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Operación Argo a la Ecuatoriana (II)

La segunda y final parte de esta aventura de viaje que empezó acá. ¿Cómo terminó esta odisea intercontinental? La historia de mi ‘extracción” de Irán.

Son las 20:00 del 25 de diciembre del 2016. Es domingo, un día laboral normal en los países musulmanes. Estoy en el interior del avión de Air France que acaba de aterrizar en el aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. El jefe de cabina (toda la tripulación es masculina) acaba de avisar que, de acuerdo a las leyes del país, las mujeres deben cubrirse la cabeza con un velo. La ceremonia comienza lentamente, no sorprende a nadie. Parece que todos los ocupantes de la nave abarrotada son locales y saben las normas.

La ruta que acabo de hacer (París – Teherán) fue la misma que recorrió el Ayatolah Khomeini en 1979, cuando triunfó la Revolución Islámica. Lo hizo también en Air France, pero él llegó al otro aeropuerto, al de Meharabad. En la figura de la máxima autoridad religiosa, el pueblo persa encontró una válvula de escape al exceso tiránico del Sha, el gobernante que murió en el intento de convertir a Irán en un puntal de occidente dentro la zona más conflictiva del mundo. Desde su exilio parisino, el Ayatolah regresó y lideró un proceso que lleva ya 38 años y sigue tan férreo como al inicio, sorteando una guerra, el incesante enfrentamiento con Estados Unidos y alguna que otra escaramuza interna.

En todo eso pienso mientras bajo del avión y un bus nos lleva desde la plataforma de aterrizaje hasta el interior del área de arribo. Acá no hay Navidad, ni nada que lo recuerde. La mayoría de gente corre directo a las ventanillas de migración. Otros, muy pocos, van a una oficina donde se expiden los visados. Les recogen los documentos, se sientan y esperan. No noto que nadie pase problemas, en el peor de los casos les mandan a comprar un seguro que cuesta USD 14 en una oficina ahí cerca. Todos parecen ser bienvenidos.Yo no.

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Pancarta en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Pero mi caso es único. Como ya conté en la primera entrega, viajé a Irán sin tener visa y con el primer pasaje (Teherán – Bakú – Estambul) que encontré para salir lo más pronto posible de ahí (seis horas después, a las 02:00 del lunes, en un vuelo de Azerbaijan Airlines). Me tocaba esperar que nadie se ponga quisquilloso con mi situación.

Apenas llego, un atisbo de esperanza: hay una ventanilla que dice ‘PASSENGERS IN TRANSIT’ donde hay una fila y dos funcionarios atendiendo. “Bien”, pensé, “les muestro mi nuevo pasaje, explico mi situación y me mandan a esperar a una sala de embarque decente”. Donde estábamos, si bien era iluminado y limpio, había un ambiente a sala de espera de un hospital. Aparte, era el sitio donde derivaban todos los vuelos que iban llegando y había algo de tumulto.

Todos recibían su pase a bordo y, efectivamente, iban al segundo piso, donde estaban las salas de embarque. Yo no. Cuando me tocó, el funcionario muy amable me explicó que ahí solamente estaban entregando pases a bordo de ciertos vuelos y que del mío (de AzAl) no había noticias. Que todavía era temprano (21:00) y que espere.

Esperar. Eso tocó. Ver pasar gente, familias, mujeres con fular, tipos que pedían su visa y se la daban, dar una y mil veces la vuelta en esa sala de espera tipo hospitalaria. Recorrer todo lo que estaba a mi alcance. Los límites eran las bien iluminadas y modernas áreas de migración, donde los afortunados podían hacer su ingreso a Teherán. A lo lejos, se veía el parqueadero. Ese era todo mi panorama.

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Mujeres con burka en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

¿Qué más pude ver hacia adentro? Un baño, el área de vacunas y sanidad, una zona privada donde en sofás muy cómodos descansaban los funcionarios, un rincón de oración… y nada más. Ese era el Irán que estaba a mi alcance. No la torre Azadi, el monte Alborz, el Grand Bazaar, Qom, Persépolis o el palacio del Niavarán.

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Rincón para orar en la sala de tránsito del aeropuerto de Teherán.

Me senté a escribir los apuntes que ahora sustentan esta serie (?) y a esperar. Sin embargo, algo me inquietaba y era que a la mentada ventanilla de tránsito no iba nadie a atender. Entonces, a todo aquel que tenía alguna traza de autoridad (uniforme, básicamente) me acercaba a exponerle mi caso. En un inglés torpe nos entendíamos y la respuesta era la misma: “seat and wait, please”.

El wi-fi gratuito duraba unos pocos megas (me parece que 50) y verifiqué que Twitter y Facebook están bloqueados, pero Instagram y Whatsapp no. El aburrimiento y la incertidumbre son un cóctel explosivo. Entre la sala de tránsito y el área de embarque hay una escalera eléctrica. Me animo y subo, ya no tenía nada que perder. A la vista, queda un área muy normal, típica de cualquier aeropuerto del mundo, pero para llegar a ella, al final de la escalera, hay un guardia. Le explico mi caso y la respuesta es la misma: “seat and wait, please”, con el agravante que me manda “downstairs”.

