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Año Nuevo en el Palacio Imperial de Tokio

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Es el 2 de enero y las puertas del Palacios Imperial de Tokio, la residencia de la casa real del Japón, se abren libremente para los ciudadanos. Este es uno de los dos días del año en que la sede de la Casa Imperial recibe a sus súbditos. El otro, es el 23 de diciembre, día del cumpleaños del Emperador Akihito.

El objetivo de estas recepciones masivas es saludar al Emperador, su esposa y el resto de la familia real. En Japón, la casa gobernante no tiene una específica responsabilidad gubernamental, sino más bien un carácter simbólico. La influencia espiritual y anímica de la realeza en la sociedad nipona es notoria. La tradición dice que el Emperador es, ni más ni menos, descendiente directo del Sol. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, estaba prohibido para sus súbditos siquiera mirarlo.
Salgo de la estación del metro Otemashi y, la verdad, no hay visos de multitud. Conforme me acerco a la explanada que antecede la entrada principal al Palacio, una verdadera marea de cabezas, abrigos se agolpa con orden para conseguir su lugar. Orden, esa es la palabra clave, como iré explicando.
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Cuando entro a la explanada, un hombre mayor nos regala a todos banderas  de Japón hechas con papel de seda. Todos vamos con nuestra bandera rumbo a una fila que se bifurca. Por un lado, van quienes no tienen equipaje o maletas por revisar en el scanner de Rayos X. Por el otro, ese es mi caso, quienes apenas necesitamos de un breve y respetuoso cateo.
Avanzo. Hace frío y el suelo es de gravilla, por la que transito junto a una multitud silenciosa y sonriente. Poco a poco, la Policía nos hace formar unos bloques gigantescos, separados por cintas. No me gustan los agrupamientos de gente, incluso estos donde nadie falta el respeto, nadie toca al prójimo y ni siquiera hay bulla. Pero siento que la ocasión vale la pena.
A lo lejos, los grupos que fueron llegando temprano van entrando a Palacio por una puerta imponente, franqueada para este día de fiesta. La espera de media hora se terminan y nos hacen pasar a todos. Veo pocos occidentales como yo.
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Los jardines del Palacio no me sorprenden, pese a los puentes , los estanques y el verdor que pelea contra la sequedad invernal. Todo es tan grande, tanto que no hay espacio para los detalles mínimos. A lo lejos, las edificaciones en forma de pagoda guardan la austeridad y los mil años de costumbres de la realeza.
Al final, tras 20 minutos de paseo, llegamos a un patio gigante frente al balcón protegido por vidrio (seguramente blindado) desde el cual el Emperador dará su saludo. Hay niños, pero los adultos y ancianos son la mayoría. Una pareja de ellos, aburridos por la espera, me interroga y conversamos. No tienen idea de dónde queda Ecuador, la referencia más cercana por la que puedo identificarme es Macchu Picchu.
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Nadie se mueve. Todos ocupan su espacio y la posibilidad de desorden y desbordes es imposible. El que a la llegada logró ubicarse bien para ver el discurso, en buena hora. Quien no pudo, pues espera. Algunos lo hacen en cuclillas.
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Hay anuncios por megáfono que no entiendo. Poco después, el Emperador, su esposa y sus hijos aparecen en el balcón y saludan con una venia. Se viene el espectáculo maravilloso de miles de banderas flameando y los gritos de aclamación. El éxtasis es contagiante y solamente se termina cuando Akihito pronuncia con monárquica pausa y sobriedad su saludo. Un par de reverencias más y la familia real se esconde tras la cortina. El saludo, el acto en sí, ha terminado.
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Luego, tienes la posibilidad de pasear por los jardines adyacentes, hasta encontrar una puerta de salida. Volverá a entrar otro grupo a saludar y, así, hasta que empiece a caer la tarde. Todo en medio de la prolijidad y la civilidad que, parece, es innata en los japoneses. Esta vez, hicieron fila y esperaron solamente para saludar a su soberano. Y, seguro, volverán el año próximo.
Les debo un video, algo tembloroso, que hice en el discurso del Emperador. CNT no permite subir hace dos horas un video de 30 segundos…
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Máquinas dispensadoras para todos

No están solamente en Japón, sino en el resto del Asia. ¿Por qué existen las máquinas dispensadoras? En este continente, el espacio es prioridad. ¿Para qué tener una tienda completa de bebidas, si las pueden vender en una máquina y así evitar el gasto en sueldos, arriendos y más que podrían ser invertidos en un negocio más lucrativo? Practicidad, sobre todo. 

