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Kuala Lumpur, mucho más que las torres Petronas

Kuala Lumpur. Suena exótico, es exótico. Llegué a esta capital con pocas expectativas, más allá de ver las torres Petronas. Pero, a la final, el tiempo quedó corto para saber más de una metrópoli única.

Esperaba que Kuala Lumpur sea algo más cercano a Nueva Delhi que a Japón. Pero, más allá del catastrófico enjambre vial que es pan de cada tarde en toda calle o avenida céntrica, me encontré con una capital moderna, agradable y que debe ser una de las ciudades con la mejor relación costo – beneficio del mundo.

A Kuala Lumpur (KL) llegué en vuelo nocturno de Air Asia desde Macao. Te recibe el aeropuerto internacional (KLIA) que se divide en dos terminales: la de vuelos locales y de aerolíneas de bajo costo que viajan a destinos asiáticos cercanos (Air Asia, Tigerair, Scoot) y la de vuelos internacionales.

El KL Ekspres, el tren que en 35 minutos te lleva del aeropuerto al centro.

El KL Ekspres, el tren que en 35 minutos te lleva del aeropuerto al centro.

Llegas a migración y te atiende un oficial musulmán muy amable y firme, que te pide el pasaporte, te pregunta cuál es tu próximo destino y te sella enseguida. Los ecuatorianos, para estancias menores a 90 días, no necesitamos visado.

Hay varias vías para llegar del KLIA al centro de la ciudad. Desde el taxi (75 ringgits, unos USD 20). hasta el bus (10 ringgits, USD 2,50) hasta el KLIA Ekspres, un tren que cuesta 35 ringgits (10 USD). Me decanté por esta última, que en 35 minutos te deja en Sentral, el eje del transporte en la ciudad.

Desde Sentral, una estación gigantesca, con paradas de metro, monoriel, tren, bus y el tren del aeropuerto, no te cuesta más de USD 2 el moverte en taxi a cualquier punto de la zona comercial y turística.

KL Sentral, en la salida que enlaza con un centro comercial.

KL Sentral, en la salida que enlaza con un centro comercial.

Uno de los detalles que hace interesante a KL es su oferta hotelera. Encuentras un cuarto en un hotel 3 estrellas por menos de USD 25. Hoteles de 5 estrellas de cadenas internacionales hay desde USD 60. Yo elegí este, Tune Hotel, cadena de Air Asia. Bien ubicado, con todo lo que necesitas, por USD 29.

La primera impresión que te llevas de la ciudad, aparte del tráfico brutal que hay desde las 18:00, es la cantidad de grúas, construcciones, obras en curso. Levantan edificios en cualquier espacio disponible.

El calor no pasa por alto. Llegué en invierno (segunda semana de enero) y no hay menos de 35 grados al medio día, con buen sol. En la noche, baja algo. Sin embargo, nunca necesitas protección. La lluvia tampoco falta, pero cae una tempestad de no más de 10 minutos y de ahí para.

El tráfico tupido, al pie de la plaza Merdeka.

El tráfico tupido, al pie de la plaza Merdeka.

Es una ciudad segura. Aún en los lugares oscuros, despoblados, no se sienten miradas que incomodan. Los pasos peatonales, larguísimos, son transitables a cualquier hora. Hay algunos brotes de mendicidad, pero nada dramático en comparación a otros lugares del sudeste asiático.

La variedad cultural es abrumadora. Dominan los musulmanes, con sus vestimentas características, las mujeres con sus tchador, cubiertas siempre el cabello. Son menos los hindúes y los chinos, cada cual aportando con sus características costumbres. El clima que emana de esta convivencia es, de repente, la sazón de esta ciudad.

La Mesquita Nacional, a las zonas de oración solamente entran musulmanes.

La Mesquita Nacional, a las zonas de oración solamente entran musulmanes.

¿Sitios? Obviamente que las torres Petronas, que en su momento fueron el edificio más alto del mundo, con sus 88 pisos de hormigón, vidrio y acero.

Sinceramente, esperé que fueran más grandes, pero aún así no dejan de impresionar. Están rodeadas de un parque muy grande, con senderos y lugares para descansar que le dan una atmósfera única.

Las torres Petronas, 452 metros que te aplastan.

Las torres Petronas, 452 metros que te aplastan.

La parte baja de las torres, de libre acceso, constituyen un centro comercial (Suria KLCC) con grandes marcas, tiendas por departamento y demás lujo. Sin embargo, los precios son ampliamente competitivos.

Hay dos miradores: uno en el piso 42 (donde hay una pasarella que une ambas torres) y otro en el 86. Subir es casi una proeza, porque todos los días hay colas desde las 06:00 para lograr una entrada. Honestamente, ese plan no me cuadra mucho, así que preferí enfocarme en conocer los alrededores de las torres.

El centro comercial que queda en las primeras plantas de las torres Petronas.

El centro comercial que queda en las primeras plantas de las torres Petronas.

Suria KLCC no es el único centro comercial de la ciudad. Hay muchos más, cada uno más lujoso que otro, con servicios y que siempre servían como lugares para enlazar los sistemas de transporte.