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El baño

Son las 23:00 y compruebo que ya no soy el único en esta suerte de limbo persa. Una pareja de viejitos que también iban a Estambul, una familia rusa vestida como si vinieran de la playa y un griego rasta y atiborrado de tatuajes estamos en las mismas. Me divierte la escena de dos chinos que pelean en voz alta, entiendo yo, porque no les dieron la visa a la llegada y tienen que esperar en la sala tipo hospitalar para embarcarse en otro vuelo. Me entran las ganas de pedir la visa en la ventanilla, total tengo todos los documentos y hasta el seguro. Mejor no, mucho riesgo.

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El límite: después de ese guardia está el área normal de espera en el aeropuerto Imam Khomeini.

Sin ninguna pantalla de información y con la ventanilla de tránsito desierta, aparece un tipo de uniforme que se dirige a todos los que ahí trabajan con cierta imponencia. Creo que es el ‘jefe’. Eran las 23:00. Viene y, uno por uno, nos pregunta sobre nuestra situación. A todos pregunta y repregunta, menos a mí. Le explico, me mira y me devuelve mis documentos. Eso quiere decir que, o todo está en orden, o que la situación es muy complicada. A esas alturas, es lógico sentir que la noica te come.

Eran ya las 12:30. Supuestamente, mi vuelo de AzAl ya estará en pizarra y recibiendo a sus pasajeros. Pero no hay a quién preguntar. De pronto, veo que los rusos, el griego y los chinos suben las escaleras por las que antes me mandaron de vuelta. Hago exactamente lo mismo. “Suerte o muerte”, me digo para darme confianza.

Otra vez, uno por uno, empezamos a explicar nuestros casos al mismo tipo imponente que hora y media antes nos atendió abajo. Los rusos pasan sin mayor problema a la sala de embarque (luego, me dí cuenta que estaban en mi mismo vuelo), el griego tiene líos porque su equipaje no asoma, pero a la final pasa sin problemas. Los viejitos de Estambul no subieron.

Llega mi turno y explico nuevamente la situación. Una vez que acabo, el ‘jefe’ habla por radio y comparece otro uniformado con un empleado de Air France. Conversan entre ellos y obviamente no les entiendo, pero noto cierto aire de recriminación al tipo de la aerolínea. Ahora que lo pienso bien, creo que cometí un error: nunca avisé a Air France que iba a hacer escala en Teherán para ir a otro lado. De repente, todo habría sido más fácil si les hubiera indicado tal cosa en Nueva York, donde tomé el primer vuelo. En fin… mis sentidas disculpas a la gran empresa francesa si por mi culpa tuvieron alguna incomodidad.

La pregunta esperanzadora del ‘jefe’  fue “do you have more luggage?”. Ese momento confirmé mi acierto de no facturar la única maleta que llevaba. Seguro que habría generado más problemas, pues la única forma de recogerla habría sido pasando migración. Ante mi respuesta negativa, el tipo de Air France se fue junto al ‘jefe’.

Todo esto pasó en 45 minutos. El guardia que permitía el paso, un chico joven y a quien en sus ojos pude notar cierta vergüenza por lo que sucedía, me ofreció un helado y agua. En un ambiente tan recio y hasta marcial, su gesto me sorprendió gratamente y traté de expresarle aquel sentimiento con el rechazo más amable posible, dándole a entender que lo único que quería !era salir lo más pronto de ahí!

Vuelve el ‘jefe’, esta vez con una empleada de AzAl. Le indico el pasaje a Estambul y mi pasaporte. Se va con ellos y regresa en pocos minutos, para preguntarme si tengo visa para entrar a Azerbaijan. Le hago caer en cuenta que solamente estaré un par de horas de tránsito en Bakú, para tomar mi vuelo final a Estambul, y que no hace falta. Se va otra vez.

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¡Al fin!

Veinte minutos después… ¡Por fin! La tipa llega con mis pases a bordo y mi pasaporte. Me explica que tuvo que llevárselo para registrar mi tránsito en migración (no veo ningún sello), pero que ya podía pasar a la sala de embarque. Se enciende una luz, pero todavía me preocupa que faltaban cerca de 10 minutos para despegar. Me responde que el vuelo se retrasará 45 minutos más y que no habrá problemas.

La puerta de salida del limbo está llena de retratos del Ayatolah Khomeini y de su sucesor, el Ayatolah Jamenei. Letreros en persa, enmarcados en ramos de tulipanes, la flor que representa el martirio de los soldados en la guerra con Iraq, se miran a cada paso. La revisión de seguridad es rápida, una fila para hombres y otra para mujeres.

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La última frontera: el acceso a las puertas de embarque.

Al final, el final de este túnel. Hay tiempo para un pequeño paseo por el corredor de embarque. Una tienda de duty free sin el lujo de otros aeropuertos, un stand de venta de caviar a precios razonables. Lástima que no haya dónde cambiar dólares a rials y que tampoco acepten tarjeta de crédito.