Las máquinas dispensadoras Omnipresentes, casi todopoderosas. Dicen que las puedes encontrar hasta en el fondo del mar o en la cima del monte Fuji.. Son capaces los japoneses, no lo dudo. El hecho es que en Tokyo están en todos lados y, básicamente, venden bebidas. De todo tipo. El código es claro: si tienen el precio marcado con una cartulina roja, son calientes; si es azul, son frías.

También pude observar, aparte de las que venden bebidas, máquinas expendedoras de sopa, helados, libros, accesorios para el celular, tarjetas prepagadas para consumir. Dicen que hay algunas que venden ropa interior femenina usada. En honor a la verdad, no me constó. En cuanto a los refrescos,
casi todos tienen el mismo valor: 120 yenes (USD 1).

Acá, te invito a conocer algunas:

Helados (en el Nihon Budokan)

Helados (en el Nihon Budokan)

Barras de cereal. Me parece que en mi hotel (el Toyoko Ikebukuro Inn)

Barras de cereal. Me parece que en mi hotel (el Toyoko Ikebukuro Inn)

Bebidas calientes y frías. La típica y más usual de todas.

Bebidas calientes y frías. La típica y más usual de todas.

Producto típico de la máquina de bebidas: te caliente con miel y limón. Para el invierno.

Producto típico de la máquina de bebidas: te caliente con miel y limón. Para el invierno.

Sopa caliente de, me parece, choclo.

Sopa caliente de, me parece, choclo.

La máquina de bebidas, en su plenitud.

La máquina de bebidas, en su plenitud.

Productos capilares (metro de Yokohama).

Productos capilares (metro de Yokohama).

¿Tokyo es tan caro como parece?

El mito expuesto: ¿es Tokyo una ciudad cara, inalcanzable como para darse una vuelta? Ensayo una respuesta, tras lo vivido en carne propia.

Ginza, un día gris de invierno. Un taxi (carísimo) da la vuelta.

Ginza, un día gris de invierno. Un taxi (carísimo) da la vuelta.

Tokyo no es una ciudad bonita. Creo que lo dije alguna vez. Es un pantano que ha ido ganando tierra. No tiene un escenario natural. Su accidente geográfico más cercano, el imponente monte Fuji, se deja ver de lejos.

Sin embargo, el magnetismo y la magia de esta megalópolis no se repite en ningún lado. Tiene cosas que mil Parises y mil Nuevayores no juntan. Cosas únicas y genuinas.

¿Qué les puedo contar yo? Pues lo sencillo, lo casi cotidiano. Me perdí (en el literal significado del término) en la vieja Edo y algún testimonio puedo dar. Quiero empezar, porque alguna entrega posterior habrá, por el tema de los precios.

¿Japón es un país caro? El mito está expandido por el mundo: Japón es un país caro. Ya palpando en terreno, tengo que ser honesto y reconocer que es un país caro, pero dependiendo para qué.

¿Qué resulta caro en Tokyo? Los servicios públicos, para empezar. El metro cuesta, dependiendo de la distancia recorrida, un promedio de USD 2. Sin embargo, es subsanable, pues los dos sistemas que manejan el transporte público en esta ciudad tienen una tarjeta diaria con una tarifa plana de USD 10 para usar el servicio cuantas veces quieras. Es útil y muy recomendable.

Nunca, si quieres resguardar tu economía, tomes un taxi. Son carísimos. Por ejemplo, el traslado desde el aeropuerto de Narita cuesta USD 300. La carrera mínima era de USD 7.50. Me tocó coger uno, desde el terminal 2 al terminal 1 del aeropuerto de Haneda. 5 minutos de carrera me salieron por USD 15.

Bono de transporte en metro, en los dos sistemas que hay en Tokyo.