El transporte es otra de los grandes valores agregados de KL. Hay metro, tren, monoriel, buses y hasta un sistema de bus gratuito (GO KL), distinguido por su color rosado. Pasa con un intervalo de 15 minutos por cada uno de los puntos más turísticos de la ciudad. Solamente te subes y te bajas, las veces que quieres. Tienen Wi-Fi y su único “pero” es el tráfico. Sin embargo, lo agarré varias veces, a distintas horas, y jamás dejó de tener un asiento disponible.

Monoriel de Kuala Lumpur. Llega a todos los lugares necesarios.

Monoriel de Kuala Lumpur. Llega a todos los lugares necesarios.

El GOKL, gratuito y cómodo bus.

El GOKL, gratuito y cómodo bus.

Hablaba de costo – beneficio y la comida sobresale. Por ejemplo, en Pavilion, un centro comercial muy lujoso, llegué a un restaurante buffet de parrilla japonesa, con un sistema sencillo: te sirven todo tipo de carne cruda (res, cerdo, pollo) y mariscos, pero tienes un asadero individual en tu mesa. Ahí tu las coces al punto que quieras y te las sirves.

Las ensaladas y los postres incluyen en el precio final. Era un sitio con apariencia de caro, pero todo este banquete, más una cerveza y una botella de agua me salió por no más de USD 9. El mismo valor pagué en un restaurante de comida iraní.

Un banquete por menos de 10 USD.

Un banquete por menos de 10 USD.

Y esa es la tónica en toda la ciudad. Si estás de apuro y/o chiro, en los supermercados hay bandejas de comida por poco más de USD 1. Una comida regular, en un restaurante no tan lujoso, te puede salir por USD 3.

La torres Petronas tienen una suerte de restaurantes lujosos, de comida china, vietnamita, sushi, hindú, pero también un patio de comidas donde no gastas más de USD 4 para quedar satisfecho.

Así se vendían las entradas para el Gran Premio de F1 que se corrió en Sepang, La entrada más barata, USD 12.

Así se vendían las entradas para el Gran Premio de F1 que se corrió en Sepang, La entrada más barata, USD 12.

En la calle solamente comí una vez, en el mercado nocturno de Petaling Street. Era un puesto de satay, unos pinchos de carne de chancho. Una orden de estos pinchos, junto a una cerveza, salieron por 3 USD.

Almuerzo por poco más de USD 1 en un supermercado de KL.

Almuerzo por poco más de USD 1 en un supermercado de KL.

Precisamente, Petaling es la meca de las compras. Hay que ir en la noche y encuentras toda suerte de ropa, maletas, libros, gafas, a lo largo de una calle de cinco cuadras y sus transversales. Debes regatear. Por regla general, debes terminar pagando menos de la mitad de lo que te ofrecen al inicio, cuando preguntas. Sitio pintoresco es este barrio chino, acá pude ver una de las escenas más bizarras de mi vida: un tipo que andaba en moto, llevando un mandril enorme que, obviamente, usaba casco. No alcancé a fotografiar.

Otro sitio para compras es Sentral Market. Es el antiguo emplazamiento del mercado de víveres principal, a dos pasos de la plaza Merdeka (la principal) hay tres pisos con toda suerte de artesanías locales y de otros países de la región, como India,  Tailandia e Indonesia. No hay que pagar el precio inicial, pero para regatear tienes que saber un mínimo de inglés, idioma que hablan todos los habitantes de esta gran urbe. Los precios terminan por ser muy aceptables.

Satay y cerveza en Petalling Street (KL).

Satay y cerveza en Petalling Street (KL).

Otras zonas de compras muy importantes son las aledañas a la estación Bunkit Bintang, además de las vías que desde la estación de monoriel Sultán Ismail llegan hasta la plaza Merdeka.

La dataran (plaza)  Merdeka, precisamente, es el punto 0 de la ciudad. Sorprende no encontrarse con una “plaza” en el sentido que nosotros conocemos. Esta es un enorme rectángulo de césped, bien cortado, en cuyo centro flamea una gigante bandera malaya. En este lugar, se declaró la independencia del país de los británicos.

Al pie de la plaza se encuentra la galería de arte de la ciudad, que entre otras exhibiciones cuenta con una maqueta de todo el centro de la ciudad, totalmente detallada. En la sala asignada, entra un grupo de espectadores y la exhibición de luces es increíble. Lástima que el audio esté solamente en bahasa (el idioma oficial del país) y no se pueda seguir.

La maqueta de la ciudad, en la galería.

La maqueta de la ciudad, en la galería.

La galería cuenta con una cafetería aceptable, donde se sirven postres de durian. “La reina de las frutas”, típica de la región,  tiene la forma de una guanábana gigante y el olor de un basurero atestado en día de sol. Sin embargo, su sabor es dulce, muy agradable.

La plaza Merdeka en maqueta.

La plaza Merdeka en maqueta.

Debes saber…

1. El cambio oficial es de 3.75 ringgits por 1 USD. Hay casas de cambio en prácticamente cada cuadra, pero el precio puede variar. Es recomendable buscar la mejor opción y cambiar algo todos los días, no de una sola vez, porque puedes perder.