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El duty free del aeropuerto de Teherán

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Caviar iraní

Nuevamente el bus para llegar a la puerta del avión. Llueve y hace frío en la pista de despegue. Son las 2:30 de la mañana. Tal como pasó en Argo, solo cuando el avión de AzAl tomó vuelo rumbo a Bakú sentí alivio. Hice mi propia ‘extracción’, corriendo una aventura de esas que hay que vivirlas alguna vez en la vida. Al mismo tiempo, me preguntaba qué tanto tendrá que esconder un país que recela de permitir el ingreso de un periodista deportivo. Adiós Irán, difícilmente nos volvemos a ver.

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La puerta de embarque.

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Última foto antes de entrar al avión para dejar Irán.

DISCLAIMER: Está claro que las fotos y los videos no son los mejores. Todo esto, en gran parte, se debe a la discreción con la que hay que manejarse en Irán, misma que se multiplica cuando uno está en instalaciones sensibles, como son los aeropuertos. Sepan disculpar cualquier imperfección.

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Operación Argo a la ecuatoriana (I)

Los deseos inocentes de conocer un país fascinante acabaron en un escape, la versión tercermundista y algo exagerada de esta película. Haberlo vivido fue una experiencia fascinante y la quiero compartir. Acá, la primera parte.

Escribo esto mientras estoy en la sala de tránsito del aeropuerto Imam Khomeini de Teherán. Siento una suerte de placer morboso mientras lo hago. Nadie puede entenderme, pese a que vigilan de reojo la pantalla. Si alguno de los empleados de la terminal que están cerca (no sé si son policías o militares) sabe español, estaría en problemas. Ante el beneficio de la barrera del idioma, sigo y sigo escribiendo. Concentrado en no perder un detalle. Esta es de esas aventuras que se tienen una vez en la vida.

Todo comenzó en el mes de septiembre, cuando tracé mi mapa de vacaciones de fin de año. Teherán, la capital persa, apareció en el itinerario como la primera parada. Luego vendrían Estambul y El Cairo. Lo primero cuando se planea un viaje es la documentación. Sin tener claro eso, es imposible hacer algo más como la compra de pasajes, hospedaje y demás accesorios. Las primeras informaciones que recabé en internet eran claras: es posible conseguir el visado a la llegada, en el aeropuerto Imam Khomeini. Basta presentar algunos documentos básicos, como el seguro de viaje.

Sin embargo, otras informaciones indicaban que, pese a que era factible conseguir la visa en arribo, la misma estaba a antojo y voluntad del funcionario que la tramita. Si algo no le gusta, te mandan de vuelta sin asco. Por eso, se aconseja sacar la misma en el consulado iraní más cercano.

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Primer mail de la embajada. Ojo a la fecha.

Prevenido, acudí a la representación de Irán en Quito. La embajada, cuyas cómodas instalaciones se encuentran en la calle José Qeri, cerca de la UDLA, tiene un personal presto y amable. Envié un primer correo donde preguntaba detalles iniciales. Efectivamente, debía sacar la visa acá para evitar problemas a la llegada. Gentilmente, me extendieron un formulario, donde se pregunta más o menos lo mismo que en otras solicitudes de visado.

Me tomé mi tiempo y el 24 de octubre indiqué que iba a ir a la embajada a dejar la solicitud formal y los requisitos solicitados, luego de haber pagado los USD 30 en una cuenta del Banecuador, entidad que solamente tiene dos sucursales en Quito. Dejé mis papeles a la espera del trámite.

En el intercambio de correos, una empleada de la embajada me advierte que el Ministerio de Relaciones Exteriores debe emitir, desde Teherán, un código de autorización para dar luz verde a la visa y que eso demora un par de semanas. Como tenía el tiempo a favor, no me hice lío y le indiqué que sigamos con el procedimiento sin problemas.

El 11 de noviembre llega la primera sorpresa: desde el consulado me indican que debo llenar otro formulario que es exclusivo para periodistas, ya que en la solicitud había puesto que esa era mi ocupación. Tras indicarles que mi viaje era turístico y que no pensaba quedarme más de 4 días en Teherán, me dicen que eso no importa. O hago el nuevo formulario, o se detiene el trámite.

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“debido a su profesión…”

Y el nuevo formulario, la verdad, ya era algo intimidante. Preguntas sobre la línea del medio en el que trabajo, pedidos de explicación sobre trabajos anteriores realizados acerca de Irán, en fin. No tenía problema e incluso envié un certificado de mi trabajo, donde estaba desautorizado a trabajar en su representación mientras dure mi estancia en Irán. Con todo nuevamente enviado, otra vez a esperar. Siempre estimando lo que en la misma embajada me dijeron: el trámite dura dos semanas.

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Algunas de las preguntas de la nueva solicitud para periodistas. 

Dos semanas después, no había noticias. Me volví a comunicar por correo el 28 de noviembre y me indicaron que “por el cambio de embajador” algunos trámites se habían postergado y que en “una o dos semanas más” me darían los resultados. Perfecto, a seguir esperando. De todas maneras, mi viaje ya estaba fijado para el 23 de diciembre.

