fin… mis sentidas disculpas a la gran empresa francesa si por mi culpa tuvieron alguna incomodidad.

La pregunta esperanzadora del ‘jefe’  fue “do you have more luggage?”. Ese momento confirmé mi acierto de no facturar la única maleta que llevaba. Seguro que habría generado más problemas, pues la única forma de recogerla habría sido pasando migración. Ante mi respuesta negativa, el tipo de Air France se fue junto al ‘jefe’.

Todo esto pasó en 45 minutos. El guardia que permitía el paso, un chico joven y a quien en sus ojos pude notar cierta vergüenza por lo que sucedía, me ofreció un helado y agua. En un ambiente tan recio y hasta marcial, su gesto me sorprendió gratamente y traté de expresarle aquel sentimiento con el rechazo más amable posible, dándole a entender que lo único que quería !era salir lo más pronto de ahí!

Vuelve el ‘jefe’, esta vez con una empleada de AzAl. Le indico el pasaje a Estambul y mi pasaporte. Se va con ellos y regresa en pocos minutos, para preguntarme si tengo visa para entrar a Azerbaijan. Le hago caer en cuenta que solamente estaré un par de horas de tránsito en Bakú, para tomar mi vuelo final a Estambul, y que no hace falta. Se va otra vez.

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¡Al fin!

Veinte minutos después… ¡Por fin! La tipa llega con mis pases a bordo y mi pasaporte. Me explica que tuvo que llevárselo para registrar mi tránsito en migración (no veo ningún sello), pero que ya podía pasar a la sala de embarque. Se enciende una luz, pero todavía me preocupa que faltaban cerca de 10 minutos para despegar. Me responde que el vuelo se retrasará 45 minutos más y que no habrá problemas.

La puerta de salida del limbo está llena de retratos del Ayatolah Khomeini y de su sucesor, el Ayatolah Jamenei. Letreros en persa, enmarcados en ramos de tulipanes, la flor que representa el martirio de los soldados en la guerra con Iraq, se miran a cada paso. La revisión de seguridad es rápida, una fila para hombres y otra para mujeres.

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La última frontera: el acceso a las puertas de embarque.

Al final, el final de este túnel. Hay tiempo para un pequeño paseo por el corredor de embarque. Una tienda de duty free sin el lujo de otros aeropuertos, un stand de venta de caviar a precios razonables. Lástima que no haya dónde cambiar dólares a rials y que tampoco acepten tarjeta de crédito.

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El duty free del aeropuerto de Teherán

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Caviar iraní

Nuevamente el bus para llegar a la puerta del avión. Llueve y hace frío en la pista de despegue. Son las 2:30 de la mañana. Tal como pasó en Argo, solo cuando el avión de AzAl tomó vuelo rumbo a Bakú sentí alivio. Hice mi propia ‘extracción’, corriendo una aventura de esas que hay que vivirlas alguna vez en la vida. Al mismo tiempo, me preguntaba qué tanto tendrá que esconder un país que recela de permitir el ingreso de un periodista deportivo. Adiós Irán, difícilmente nos volvemos a ver.

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La puerta de embarque.

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Última foto antes de entrar al avión para dejar Irán.

DISCLAIMER: Está claro que las fotos y los videos no son los mejores. Todo esto, en gran parte, se debe a la discreción con la que hay que manejarse en Irán, misma que se multiplica cuando uno está en instalaciones sensibles, como son los aeropuertos. Sepan disculpar cualquier imperfección.

Operación Argo a la ecuatoriana (I)

Los deseos inocentes de conocer un país fascinante acabaron en un escape, la versión tercermundista y algo exagerada de esta película. Haberlo vivido fue una experiencia fascinante y la quiero compartir. Acá, la primera parte.

Escribo esto mientras estoy en la sala de tránsito del aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. Siento una suerte de placer morboso mientras lo hago. Nadie puede entenderme, pese a que vigilan de reojo la pantalla. Si alguno de los empleados de la terminal que están cerca (no sé si son policías o militares) sabe español, estaría en problemas. Ante el beneficio de la barrera del idioma, sigo y sigo escribiendo. Concentrado en no perder un detalle. Esta es de esas aventuras que se tienen una vez en la vida.