2. Los viernes al medio día, hay locales que cierran durante un par de horas. Es la jornada de oración de los musulmanes. Hay otros sitios que, directamente, no abren. El viernes es el día santo de quienes profesan esta fe.

3. El sabor de productos que hay en occidente (colas, dulces, comida rápida) puede ser algo distinto. Por ejemplo, la Fanta tiene un sabor muy desagradable para nuestro estándar.

4. Hay que tener las precauciones mínimas que existen en las grandes ciudades (KL tiene 8 millones de habitantes), sobre todo en las aglomeraciones dentro del transporte público.

Pastel de durian, la fruta con peor olor en el universo.

Pastel de durian, la fruta con peor olor en el universo.

5. Particularmente, no recomiendo las visitas a templos religiosos. En KL hay la Mesquita Nacional (el islam es la religión oficial), gigantesca y moderna construcción, pero que no permite el acceso a los no creyentes a su zona de oración.

6. Los hoteles tienen una sala de oración para los musulmanes. Incluso hasta los de 3 estrellas. Además, en cada habitación, hay una señal que marca la dirección de La Meca, para hacer las oraciones diarias.

7. La tarjeta de crédito se puede usar sin problema, pero es usual que haya sitios, aún en lugares turísticos, donde no te aceptan y solamente se puede pagar en efectivo.

7. Ya dije que es un país musulmán, de costumbres conservadoras. Hay que asimilarse, nada más. Evitar comportamientos que no sean compatibles con el entorno (vestuario, forma de dirigirse al resto…).

8. Los taxis son confiables y baratos. Las carreras, aún las más lejanas, no te salen por más de USD 5. Los choferes hablan inglés.

9. Te recomiendo ir (yo no alcancé) a excursiones cercanas a la ciudad. Por ejemplo, a Batu Caves, unas cuevas ceremoniales impresionantes. También a Putrajaya, ciudad que, técnicamente, es la capital, pues ahí se encuentran emplazados los edificios públicos.

10. Un paraguas nunca está demás. Son baratos (los encuentras en los omnipresentes Seven Eleven a USD 1) y te salvan de la lluvia. Acá llueve como en El Coca.

11. Hay varios mercados (galerías) que venden electrónica. Los precios están bien, pero ten cuidado pues son equipos refurbished o usados. Hallas, por ejemplo, un iPhone 5 a 300 USD, usado pero funcionando.

12. En cuanto a la ropa, hay una variedad muy importante de todo tipo y a buenos precios. Pero, cuidado: las tallas no son equivalentes a las que manejamos en occidente. Por ejemplo, el XL de allá es un L acá.

Yo amo KL.

Yo amo KL.

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Teherán, mi casa

“Oh enemigo, si tu estás hecho de piedra
yo estoy hecho de acero”.
Parte de la letra del Himno Nacional de Irán

Hace rato tenía ganas de escribir este post. Solamente traslado la experiencia de B, a quien la vida llevó hasta Teherán, la capital de Irán. Aquí, su voz.

B. en la Torre Azadi, el Panecillo (?) de Teherán.

B. en la Torre Azadi, el Panecillo (?) de Teherán.

“Estudié en Estados Unidos, hice un año  de intercambio en el colegio cuando tenía 17 años. Desde ahí aprendí a estar lejos de casa. La ausencia nunca me afectó después, cuando por mi trabajo tuve que vivir  dos o tres semanas de cada mes en Nueva York o Houston.

Esa es una cosa que, digamos, está dentro de las posibilidades de mi medio laboral. Pero lo que nunca pensé fue estar en Irán. No se diga pasar allá hasta un mes completo. Yo era niña y, de repente, en los noticieros internacionales, alguna vez oía la mención a ese país. Luego, los colegas comentaban alguna experiencia al paso en ese país, que es algo recurrente para nuestro mercado. 

Todo empezó cuando, por hacer un favor, reemplacé a una compañera que tenía que trabajar en la seccional en Teherán. Creí que era cosa de una vez, dos semanas y listo. Luego, una serie de acontecimientos me fueron dejando casi sin otra opción que trabajar ahí.

Hay cosas que son ciertas, otras que no. Es un país muy endógeno, donde los turistas no llegan en bandadas, ni hay casi infraestructura para este fin. La primera vez que fui, me quedé en un hotel cuatro estrellas que, para estándares occidentales, no sería ni de dos. El concepto de mobiliario de lujo data de finales de los 70. Todo es muy old fashion.

Quienes creen que es un país de fanáticos religiosos, con militares de fusil al hombro en las calles, se equivocan. Irán es, básicamente, tierra de gente amable, sonriente y cálida. No he sentido nunca una sensación de seguridad tan grande como en las calles de Teherán, donde respiras smog como en pocas partes del mundo, pero pierdes todo sentido de riesgo. Hasta sientes que te miran  menos, no se diga que alguien pueda acosarte o asaltarte.

El bazar de Teherán

El bazar de Teherán

Cuando el avión va a aterrizar en Imán Komeini (1), te  anuncian que “por regulaciones de la República Islámica de Irán, todas la mujeres deben cubrirse la cabeza”. Eso es lo único que te piden, no es verdad que haya que quitarse el maquillaje. Precisamente, la primera vez que fui me olvidé de hacerlo y nadie me lo observó.