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Cuando parecía que había alguna esperanza…

Dos semanas después, insistí otra vez por correo. Esta vez no me respondieron. No me quedó otra que llamar por teléfono a averiguar qué pasaba (no olvidar que durante todo ese tiempo mi pasaporte lo tenían ellos) y pedir explicaciones sobre el asunto. La misma empleada con la que tuve contacto siempre me deslizó, por primera vez, que el gran inconveniente fue haber puesto en la solicitud de visado que soy periodista.

En la misma semana del viaje, pedí encarecidamente ser recibido por el cónsul para explicarle mi situación. Sin tanta dificultad, se me concedió la cita. El 19 diciembre fui a la embajada y, tras una espera de hora y media, pude hablar con el funcionario. La charla fue complicada y alucinante. Por un momento, se me hacía estar en alguno de esos encuentros bilaterales: sentados en un sofá amplio, las banderas de Irán y Ecuador en los flancos, él adelante de la de su país y yo de la del mío. Un intérprete español – farsí ayudaba a comprendernos.

El cónsul, hombre joven, con una sombra de barba y vestido a la usanza burocrática iraní (terno y camisa sin corbata), pedía disculpas por la demora en el trámite y ahora aumentaba una nueva excusa para el mismo: “el cambio del sistema electrónico para el registro de los visados”. Sin embargo, dejó deslizar que mi situación se había “complicado” por haber consignado en la solicitud que soy periodista.

¿Qué hacer? El cónsul se ofreció a apersonarse del caso y ver qué se podía hacer. Me ofrecía respuesta en dos días. Aún lo sigo esperando. La otra opción era ir a Teherán, pedir la visa a la llegada, algo que me desaconsejaron en la embajada, en vista que iban a detectar que había un trámite en curso y que, pese a que el visado no me lo habían negado, tampoco estaba concedido. Aquello, habría significado mi deportación. Me devolvieron, finalmente y tras dos meses, mi pasaporte. Me quedó la sensación de haber fracasado cordialmente.

Intenté cambiar mi pasaje de ida y ya no ir a Teherán. Imposible. El cambio costaba más del doble del precio original del boleto. Averiguando, era posible hacer tránsito hasta por 12 horas en el aeropuerto Iman Khomeini, sin necesidad de visado. Les expliqué esta opción en la embajada y declararon no saber de la misma (?).  Incluso, hay chance de sacar un permiso de tránsito de hasta 2 días (revisen el link de arriba). A esas alturas, ya no estaba interesado en pasar ni un minuto más que el necesario en Irán. El hueveo al que me sometió el consulado me tenía molesto.

Mi llegada a Teherán estaba planificada para las 20:00 del 25 de diciembre. Conseguí un boleto desde esa ciudad hasta Estambul, con escala en Bakú,  para las 02:30 del 26. Esa era la mejor opción para salir de aquel país que tan poco amigable se mostraba conmigo.

Tras viajar desde Nueva York hasta Teherán, con una escala en París y la Nochebuena a bordo de un 787 de AirFrance, arribé a la hora planificada al aeropuerto Imam Khomeini. La aventura recién comenzaba… Y eso vendrá en la parte II.

 

Tokio: la vida corre de estación en estación

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Señalética digital, estación Shibuya (Tokio)

Tokio se mueve sobre rieles. En una ciudad donde los taxis cobran pequeñas fortunas y los autobuses son infrecuentes, no queda otra alternativa que el tren normal y su variante subterránea para desplazarse.

Es posible llegar a todo punto de la capital japonesa gracias a su sistema ferroviario. Como ahí las calles no tienen nombres, la cercanía de determinada estación de tren o metro resulta vital para ubicarse, encontrarse y hallar orientación.
Hay estaciones de tren/metro gigantescas, como las de Shibuya, Shinjuku o Ikebukuro que son verdaderas ciudades subterráneas, en cuyos pasadizos se puede pasar un día entero sin terminar de ver todo lo que hay. Restaurantes, comercios, supermercados, enlaces a grandes tiendas, escaleras eléctricas, en fin, se multiplican.
El transporte por esta vía no es sencillo de comprender a la distancia. Pero, con algo de mundo a cuestas y si ya estás ahí, no vas a tener problemas. Para empezar, el metro de Tokio lo operan dos compañías: Tokio Metro, que tiene a su cargo 9 líneas, y Toei con 4. Es el mismo sistema subterráneo, pero operado por empresas distintas. Si no te quieres hacer lío, están a la venta tarjetas diarias de 1000 yenes (USD 8) que te permiten usar ilimitadamente los servicios de ambas compañías. Es lo más recomendable.
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Boleto válido por un día de viajes ilimitados en Tokio Metro y Toei Metro, cuesta USD 8.50.

Hoy, que tenemos Google Maps, que nos dice cómo llegar de un punto a otro a pie, carro, bus, tren, metro y demás, es papaya ubicarse y saber qué dirección tomar. Sin embargo, si no cuentas con esta facilidad vas a tener que utilizar la señalización propia del metro para desplazarte. Si prestas atención, sabes códigos mínimos como aquel que dice que cada estación se identifica por el nombre de su línea y un número (por ejemplo, la estación de metro Ginza será en la línea Hibiya la H-9, la que viene después en esta misma línea, la estación Tsukiji, será la H-10 y así…) pues no te harás problema.
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Entrada estación Ikebukuro, de la línea Maronouchi. Esta estación también sirve a las líneas Yurakucho y Fukutoshin.