Todo comenzó en el mes de septiembre, cuando tracé mi mapa de vacaciones de fin de año. Teherán, la capital persa, apareció en el itinerario como la primera parada. Luego vendrían Estambul y El Cairo. Lo primero cuando se planea un viaje es la documentación. Sin tener claro eso, es imposible hacer algo más como la compra de pasajes, hospedaje y demás accesorios. Las primeras informaciones que recabé en internet eran claras: es posible conseguir el visado a la llegada, en el aeropuerto Imam Khomeini. Basta presentar algunos documentos básicos, como el seguro de viaje.

Sin embargo, otras informaciones indicaban que, pese a que era factible conseguir la visa en arribo, la misma estaba a antojo y voluntad del funcionario que la tramita. Si algo no le gusta, te mandan de vuelta sin asco. Por eso, se aconseja sacar la misma en el consulado iraní más cercano.

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Primer mail de la embajada. Ojo a la fecha.

Prevenido, acudí a la representación de Irán en Quito. La embajada, cuyas cómodas instalaciones se encuentran en la calle José Qeri, cerca de la UDLA, tiene un personal presto y amable. Envié un primer correo donde preguntaba detalles iniciales. Efectivamente, debía sacar la visa acá para evitar problemas a la llegada. Gentilmente, me extendieron un formulario, donde se pregunta más o menos lo mismo que en otras solicitudes de visado.

Me tomé mi tiempo y el 24 de octubre indiqué que iba a ir a la embajada a dejar la solicitud formal y los requisitos solicitados, luego de haber pagado los USD 30 en una cuenta del Banecuador, entidad que solamente tiene dos sucursales en Quito. Dejé mis papeles a la espera del trámite.

En el intercambio de correos, una empleada de la embajada me advierte que el Ministerio de Relaciones Exteriores debe emitir, desde Teherán, un código de autorización para dar luz verde a la visa y que eso demora un par de semanas. Como tenía el tiempo a favor, no me hice lío y le indiqué que sigamos con el procedimiento sin problemas.

El 11 de noviembre llega la primera sorpresa: desde el consulado me indican que debo llenar otro formulario que es exclusivo para periodistas, ya que en la solicitud había puesto que esa era mi ocupación. Tras indicarles que mi viaje era turístico y que no pensaba quedarme más de 4 días en Teherán, me dicen que eso no importa. O hago el nuevo formulario, o se detiene el trámite.

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“debido a su profesión…”

Y el nuevo formulario, la verdad, ya era algo intimidante. Preguntas sobre la línea del medio en el que trabajo, pedidos de explicación sobre trabajos anteriores realizados acerca de Irán, en fin. No tenía problema e incluso envié un certificado de mi trabajo, donde estaba desautorizado a trabajar en su representación mientras dure mi estancia en Irán. Con todo nuevamente enviado, otra vez a esperar. Siempre estimando lo que en la misma embajada me dijeron: el trámite dura dos semanas.

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Algunas de las preguntas de la nueva solicitud para periodistas. 

Dos semanas después, no había noticias. Me volví a comunicar por correo el 28 de noviembre y me indicaron que “por el cambio de embajador” algunos trámites se habían postergado y que en “una o dos semanas más” me darían los resultados. Perfecto, a seguir esperando. De todas maneras, mi viaje ya estaba fijado para el 23 de diciembre.

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Cuando parecía que había alguna esperanza…

Dos semanas después, insistí otra vez por correo. Esta vez no me respondieron. No me quedó otra que llamar por teléfono a averiguar qué pasaba (no olvidar que durante todo ese tiempo mi pasaporte lo tenían ellos) y pedir explicaciones sobre el asunto. La misma empleada con la que tuve contacto siempre me deslizó, por primera vez, que el gran inconveniente fue haber puesto en la solicitud de visado que soy periodista.

En la misma semana del viaje, pedí encarecidamente ser recibido por el cónsul para explicarle mi situación. Sin tanta dificultad, se me concedió la cita. El 19 diciembre fui a la embajada y, tras una espera de hora y media, pude hablar con el funcionario. La charla fue complicada y alucinante. Por un momento, se me hacía estar en alguno de esos encuentros bilaterales: sentados en un sofá amplio, las banderas de Irán y Ecuador en los flancos, él adelante de la de su país y yo de la del mío. Un intérprete español – farsí ayudaba a comprendernos.