Bono de transporte en metro, en los dos sistemas que hay en Tokyo.

Los sitios de lujo, evidentemente, son caros en Tokyo y en cualquier lugar del mundo. Por ejemplo, en el hotel Park Hyatt, en Shinjuku, aquel que sirvió de escenario para Lost in Translation, una copa de espumante Dom Perignon puede llegar a costar USD 47.

¿Sabes qué resulta un lujo en Japón? Las frutas. Empezando por las más básicas, como un plátano. En un Seven – Eleven, cada uno puede costar USD 1. Y de ahí, la escala sube. Presentadas en lujosas cajas, empacadas, hay manzanas, toronjas, naranjas, uvas, que salen por no menos de USD 50. Sin exagerar y a las pruebas me remito.

Una carambola, 5 USD

Una carambola, 5 USD

Un plátano, casi un dolar.

Un plátano, casi un dolar.

Naranjas de USD 4...

Naranjas de USD 8…

40 USD por este triste paquete...

40 USD por este triste paquete…

Esto es lo más chocante: frutas que acá son casi gratuitas, allá terminan costando casi lo que dos almuerzos. Pero hay una razón que ayuda a entender este fenómeno: Japón no es un país agrícola, así que hay que importar estos productos.

¿El resto de comida? Hay de todo. Las cadenas eternas tienen ofertas que pueden servir a los presupuestos apretados. Pero de este tópico culinario prometo hacer un post aparte. 

Pero hay cosas baratas. La electrónica, por ejemplo. Que estos precios hablen solos.

Una MacBook Air a 950

Una MacBook Air a 950

Ipad de 16 a USD 360 (nuevo). Usados los encontrabas desde USD 100.

Ipad de 16 a USD 360 (nuevo). Usados los encontrabas desde USD 100.

En cuanto a los teléfonos, debes tener cuidado si quieres comprar uno en Japón. Lo puedes hacer únicamente si tiene la banda abierta, caso contrario no te sirve. No debes preocuparte, los vendedores se encargan de avisarte. Al menos así me pasó cuando yo estaba cerca de pagar USD 300 por un Iphone.

Akihabara es un barrio dedicado a esta clase de objetos. Encuentras, sobre todo, lo alusivo a los juegos de video, de toda época. También hay audio, video, fotografía, a precios competitivos. Merece que te des una vuelta.

Akihabara, el templo de la electrónica.

Akihabara, el templo de la electrónica.

En esta cadena de tiendas (no recuerdo el nombre) había reales gangas, sobre todo en electrónica de temporadas pasadas.

En esta cadena de tiendas (no recuerdo el nombre) había reales gangas, sobre todo en electrónica de temporadas pasadas.

En ropa también hay algunas gangas, en comparación a los precios de acá. Sirva el ejemplo.

Zapatos Nike a USD 28.

Zapatos Nike a USD 28.

Esta chompa para mujer, marca LeCoqSportif me salió por USD 30.

Esta chompa para mujer, marca LeCoqSportif me salió por USD 30.

Acá te recomiendo hurgar en los comercios, buscar en las calles comerciales los locales especializados. En cuanto a mercados “populares” (para la escala japonesa) te puedo recomendar el de Ameyokocho, cerca de la estación Ueno, poblado de comercios con precios convenientes. Ahí, por ejemplo, en un sitio de ropa deportiva, pude comprar una camiseta Umbro del Cosmos en USD 17.

Si vas a los grandes almacenes (Seibu, Isetan, Mitsukoshi, Sogo) asistes a un gran espectáculo, no menos de 10 pisos con todo tipo de marcas de media gama hacia arriba. Pero, ojo, acá no encontrarás gangas.

Matsuya, en Ginza, de Pierre Cardin para arriba.

Matsuya, en Ginza, de Pierre Cardin para arriba.

¿Sabes qué también resulta barato allá? El licor. Los precios que se manejan en Japón llegan a ser la tercera parte de lo que pagamos en Ecuador. Allá, el único impuesto que hay es el IVA, del 7%. Una muestra de los precios en supermercados.

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Clicquot a USD 36.

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Cognac Hennessy, a USD 36.

Ballantines de litro a USD 18.