Aparte, hay empleados muy serviciales que, ante cualquier muestra de desconcierto que vean, sabrán acudir con un sosiego y un mapa.  El sistema empieza a correr desde muy temprano (tipo 05:00) y el último metro sale, por lo general, antes de las 00:30.
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Símbolo a la entrada de una estación de metro (Tsukiji, me parece) en Tokio.

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A la espera del metro, en la estación Shibuya. Nótese las barreras y las puertas, para evitar cualquier accidente.

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Interior del metro.

El tren es algo parecido. La principal línea urbana en Tokio es la línea Yamanote, que hace un recorrido circular. Todos los puntos importantes y turísticos de esta ciudad (salvo el barrio de Roppongi) se encuentran servidos por una estación de esta línea, acaso la más recurrida. La opera JR (Japan Railways), la empresa más importante del rubro.
Es que, tal como pasa con el metro, hay varias empresas en la operación de diferentes líneas. Todas privadas, que generalmente acuden al servicio de los amplios, amplísimos suburbios de la ciudad más grande del mundo. En cuanto a mi experiencia, en esta ocasión me tocó usar la línea Ikebukuro de la empresa Seibu.
Toda estación tiene un andén diferente para cada empresa, así como también diferentes torniquetes y controles de acceso. Debes tener sentido de orientación bien afilado, prestar atención a las señales porque puedes darte con la mala noticia de que en lugar de tomar un tren que debía parar en la estación que necesitabas, agarraste un expreso que no para hasta el final, a cientos de kilómetros de donde estabas.
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Señalética de las líneas de JR. En rojo, la estación donde te encuentras. El número que acompaña cada estación es el precio en Yenes que te cuesta llegar hasta allá.

El precio, tanto del metro como del tren, depende de la distancia que recorras, a menos que compres una tarjeta que te sirva para viajes ilimitados por uno, dos, tres días, que no están disponibles en todas las líneas (sí para las más importantes).
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Interior ala norte de la estación Tokio. Es una de las pocas edificaciones antiguas de la ciudad.

Hay máquinas con pantallas táctiles que indican las estaciones, eliges la que necesitas y depositas el dinero. A la salida, debes validar el boleto, lo depositas y se te abre el torniquete. El viaje entre la estación Ikebukuro y la estación Ekoda de la línea Ikebukuro Seibu costaba 180 yenes, USD 1,50. Era un trayecto que pasaba por dos paradas, cosa de 10 minutos de trayecto.
Sin excepción, los trenes son impecables, limpísimos. Una norma de la etiqueta japonesa considera de mala educación hablar por teléfono dentro de los vagones y, si quieres un silencio sepulcral, hay vagones dedicados a ello. La gente prefiere leer o concentrarse en sus teléfonos o tablets durante el viaje. Claro, otro “entretenimiento” es dormir. Nadie come, nadie bebe.
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Interior del tren de la línea Seibu Ikebukuro, a una hora impublicable (pasada la medianoche).

Va a sorprenderte, si lo llegas a ver, el trato que existe entre los empleados de las empresas ferroviarias. Existen auténticas jerarquías y no era inusual ver a los miembros más jóvenes cuadrarse frente a los más antiguos cual soldados. Todos, claro, uniformados de manera impecable.
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Fachada de la estación Tokio. De adentro salen los trenes bala a los puntos más alejados del país.

Y el Shinkansen, el tren bala de larga distancia, debe ser un espectáculo. No lo ocupé, pero si utilicé uno de mediana distancia, de la línea Keisei, entre el aeropuerto de Narita y la estación Nippori, y viceversa. Fueron 60 kilómetros en 35 minutos.
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Tren rápido Nippori – aeropuerto de Narita.

Los precios del trago en Tokio

Tokio, no cabe duda, trae a la cabeza la idea de una ciudad ultracara. De hecho, esto no es un mero prejuicio. Es una realidad, pero que depende del rubro. Ya he analizado el tema en una ocasión pasada, podría hacerlo en una próxima con más detalles.

Sin embargo, hay cosas que resultan muchísimo más baratas que en el Ecuador. El licor es una de ellas. Para que tengan una referencia, acompaño unas fotos que se explican solas. Fueron tomadas en distintos locales de la cadena de tiendas Don Quijote, donde venden desde aguja e hilo hasta juguetes sexuales. No es broma.

El cambio vigente en la época que estuve era de 120 yenes por 1 USD. No voy a poner el precio en Quito de las mercancías citadas, para evitarme el fastidio de leer sus comentarios del tipo “uuuuuy, mi casera de Santa Clara me da a la mitad”. Bien por ustedes si es así, pero honestamente no me importa.

Que hablen las imágenes.

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Chivas 12 años, a USD 23,58

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Moet Chandon (era australiano, no lo había visto nunca) a USD 33.16

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Dom Perignon Brut, dependiendo la caja cuesta USD 132,50 o USD 140,83.