El cónsul, hombre joven, con una sombra de barba y vestido a la usanza burocrática iraní (terno y camisa sin corbata), pedía disculpas por la demora en el trámite y ahora aumentaba una nueva excusa para el mismo: “el cambio del sistema electrónico para el registro de los visados”. Sin embargo, dejó deslizar que mi situación se había “complicado” por haber consignado en la solicitud que soy periodista.

¿Qué hacer? El cónsul se ofreció a apersonarse del caso y ver qué se podía hacer. Me ofrecía respuesta en dos días. Aún lo sigo esperando. La otra opción era ir a Teherán, pedir la visa a la llegada, algo que me desaconsejaron en la embajada, en vista que iban a detectar que había un trámite en curso y que, pese a que el visado no me lo habían negado, tampoco estaba concedido. Aquello, habría significado mi deportación. Me devolvieron, finalmente y tras dos meses, mi pasaporte. Me quedó la sensación de haber fracasado cordialmente.

Intenté cambiar mi pasaje de ida y ya no ir a Teherán. Imposible. El cambio costaba más del doble del precio original del boleto. Averiguando, era posible hacer tránsito hasta por 12 horas en el aeropuerto Iman Khomeini, sin necesidad de visado. Les expliqué esta opción en la embajada y declararon no saber de la misma (?).  Incluso, hay chance de sacar un permiso de tránsito de hasta 2 días (revisen el link de arriba). A esas alturas, ya no estaba interesado en pasar ni un minuto más que el necesario en Irán. El hueveo al que me sometió el consulado me tenía molesto.

Mi llegada a Teherán estaba planificada para las 20:00 del 25 de diciembre. Conseguí un boleto desde esa ciudad hasta Estambul, con escala en Bakú,  para las 02:30 del 26. Esa era la mejor opción para salir de aquel país que tan poco amigable se mostraba conmigo.

Tras viajar desde Nueva York hasta Teherán, con una escala en París y la Nochebuena a bordo de un 787 de AirFrance, arribé a la hora planificada al aeropuerto Imam Khomeini. La aventura recién comenzaba… Y eso vendrá en la parte II.

 

Mi Código (O)deontológico

Saludos. Salto a la cancha profesional aplicando estos principios que la vida, no una universidad carera y aburrida, me enseñó. Están advertidos.

1. La fama es cuento. El que más la busca, más lejos la tiene. Los famosos de verdad (pocos) que conozco en este camello son tipos que, irremediablemente, siguieron una línea de autenticidad y talento, sin ponerse como meta firmar autógrafos o que les saluden en el supermercado . Acá, más que nunca, se aplica el refrán “el que muestra el hambre, no come”.

2. Evitar las “primicias”. Si le aceptas “una exclusiva” a alguien (empresario, dirigente, técnico, jugador) estás entregado a pagarle con tu integridad. Mis profundas investigaciones personales establecen que el 98% de las “exclusivas” son producto del amiguismo. No te luces como periodista, sino como recadero. Primicias, sin comillas, no son esos datitos sueltos, noticias de poca monta. Primicia es ayudar a pensar desde un comentario, una opinión.

3. Mantener distancia. Veo con recelo a los coleguitas que no se pierden un cóctel, una invitación de la empresa de moda. Descreo de las cofradías, agremiaciones, más por razones de moral personal que por otra cosa. Si tienes que reunirte con un jugador dirigente, técnico, lo haces a la luz del sol y, si es posible, con testigos y pagando la cuenta del café.

4. Estar para todas. Es chévere que te citen, que te pidan una opinión. Diría que es hasta orgásmico y reivindicador. Pero el rato que la cagues, tampoco andes pidiendo indulgencia ni justificándote. Mucho menos escondiéndote. Acepta cualquier crítica, por ruda o despiadada que parezca.

5. No mezclar periodismo con RR.PP. Los periodistas que blanden sus cuentas de publicidad como principal razón para que los contraten no son periodistas. Son, en el mejor de los casos, relacionistas públicos. Y ya ha quedado demostrado que las RR.PP. son una mutación anormal del periodismo. Proyecta tu capacidad, tus valores personales y profesionales.