Ballantines de litro a USD 18.

¿Hoteles? En Tokyo, como en otras ciudades asiáticas, pagas por el espacio. Si tienes espacio, tienes lujo asegurado. Por eso, te recomiendo que busques en los hoteles económicos de las cadenas japonesas, como Fresa Inn, Toyoko, Apa, Toyku Inn. Quedan cerca de las estaciones de metro y/o tren y son baratos. Son básicos, pero seguros y tienen todo cuanto necesitas.

Los hoteles de lujo, de las cadenas internacionales, te van a salir a precios standard. Si prefieres, hay ryokanes, hospedajes tradicionales japoneses con futones (camas al piso), con mobiliario mínimo. Los hoteles cápsula o cabina (usé uno por una noche en el aeropuerto de Haneda, el First Cabin, muy cómodo y con spa) también son más baratos.

Por ejemplo, yo me hospedé en el Toyoko Inn Ikebukuro 2. Excelente, limpísimo, el cuarto era chiquito, pero con buena cama, baño con tina, internet wifi, desayuno. Me costó USD 40 la noche, más barato que uno de su tipo en otras ciudades como NY, Río de Janeiro o París. Esto fue:

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Cama de dos plazas, recontracómoda.

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Escritorio, con TV (maldita la falta que hace, todo es en japonés) y todos los útiles necesarios.

Baño con tina y el inefable inodoro electrónico.

Baño con tina y el inefable inodoro electrónico.

Un detalle: pagar con tarjeta de crédito o débito, es posible. Sin embargo, hay sitios (sobre todo aquellos menos mundanos y más dirigidos a los japoneses) donde no te las aceptarán. Prefieren el efectivo.

CONCLUYENDO: Tokyo, efectivamente, es una ciudad cara. Los precios de la mayoría de servicios, en el mejor de los casos, son el doble de los que consigues en Ecuador. Sin embargo, con inteligencia y buscando, puedes encontrar la opción de conseguir cosas a precios similares y hasta más económicos que los nuestros. Sin embargo, toma en cuenta que la calidad allá es el denominador común de todo bien y servicio. Y la calidad cuesta.

#YoPorquePuedo Tour: Tarjetitas

El soundtrack oficial para leer este post

¿Se va a acabar la época del papel moneda? ¿Los billetes entrarán en desuso y todo será electrónico o, en el peor de los casos, plástico? No quiero entrar ese debate al que contribuirán, con sobra de conocimientos, economistas y profesionales afines. Lo que quiero es hablar de mi experiencia sobre el uso del dinero ‘virtual’.

Empezaré por Hong Kong, donde la tarjeta Octopus es reina madre. Este sencillo pedazo de plástico es tan útil como un paraguas en medio del aguacero, pues prácticamente sirve para todo.

El ocho es el símbolo chino de la buena suerte, de ahí su uso en el nombre de la tarjeta.

El ocho es el símbolo chino de la buena suerte, de ahí su uso en el nombre de la tarjeta.

Esta tarjeta nació, principalmente, para pagar el transporte público (metro, buses, trenes, ferrys), pero su uso fue tan práctico que ahora sirve, incluso, hasta para entrar a edificios, casas o clubes.

El procedimiento es sencillo. Vas a cualquier estación del MTR (el meto de Hong Kong), pagas 150 dólares hongkoneses, cerca de USD 20, y está listo. No hace falta mostrar identificación ni otra cosa. Pero claro, si pierdes la tarjeta, te fregaste porque no te reconocen el saldo que tenías.

De esos 150 dólares hongkoneses que pagas, 50 son por concepto de la tarjeta y 100 de recarga inicial. Con esos 100 dólares andas tranquilo y sin pesares unos dos días.

Toma en cuenta que el costo del pasaje en bus (un medio de transporte por demás útil, seguro, limpio y cómodo en esta ciudad) es de  USD 50 centavos y el tramway –al que dedicaré un capítulo especial- cuesta USD 30 centavos el viaje.

El metro es un poco más caro, te cobra de acuerdo a la distancia. Cuando entras a la estación, acercas tu tarjeta al molinete, piiiiiiiiiiiii, y listo, puedes entrar. A la salida tienes que hacer lo mismo y así te van descontando de tu saldo. La ventaja es que, si pagas con Octopus, hay un descuento en relación a si tienes que comprar el boleto.