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Johnnie negro (700, no de litro) a USD 16,62.

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Cognac Hennessy (en Asia lo toman mucho, es el principal mercado de exportación de la marca) a USD 23,16.

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Jack Daniels, a USD  13,08

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Johnnie rojo a USD 10.73 y Chivas 12 años a USD 16,31.

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Johnnie azul, a USD 107.

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El ya citado Johnnie negro, el Double Black (USD 22,58) y el Gold (USD 36,33).

 

 

Comida callejera en Tokio

El japonés es, lejos, el asiático más distinguido. No es de andar desaliñado, ni siquiera de hablar en tono de voz alto. Ríe discretamente, casi pidiendo permiso. Actúa con escrúpulos casi infantiles.

Como vive en medio del orden, cuando come afuera prefiere los restaurantes con perfil distinguido (Tokio es la ciudad con más restaurantes con estrella Michelin en el mundo), las cafeterías con charme europeo, la comida bonitamente empacada de los depachika (supermercados) o, en el peor de los casos, el ambiente estéril de los fast food.

Por eso, la gran capital del Japón no es una ciudad de comida callejera. Al contrario de Kuala Lumpur, Shanghai, Hong Kong o Seúl, en Tokio no hay vías enteras llenas de tenderetes, kioskos, parrillas portátiles.

Sin embargo, el fin de año marca una excepción. En masa, los tokiotas se lanzan a los templos para pedir prosperidad, salud y trabajo para los 365 (o 366) días venideros. Luego de hacer sus rituales de desvinculación del año que terminó, se dirige a la salida de los templos en Akasaka, Shinjuku y demás barrios. Ahí se instalan toldos donde la comida se prepara al instante y se consume de la forma menos ceremoniosa posible.

Hay de todo, desde choclos hasta pulpos. Dulce y salado, cerveza y sake. Pero mejor que hablen las tomas.

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Camarones, pescado, pulpo. Todo a la parrilla.

 

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Estos eran unos pescados muy pequeños, del tamaño de una tilapia, que se asaban con fuego al centro.

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Atún, pollo, carne de res, cerdo y demás a la brasa.

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El sake, servido caliente. Aguardiente perfecto para acompañar la comida.

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El tradicional yakisoba, el fideo salteado a la plancha con pollo y verduras.

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Chuletas apanadas.

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Una suerte de crepe con huevo, queso, fideos. No muy entendible, la verdad.

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Bolitas fritas rellenas de pulpo.

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Más yakisoba

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Pollo y carne a la parrilla.

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Atún al grill, en el mercado de Tsukiji. 500 yenes (USD 4).

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Pinchos listos para ir al fuego.

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Algo occidental: crepes de dulce.

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Chocobanana, a 400 yenes cada una.

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Frutas congeladas.

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El obento en el tren: pollo y salmón asado, sushi, té. Lo compré en Mitsukoshi.

 

 

Año Nuevo en el Palacio Imperial de Tokio

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Es el 2 de enero y las puertas del Palacios Imperial de Tokio, la residencia de la casa real del Japón, se abren libremente para los ciudadanos. Este es uno de los dos días del año en que la sede de la Casa Imperial recibe a sus súbditos. El otro, es el 23 de diciembre, día del cumpleaños del Emperador Akihito.