Cubrirse la cabeza. Semanas antes de irme por primera vez, ensayé horas de horas cómo ponerme el velo. Encontré una forma que sea cómoda y correcta. No hay que dejar ni cabello ni orejas afuera. Si usas la tela apropiada, no te resultará molesto ni sofocante, ni siquiera en verano cuando hace más 30 grados de calor seco.

El velo se llama jehab. Hay mujeres, las más religiosas, que lo usan de cuerpo entero. He visto chicas de no más de 25 años vestidas así. No se diga señoras mayores, las mismas que se horrorizan cuando ven jehab de colores vivos o que no están bien puestos.

Zenda tiene unos 28 años, usa el jehab casi transparente, que deja afuera su cabello tinturado de rubio tenue y unas orejas siempre adornadas con aros grandes. Ella es secretaria en la oficina a la que reporto y es feliz de mostrar su desparpajo de esa manera. Me dice que jamás ha tenido problemas.

Yo, las primeras veces, usaba jehab negro. Luego, me animé a llevar una manta de bayeta con diseños cusqueños, de colores. Quería probar, fue una travesura. Y no me salió mal. Las chicas me paraban en la calle a mirarlo, me preguntaban dónde lo había comprado.

Bueno, he pasado también mis roches (2). El segundo día, notaba ciertas miradas inquietas, no solamente en la oficina, sino también en la calle. Luego de volver del almuerzo, el jefe de la oficina, un iraní que vivió mucho tiempo en los Estados Unidos, me habló frontalmente: mi pantalón jean era demasiado apretado para lo que usualmente se ve, además que el taco de mis botas era muy fino. No me expulsó de la oficina, solamente me dijo eso. Y me bastó. Enseguida, pedí un taxi y fui de vuelta al hotel a ponerme algo más holgado y unas ballerinas. Debo reconocer que el jean, en realidad, si estaba apretado, incluso para estándares occidentales 🙂

Teheran es contaminada y de aire denso, tiene un tráfico  insoportable. Es cierto, pero a su favor diré que tiene unos parques y unos jardines enormes y limpísimos, además de viaductos y autopistas propias de un país petrolero. Además, el metro es útil y sencillo.

La gente, sobre todo en verano, hace mucha vida social en los parques. Los picnics no son solamente los fines de semana (que allá son viernes y sábado) sino entre semana, en las noches.

Y son picnics sin alcohol. No hay venta (oficial) de bebidas y lo que puedes conseguir es por el mercado negro. Ahí, una botella de Johnny Rojo te cuesta no menos de 50 dólares, mucho para un iraní de clase media. Hay chela, sin alcohol (¡puaj!) Estrella de Galicia.

La guerra con Irak parece que fue ayer y terminó hace 20 años. Está muy presente en todo lado. Las calles tienen nombres de los mártires, los muros con alegorías de las batallas están en todos lados. Me sorprendió no ver tantas mezquitas o templos como esperaba.

He logrado asegurarme de que el país está cada vez más abierto. Me cuentan que hay cosas hoy que antes habrían sido imposibles. Tener una antena satelital en tu casa habría sido imposible sin un castigo hasta hace 10 años. Hoy no es que estén permitidas, pero las autoridades se pasan por alto. No siento represión, no la he podido notar. Soy sincera.

La Gahst e Ershad, la policía revolucionaria que vigila la moral, no reacciona automáticamente ante cualquier cosa medio rara. Me dicen que antes si lo hacía. Ahora, básicamente intervienen en temas ya muy heavy. Yo los he visto en las calles, pero nunca interviniendo.

Un callejón del centro de Teherán.

Un callejón del centro de Teherán.

Hay hombres muy guapos, con una caída de ojos muy sexys y una expresión facial muy propia. Todos tratan de usar barba, porque es un símbolo de sabiduría y nobleza en la cultura persa. A la mayoría les queda muuuuuy bien. Con todos los que he tenido trato han sido correctos, hasta tímidos. La vestimenta es muy austera: camisa blanca de manga larga, a lo mucho fuera del pantalón, terno de un solo color (negro o gris, en el 90% de los casos) y nadie usa corbata. Esas son “vulgaridades occidentales”.

¿Cosas curiosas? Las peluquerías femeninas están muy ocultas, tras cortinas o vidrios polarizados. Es para que los hombres no puedan ver hacia adentro. El cabello, me he dado cuenta, es un elemento muy seductor para los persas. Los taxistas deben ser los más honestos del mundo, no te ven la cara así seas extranjera. Hay problemas si quieres entrar a blogs, redes sociales, pues internet está bloqueado. No tengo ese problema, pues en la oficina hay un VPN ;). Juro no haber visto farmacias. Una tarde, incluso me dediqué exclusivamente a buscar una. Y no hay. Yo pregunto en la ofi y me dicen que claro que tienen. Ojalá no la necesite.