Hablaba de lo útil que es la Octopus porque con ella puedes pagar hasta en los restaurantes de comida rápida, los Seven Eleven (minisuper) y hasta los taxis. Se puede programar la tarjeta también para que sirva de llave para entrar a edificios de departamentos. Un amor (?).

"Suica" en japonés quiere decir sandía.

“Suica” en japonés quiere decir sandía.

En Tokyo pasa algo parecido. La diferencia es que acá hay varias opciones de tarjetas, pero la más popular es la Suica.

La Suica es emitida por Japan Railways y cuesta 2 mil yenes (USD 20), de los cuales 500 son por concepto de la tarjeta y 1500 de saldo. Hay máquinas dispensadoras en inglés y japonés donde compras tu tarjeta y la recargas. En estas máquinas incluso puedes averiguar el detalle de uso de la tarjeta y te lo entregan impreso en una tarjetita.

En el caso de la capital japonesa, la Suica te sirve para pagar en el metro (cualquiera de las empresas que manejan el metro, sea Toei o Tokyo Metro), en el tren, los combinis (minisuper en japonés), máquinas dispensadoras, lockers para equipaje en las estaciones y demás. En cuanto al autobús, aparte de no ser un medio de transporte friendly para el turista, hay algunas líneas que no la aceptan.

Su funcionamiento es igual al de la Suica. La posas sobre el lector a la entrada y la salida. Recuerda que acá el pasaje en metro o tren se paga de acuerdo a la distancia recorrida.

Tiene incluso una modalidad para teléfonos móviles, que es un chip que se adapta y hace que pagues con el saldo que tienes disponible en tu plan celular.

No tienes idea la forma en que evitas colas si tienes esto.

No tienes idea la forma en que evitas colas si tienes esto.

En Ciudad de México, finalmente, hay la Tarjeta del Distrito Federal que te sirve exclusivamente para el metro y el metrobus. De hecho, en este último sistema de transporte solamente puedes pagar con ella, pues no aceptan dinero. Su funcionamiento es sencillo: en la misma ventanilla donde compras el boleto para el metro haces que te la recarguen y, para entrar al andén, la pasas por el lector.

En el metrobus lo haces el momento de entrar a la estación o, en el caso de las líneas que tienen parada sin puertas, pagas en el lector que está en la entrada del bus. Cuesta 10 pesos (como USD 80 centavos) y aparte lo que le cargues.

Modalidades prácticas y sencillas que tan fácil pueden hacerte la vida. ¿Cuándo algo de eso por acá?

#YoPorquePuedo Tour: Mirando Tokyo en la noche desde la Tokyo Tower

¿Puedo decir: “oh, que lindo es Tokyo”? Pues todo lo visto y caminado no me deja otra opción que creer que esta ciudad no es linda. ¿Y, entonces, qué es?

Este post empezará con una verdad  demoledora. Con conocimiento de causa puedo  concluir que Tokyo no es una ciudad bonita.

Hay un argumento que me faculta a ser tan terminante: la capital japonesa no tiene escenarios naturales significativos que ayuden a formar un paisaje. El monte Fuji está muy lejos y aparece solamente los días muy despejados.  Aparte, los ríos que cruzan la ciudad han sido ocultados casi con vergüenza, la bahía está más cerca de Yokohama y la isla principal de la costa (Odaiba) es… ¡artificial!

Es decir, puedo nombrar cientos de ciudades (Río de Janeiro, Quito, Hong Kong, Nueva York…) que tienen un mejor marco natural.

Pero, en el ránking de espectacularidad, Tokyo es primera en el mundo y a varios cuerpos de distancia.

La vieja Edo es impactante, un estallido de sensaciones, inabarcable con una sola mirada. Irresistible porque sabes que no te la podrás comer ni en uno ni en dos bocados.

Como no hay Panecillo, Victoria Peak o Corcovado que ayude a mirar la metrópoli, pues los japoneses elevaron la Tokyo Tower y santo remedio.

La torre, vista desde el acceso.