El objetivo de estas recepciones masivas es saludar al Emperador, su esposa y el resto de la familia real. En Japón, la casa gobernante no tiene una específica responsabilidad gubernamental, sino más bien un carácter simbólico. La influencia espiritual y anímica de la realeza en la sociedad nipona es notoria. La tradición dice que el Emperador es, ni más ni menos, descendiente directo del Sol. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, estaba prohibido para sus súbditos siquiera mirarlo.
Salgo de la estación del metro Otemashi y, la verdad, no hay visos de multitud. Conforme me acerco a la explanada que antecede la entrada principal al Palacio, una verdadera marea de cabezas, abrigos se agolpa con orden para conseguir su lugar. Orden, esa es la palabra clave, como iré explicando.
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Cuando entro a la explanada, un hombre mayor nos regala a todos banderas  de Japón hechas con papel de seda. Todos vamos con nuestra bandera rumbo a una fila que se bifurca. Por un lado, van quienes no tienen equipaje o maletas por revisar en el scanner de Rayos X. Por el otro, ese es mi caso, quienes apenas necesitamos de un breve y respetuoso cateo.
Avanzo. Hace frío y el suelo es de gravilla, por la que transito junto a una multitud silenciosa y sonriente. Poco a poco, la Policía nos hace formar unos bloques gigantescos, separados por cintas. No me gustan los agrupamientos de gente, incluso estos donde nadie falta el respeto, nadie toca al prójimo y ni siquiera hay bulla. Pero siento que la ocasión vale la pena.
A lo lejos, los grupos que fueron llegando temprano van entrando a Palacio por una puerta imponente, franqueada para este día de fiesta. La espera de media hora se terminan y nos hacen pasar a todos. Veo pocos occidentales como yo.
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Los jardines del Palacio no me sorprenden, pese a los puentes , los estanques y el verdor que pelea contra la sequedad invernal. Todo es tan grande, tanto que no hay espacio para los detalles mínimos. A lo lejos, las edificaciones en forma de pagoda guardan la austeridad y los mil años de costumbres de la realeza.
Al final, tras 20 minutos de paseo, llegamos a un patio gigante frente al balcón protegido por vidrio (seguramente blindado) desde el cual el Emperador dará su saludo. Hay niños, pero los adultos y ancianos son la mayoría. Una pareja de ellos, aburridos por la espera, me interroga y conversamos. No tienen idea de dónde queda Ecuador, la referencia más cercana por la que puedo identificarme es Macchu Picchu.
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Nadie se mueve. Todos ocupan su espacio y la posibilidad de desorden y desbordes es imposible. El que a la llegada logró ubicarse bien para ver el discurso, en buena hora. Quien no pudo, pues espera. Algunos lo hacen en cuclillas.
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Hay anuncios por megáfono que no entiendo. Poco después, el Emperador, su esposa y sus hijos aparecen en el balcón y saludan con una venia. Se viene el espectáculo maravilloso de miles de banderas flameando y los gritos de aclamación. El éxtasis es contagiante y solamente se termina cuando Akihito pronuncia con monárquica pausa y sobriedad su saludo. Un par de reverencias más y la familia real se esconde tras la cortina. El saludo, el acto en sí, ha terminado.
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Luego, tienes la posibilidad de pasear por los jardines adyacentes, hasta encontrar una puerta de salida. Volverá a entrar otro grupo a saludar y, así, hasta que empiece a caer la tarde. Todo en medio de la prolijidad y la civilidad que, parece, es innata en los japoneses. Esta vez, hicieron fila y esperaron solamente para saludar a su soberano. Y, seguro, volverán el año próximo.
Les debo un video, algo tembloroso, que hice en el discurso del Emperador. CNT no permite subir hace dos horas un video de 30 segundos…

¿Tokyo es tan caro como parece?

El mito expuesto: ¿es Tokyo una ciudad cara, inalcanzable como para darse una vuelta? Ensayo una respuesta, tras lo vivido en carne propia.

Ginza, un día gris de invierno. Un taxi (carísimo) da la vuelta.

Ginza, un día gris de invierno. Un taxi (carísimo) da la vuelta.

Tokyo no es una ciudad bonita. Creo que lo dije alguna vez. Es un pantano que ha ido ganando tierra. No tiene un escenario natural. Su accidente geográfico más cercano, el imponente monte Fuji, se deja ver de lejos.

Sin embargo, el magnetismo y la magia de esta megalópolis no se repite en ningún lado. Tiene cosas que mil Parises y mil Nuevayores no juntan. Cosas únicas y genuinas.

¿Qué les puedo contar yo? Pues lo sencillo, lo casi cotidiano. Me perdí (en el literal significado del término) en la vieja Edo y algún testimonio puedo dar. Quiero empezar, porque alguna entrega posterior habrá, por el tema de los precios.

¿Japón es un país caro? El mito está expandido por el mundo: Japón es un país caro. Ya palpando en terreno, tengo que ser honesto y reconocer que es un país caro, pero dependiendo para qué.

¿Qué resulta caro en Tokyo? Los servicios públicos, para empezar. El metro cuesta, dependiendo de la distancia recorrida, un promedio de USD 2. Sin embargo, es subsanable, pues los dos sistemas que manejan el transporte público en esta ciudad tienen una tarjeta diaria con una tarifa plana de USD 10 para usar el servicio cuantas veces quieras. Es útil y muy recomendable.

Nunca, si quieres resguardar tu economía, tomes un taxi. Son carísimos. Por ejemplo, el traslado desde el aeropuerto de Narita cuesta USD 300. La carrera mínima era de USD 7.50. Me tocó coger uno, desde el terminal 2 al terminal 1 del aeropuerto de Haneda. 5 minutos de carrera me salieron por USD 15.

Bono de transporte en metro, en los dos sistemas que hay en Tokyo.

Bono de transporte en metro, en los dos sistemas que hay en Tokyo.

Los sitios de lujo, evidentemente, son caros en Tokyo y en cualquier lugar del mundo. Por ejemplo, en el hotel Park Hyatt, en Shinjuku, aquel que sirvió de escenario para Lost in Translation, una copa de espumante Dom Perignon puede llegar a costar USD 47.

¿Sabes qué resulta un lujo en Japón? Las frutas. Empezando por las más básicas, como un plátano. En un Seven – Eleven, cada uno puede costar USD 1. Y de ahí, la escala sube. Presentadas en lujosas cajas, empacadas, hay manzanas, toronjas, naranjas, uvas, que salen por no menos de USD 50. Sin exagerar y a las pruebas me remito.

Una carambola, 5 USD

Una carambola, 5 USD

Un plátano, casi un dolar.

Un plátano, casi un dolar.

Naranjas de USD 4...

Naranjas de USD 8…

40 USD por este triste paquete...

40 USD por este triste paquete…

Esto es lo más chocante: frutas que acá son casi gratuitas, allá terminan costando casi lo que dos almuerzos. Pero hay una razón que ayuda a entender este fenómeno: Japón no es un país agrícola, así que hay que importar estos productos.