6. Desmarcarte de “el poder”. El rato que te crees un “líder de opinión”, si piensas que tus 23934949 seguidores validan cualquier cosa que digas, la cagaste. Si existen los “referentes”, los “maestros”, uno ha de esperar que sea el resto quien nos endilgue semejante insulto. Periodista que se respeta, duda cuando lo nominan en esos concursitos hechos hacen para ganar clicks y guardar datos personales de los “votantes”. Periodista que se respeta, no cree cuando gana esas encuestas.

7. Somos fichas y fusibles. De la misma forma en que nos contratan,nos botan. No hay que apostarlo todo por la amistad con el dueño, director o gerente. En el fondo, hay que tener claro que somos simples obreros y que, cuando no sirvamos o les caigamos mal, nos pondrán de un patazo en la calle. Y, si eso pasa, hay que asumirlo con grandeza.

8. Jamás reclames reconocimiento. Si algo dentro tuyo te obliga a reclamar crédito o figuración por un trabajo, posiblemente no lo hiciste bien. Las cosas con calidad se venden solas, llevan tu sello implícito.

Cuadernos de la Copa América (I). Entre “corruptos” e “idiotas”

¿Qué hay detrás de la defensa a ultranza y del blindaje al DT de la Selección. Sin duda, la participación en juegos de poder (aunque sean mínimos) capitaliza el trabajo de un buen sector de la prensa. 

Quinteros, parece, olvida que ya no conduce a Emelec, sino a la Selección.

Quinteros, parece, olvida que ya no conduce a Emelec, sino a la Selección. (foto de EL COMERCIO).

Gustavo Quinteros ha dicho que “hay empresarios del fútbol que tienen contactos con el periodismo corrupto y que inventan”. También invitó a “no dar espacio a los idiotas”, en referencia a quienes hablaban de su inminente salida de la Selección.

Complicada labor la de este técnico, que le ha dedicado más tiempo a las supuestas conspiraciones mediáticas que existen en su contra, antes que a la autocrítica. Una maniobra que puede entenderse, planteadas como están las cosas.

Quinteros, por sus múltiples ocupaciones, jamás dirá quienes son parte del “periodismo corrupto”. Comete el error de generalizar. Lamentablemente, esta actitud no sorprende. Es parte del Ecuador de hoy, donde pensar opuesto y expresarlo es razón suficiente para ser objeto de descalificación. Es el país de las confrontaciones, de la grieta entre quienes dicen “blanco” y quienes dicen “negro”. A toda escala.

Hace mal el técnico. Olvida que ya no dirige a Emelec, Blooming. Actúa igual que cuando acusó a Roddy Zambrano de las derrotas de su equipo. A escala local, aunque impropias, estas salidas de tono son entendibles. Pero dirigir a una Selección es otra cosa, hay una representatividad que no puede ser obviada.

Esta postura desafiante, estridente del DT tiene antecedentes en el Bolillo Gómez. El colombiano, sobre todo después de la clasificación al Mundial 2002, mandaba a volar a quien osaba cuestionar su omnipotencia. Desde Carlos Villacís hasta Rodrigo Paz pasaron por su lengua.

El Bolillo, un ejemplo de impunidad que está a punto de ser igualado.

El Bolillo, un ejemplo de impunidad que está a punto de ser igualado. (Foto El Comercio).

Pero era el Bolillo. Un técnico, se quiera o no, trascendente para la historia del fútbol ecuatoriano. En cambio, Quinteros todavía tiene mucho que hacer si quiere llegar a ese sitial. Honestamente, no creo que llegue.

Pero, igual que el Bolillo, Quinteros también tiene sus corifeos. Un grupo periodístico que se ha abanderado con el “proceso” y cuyo esfuerzo diario se divide entre destruir todo lo que signifique el pasado reciente (Rueda, Vizuete) y aplaudir con arrobo de fan enamorada cualquier cosa que diga el nuevo DT.

No me cabe en la cabeza la posibilidad de que Reinaldo Rueda se refiera al “periodismo corrupto”. El colombiano, objeto de una cacería feroz que solamente bajó banderas con la clasificación al Mundial, tenía el gran mérito de dar la cara, aún en los momentos complicados (la eliminación de la Copa América 2011) y deslizaba inconformidad por la falta de reconocimiento a su trabajo solamente off the record. Nunca se dio el lujo de ahondar en diferencias, se manejo con admirable dignidad.