La torre, vista desde el acceso.

Lo primero que me sorprendió de la Tokyo Tower es su ubicación. No está, como podrías creer, en el cruce de dos grandes avenidas o en una plaza céntrica. Para nada. Este armatoste, inspirado en la Torre Eiffel de París, está metido en un vecindario fino de la zona de Azabudai. Por ahí hay un par de embajadas cerca (recuerdo haber pasado por la de Rusia).

Llama la atención que la torre esté pintada de rojo y blanco. No es ninguna alegoría a la bandera local, sino una regulación de aviación.

Metida entre edificios está la torre. En sus bajos hay cuatro pisos de locales comerciales, restaurantes  y la taquilla. La entrada al mirador cuesta 820 yenes.

Fui uno de las 3 millones de turistas que, anualmente, pasan por este sitio que no está hecho solamente para que los noveleros vayamos a tomarnos fotos. De ninguna manera. La Tokyo Tower fue levantada, básicamente, para que los canales de TV puedan desplegar sus señales lo más lejos posible.

El boleto a las alturas

El boleto a las alturas

Pagas y te suben a un ascensor que trepa 150 metros al primer mirador, el que permite una vista de 360 grados.

Es imposible no estremecerse ante el panorama que ofrece este sitio. Tienes indicadores digitales que te dicen dónde están ubicados los edificios y puntos más importantes de la ciudad.

Es embobante. Pasé media hora dando vueltas por el sitio, sacando fotos y, claro, conmoviéndome. Acá algunas de las vistas.

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Claro, nunca puede faltar un hecho llamativo. En el mirador exhiben una pelota de béisbol que nadie sabe cómo diablos fue a parar a la antena principal de la torre, a 330 metros de altura.

La pelotita de marras

La pelotita de marras

Así fue que encontraron la pelota.

Así fue que encontraron la pelota.

Hay un segundo mirador, más alto, a 250 metros del piso. Cuesta como 250 yenes más acceder allá, pero ya no me hizo falta. Con lo que observé, tenía suficiente.

Y desde ese día tengo en la cabeza el debate sobre qué prefiero. No me decido entre lo naturalmente bonito o aquello que está hecho para impactar.  Hablo en todos los órdenes de la vida…

#YoPorquePuedo Tour: El Nippon Budokan se prende solamente para mí

¿Es cierto que los japoneses son tan considerados, respetuosos? ¿O es solamente un mito propagado por las películas? Acá les cuento una de las experiencias que tuve.

La peregrinación al Nippon Budokan era uno de los puntos clave de mi agenda en Tokyo. Tras establecer la ruta, llegué a tan mítico lugar. El post sobre esa visita vendrá el momento menos pensado.

Una vez ahí, busqué alguien que atienda. Casi cuando terminaba de rodear el contorno del coliseo, encontré la oficina. Ahí estaba una recepcionista.

Le expliqué en inglés que era mi intención poder ingresar al sitio, si no había problema. Ella ni lo dudó y llamó a una compañera suya para guiarme.  Mientras llegaba mi guía, se produjo un diálogo de este tenor con la recepcionista:

–          Where are you from?

–          Ecuador.

–          Tooooo faaaaaaaaaaaar.  Honor me you came so far to see my country.

Glup. La japonesita lo decía de una forma tan natural, lejos de las fórmulas de relaciones públicas cuyo vacío y falsedad uno detecta al paso. Lo decía, si cabe el término, desde el alma. Cada palabra era parte de su voz, su mirada, sus ojos, su respiración.

Llegó la guía, quien me llevó adentro del escenario y me explicaba detalles de la construcción, los eventos más importantes, en fin. Sin una pizca de apuro o molestia ante el extraño ojos redondos que era yo.

Era el momento de las fotos. La primera que me sacó fue esta:

La primera foto...

La primera foto…

Mientras yo seguía tomando otras, ella me dijo:

–          Hold a minute, please.

Y se fue por la misma puerta que entramos. “Tendrá que hacer algo en la oficina, le llamaron”, creí.

No demoró en venir un estallido de luces. ¡Pum! Los focos del Nippon Budokan se prendían como si fueran a pelear Hiroshi Kobayashi y Takeshi Fuji por el título del mejor boxeador nipón  de todos los tiempos.