Si eres expatriado y ganas en dólares vives bien. El Rial se devalúa casi a diario y hay tipo de cambio oficial y en mercado negro. Todo es baratísimo. Yo con USD 200 al mes tengo listo el gasto en transporte, comida y un par de golosinas. Eso sí, el sistema monetario es un tanto complicado y no he podido aprender todavía. ¿Solución? Pago todo con el billete más alto (100 mil riales) y listo. No puedo computar todavía lo de “tomanes”, “dinares” y demás. (3). No hay tarjetas de crédito, lo que significa un alivio. Mis gastos mensuales, en este rubro, han descendido un 80 %

La religión no llega a niveles expresivos. A la hora de las oraciones, nadie para el trabajo al sonido del llamado del rezo. He visto, claro, gente en actitud recogida, pero no extremos. “Eso hacen los árabes nada más”, fue la explicación que me dio Zenda.

El plato de uvas Shiraz cuesta 20 mil riales, casi 50 centavos USD.

El plato de uvas Shiraz cuesta 20 mil riales, casi 50 centavos USD.

Llevo casi un año pasando, al menos, dos semanas al mes en Teherán y estoy satisfecha. La he pasado bien. Pero no porque he farreado, sino porque he sentido verdadera hospitalidad. Se me han abierto puertas de muchas casas que han compartido conmigo la cena. Es un pueblo amable y civilizado. Nada que ver con lo que afuera se piensa”.

(1) Imán Khomeini, uno de los dos aeropuertos de Teherán. El otro es el de Meharabad.

(2) Roche.En jerga peruana, verguenza.

(3)  Unidades monetarias de Irán. El Dinar equivale a 10 riales. 1000 Tomanes, 10 mil riales. Un lio.

La maldición iraní

Una visa a EE.UU genera una situación trágica y cómica.

Una visa a EE.UU genera una situación trágica y cómica.

Haber llegado, inocentemente, a uno de los miembros del Eje del Mal, le provocó a B. un embrollo del que no sabe como salir. Aquí su historia.

B. tuvo vacaciones en Disney desde los 6 años. Era frecuente visitante, junto a sus padres, de Miami y zonas aledañas. Se le hizo una costumbre ir a Estados Unidos, pero jamás se preocupó de detalles porque, como niña que era, de los trámites se encargaban sus padres. O algún asistente o secretario que pagaban ellos. Da igual.

Hizo el último año de secundario en una escuela pública de las afueras de Houston. No tiene un buen recuerdo de esa época. Pasó muy triste, pues ese pasaje coincidió con la enfermedad letal que terminó arrancándole la vida a su abuela más cercana. En fin, había que cumplir con el ritual de estudiar un año de intercambio, con el fin de masticar algo mejor el inglés.

Pasó un tiempo de distanciamiento con los Estados Unidos, hasta que se vinculó laboralmente. B. siempre trabajó en el ámbito de las petroleras y mineras, empresas poderosas e influyentes si las hay. Tenía 24 años, había encallado en el intento de estudiar Ciencias Internacionales cuando, por intermedio de las amistades de su padre, entró a una petrolera cuya sola mención en el Ecuador hoy trae mucha polémica.

Como esa petrolera tiene su sede en California, debía viajar allá con cierta periodicidad. Tramitó una vez la visa a EE. UU. y se la dieron sin dudar. Todavía tenía 3 años de entrada permitida, cuando salió de esa empresa y entró a trabajar a una minera, donde no tuvo necesidad de viajar al norte del hemisferio.

B. se graduó y volvió al campo del petróleo. Esta vez, lo hizo en una empresa china de amplios, amplios, amplios intereses en toda Sudamérica. El último año de su visa se le consumió en viajes casi mensuales a la oficina de esa empresa, que queda en Nueva York.

En mayo, estaba regresando de esa ciudad cuando se dio cuenta que a su visa le faltaban 6 meses para caducar. En un mes, debía estar de vuelta para el matrimonio de una amiga. “Voy a renovarla la próxima semana”, dijo. Y se despreocupó.

Pero antes pasó algo llamativo. Dentro de su área laboral, B. se encarga de la región sudamericana. Una amiga suya, a quien voy a  llamar C. está al frente de la región Oriente medio, una zona tan sensible e importante dentro de las empresas del rubro.

En diciembre pasado, C. debía ir a Tehrán, la capital de Irán, para una visita de rutina. El problema es que estaba ya con 7 meses de embarazo y le era imposible hacer un viaje tan largo y difícil sin poner en riesgo su salud. ¿Y ahora?

Como B. le debía un favor, C. no dudó en cobrárselo. “Flaca, please, reemplázame, hazme la taba, no puedo dejar de ir”. Así la convenció a B. de tomar su lugar en Irán.

“Total, voy a conocer un sitio nuevo”, se dio ánimos y aceptó hacer de suplente. Tras 24 horas en avión y escalas varias desde Lima hasta Tehrán, B. llegó y se puso a trabajar. El viaje fue una aventura expuesta en varias sobremesas con anécdotas graciosas, como la de los pantalones apretados que se los tuvo que cambiar por otros algo más discretos en media jornada de trabajo.