Pero hoy, cuando ya no está y no puede defenderse. Rueda ha pasado a formar parte de aquello que hay que olvidar y dejar atrás. Y quien, según un sector del periodismo, hará llover maná del cielo y es portador de la piedra filosofal es Quinteros.

Rueda, el culpable de todo lo malo. Claro, se lo dicen cuando se fue y no puede argumentar. (Foto El Comercio).

Rueda, el culpable de todo lo malo. Claro, se lo dicen cuando se fue y no puede argumentar. (Foto El Comercio).

¿Qué hay detrás de este abanderamiento con el hoy DT? Por currículo, Quinteros no tiene mayor cosa que ofrecer. Digamos, para no entrar en detalle, que aún dentro del medio local hay técnicos con mayor experiencia, conocimiento del fútbol ecuatoriano en sus múltiples dimensiones. Y si ponemos, face to face, el CV del argentino con el de Rueda, el del anterior técnico resulta superior.

Detrás de la defensa al “proceso” (de explicar esta palabra me encargaré en una futura entrega) hay más esperanzas que realidades. Esto, en el caso de quienes creen que su estilo futbolístico se trasplantará del Capwell a Monteolivo en forma exitosa. Pero noto que hay un sector que está con Quinteros porque estar con él significa acceder al poder.

Pasó lo mismo con el Bolillo. Aún en los momentos más impresentables del colombiano, nunca le faltó un periodista que saque la cara por él. Que hasta justifique lo injustificable. Hoy, lamentablemente, pasa lo mismo, pero con el agravante ya expuesto de que (todavía) Quinteros no es nadie en la historia de la Selección.

El acceso al poder, hoy, consiste en tener la notita, el número del celular del profe, almorzar con su cuerpo técnico, tener “la primicia” del uñero que X jugador sufrió en la última práctica.  Hay periodistas felices de que el DT escuche o lea la defensa que de él hacen, aún cuando haya mucho por observar. Por eso, no había que sorprenderse el aplauso masivo que de este sector recibió Quinteros cuando descalificó a quienes, supuestamente, lo quieren ver fuera de la Selección.

Pero, la historia ha visto, que estos personajes son los primeros en saltar del barco cuando empieza a hacer agua. Se distancian y buscan un personaje a cuya sombra vivir, hasta que venga otro. Así, sucesivamente.

Por eso, cuando Quinteros comience a flaquear (no puedo predecir el momento en que suceda, ojalá sea lo más después posible del 2018), no faltarán quienes abjuren de este presente. Si a Chiriboga, quien les hizo conocer el mundo y al cual sirvieron incondicionalmente ahora le dicen horrores, todo se puede esperar.

Mañana. Cuadernos de la Copa América (II). ¿Cuál proceso? 

La argentinización del fútbol ecuatoriano o cómo estar en el sistema

¿Por qué tiene éxito el discurso de Fox? Se aprovecha de la falta de memoria o, en el mejor de los casos, de la vagancia de todos los sectores del fútbol ecuatoriano por tener una identidad fuera de la cancha

¿Este escándalo es digno de ser llamado "El Clásico de Sudamérica? (Foto: diario As de Madrid).

¿Este escándalo es digno de ser llamado “El Clásico de Sudamérica? (Foto: diario As de Madrid)

Dentro de la cancha, estoy convencido que el fútbol ecuatoriano goza de una identidad. Basta con preguntar afuera, a aquellos que no tienen interés determinado. Ellos sabrán decir que, efectivamente, nuestros equipos más representativos y la Selección se caracterizan por un despliegue físico respetable, la velocidad de sus elementos por las bandas y el uso, habitualmente, eficiente que se hace del valor agregado que significa jugar en la altitud de Quito.

Eso es en la cancha. Afuera, decididamente, no ostentamos ningún rasgo que nos distinga. 

Y, a falta de disfrutar de una identidad institucional, periodística, social, nos hemos visto forzados a adaptar otras, totalmente ajenas a nuestra idiosincrasia. ¿Por qué ha sucedido esto? Nada menos que por el poder y penetración de los medios “transnacionales”.