¿El resto de comida? Hay de todo. Las cadenas eternas tienen ofertas que pueden servir a los presupuestos apretados. Pero de este tópico culinario prometo hacer un post aparte. 

Pero hay cosas baratas. La electrónica, por ejemplo. Que estos precios hablen solos.

Una MacBook Air a 950

Una MacBook Air a 950

Ipad de 16 a USD 360 (nuevo). Usados los encontrabas desde USD 100.

Ipad de 16 a USD 360 (nuevo). Usados los encontrabas desde USD 100.

En cuanto a los teléfonos, debes tener cuidado si quieres comprar uno en Japón. Lo puedes hacer únicamente si tiene la banda abierta, caso contrario no te sirve. No debes preocuparte, los vendedores se encargan de avisarte. Al menos así me pasó cuando yo estaba cerca de pagar USD 300 por un Iphone.

Akihabara es un barrio dedicado a esta clase de objetos. Encuentras, sobre todo, lo alusivo a los juegos de video, de toda época. También hay audio, video, fotografía, a precios competitivos. Merece que te des una vuelta.

Akihabara, el templo de la electrónica.

Akihabara, el templo de la electrónica.

En esta cadena de tiendas (no recuerdo el nombre) había reales gangas, sobre todo en electrónica de temporadas pasadas.

En esta cadena de tiendas (no recuerdo el nombre) había reales gangas, sobre todo en electrónica de temporadas pasadas.

En ropa también hay algunas gangas, en comparación a los precios de acá. Sirva el ejemplo.

Zapatos Nike a USD 28.

Zapatos Nike a USD 28.

Esta chompa para mujer, marca LeCoqSportif me salió por USD 30.

Esta chompa para mujer, marca LeCoqSportif me salió por USD 30.

Acá te recomiendo hurgar en los comercios, buscar en las calles comerciales los locales especializados. En cuanto a mercados “populares” (para la escala japonesa) te puedo recomendar el de Ameyokocho, cerca de la estación Ueno, poblado de comercios con precios convenientes. Ahí, por ejemplo, en un sitio de ropa deportiva, pude comprar una camiseta Umbro del Cosmos en USD 17.

Si vas a los grandes almacenes (Seibu, Isetan, Mitsukoshi, Sogo) asistes a un gran espectáculo, no menos de 10 pisos con todo tipo de marcas de media gama hacia arriba. Pero, ojo, acá no encontrarás gangas.

Matsuya, en Ginza, de Pierre Cardin para arriba.

Matsuya, en Ginza, de Pierre Cardin para arriba.

¿Sabes qué también resulta barato allá? El licor. Los precios que se manejan en Japón llegan a ser la tercera parte de lo que pagamos en Ecuador. Allá, el único impuesto que hay es el IVA, del 7%. Una muestra de los precios en supermercados.

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Clicquot a USD 36.

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Cognac Hennessy, a USD 36.

Ballantines de litro a USD 18.

Ballantines de litro a USD 18.

¿Hoteles? En Tokyo, como en otras ciudades asiáticas, pagas por el espacio. Si tienes espacio, tienes lujo asegurado. Por eso, te recomiendo que busques en los hoteles económicos de las cadenas japonesas, como Fresa Inn, Toyoko, Apa, Toyku Inn. Quedan cerca de las estaciones de metro y/o tren y son baratos. Son básicos, pero seguros y tienen todo cuanto necesitas.

Los hoteles de lujo, de las cadenas internacionales, te van a salir a precios standard. Si prefieres, hay ryokanes, hospedajes tradicionales japoneses con futones (camas al piso), con mobiliario mínimo. Los hoteles cápsula o cabina (usé uno por una noche en el aeropuerto de Haneda, el First Cabin, muy cómodo y con spa) también son más baratos.

Por ejemplo, yo me hospedé en el Toyoko Inn Ikebukuro 2. Excelente, limpísimo, el cuarto era chiquito, pero con buena cama, baño con tina, internet wifi, desayuno. Me costó USD 40 la noche, más barato que uno de su tipo en otras ciudades como NY, Río de Janeiro o París. Esto fue:

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Cama de dos plazas, recontracómoda.

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Escritorio, con TV (maldita la falta que hace, todo es en japonés) y todos los útiles necesarios.

Baño con tina y el inefable inodoro electrónico.

Baño con tina y el inefable inodoro electrónico.

Un detalle: pagar con tarjeta de crédito o débito, es posible. Sin embargo, hay sitios (sobre todo aquellos menos mundanos y más dirigidos a los japoneses) donde no te las aceptarán. Prefieren el efectivo.

CONCLUYENDO: Tokyo, efectivamente, es una ciudad cara. Los precios de la mayoría de servicios, en el mejor de los casos, son el doble de los que consigues en Ecuador. Sin embargo, con inteligencia y buscando, puedes encontrar la opción de conseguir cosas a precios similares y hasta más económicos que los nuestros. Sin embargo, toma en cuenta que la calidad allá es el denominador común de todo bien y servicio. Y la calidad cuesta.