Hace dos semanas, B. se acercó al consulado de EE. UU. en su ciudad natal. Hizo el trámite (que, de hecho, allá es menos riguroso que acá) y con los papeles en regla se acercó a la ventanilla, donde una gringa entrada en años hacía las preguntas de rigor. Todo parecía tan sencillo, hasta que la funcionaria hizo una revisión mucho más larga de la esperada de su pasaporte. Se demoró y siguió tecleando, mientras la situación ya era algo extraña para B.

Todo se vino a confirmar cuando la gringa le dijo secamente: “lo sentimos, pero no le podemos conceder la visa”. Listo, que pase la siguiente.

La sorpresa no se le borra hasta ahora. Viajó no menos de 20 veces en su vida a EE. UU., vivió allá un año como estudiante, trabajó para una de las trasnacionales más grandes de ese país, tiene recursos, empleo estable y demás credenciales económicas. ¡Pero es una extraña que no tiene derecho a poner un pie ahí!

¿Cómo averiguar qué pasó? Una fuente extraoficial del consulado, a la que llegó mediante un personaje influyente de su empresa, confirmó la sospecha de que a la funcionaria le asustó el viaje a Irán y eso bastó para cortar el trámite. Pero, ojo, todo eso es extraoficial. Oficialmente, a nadie se le explica por qué no le dan una visa.

B. no sabe qué hacer. Está tan molesta que no piensa volver a pedir el visado, mientras su empresa le dice que ellos nada pueden hacer porque el trámite es personal y que vaya viendo cómo arregla ese tema. Mientras, en el matrimonio de su amiga la pasaron muy bien y ella se conformó con ver todo por fotografías. Ah. C. dio a luz un niño gordo y rubio.

New York en dos ruedas (con soundtrack)

Así se estacionan las bicis, cada una en su "hangar".

Así se estacionan las bicis, cada una en su “hangar”.

¿Puede haber mejor forma de recorrer una ciudad que una bicicleta? No creo. Si dispones de calles planas, mapa o alguna ayuda para ubicarte bien, solamente te hace falta una bici y vas a ver lo bien que lo pasas y lo inolvidable que será la experiencia.

Estoy en Nueva York. Acá Citibank promueve un servicio de bicicletas compartidas tipo Biciq, sobre el cual indagué antes de venir. Afiliarse es sencillo: pagas USD 10.83 por un día de uso ilimitado de la bici. También hay cuota de uso semanal y también la suscripción anual.

Si quieres afiliarte, vas a cualquiera de las tantísimas estaciones que hay en Manhattan (el centro de Nueva York). Caminando por ahí las vas a encontrar. Hay una pantalla y una ranura para la tarjeta de crédito, la única forma de adquirir la membresía. Una vez que haces el procedimiento para pagar, pides un código. La máquina te lo imprime y te acercas a la bici de tu elección.

Las bicicletas están aseguradas con candados electrónicos. Para destrabarlas y usarlas, debes meter pasar la misma tarjeta de crédito que usaste para afiliarte y digitar el código que te imprimieron en la estación. A los que se afilian anualmente, en lugar de la tarjeta les dan una llave plástica, con la que acceden directamente a sacar el vehículo, sin digitar código.

Las estaciones siempre estaban bien surtidas.

Las estaciones siempre estaban bien surtidas.

Las normas son claras. Debes seguir el sentido del tráfico, dar prioridad a los peatones y no treparte a las veredas. Si sabes que NY es la ciudad de la Tolerancia Cero, pocas ganas te van a dar de violar las reglas. Te expones a altas multas.

Nueva  York es planita, de anchas y largas avenidas en perfecto estado. Por ahí, en zonas como Chinatown, Soho, hay una que otra calle empedrada que te va a hacer problema. Otro lío es que las ciclovías son relativamente escasas (para el tamaño de la ciudad), no están bien señalizadas y se confunden fácilmente con la calzada que utilizan los autos.

El tráfico es tupido, duro y temerario. Los taxistas van al límite de la velocidad. Hay muchos buses, camiones que se meten y parquean sin asco en las ciclovías, motos y carros deportivos. No menos de dos veces pude ver como arrastraban ciclistas en la calle 42.

En plena ruta.

En plena ruta.

Puedo decir, no sin orgullo, que al inicio fui un usuario pudoroso, responsable y discreto. Una vez que tomé confianza, me volví un energúmeno más, que interceptaba a los taxis, se cruzaba con semáforo rojo y que hacía carreritas con las otras bicis. ¿Miedo? Claro, pero pensaba que, por último, que es preferible que me  atropelle acá un Hummer o una Limousina antes que un Aveo o un Corsa en Quito.

Por cierto, las bicicletas son buenísimas. Azules, livianas, suaves para manejar, tres marchas, con un espacio para poner carga en el volante y señalización lumínica para las noches.

Si no conoces la City, te recomiendo que consigas un mapa para ubicarte bien y no pierdas valioso tiempo tonteando. Pasa que tienes media hora de tiempo para usar la bicicleta entre que la sacas y la vuelves a parquear. Si usas más de media hora, te cobran una especie de multa muy alta. Si vas a parquear y la estación está llena, hay la opción de pedir 15 minutos de gracia hasta buscar una vacía.