No hay otra opción para ver la  Libertadores y la Sudamericana que Fox Sports. Hace un par de años, también era la única opción para seguir la Champions League. Fox es producida por Torneos y Competencias (TyC), una empresa que hace 30 años y más empezó como una modesta realizadora de TV y que, con el paso del tiempo, se convirtió en uno de los amos del fútbol sudamericano. A toda escala.

TyC es argentina. Eso no se pudo obviar nunca. Por eso, han hecho lo obvio: imprimir el sello característico del fútbol y el periodismo de este país como una suerte de fórmula que se divulga 24 horas al día, “de Canadá a Tierra del Fuego” como ellos ostentan

Lo que hasta finales de la década de 1990 hizo la revista El Gráfico (con menos espectacularidad, por su condición de medio escrito) ahora lo hace Fox, aprovechando su alcance. Su línea editorial es clara: la sublimación del fútbol argentino como el santo grial de América. Los jugadores de ese país, los técnicos,  son los mejores. El resto de países, o está en capacidad de contar con su sapiencia y capacidad, o aténgase a las consecuencias de fracasar y perder.

Caso aparte es la actitud editorial frente al gran rival de Argentina en el continente. En el 2013, el discurso en la final de la Libertadores fue abyecto, inmoral y vergonzoso. No jugaban argentinos, estaban Olimpia (Paraguay) y Atlético Mineiro (Brasil) y el embanderamiento a favor de los guaraníes cayó en las prácticas más cuestionables de la actividad. No ahondo en detalles, ustedes mismos vean y recuerden.

Y buena parte del posicionamiento de Fox y de su discurso argentinizante ha tenido que ver con menospreciar al fútbol brasileño. Para darnos cuenta de esta actitud, solamente caigamos en cuenta cuál fue el discurso cuando el azar obligó a que River y Boca. “El Clásico Sudamericano”.

Para decir que River – Boca (partido importante y llamativo, si los hay) es el Clásico de Sudamérica, tienes que pasarte por el fundillo la enorme historia del fútbol brasileño. Abjurar de Sao Paulo, Corinthians, Flamengo, Vasco, clubes tan o más grandes que sus pares argentinos, pasar por alto su gigante aporte a la actividad a escala mundial. Eso hace, sistemáticamente, Fox.

Y la lección no pudo ser más oportuna. El que fue vendido como “El Partido del Siglo”, “La Madre de todas las Batallas” y demás obscenidades terminó siendo, en su primer chico, un partido inmamable, horrendo y que se definió por un penal.

Ese sería solamente el punto de partida. Y lo que sucedió el jueves pasado, en el partido de vuelta, nos terminó por mostrar la cara más impresentable del fútbol argentino. Todas sus miserias, truculencias y ripios quedaron expuestas con el escándalo de La Bombonera. Fox se vio en medio de una situación embarazosa: su producto bandera, el “clásico de Sudamérica”, se desarrolló como un espectáculo cavernario y delictual.

¿Qué hacer? Defenderlo. El discurso fue claro desde el comienzo: no nombrar nunca a la dirigencia del equipo local, evitar las menciones a la Confederación Sudamericana de Fútbol y buscar, hasta el final, la aséptica solución de que el resto del partido se siga jugando uno, dos días después. Como si nada hubiera pasado.

Detrás de esto, existe, al menos en Ecuador, una gran audiencia que cree y asimila este modelo. Están futbolistas (varios copian hasta la forma de vestir de sus pares gauchos), hinchas (que creen que escándalos como el del jueves son un ejemplo digno de copiar) y periodistas (que asimilan frases, dichos y mueren por fotografiarse con Niembro, Closs y demás).

Así, la argentinización del fútbol ecuatoriano va a todo vapor. Estar dentro de ella es ser parte del sistema. Se ostenta haber pasado por la escuela de Niembro y Araujo (centro educativo que, por otra parte, cerró en medio de cuestionamientos a su calidad académica) como si eso significara un valor agregado equiparable a otros más importantes, como el crecimiento profesional en base a méritos y cultura. Ser parte de este sistema implica copiar formatos, puestas en escena. Es decir, alienar con versiones criollas (muchas de ellas no muy bien logradas) de lo que Fox hace a su escala.