Fue muy rápido. Mientras reaccionaba, la guía ya estaba frente a mí, diciéndome con un entusiasmo casi infantil:

–          I’ll take a better photo now!

Y el resultado fue este:

La segunda foto...

La segunda foto…

Tras esto, nada fue igual. Seguía atontado por encontrarme en un sitio tan significativo, pero también por palpar que la civilidad, respeto, cordialidad de los japoneses no son mitológicos. Son valores sencillos, reales y cotidianos.

Tras haber visto todo cuanto quise y pude, me despedí. Fui a la oficina a agradecer con innumerables y cada vez más inclinadas reverencias la amabilidad de estas funcionarias.

Y me fui pensando: ¿qué pasaría si un japonés pide que le dejen ver el coliseo Rumiñahui?

#YoPorquePuedo Tour: Mi encuentro íntimo con un inodoro japonés

“Los inodoros en Japón son extraños, electrónicos y hasta con música”. Ese es el mito divulgado en occidente. Con mis propias palabras y experiencias, intentaré explicarles de qué mismo se trata.

Llegué a Tokio un lunes, a las 00:00. Tras algunas horas de descanso en un hotel cabina (estancia que exige una crónica propia), tenía la mañana para el más noble oficio viajero: deambular. Pero también era la hora del desayuno.

Pasé entonces por una cafetería muy discreta, de tipo occidental, en el barrio de Ikebukuro. El desayuno, sin ser espléndido, fue satisfactorio.

Entonces, la naturaleza me llevó a uno de los encuentros que más esperaba: con un inodoro de tipo japonés.

El famoso adminículo

El famoso adminículo

La primera impresión fue mala. Los baños, en general, son estrechos en Japón. El espacio para maniobrar adentro es mínimo. Pero, todo se borró el momento de sentarme en el inodoro.

Ni bien te posesionas (¿?) del sitio, el sistema de calefacción interno de la taza se pone en funcionamiento y provoca una sensación bienhechora, reconfortante, sobre todo si tomas en cuenta que afuera no tenemos más que  5 grados centígrados de temperatura.

Era pues el momento de analizar qué opciones nos ofrece el control remoto que está a la derecha, a ver qué mágicas cosas es capaz de hacer.

Pues tras un largo y exhaustivo análisis de varios inodoros a lo largo de la geografía de Tokio y prefecturas aledañas, llegué a la conclusión que todos hacen básicamente lo mismo. Paso a enumerar.

–          Limpieza posterior (quien quiere entender, entienda)

–          Limpieza anterior y posterior (recomendable para damas)

–          Chorro de agua caliente o fría

Nótese el botón que dispara la música.

Nótese el botón que dispara la música.

Sin embargo, ha llegado el momento de esclarecer un mito: si, existen los inodoros con “música”.  No es que aprietes el botón con la corchea y se escuche esto. En el caso del que a mí me tocó, en un McDonalds de Roppongi, lo que sonaban eran cantos de pajaritos, arrullo de hojas al viento.

El encuentro más íntimo lo tuve en las cuatro paredes de mi cuarto de hotel. Llegado el momento de utilizar el inodoro, puse en uso los botones que disponía.

El botón de limpieza posterior pone en marcha un adminículo que, creo yo, será algo parecido a un cepillo de dientes. El cepillo, o lo que diablos sea, entra sin pudor y ejecuta su función.

El control remoto puede estar ubicado también a un lado.

El control remoto puede estar ubicado también a un lado.

¿Cuál es la sensación? Invasivamente refrescante. A la primera ocasión, vas a sentir… que te puedo decir… una suerte de miniviolación. Pero una vez que te acostumbras, ya no te sorprenderá.

Intenté ver de qué se trataba el tal cepillo, pero el mecanismo no se acciona si no hay alguien sentado. Una prueba más que Japón es país de misterios…

El hecho es que, tras algunos minutos, más de los que estamos acostumbrados a estar en un retrete occidental, vas a salir limpio y fresquito como un bebe recién talqueado.

Hoy, en Quito, me siento en el baño y algo de mí espera que esa sensación se repita…