En las estaciones, hay pantallas digitales que te indican las estaciones más cercanas y otros detalles. Aparte, es posible descargar una aplicación para teléfonos que es muy útil. De todas las cientos de estaciones que miré al pasar y usar, solamente dos estaban dañadas: una al frente del hotel Plaza, en la Quinta Avenida (no leía la tarjeta de crédito) y otra en Hell’s Kitchen (pantalla rota). El servicio funciona 24 horas.

La experiencia es indescriptible. Sentir la energía de Park Avenue, Quinta Avenida y demás vías te convierte en un actor más de la ebullición de una las ciudades más vivas del mundo (a mi criterio, apenas superada por Hong Kong).

Eso devenga perfectamente los USD 10,83 diarios que pagas. Puedes llegar a todos los puntos turísticos y la media hora es suficiente para movilizarte entre un sitio y otro. Toma en cuenta que no hay límite, pues puedes parquear tu bici y sacar otra inmediatamente, lo cual es muy útil si quieres hacer un viaje largo.

Tras recomendarte este servicio si van a la Gran Manzana, también te pongo el soundtrack que tenía cargado en mi dispositivo y que escuché los dos días que hice el recorrido. Fue una compañía perfecta, creó un ambiente único:

  1. Never can say goodbye (Gloria Gaynor)
  2. Hey Song (Gary Glitter, pero la versión en vivo)
  3. The best (Tina Turner)
  4. Don’t  stop (Fleetwood Mac)
  5. The Fuzz (Frank de Vol)
  6. Sing Sing Sing (Benny Goodman)
  7. Spanish Flea (Herb Alpert)
  8. Tonight (New Kids on the Block)
  9. Only You (The Platters)
  10. 76 Trombones (Andre Rieu)
  11. Living in America (Gary  Glitter)

Y…obviamente…. a todo volumen….

  1. New York, New York (Frank Sinatra)
Sexta Avenida, listo para emprender veloz pique en medio de ese taxi.

Sexta Avenida, listo para emprender veloz pique en medio de ese taxi.

Si cicleando por NY oyes este set, te vas a sentir como Michael Bloomberg o Bill di Blasio, el dueño de la City.

Ahora sí, las crónicas de viaje

En medio del trayecto, caí en cuenta de que iba a ser imposible y cicatero narrar día a día las experiencias vividas. Por eso, tomé la decisión de resaltar hechos importantes y detallarlos.

Ahora que volví, comienzo con el primer tema. Solamente espero su atención, comentarios, críticas y demás. Sean bienvenidos.

Crónicas del #YoPorquePuedo Tour

Voy a cumplir una aspiración de vida. No recuerdo cuál fue la razón que alguna vez me hizo anhelar hacer un viaje lo más lejos posible y reseñarlo, cual diario de expedicionario africano.

Pues la ocasión llegó. Este sábado 28 de diciembre, saldré a una gira cuyas paradas centrales serán Hong Kong, Macao, China y Japón.

Durante tres semanas estaré dando vueltas por ahí. Y prometo contarles detalles lo más agradables, curiosos, extraños pero, sobre todo, buscaré ser útil para quienes alguna vez se animen o puedan hacer semejante travesía.

Todo lo estaré reseñando acá  y en mi Twitter @estebanavila . Desde ya, gracias sus opiniones, críticas, preguntas y demás. Repito: solamente quiero dejar un testimonio y ser útil.

Quedan invitados desde ya.

Una noche de fútbol en Lisboa, mi experiencia

Este post tiene su historia. Hoy, mientras cerraba la edición, en la TV apareció el partido Sporting de Lisboa – Benfica, que se jugó en el estadio Alvalade. Y me acordé como el tiempo y las aguas (?) me llevaron en enero, a ese mismo estadio.

Pues recordé que grafiqué con fotos todo lo pasé ese sábado 5 de enero, porque sabía que algún día lo iba a contar.

Y ese día llegó. Tomen asiento y lean.

Toma 15 minutos trasladarse desde la estación Rossio (una de las más céntricas) del metro de Lisboa hasta la estación Campo Grande. Faltan 45 minutos para el partido cuando llego y desde la estación al estadio hay que cruzar por un paso peatonal, repleto de gente con camisetas, chompas y bufandas verdiblancas.

Juega el Sporting Club de Portugal, el equipo de las clases medias y altas de Lisboa. La antítesis del popular Benfica. No la pasa bien el Sporting. De media tabla hacia abajo, esta vez enfrenta a un peso pluma del escenario lusitano. El Paços de Ferreira, donde Vinicio Angulo es anunciado como titular.
Ya dentro del estadio, me recibe esta imagen. La Alvalaxia, un centro comercial dentro del estadio. No tuve tiempo para recorrerlo, ya les contaré el por qué.