Lo de las barras es un tema más profundo y grave. A su alcance está la estética, el despliegue de sus pares argentinos. Los ven, semana a semana, y los imitan. No podría hablar de que copian lo bueno porque, simplemente, las barras bravas no tienen nada de positivo. Son grupos delictuales, que viven en absoluta complicidad con poderes de todo tipo. Sin embargo, acá son epítome de “pasión, aguante”. Y por eso tienen llegada.

¿Qué hacer? Ser más genuinos. Creo que detrás nuestro (hinchas, periodistas, dirigentes) existe una cultura futbolística propia, con la que nacimos y nos desenvolvemos. Debemos asumirla con decoro y proyectarla. Está el caso de Chile, donde el discurso de Niembro y compañía cayó en un pozo insalvable de rechazo y la cadena no tuvo otra opción que vincular periodistas locales. Eso, siendo objetivos, no podría pasar acá, pues no somos un mercado del tamaño del araucano. Pero, de alguna forma, habrá que empezar a tomar con pinzas y desinfectante todo lo que viene de este vehículo alienante, que ha colonizado el fútbol ecuatoriano.

Las portadas del día de la inauguración del Mundial

A propósito de esto, vale revisar qué portadas tuvieron hoy los diarios brasileños sobre la inauguración de la Copa del Mundo.

Globo, institucional y recogiendo una frase de Scolari en la conferencia de prensa del miércoles.

Globo, institucional y recogiendo una frase de Scolari en la conferencia de prensa del miércoles.

Estado de Sao Paulo, también institucional y buscando agolpar todos los temas en un cuerpo principal.

Estado de Sao Paulo, también institucional y buscando agolpar todos los temas en un cuerpo principal.

Folha buscó algo diferente, pero no expone mayor cosa que el recurso del hashtag.

Folha buscó algo diferente, pero no expone mayor cosa que el recurso del hashtag.

Estado de Minas hace un buen esfuerzo por reflejar su propia agenda de análisis.

Estado de Minas trabajó bien para reflejar su propia agenda de análisis.

El deportivo Lance! y un buen esfuerzo gráfico, pero que cae, también, en el ya manido recurso del hashtag.

El deportivo Lance! y un buen trabajo gráfico, llamativo, pero que cae, también, en el ya manido recurso del hashtag.

Como siempre, las mejores portadas de Brasil y América las hace Correio Braziliense. Ahí hay todo: análisis, opinión, noticia. Geniales.

Como siempre, las mejores portadas de Brasil y América las hace Correio Braziliense. Ahí hay todo: análisis, opinión, noticia. Geniales.

Un golpe a la tradición futbolera (columna de Últimas Noticias)

EXPLICACIÓN

Quienes leen este blog, se darán cuenta que nunca subo mis dos columnas semanales que publico en Últimas Noticias. No hay razón de hacerlo porque me pagan (lo suficiente) para escribir en el Diario y al Diario le pertenece todo cuanto escriba ahí.

Sin embargo, esta vez hago una excepción. Voy a publicar la columna del 1 de mayo por dos razones especiales: A) fue un día feriado, donde el Diario no circula mucho y, B) el tema que trata -el cierre de Nueva Emisora Central- ha suscitado un buen debate.

Con ustedes…

UN GOLPE A LA TRADICIÓN FUTBOLERA

Salió del aire la programación deportiva de Nueva Emisora Central. El hecho es doloroso y triste, sobre todo para aquellos que tenemos entre 30 y 50 años y que nuestra afición al fútbol se cimentó, en buena parte, gracias a la programación de esa radio.

Entre los años 70 y 90, en el Atahualpa se escuchaban dos voces: la de Carlos Efraín Machado en Central y la de Alfonso Laso en Radio Quito. Cada uno tenía su público. Mientras Machado era el dueño de las clases populares, Laso era la voz favorita de la élite.

Pero Central era la antena favorita para las transmisiones internacionales, al punto de ser matriz para Quito para la transmisión de los mundiales de 1978,1982,1986, 1994 y 2002. Tras el retiro y muerte de don Carlos y la salida de su hijo Roberto, la radio empezó a venirse abajo. Hoy, solo cenizas quedan. Algo del fútbol quiteño murió ayer.