Bem vindo a Alvalade

Bem vindo a Alvalade

Mi plan de hacer una recorrida por los alrededores, para ver toda la cultura fútbol (!) lisboeta se truncó cuando vi la mama de las filas. En realidad, habían dos: una para que los socios retiren su boleto, otra para que quienes no son socios los compren.
Maldije el no haber podido comprar el boleto por internet. Se lo podía hacer y te mandaban al mail el PDF. Lo imprimìas y, listo, con eso entrabas.
Entonces, me nació una duda muy cochina. ¿Entro o no entro? Tengo una fobia patológica a las filas. Las aborrezco. De otro lado, ir a este partido (el único que se jugó ese fin de semana que estuve en Lisboa) era parte de la planificación del viaje y no me lo iba a perder.
Prevaleció esto último y me puse a hacer fila. Mi paciencia tuvo premio, primero porque la fila transcurría civilizadamente, sin apretujones ni vivezas. Segundo, porque avanzaba raudamente, sin problemas.

Ya estamos cerca...

Ya estamos cerca…

Después de 10 minutos de cola, estaba frente a la caja. Una pantalla te informaba las localidades disponibles, con fila, columna y número disponible. Indicabas en la pantalla dónde querías ir y pagabas. Yo lo hice con tarjeta de débito. En menos de dos minutos, tenía el boleto en la mano.

18 euros para ver al Sporting

18 euros para ver al Sporting

Pagas con tarjeta de débito y te imprimen el boleto ese rato.

Pagas con tarjeta de débito y te imprimen el boleto ese rato.

Todo bien señalizado, con número y nombre de acceso para entrar. Mi puerta de ingreso coincidió con el de la barra ‘brava’ del Sporting. Nada de amedrentamientos, miradas amenazantes, empujones. El único rasgo en común de este grupo ‘radical’ era su juventud.

Un policía te recibía la entrada y te dejaba entrar al área de los torniquetes. Pasaban el boleto por un lector óptico, piiiiiiip, luz verde y pasabas por un arco de detección de metales. A los que tenían bolsas, fundas, mochilas, se las revisaban con agilidad y paciencia.

Accesos limpios

Accesos limpios

Y ya estaba adentro. Se jugaban dos minutos y tuve esta vista, desde el fondo sur del estadio.
Frío hacía, la verdad. Poco más de 20 mil personas, menos de media entrada, para ver un Sporting triste. Mientras, en la cancha, Vinicio Angulo serpenteaba, buscando siempre al peruano Paolo Hurtado. Paços de Ferreira fue la sensación de la Liga portuguesa del año pasado.

Mi primera vista, adentro

Mi primera vista, adentro

Busco la radio para sintonizar RTP 1. La transmisión es correcta, sin estridencias, con un narrador de voz añeja, pero bien modulada, un comentarista que era un ex jugador (no pude identificar quien) y periodista al borde de campo. Las publicidades eran grabadas.
Se acababa el primer tiempo, pero Paolo Hurtado marca el gol de Paços de Ferreira. En un corral del fondo sur, al lado de la barra ‘brava’ del Sporting, no más de 10 seguidores del visitante celebran en paz el gol. La gente, empieza a silbar.
La hora del descanso es la ideal para ir al baño o al bar. Ambos, tienen filas importantes. Entonces, espero para hacerme una foto, la única que testimonia mi paso por Alvalade.
Cuando ambos equipos ya están volviendo del descanso, aprovecho para ir, primero, al baño. Entro y se me hace parecido a los que hay en Mall El Jardín. Impecables. Y ojo, no olviden, estamos en la localidad más barata del estadio.

Baños impecables, "de estadio...europeo"

Baños impecables, “de estadio…europeo”

Hago lo que debo hacer y es turno de ir al bar. Hay oferta típica portuguesa, pasabocas de ocasión y, claro, cerveza. Selecciono una biela, papas y un sandes de leitao, nada menos que pedazos de hornado dentro de una palanqueta de agua mediana. Sabroso. Pago, por todo esto, 8.50 euros, unos USD 10.

A comeeeeer.

A comeeeeer.

El segundo tiempo es desesperante. Es que el Sporting es malo de verdad y sus intentos de empatar son torpes. El visitante se defiende bien y la gente se angustia, al punto de empezar a gritar ¡ole! a sus propios jugadores. Vergonzoso.
Y así transcurre el partido. En la transmisión de la RTP 1 ponen, durante los cinco minutos finales, un efecto de sonido que simula el tic –tac de un reloj para ponerle suspenso. Les sale bien.
Y se acaba el partido. Paços de Ferreira ha ganado 1-0, la gente se va molesta, fastidiada, pero nadie grita, insulta o pide la sangre de los jugadores o el técnico. Un tipo que estaba al lado mío, cuando la megafonía del estadio anuncia que habrá tour para ir al próximo partido en Olhao, dice: “¡no va a ir nadie porque son malos!”. Es lo más hostil que escucho.

Mi ùnica foto...

Mi ùnica foto…

Afuera, todo es normalidad. La gente busca salir del estadio, algunos se reúnen para irse a otro lado después (es sábado en la noche, lindo marco de tiempo) y yo aprovecho para darme una vueltita. No hay puestos ambulantes de comida, apenas unos cuatro kioscos grandes con venta de camisetas, sombreros, gorras, bufandas (todas merchandise oficial, obviamente) y el ambiente de fútbol se va disolviendo. Para eso, yo ya estoy dentro de la estación Campo Grande, buscando el centro de Lisboa y la parsimonia de sus viejas calles…